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Opiniones

Argentina, esperando la carroza

1776-1816. Cuarenta años separan la independencia de los Estados Unidos de la dominación inglesa de la nuestra del Reino de España, Revolución Francesa de por medio. Casi cuarenta años separan el advenimiento del nuevo periodo democrático en la Argentina de nuestra desastrosa realidad actual. 

En este tiempo no hemos podido resolver ninguna de las contradicciones esenciales, situación que encuentra no pocas explicaciones en un origen de cruz y espada de una España sumergida en la oscuridad inquisitorial. Así como se podría explicar en el parlamentarismo británico que arranca en 1707 algunas de las que caracterizaron el desarrollo del proceso norteamericano, ciertamente no exento de distorsiones.

Indudable importancia la de nuestro jacobino Mariano Moreno, abogado brillante, economista a su modo, autor finalmente aceptado del “Plan de Operaciones”, un compendio vibrante de medidas radicales en defensa de la Revolución de Mayo. 

Tomas Jefferson, horticultor, arquitecto, arqueólogopaleontólogomúsicoinventor y fundador de la Universidad de Virginia tuvo otras oportunidades históricas y personales, dejó otras huellas. 

Si puede significar algo, Jefferson murió plácidamente de vejez a los 83 años, el día mismo que se celebraban los 50 años de la Declaración de Independencia de la que había sido principal autor. Moreno tenía 32 años cuando fue envenenado, envuelto en una bandera inglesa y arrojado al mar frente al Brasil. No se había cumplido un año de la patriada en el Cabildo del 22.  

La cultura política argentina —que en definitiva representa la general— está basada en la intolerancia, la casi total incapacidad de diálogo, la persistencia del caudillismo como herramienta de autopromoción y control ciudadano, la elementaridad en los razonamientos. 

Alejandro Dolina, el peronista que más respeto me merece, no pocas veces ha insistido en que nos resistimos a pensar, simplemente. Es un trabajo, dice, de constancia y dedicación que no ocupa lugar de privilegio entre nuestras actividades. Pensar, en nuestro caso desesperado, debiera llevarnos a la acción correctiva de las tantas imbecilidades que nos envuelven como individuos políticos y como nación, hoy inexistente.  

En este caldo nadan gozosas las castas políticas, empresariales, sindicales y judiciales que en modo impúdico controlan los resortes del poder. 

La democracia en Argentina, si se pretende que se instale en modo serio y definitivo, no puede depender del rito electoral. Las urnas no representan otra cosa que el pasaje grotesco de conducciones de un sector a otro, en un ejercicio de gatopardismo que ha llevado los ciudadanos al agotamiento moral y a la destrucción de toda idea de participación decisoria. 

La reciente derrota del peronismo —en vieja pendiente de desnaturalización, herido de muerte por el oportunismo K— no supone la victoria de un macrismo/radicalismo de espíritu renovador: es un puro cambio de guardia al interior de la casta (tilinga, diría Jauretche) que, ordenadamente, impulsa una mala copia de bipartidismo. No a otra cosa apunta la “grieta” como fórmula de sobrevivencia, en tiempos que los partidos políticos resultan maquinarias conservadoras, criminalmente alejadas de las gentes. 

Mientras, siguen allí —cada vez más deterioradas— las condiciones de vida y las expectativas de una transformación que, si no alcanzara a resolver todas y de una vez las contradicciones, debiera indicar como mínimo un camino cierto y consecuente para salir del marasmo. En ese sentido las campañas electorales apelan a parloteos de conventillo, fingidas riñas por la hembra, chillidos y pechazos de opereta: “te espero a la salida”. Este clima es tan general y obvio que lo aceptamos con displicencia, al mismo nivel de una publicidad cualquiera en la tele.  

No se descuelga, siquiera por error, una idea, una propuesta razonada. Eso obligaría a pensar. A elegir sobre bases argumentales y diseños de país que apelen a la inteligencia. Que se trate de “dos visiones” es una mentira escandalosa que forma parte de la trama de la comedia de equívocos a que nos someten, espectadores de boleto caro. 

Según la Cámara Electoral Nacional votó el 67 % del padrón, el más bajo porcentaje de participación, en un promedio histórico de 77 %. Aún eximidos de emitir su voto las personas que estén cursando el coronavirus o casos sospechosos (unos miles), aparece como dato revelador de hastío, desilusión, indiferencia. Cualquiera de estas motivaciones —y se pueden dar todas juntas— amenaza la democracia. 

En la provincia de Santa Fe, por citar un caso, los votos en blanco y nulos (insultos varios, figuritas procaces recortadas de revistas, el tradicional papel higiénico…) se ubicaron como “cuarta fuerza”: casi 165.000 santafesinos no optaron por ninguna de las listas. Mucho más atrás las demás propuestas. 

