Números rojos: “Pasamos de 820 mil cajas PAN a 14 millones de planes”



Gastón D. Bozzano


“Es larguísima la lista de macanas que en este país se conjugan para que todo se vaya al carajo. Pasamos de 820 mil cajas PAN (Plan Alimentario Nacional) en 1983 a 14 millones de planes sociales en 2020 y eso no es porque un solo tipo haya metido la pata; el que me venga a decir que es por eso, es porque me quiere tomar de pelotudo…”.

Luis Alberto Cáceres habla con la vehemencia que caracteriza su vida política desde hace más de cinco décadas. Baluarte de la Unión Cívica Radical en los años ochenta y noventa, y también del gobierno nacional de Raúl Alfonsín surgido en 1983, Cáceres —el Changui para propios y extraños— fue en aquellos años, desde Santa Fe, el referente de centro izquierda que muchos en el país esperaban encontrar dentro del radicalismo.

Protagonista y testigo presencial de los albores de la democracia, el Changui fue diputado nacional por la UCR santafesina entre 1983 y 1989, candidato a gobernador de Santa Fe por esa fuerza en 1987 (perdió las elecciones ese año frente al peronista Víctor Félix Reviglio), vicepresidente del bloque radical de convencionales constituyentes en 1994 y titular de la secretaría general del comité nacional de la UCR en diferentes períodos.

Pero mucho antes que eso —y hasta podría decirse que esencialmente en la historia de su protagonismo público— Cáceres fue quien lideró la Junta Coordinadora Nacional, legendaria corriente interna juvenil de la UCR que él mismo y unas decenas de jóvenes más fundaron en 1968, a orillas de la laguna Setúbal, en la ciudad de Santa Fe. La Coordinadora surgía apenas dos años después que Franja Morada, la confederación estudiantil universitaria creada en Córdoba en 1966.


Santa Fe Ciudad

Rápidamente la Coordinadora adoptó posiciones de centro izquierda, participó de los alzamientos populares contra el gobierno de Onganía (el Cordobazo y el Rosariazo) y fue el ala socialista del radicalismo, aunque siempre rechazó expresamente la lucha armada. Aspiró a ser la Juventud Radical reconocida por el comité nacional de la UCR, pero no lo logró hasta los años 80.

Con Cáceres a la cabeza, entre otros jóvenes de entonces que fundaron o se incorporaron a la Coordinadora se encontraban Sergio Karakachoff (secuestrado por la dictadura del 76 y asesinado ese mismo año), Marcelo Stubrin, Adolfo Stubrin, Enrique Nosiglia, Fredi Storani, Ricardo Campero, Ramón Mestre, Guillermo Aramburu y Mario Losada.

Ya lejos de aquellos años agitados, Cáceres, tan incansable y verborrágico como entonces, reflexionó con Suma Política sobre las razones de las recurrentes crisis políticas y macroeconómicas en la Argentina, sobre los cambios malogrados y las deudas que aún tiene la democracia con gran parte de la sociedad en materia de estabilidad y progreso. El Changui está volcado nuevamente al ruedo de la acción dentro de su fuerza: recorre el país por estos días para consolidar el Movimiento Nacional de la Militancia Radical. Al calor de esos viajes, reafirma: “Los partidos políticos son las herramientas que las sociedades tienen para realizar sueños y aspiraciones”.


Presente y pasado. Changui Cáceres, un histórico de la política santafesina

—El índice de desempleo en Argentina, hacia fines de la dictadura y comienzos de la democracia, estaba entre el 4 y el 5 por ciento, hoy ronda el 14. Según la última medición de la Universidad Católica Argentina, el índice de pobreza es de aproximadamente el 45 por ciento, lo cual significa unos 18 millones de compatriotas pobres ¿Qué siente frente a eso? ¿decepción y frustración? ¿fracaso?

—Siento que la pelea va a ser más larga de lo que uno pensaba. En los últimos tiempos, es obvio, si echás una miradita a América latina y al mundo en general te vas a encontrar con que los sistemas democráticos no necesariamente caen por un golpe de Estado. Terminan debilitándolos desde adentro: partidos o personas llegan al gobierno a partir de procesos democráticos, pero posteriormente con sus actitudes horadan y carcomen ese mismo sistema, lo corrompen. Sí, los guarismos de pobreza eran significativamente menores incluso en la época cuando no teníamos democracia…

—¿Pero por qué no pudo revertirse eso?

—Porque el objetivo de esos sectores de los que hablo es mantener ciertos lugares de poder, de privilegio, y todo esto se da dentro de un contexto, un modelo de sociedad, un modelo mundial que trata de desarrollarse e imponerse. Esto empezó a dar sus primeros pasos allá en 1985, cuando nadie lo preveía.

