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Política

[conversaciones] “Hubo incapacidad de los gobiernos, cuando no intencionalidad”

Conversaciones: “Hubo incapacidad de los gobiernos, cuando no intencionalidad”



Gastón D. Bozzano


Victorio Paulón es referencia de un sindicalismo democrático que desde los tempranos 70 enfrentó las conducciones históricas enroladas en la tradición peronista. El enfrentamiento con aquellos dirigentes, tildados de burócratas y pro patronales, tuvo una de sus manifestaciones más elocuentes a partir de 1974 en Villa Constitución, cuando la Lista Marrón de Alberto Piccinini, de la que Paulón formaba parte, ganó las elecciones en la seccional de la Unión Obrera Metalúrgica de esa ciudad del sur santafesino.

Aquel triunfo no fue frente a cualquiera: la derrotada fue la conducción oficialista que respondía a Lorenzo Miguel y a las 62 Organizaciones Gremiales Peronistas. Lo que siguió es profusamente conocido: la derrota nunca fue aceptada cabalmente y casi un año después, el 20 de marzo de 1975, no sólo fue intervenida la seccional de la UOM de Villa, sino que la ciudad fue virtualmente ocupada por fuerzas policiales y parapoliciales armadas que, amparándose en el estado de sitio impuesto por el gobierno de Isabel Perón, desataron una represión feroz, impensada, sobre toda la ciudad, cuyo registro de víctimas quedaría en los anales de los procesos que, años después, juzgarían la violación de los derechos humanos en Argentina a partir de 1975 y durante la dictadura que comenzó en 1976.

Encarcelado en esas instancias en 1975, Victorio Paulón permaneció seis años en diferentes prisiones del país, a disposición del Poder Ejecutivo Nacional; en 1981 dejó la cárcel bajo el régimen de “libertad vigilada” y un año después pudo viajar a Francia, donde lo esperaba su familia, exiliada. Volvió al país en 1984 y desde entonces integró nuevamente la conducción de la UOM de Villa Constitución junto a la Lista Marrón, otra vez de la mano del histórico Alberto Piccinini.

Desde entonces, Paulón permaneció en la conducción de la seccional de Villa casi veinticuatro años, y entre 2000 y 2008 fue secretario general. Paradójicamente, en 2008 su lista sería derrotada por otra, liderada por Piccinini, que tras su mandato como diputado nacional había decidido volver a la conducción del gremio. “Perdí en elecciones absolutamente democráticas”, dice hoy Paulón.

La rica historia de militancia de Victorio Paulón —que además escribió varios libros, trabajó como periodista y publica regularmente en el portal El Cohete a la Luna— se sigue escribiendo por estos días: es secretario de Derechos Humanos de la CTA (Central de Trabajadores Argentinos) que conduce Hugo Yasky e integra la conducción del Centro de Estudios Legales y Sociales.

Se suma Paulón a reflexionar con Suma Política sobre las deudas de la democracia en materia de estabilidad económica, empleo y pobreza; señala que se torna casi imposible un acuerdo político nacional con las grandes corporaciones para salir del estancamiento y, para no perder la memoria, recuerda que el juicio en la denominada Causa Acindar por la represión del 75 en Villa Constitución aún no terminó.



—Argentina tiene hoy casi un 20 por ciento de desocupación real y unos 18 millones de compatriotas están por debajo de la línea de pobreza, según la última medición de la Universidad Católica Argentina. Hacia fines de la dictadura y comienzos de la democracia el desempleo estaba entre el cuatro y el cinco por ciento, ¿qué sensaciones lo asaltan cuando escucha esos números?