Detengámonos en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, centro neurálgico de la actividad de las castas. En cuanto al comportamiento electoral brillan las sesudas observaciones de algunos politólogos, tipo Andy Tow: “…es una constante hace décadas observar mayor densidad de votos relativa al peronismo en (…) barrios populares e industriales (…) y una mayor densidad de votos al macrismo en barrios residenciales de sectores acomodados…”. Chocolate por la noticia. Y le pagan salado.  

Inexplicablemente para algunos, el neofascista Milei obtuvo 238.000 votos, casi un 14 % (con picos de más de 15 %), recogidos en su mayoría entre pobladores de las zonas de menor poder adquisitivo y más bajo desarrollo humano contrariando los pronósticos que lo ubicaban como representante del discurso derechista de parte de la clase media. Se constituyó así en la tercera fuerza en la capital del país, lo que, sumado al clima de apatía y menefreguismo manifestado en blancos y nulos, revelaría una tendencia peligrosa a la vuelta de la esquina: los modos fuertes, la retórica de agresividad pura, la anti-Política. 

Entretanto, las castas nos proponen seguir juguetando con la democracia. Vaciarla, en definitiva. 

El artículo 22 de la Constitución Nacional establece: “El pueblo no delibera ni gobierna, (pusieron coma, recurso gramatical no neutro) sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”.  Aceptando la permanencia del sistema representativo, ejercitar la democracia directa —que supone la activa participación ciudadana en la propuesta legislativa— sería una herramienta de primer impulso a la desconstrucción del aparato tradicional de poder, agregando un elemento sino revolucionario al menos disruptivo. No le gusta nada a las castas. Tampoco a tipitos como Milei. 

El artículo 39, también de la Constitución Nacional, dice: “Los ciudadanos tienen el derecho de iniciativa para presentar proyectos de ley en la Cámara de Diputados. El Congreso deberá darles expreso tratamiento dentro del término de doce meses.” La ley 24.747 reglamenta este ejercicio. Una persona de vasta ilustración, de extensa y proficua carrera académica, de afirmadas convicciones ideológicas, cuando le mencioné este artículo constitucional, me respondió “¿Qué es? Contame lo que dice…”. Ay, Dolina!

Finalmente, para no aburrirles, cito el artículo 40: “El Congreso, a iniciativa de la Cámara de Diputados, podrá someter a consulta popular un proyecto de ley”. Esto se conoce normalmente como referéndum. En mi conocimiento, la única vez que se utilizó este instrumento de consulta ciudadana fue en 1984 con motivo del diferendo con Chile por el Canal de Beagle. Nunca antes ni después. Toda una serie de temas de sociedad podrían ser objeto de campañas referendarias (a la fecha son algo más de 900.000 los italianos que han firmado para convocar un referendum sobre eutanasia legal, superando ampliamente el requisito legal de 500.000). Una idea que no ocupa neuronas en las mentes iluminadas de nuestros representantes. Mas todavía, les irrita.

Una ley de iniciativa popular para empezar a erradicar el hambre y la miseria, reemplazando la jerga vacía de los “desarrollos sociales” con propuestas concretas y posibles y rígidos controles para conjurar usos electorales y corrupciones?

Un referéndum que consulte la población sobre la separación de la Iglesia del Estado?. 

Por decir.

Asumiendo estas prácticas, aún en sus límites, estaríamos oxigenando la democracia, comprendiendo que existen alternativas a la parálisis. Estaríamos compartiendo el diálogo que construye, poniendo sobre la mesa nosotros, los ciudadanos, nuestras posibilidades y limitaciones, conocimientos y dudas. Recortando el monopolio suicida de las castas que se consideran todas y cada una “El Estado soy Yo”. Porque hemos desbarrancado a una república monárquica, de cargos hereditarios o de clara vinculación familiar. Baste ver las listas electorales y los nombramientos en ministerios, secretarías y direcciones, en Nación, provincias y municipios. 

Queda la opción de la desobediencia civil. Hay buenas escuelas para eso. 

Brevemente, a modo de estímulo a la reflexión, cuestión no excluyente de las tantas que debiéramos estar debatiendo, he “contado lo que dicen” algunos artículos de nuestra Constitución. No son textos del Libro Rojo de Mao, o shuras islámicas. Pero como en la comodidad de la condición pequeño (muy pequeño) burguesa preferimos la miserable frase “Es lo que hay”, no nos ocupamos de conocerlos y, sobre todo, de utilizarlos. 

Así nos va. Esperando la carroza. 

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