—¿En el 85?

—Sí, en el 85. Me consta que ahí empezó a tomar forma el poder neoliberal y la forma de llegar al poder, fue en ese año. Fue una decisión política que reunió a los dueños de las grandes empresas, los que manejan la plata en el mundo, y al Departamento de Estado de los Estados Unidos. Allí se empieza a construir una estrategia que apuntó a terminar con los golpes de Estado cruentos, porque demandaban muchos recursos para solventarlos y generaban mala imagen. Así, eso se suplía de una manera más elegante y sutil para incidir en los procesos internos de los partidos políticos que tenían posibilidades de llegar al gobierno en algunos países

—¿Insinúa que algo de eso ya se manifiesta en el 89, cuando cae el gobierno de Alfonsín?

—Sí, cuando se tiene que ir antes. Estoy absolutamente seguro de eso. No hablo de las cosas que no me consten. De lo que no me consta, te mando a los libros.

—Usted fue uno de los que en 1983 concitó esperanzas, prometió sueños y fue parte de esa ilusión. Ahora están esos guarismos decepcionantes en materia económica después de tantos años de democracia, ¿en qué se equivocaron los hombres que tuvieron la responsabilidad de gobernar?

—Creo que se avanzó mucho durante los primeros años del gobierno de Alfonsín. En el caso de (Arturo) Illia se avanzó durante todo el período y me refiero al frío dato de los números, porque han tratado, y lo han logrado en alguna medida, de desmerecer eso creando relatos falaces que desvirtuaron la verdad.

—¿Illia, dijo? ¿Por qué habla de Illia?

—Sí, dije Illia. Porque quiero comparar su proceso con el de Alfonsín. Éste llega a tener una mala situación en el último tramo de su gobierno, pero lo curioso es que Illia no tuvo nunca una mala situación: en cuanto al crecimiento, a la investigación, la ciencia, la disminución de la pobreza, la educación… O sea: los datos de Illia eran extraordinarios, todo para arriba y sin embargo lo derrocaron: estuvo dos años y ocho meses… Alfonsín tuvo un problema en el último período de su mandato, en el 87, pero hubo cuatro años en los que la línea (de crecimiento) subió; después tuvimos un bajón con dificultades. Hay que tener en cuenta dos cosas: no siempre el problema está en los que gobiernan. Tenés un margen de responsabilidad mayor cuando gobernás, sí, pero hay responsabilidades en aquellos que no están en el gobierno, que tienen la posibilidad de apoyar en las cosas que le sirven a la gente o bien hacerse los distraídos, como habitualmente sucede en la Argentina: poner palos en la rueda y emputecerte la vida…

—La resistencia de los sindicatos al gobierno de Alfonsín fue notable, algo que no ocurrió después frente a un gobierno de claro corte neoliberal como el de Menem, ¿se acuerda de la frustrada ley de democratización sindical, la Ley Mucci?

—Ahí yo te apunto que esa ley fue una de las cosas que debieron haberse llevado adelante, aunque en el Congreso se perdió por un voto la aprobación del proyecto. Yo trabajé mucho en ese proyecto de ley para llevar adelante un proceso de democratización sindical que pretendía periodicidad en los mandatos de los dirigentes sindicales, que establecía que éstos no podían ser eternos y que, por otro lado, y entre tantas otras cosas, daba participación a las minorías. Aunque se perdió por un voto, yo estaba convencido en que había que insistir y se lo planteé a Raúl (Alfonsín) porque creía que teníamos la suficiente fuerza y estaban dadas las condiciones para avanzar con el proceso, pero Raúl dijo: “lo presentamos, perdimos por un voto, y a otra cosa mariposa”. En mi humilde criterio, fue una macana…

—Las recurrentes crisis macroeconómicas, ¿han sido fallas de la política o falta de consensos básicos respecto del modelo económico?

—No hay vocación o voluntad de buscar consensos. Podés encontrar la declamación, que se da patadas con la práctica que unos y otros terminan llevando adelante. No tienen voluntad real de consensuar, sino de confrontar. Lo pensaron así antes: cuando la actual vicepresidenta era presidenta, eligió a un enemigo y decidió quién tenía que ser y avanzó contra eso. Y posteriormente, cuando le fallaron los cálculos y el enemigo llegó a ser presidente, ese presidente también resolvió tenerla a ella como enemiga, pensando que le ganaba… Se equivocó una primero y el otro después en torno al manejo de los números, pero se buscaron mutuamente y se siguen buscando todavía. Y en todo este proceso, Argentina está cuesta abajo en la rodada, los números van en caída libre. Pasamos de pelear el sexto o séptimo lugar a escala mundial y de ser el quinto en cuanto a distribución per cápita del PBI hace cien o ciento veinte años, a estar ahora en el número 58 y en baja. Somos realmente patéticos e inentendibles para alguien que lo mire desde afuera…

—Pero en su tiempo de legislador había diálogo político.