—Me generan angustia, impotencia. Éste sería el término. Es un drama que un país de pleno empleo como era Argentina haya llegado a estos límites de desocupación. Pero voy un poquito más atrás en la historia: cuando Perón volvió, en 1973, había alrededor de 700 mil desocupados. En el primer plan trienal, Perón plantea reducir esa cifra al 50 por ciento. Siempre fue una obsesión del “viejo” el tema del pleno empleo, y creo que esa obsesión está muy ligada a un modelo o una idea de país que no hay que abandonar, porque si Argentina fue un país de pleno empleo, puede volver a serlo. O sea que una de las cuestiones fuertes de (José Alfredo) Martínez de Hoz (ministro de Economía entre 1976 y 1981) que llegó para quedarse fue que hubiese un piso de desocupación que permitiera jugar de contrapeso de la puja salarial, habida cuenta que la Argentina tiene una estructura sindical muy importante, muy fuerte. De hecho, son setenta años de historia, esos que maldecía Macri y que uno bendice, que han demostrado que siempre hubo un sujeto activo en defensa del empleo, del salario, que fue el movimiento obrero.

—No le entendí la idea del contrapeso.

—Lo que quiero explicarle es que se trata de establecer un piso de desocupación para poder tirar el salario abajo. Cuando el problema es el empleo, el tema de la recomposición salarial se secundariza. Que es lo que ha pasado en la época de Alfonsín, en la hiperinflación, y que volvió a pasar en el 2001 y durante el macrismo.

—Ahora bien, después de tantos, años, no haber podido revertir este proceso, ¿ha sido responsabilidad exclusiva de la clase dirigente o de la sociedad toda? ¿Cuánto hay de afuera y cuánto de adentro?

—Son factores que se combinan. Ha habido una incapacidad de los sucesivos gobiernos, cuando no intencionalidad, porque yo no tengo la menor duda de que Menem sabía que iba a llevar la desocupación que dejó Alfonsín, que era más o menos la misma que había dejado la dictadura en términos porcentuales, a índices mucho más altos. Y él, Menem, la duplicó largamente y durante toda la década del 90 tuvimos una desocupación de entre el 10 y el 15 por ciento. En la crisis del 2001 ya estábamos en el 22 o 21 por ciento. Pero ¿qué pasaba?: si usted lanza un proceso de privatización indiscriminada, bueno eso sucede… En Argentina había 110 mil ferroviarios y quedaron menos de 7.000; Somisa tenía 13 mil trabajadores directos y quedó con 2.500. La privatización de todas las empresas del Estado generó una destrucción gigantesca del empleo directo e indirecto. Por otro lado, hubo discursos que no anclaron en la realidad, que no generaron empleo, y de la mano de esos discursos aparecieron los fenómenos de tercerización, precarización laboral, trabajo en negro, todas pestes colaterales del desempleo que se institucionalizaron desde la década del 90 en adelante. Entonces: hay responsabilidad política, sí la hay.

—¿Hay responsabilidad sindical?

—¡Sí la hay! Porque Argentina es uno de los pocos países del mundo que transitó las décadas del 80 y del 90 sin que se discutiera la jornada laboral. Se discutió en Brasil, se discutió en Europa, en todos lados, pero en Argentina seguimos con las 48 horas semanales ¿Usted sabe que por cada hora legal de jornada que se reduce son cientos de miles de puestos de trabajo que se generan? El sindicalismo nunca se hizo cargo de ese debate. En cuanto a las responsabilidades de la sociedad… no sé qué entendemos por sociedad. Las patronales, evidentemente todas, han tenido vocación de achicar al máximo sus planteles y tercerizar todo lo que pudieran, precarizar el empleo, embolsar ganancias y fugarlas ¿Hay responsabilidad empresarial?, sí. Entonces, cualquier modelo de país que sustituya o que revierta esta tendencia tiene que ser en base a un acuerdo serio desde lo político, con los empresarios y sindicatos, fijando metas claras y acordando un horizonte al que hay que marchar, que para mí no es otro que el de recuperar el empleo.

