El horrible modo de asustarnos
con un abuelo sin respirador artificial



Por Luis Novaresio

El gobierno nacional difundió un nuevo spot sobre el coronavirus. Todavía no salgo de mi asombro por el aviso publicitario firmado por la Presidencia de la Nación que utiliza el pánico social como forma de comunicar. Una sucesión de relatos en off de personas que deciden romper la cuarentena para asistir a eventos sociales, al cumpleaños de un padre de 70 años, a una reunión social de empleados, o dos novios que quieren verse porque se extrañan o desean, es contrapuesta con imágenes de una terapia intensiva con pacientes al borde de la muerte. La saga del pánico de imágenes concluye con un respirador que, parece, va a entubarse en alguien o quizá sea una máscara blanca que se pone sobre el que ya ha muerto. Horrible spot.

¿De verdad cree que el gobierno nacional que sembrar pánico es el modo de llamar a la responsabilidad social en esta etapa crítica del contagio del Covid-19? No me atrevo a invocar frente al profesor de Derecho Penal Alberto Fernández las teorías de las sanciones basadas en el miedo social por el castigo a un delito. El presidente sabe por su oficio de docente que la pena, pensada solamente como un susto de advertencia para el que no delinquió al que se le dice “si matás como este tipo preso vas a ligar perpetua en un cadalso”, “mirá que si robás te muestro el código con sanciones horribles”, fueron motivo de estudio desde hace siglos y hoy ya se consideran propias de los pensamientos autoritarios. Tomás Moro, por poner un ejemplo al azar, consideraba en el siglo XVI como poco efectivo ese modo de razonar. Siglo XVI.



Hace cuatro meses que, por necesidad y con buena reacción política, las libertades individuales fueron restringidas. Hasta hace una semana, restricciones anunciadas sin límites. De otra parte, pasamos el peor momento de la historia económica argentina, como reconoció el ministro Matías Kulfas. El encierro en una sociedad hiperconectada como la del siglo XXI es antinatural por definición. ¿Hace falta que los comunicadores de la presidencia recurran a un goteo de suero, al pip del contador de pulsaciones que se cae, y al respirador artificial para proponernos ser responsables en una pandemia? ¡Qué poco afecto (y respeto, cómo no) que nos tienen como ciudadanos!

Los eminentes especialistas Florencia Cahn y Fernando Pollack pidieron desde el minuto cero de la cuarentena ser muy estrictos en su cumplimiento pero abrir un horizonte de salida de la misma porque el inviable el encierro sin plazo. Es inhumano. Es ilegal, de paso. Pasaron 127 días. Bastante bien ha reaccionado la población surfeando el costo emocional del caso. Que el spot ponga como banal el deseo de dos personas que se aman a verse y, ¡claro! a tener sexo, habla de una ceguera de la condición humana y de una pacatería enorme sobre lo que rodea el placer humano.

Desde ya que hay que respetar a rajatabla el distanciamiento, la higiene, el tapaboca, el protocolo para cada actividad. Pero eso no se hace jugando con el pánico social sino con la persuasión. Explicando, instruyendo, construyendo consensos. El recurso del miedo es propio de los dogmáticos que no se codean con el dispenso y suelen terminar con la dialéctica del amigo-enemigo. ¿Hay que citar ejemplos vernáculos?

Un internado en desesperación resulta un pobre recurso de comunicación como sería recordar los años y años de los que han gobernado ( de “todes” los “coloros” ) y mantienen en la pobreza al 50 por ciento de la población, sin estructura sanitaria para enfrentar no al coronavirus sino a la gripe milenaria. Y, peor, cuando se lanza desde la cumbre del poder desde donde bajan los ejemplos. Alguien quiso decir que en las cajas de cigarrillos se muestran cuerpos humanos destrozados por no dejar de fumar. Creer que el encierro personal, social y económico es similar a dejar de fumar es como decir que “la ley con sangre entra” , o sea, creer que gobernar es imponer y no persuadir.


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