—Sí. Había un diálogo, había una relación que permitía ese diálogo. Había una voluntad de tender puentes.

—¿Cuándo comienza a enrarecerse ese clima?

—Para bailar el tango hacen falta dos. Si sos bailarín y no tenés pareja, la cuestión se pone espesa. Alfonsín en algún momento encontró con quién bailar el tango. Dentro del peronismo había un nivel de receptividad y comprensión de la necesidad de llegar a acuerdos básicos. Estaba Antonio Cafiero o Pedrini en el Chaco, eran interlocutores, tipos que tenían la mente abierta. Yo he tenido contacto con gente de otras provincias que pensaba bastante parecido a mí; por supuesto, cada uno desde su partido, con su historia y defendiendo su folclore, pero con intención de buscar denominadores comunes y era posible encontrarlos, lo lográbamos. Todo eso se empieza a joder antes de (el gobierno de Fernando) De la Rúa te diría. Hay una devaluación de la palabra y una tendencia a crear relatos, falsear la historia… Fui testigo presencial, accidental si se quiere, de algunas cosas inentendibles, por estar mucho tiempo cerca de Raúl (Alfonsín). Escuchabas una conversación donde una persona decía una cosa y a los tres minutos decía lo contrario en una conferencia de prensa.

—¿Por ejemplo?

—Como muestra basta un botón: ocurrió cuando Alfonsín se fue seis meses antes. Presencié el diálogo entre él y Carlos Saúl (Menem). Yo estaba con Raúl en su despacho y la televisión estaba encendida. Raúl le plantea que estaba todo podrido, que estaba todo por estallar y le pide que asuma ya, le dice a Carlos Saúl que tenía que asumir. Carlos Saúl, desde el otro lado, le contesta que todavía no estaba en condiciones de asumir, que necesitaba algunas semanas más porque estaba armando las cosas, que él (Alfonsín) tenía que aguantar un tiempo más. O sea: Alfonsín lo instaba a que asumiera ya y el otro decía que no… Yo estaba escuchando esa conversación. Te reitero: la televisión estaba prendida. Raúl corta el teléfono y a los tres minutos aparece en la televisión Carlos Saúl planteando que él estaba en condiciones de asumir ya mismo, que tenía todo su equipo preparado y que la responsabilidad de que no asumiera la tenía el presidente Alfonsín, que no quería entregar la Presidencia. Raúl me dijo: “Querido, ¿vos escuchaste eso?”. Y te podría enumerar unas cuántas de esas en diferentes gobiernos…


Icónica imagen de la transición Menem-Alfonsín
Cáceres acompañando al entonces presidente Raúl Alfonsín

—Supongamos que por un momento usted posee el poder absoluto para implementar algunos cambios en el país, ¿qué reformas realizaría en el plano político? ¿piensa que está en crisis el sistema de representatividad política en la Argentina?

—Tenemos una crisis en el nivel que se te ocurra. Acá urge una reforma integral del Estado en todos los niveles. Hablando en criollo: esto es una bosta. El tema económico, ¿para dónde va? ¿por dónde viene? ¿para dónde lo están empujando? Todo al carajo… El tema educativo está cuesta abajo en la rodada, lo mismo en materia de salud. Lo que corno se te ocurra… Y en materia política, si vas a meter el dedo ahí, tiene que haber un amplísimo consenso. Es como pretender reformar la Constitución, más o menos. Tirar los caballos para adelante y llevarte de prepo a los demás porque eventualmente tengas uno o dos votos más, no sirve. Esto demanda un profundo consenso y lo que he visto en sesenta y dos años de militancia política es que el problema está en la convicción y la actitud democrática que cada uno tiene o no tiene. He pasado por distintos sistemas electorales, las he vivido todas y he visto cómo meten la uña y cómo trampean la voluntad popular en todos esos sistemas. El cambio empieza en uno, en cada uno de nosotros, es un cambio de actitud. Es volver a recuperar el valor de la palabra para volver a ganar confianza en la sociedad; una sociedad que, aunque sea temporal su equívoco, se equivoca reiteradamente. Y se están equivocando otra vez ahora los que plantean “que se vayan todos”. Entonces, ¿quién carajo viene después? ¿qué tenés después? ¿anarquía? ¿nos cagamos a tiros todos? Si tenés mala política, tenés que reemplazarla por buena política. Y si tenés malos políticos, tenés que reemplazarlos por buenos políticos. Para eso te tenés que involucrar en la medida de tus posibilidades en el partido que te sientas más cómodo, donde te calce mejor el traje: vas, te lo ponés y hasta donde podés, intervenís y participás. Si no, la política no se mejora y la responsabilidad, por inacción va a ser de cada uno de los ciudadanos de este país. Si no, estás frito.