—Desde 1983 a la fecha han fracasado gobiernos que tuvieron iniciativas o sesgos liberales, o progresistas, o heterodoxos que conjugaron diferentes opciones en distintos momentos. Ninguno logró estabilizar la economía en el mediano y largo plazo, ¿han sido fallas de la política? ¿faltaron acuerdos básicos respecto de un modelo económico?

—Argentina vivió desde Martínez de Hoz en adelante un proceso violento de concentración económica. Entonces, si uno habla del mundo empresario, hay que hablar de las grandes empresas, por un lado, y de las medianas y pequeñas, por otro. Para graficar lo que le quiero decir: en 1975, cuando fue el conflicto famoso que tuvimos en Villa Constitución con Lorenzo Miguel, con la Unión Obrera Metalúrgica, en la Argentina había 550 mil obreros metalúrgicos. En 2001, cuando la crisis, quedaban 55 mil. Ese fue el nivel de destrucción de empleo que se dio en 25 años. Y eso marca el proceso de desindustrialización del país, porque la medida de la industrialización era la UOM. Y era también el empleo industrial de la pequeña y mediana empresa, porque salvo en la siderúrgica o alguna otra fábrica grande, eran patronales que trabajaban para el mercado interno. En el 75 había 35 firmas siderúrgicas, y cuando terminó la dictadura quedaban cinco o seis: Techint, Acindar, Somisa, Sensabella (que tenía Cipar), Aceros Bragados… digamos que eran siete u ocho. La mayoría de ellas se las deglutió Acindar, de la mano de Martínez de Hoz y su política. Algunas por el proceso económico que las quebraba y las absorbía, y otras por medio de terrorismo de Estado, como fue el caso de Siderúrgicas Grassi, cuyos dueños fueron secuestrados, llevados al campo de concentración en Campo de Mayo y, en presencia del presidente de la Comisión Nacional de Valores de entonces, el señor Etchevarne, debieron firmar el traspaso de acciones de su firma en favor de Acindar. Así, la industria siderúrgica queda en manos de un duopolio. Y esto pasó en todas las ramas. Entonces digo: no hay vocación en ese sector empresario que hizo esas cosas, que opera a escala mundial en el mercado global, de proteger el mercado interno o de un consenso para un modelo común. Y esto es lo que actúa como el gran desafío político de esta etapa que estamos viviendo actualmente.

—Usted encarnó una lucha no sólo en favor de los intereses de los trabajadores, sino también en contra de un sindicalismo corporativo y antidemocrático que avaló muchas de esas prácticas que describe. En los primeros 80 se cantaba “se va a acabar la burocracia sindical”, ¿se acabó?

—(risas) Hay una etapa de transición. La Argentina presenta un fenómeno muy curioso. Si nosotros tomamos los famosos seis millones de puestos de trabajo que se generaron a partir de Néstor Kirchner, tenemos que el 70 por ciento de los trabajadores activos de este país son de este siglo, nacidos al mundo del trabajo después de 2003. La dirigencia sindical, en ese mismo porcentaje, es del siglo pasado, y si buscás bien, vas a encontrar alguno de la primera mitad del siglo pasado.

—¿Eso qué significa?

—Que hay un proceso de renovación natural que se está dando y con resultados muy alentadores. No es la misma Asociación Bancaria la de (Juan José) Zanola que la de (Sergio) Palazzo; no es lo mismo la conducción de la Federación de Luz y Fuerza del Negro (Oscar) Lescano que la que está actualmente. En la renovación aparece una nueva dirigencia que en el tema de derechos humanos es diferente, que asume el terrorismo de Estado como un ataque al movimiento obrero, que reivindica los mártires como propios. Esto era impensable una generación atrás; en la UOM por ejemplo no se podía ni discutir el tema de derechos humanos a pesar de que Lorenzo Miguel había estado años en cana… Es decir, en muchos aspectos hay renovación y además hay otro dato a tener en cuenta: la resistencia al macrismo y a su política antisindical y a su política económica fue enorme. Va a pasar un tiempo hasta que podamos dimensionarlo, pero hubo resistencia desde el primer día encabezada por los trabajadores y en segundo lugar por el movimiento de mujeres. Y esa resistencia generó una nueva dirigencia y esta es la dirigencia que en tres o cinco años va a estar al frente del movimiento obrero. Esto para mí presenta una perspectiva muy alentadora, otra cabeza, otro compromiso, son hijos de la democracia…



—¿Cómo evalúa el comportamiento del sindicalismo argentino frente a este panorama desde 1983 hasta aquí?

