Cuánta tristeza, se nos fue el Tigre Cavallero



Por Alfredo Chies


La muerte de Héctor Cavallero causó genuina tristeza en gran parte de las fuerzas políticas de la ciudad y, sin dudas, muchos rosarinos que vivieron con él, y con Hermes Binner y Guillermo Estévez Boero, entre otros, la inmensa alegría que dieron los comicios que instalaron en el Palacio de los Leones a un intendente socialista en 1989.

Era fácil simpatizar con el Tigre Cavallero. Dueño de una personalidad avasalladora, no rehuía las preguntas difíciles y apelaba a una infrecuente franqueza para abordar las cuestiones más espinosas. Su pasión lo llevaba a atropellarse con las palabras y remataba sus asertos con un «¿No’cieto?» (¿No es cierto?), obligando a su interlocutor a coincidir con sus puntos de vista.

Los cronistas de la oficina de Prensa municipal sabían cuándo empezaba la jornada, pero no cuándo terminaba porque Cavallero vivía con pasión inusual la posibilidad de gestionar la ciudad. Y era particularmente afecto a acercarse a los vecinos  con un «¿Cómo andás?» que le abría todas las puertas. Era muy raro el día que no recorría un barrio, que caminaba despacio por las calles de tierra. Le encantaba entrar a los hogares en los que era invitado, tomaba mate, comía lo que le ofrecían y, lo más importante, escuchaba de verdad.

Así también recorría clubes y vecinales y reverdeció el activismo social que había tenido preponderancia en la década de 1970, ése que desde las facultades se desparramó en los barrios pobres y las villas miseria.   Después, en el tiempo muerto que dejaban los trayectos entre uno y otro lugar de la ciudad, comentaba con los cronistas que cubrían la salida sobre los reclamos de los vecinos, de los que ya tenía idea porque había estado viendo algún proyecto de obra pública para la zona, o de algún emprendimiento acercado por afiliados o simpatizantes de PSP. Y esa interminable serie de recorridas hizo que conociese como pocos la ciudad, por dónde pasaban los tendidos maestros de agua, gas y electricidad y dónde esos servicios eran deficientes, qué barrio tenía problemas con las líneas de colectivos, cuáles calles sin pavimentar trababan el desarrollo de una zona, dónde era más necesario un dispensario, o un centro de desarrollo infantil.

Era una época con la mayoría de los vicios actuales, había una corrupción política y un entramado de negocios que fue prolijamente denunciado y combatido por el socialismo desde todos los ángulos una vez instalado en la Intendencia. Y  el Tigre había impulsado numerosas denuncias con pesado fundamento, porque se documentaba e investigaba mucho antes de formularlas. Y luego no tenía ningún reparo en compartirlas con los cronistas y luego sostenerlas. 

Pero la gestión de Cavallero tuvo un activo muy raro, la esperanza de cientos de miles de rosarinos de vivir en una ciudad más amable, más ordenada, más limpia, más moderna.   Con un Cavallero dueño de una incansable capacidad trabajo empezó una etapa de transformación que le dio una proyección espectacular a la ciudad. Fue una revolución. Lo que más se recuerda de esa época son los avances en salud y asistencialidad, Y con justicia. La Secretaría de Bienestar Social tuvo su sede propia en Santa Fe al 600, a cargo de Elida Rasino y Daniel Pavicich, entre otros funcionarios que dieron una impronta muy fuerte al organismo. Pero también fue intensa la puesta en valor de numerosos edificios y sedes de entes municipales y la promoción de la cultura tuvo una desusada proyección, sostenida y muy sólida.

Formó parte de un mismo pensamiento y manera de hacer las cosas durante los años de oro, de poder hacer tantas cosas que habían habitado el terreno de los sueños. Después afloraron las inevitables internas, que de tan feroces desembocaron en el cisma del PSP. El Tigre, inclinado hacia el menemismo, siguió dando pelea con su partido, Partido del Progreso Social, y el PSP dejó de ser «el arroyo de aguas cristalinas» para convertirse en el PS y tener proyección nacional.  Cavallero, aún mermado por una enfermedad seria, no dejó de pelear por los vecinos y por la ciudad desde el Concejo. Dueño de una personalidad cautivante y campechana, no tardaba en establecer una comunicación franca y directa, que no prescindía del tuteo y del abrazo  y no pocas veces, primereaba al cronista preguntándole sobre algunas cuestiones con un «¿Te enteraste lo que pasó con…?», o «¿Che, qué es de la vida de..?». Y tantas otras, tomaba de un brazo a su interlocutor para poner el acento en alguna idea.

De una o de otra vereda, el socialismo atraviesa un triste año. En junio falleció Hermes Binner, y ahora se fue el Tigre Héctor Cavallero. Fueron exponentes de una época en que la ciudad brilló como pocas veces. Será por eso que su desaparición física causa tanta tristeza.



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