—Muy contradictorio, con comportamientos ejemplares en algunos sectores y con traiciones gigantescas en otros. Nosotros tenemos todavía sobre nuestros hombros referentes sindicales que vienen de la dictadura. Zanola era uno, Luis Barrionuevo es otro, “los Gordos” en general. Menem no hubiese podido hacer lo que hizo si no hubiese habido una cooptación de la CGT, lo que generó el quiebre y el nacimiento de la CTA, el surgimiento del MTA. La resistencia de los 90 fue importante y todo este proceso seguramente en unos meses se va a definir en una nueva conducción de la CGT con un perfil más comprometido.

—Me interesa volver sobre el punto anterior, ¿se acabó la burocracia sindical? Porque las prácticas siguen siendo las mismas y hay conducciones que se eternizan…

—Ese panorama no es contradictorio con lo que yo estoy diciendo. Claro que falta. Lo que hay que ver es lo que viene, lo nuevo, lo que está surgiendo, y eso es muy superador de lo viejo. Argentina sigue siendo un país con una altísima tasa de sindicalización, la más alta de la región. En 70 años de historia han probado todo para destruir el sindicalismo y no lo han logrado nunca, desde los bombardeos a Plaza de Mayo hasta el terrorismo de Estado, todo estuvo destinado a eso…

—¿Recuerda la ley de democratización sindical impulsada por el gobierno de Alfonsín en 1984? La llamada Ley Mucci, que entre otras cosas impulsaba un límite temporal al mandato de los dirigentes y a la participación de las minorías en las conducciones ¿Le parece que sería oportuna una nueva ley que reordene el mundo sindical en ese sentido?

—Recuerdo perfectamente, pero debo decirle primero que cuando fue el proceso de la ley yo aún no había regresado al país, estaba aún en el exilio, pero lo viví de cerca. (Alberto) Piccinini fue uno de los más activos protagonistas de ese momento, pero evidentemente tuvo un fuerte rechazo en el mundo sindical. Algunas ideas que tenía creo que son correctas, no sé si se trata solamente de representación de las minorías, garantizar procesos electorales, etcétera. Pero yo no iría hoy por una nueva ley. Iría hoy, para democratizar los sindicatos, por garantizar la legislación vigente, por terminar con los abusos y exclusiones, proscripciones. Hoy el que tiene la manija en el sindicato, tiene la oposición si la quiere y, si no, la borra. Con la aplicación de las leyes actuales eso se podría cumplir y con un Ministerio de Trabajo más comprometido y más activo. En la etapa de (Carlos) Tomada (ministro de Trabajo entre 2003 y 2015) se logró un avance importante. Ahora esa área es una de las debilidades que tiene este gobierno. Ojalá (Claudio) Moroni (actual ministro de Trabajo) sea como Tomada, pero hasta ahora se va consolidando la vieja burocracia con todas las artimañas que se ve que están utilizando, sobre todo en los conflictos…

—Bueno, entonces falta… son las viejas mañas, los viejos procedimientos, sigue siendo difícil ganar la conducción de un sindicato desde la oposición…

—Bueno, sí falta, pero se puede ganar si es un gremio democrático. A mí me tocó perder y perdí en buena ley en la elección más transparente que hubo desde que tengo experiencia. Y en buena hora. Perdí en 2008 cuando me enfrenté con Piccinini y estoy orgulloso de eso, porque uno no se puede eternizar en las conducciones; los sindicalistas tienden a creer que después de haber sido secretario general a uno se le viene el vacío… No, después de dejar la actividad sindical hay muchísimas cosas para hacer, para aportar, para crear, Somos militantes de la vida y a lo mejor tenemos más protagonismo en esta etapa respecto del que tuvimos antes. Piccinini era entonces mi secretario adjunto, era diputado nacional y quiso volver a la conducción de la UOM de Villa Constitución. Él ya estaba enfermo, yo no estaba de acuerdo con que volviera. Fue muy dramático, pero no podía enfrentarlo públicamente enrostrándole su enfermedad, y la figura en Villa Constitución era él, no yo, aunque todos juntos habíamos construido ese movimiento. Y me tocó perder y tengo una excelente relación con los muchachos, me consultan, doy charlas, voy siempre…

—Siempre se habla de que se necesita una reforma laboral en la Argentina.

—Cuando escucho esa frase se me ponen los pelos de punta, porque es la continuidad del viejo sueño de ellos…

—Pero usted habló de cosas que hay que discutir como la disminución de la jornada laboral.

—Sí, claro…

—Y entonces, ¿no le parece bien un acuerdo básico en el marco de un gobierno como el actual que flexibilice las relaciones laborales?

—Totalmente de acuerdo y totalmente posible. Absolutamente, es una de las cuestiones centrales. No se trata de cercenar derechos, no se trata de eso. Por ejemplo, lo que le digo: reducción de la jornada laboral sin pérdida salarial.

—¿También se le ponen los pelos de punta cuando escucha de la necesidad de una reforma del Estado que disminuya el déficit fiscal?

—Dicho por los liberales sí, porque eso es ajustar. Ahora, si para reducir el déficit fiscal hay que terminar con la evasión, con la fuga de capitales, estoy totalmente de acuerdo…

—¿Y con la construcción de un Estado más eficiente?

—Sí, más eficiente, más inclinado a los intereses populares.

—Durante la conversación sobre las cuestiones del empleo y la economía en la Argentina surgió varias veces Acindar, Villa Constitución, los episodios de 1975, ¿considera que ese capítulo aún no se saldó en cuanto a hacer justicia?

—Estamos trabajando muy fuertemente en el juicio a Acindar, creemos que es una de las claves del terrorismo de Estado. No por casualidad Martínez de Hoz salió de la presidencia del directorio de Acindar para ir al Ministerio de Economía. Él es el artífice de lo que te conté de la concentración en la rama siderúrgica. Lo del 75, vale recordar, fue un enfrentamiento con la burocracia de Lorenzo Miguel; nosotros pugnábamos para tener derecho a elegir representantes en el sindicato local. Como nos caracterizaban de zurdos a los de la comisión interna de Acindar, no dieron elecciones y eso generó un conflicto, una toma de fábrica, Se logró que llamaran a elecciones, ganamos y a los tres meses intervinieron el sindicato con un despliegue infernal nunca visto, ocuparon la población de Villa Constitución, de 30 mil habitantes, militarmente, el 20 de marzo de 1975, y detuvieron a 150 trabajadores. Y luchamos: se desencadenó una huelga que duró dos meses, y una represión posterior terrible: contabilizamos alrededor de cincuenta personas entre muertos y desaparecidos, cerca de 250 metalúrgicos pasaron por la cárcel. Finalmente, el 6 de diciembre de 1983, en una huelga de la CGT, Piccinini se pone al frente de la lucha, paraliza la fábrica desde afuera, porque él estaba proscripto, y al poco tiempo normalizan el sindicato y la Lista Marrón conduce la UOM de Villa Constitución. Ahora, te decía, estamos activando la Causa Acindar, que ya tiene muchos años, en la que han declarado muchísimos testigos, porque hay una relación directa entre la responsabilidad empresaria y el terrorismo de Estado, y en este caso es donde más claramente se ve. Acindar estuvo detrás de toda la represión en Villa Constitución.



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