—Desde un sector de la política se insiste en que las cosas no cambiarán en materia económica hasta tanto no se realicen dos reformas: una impositiva, que elimine algunas pesadas cargas y redistribuya mejor, y otra laboral, que flexibilice las relaciones en el mundo del trabajo, ¿coincide?

—La reforma impositiva tiene que estar en el marco de una reforma integral del Estado. No se puede seguir teniendo 164 putos impuestos que ya nadie sabe para qué son ni por qué se pagan: hay superposición de impuestos nacionales, provinciales, comunales, lo que demonio se te ocurra. Este es el país que más carga impositiva tiene en el planeta, pero esa carga no vuelve en resultados satisfactorios que le mejoren la vida a la gente. Esto es un disparate que hay que cortar, pero en el marco de una reforma integral. Todo el sistema económico debe ser reformado. Tampoco podés vivir en inflación permanente. Aquí el que tenía un peso cien años atrás, hoy tendría billones por las devaluaciones… La pérdida de poder adquisitivo es terrorífica. Desde fines del año pasado hasta ahora, cada uno de nosotros perdió el 40 por ciento del valor de las cosas que tenía, y cada uno de nosotros, en el transcurso de diez u once meses, ha perdido entre el 40 y el 50 por ciento del poder de compra…

—Vuelvo a la primera pregunta, entonces eso no es consecuencia sólo de un designio de los grandes poderes internacionales…

—No, eso es local, es local… Escuchame: en la Argentina está el hábito de que la culpa la tuvo el otro. Es decir, escupí la culpa para afuera del país y no asumís las cagadas que te mandás. Entonces el que está ahora le echa la culpa al que estuvo antes y así ninguno asume siquiera una parte de la responsabilidad de la macana que se mandó. No hay sociedad que pueda funcionar así.

—Le había preguntado si consideraba necesaria una reforma laboral.

—En materia de reforma laboral hay mucho para tejer, para ver. Esta misma pandemia te está demostrando que hay cosas que no vas a poder evitar. Hay modificaciones profundas que vas a tener que contemplar, reescribir una serie de cosas buscando garantizar la protección del más débil que en líneas generales es el trabajador o la protección de las fuentes de trabajo, pero aquí va a haber que rediscutir todo, porque el trabajo virtual va a seguir. Vas a tener que analizar la posibilidad o necesidad de disminución de horarios de trabajo para poder dar cabida a otra tanda de trabajadores. En fin, infinidad de cosas… Estamos en un momento en que vemos que lo que antes demandaba treinta años en cambiar, ahora puede modificarse en uno, dos o tres.

—¿Le parece necesaria una reforma del Estado que disminuya el déficit fiscal?

—Es bastante elemental: hay que tratar de nivelar las cosas. Pero también podés nivelar aumentando las exportaciones y es a lo que hay que apuntar. A ver, es larguísima la lista de macanas que en este país se conjugan para que todo se vaya al carajo. Pasamos de 820 mil cajas PAN en 1983 a 14 millones de planes sociales en 2020 y eso no es porque un solo tipo haya metido la pata; el que me venga a decir que es por eso, es porque me quiere tomar de pelotudo. Decime que la culpa la tuvo fulano, mengano, sea Macri o Pirulo, y entonces te digo: ¡si me querés agarrar de pelotudo, andate al carajo! ¡No se pasa de 800 mil a 14 millones porque un tipo metió la pata! Esto es una política que viene de atrás, de hace mucho, y viene como la mona. Algunos vienen con el discurso de combatir la pobreza mientras la mantienen y la profundizan y usufructúan a los pobres para garantizar bolsones de electores que les permitan mantener prebendas y posiciones… ¡Dejémonos de joder! Ahora, si nos queremos recibir como sociedad de boludos, bueno: ¡hagámoslo, asumiendo que somos boludos! Y entonces recibamos la medalla al mérito, la medalla de oro, el diploma, etcétera. Me saco con estas cuestiones…

—Se nota…

—Este es un país que potencialmente tiene todo, que ha estado peleando la punta un siglo atrás, que debería ser potencia mundial, y somos una cagada. Somos incapaces en este momento de atraer gente para que venga a laburar y poner los cataplines aquí. Al contrario, los nietos de los que vinieron están mirando para afuera para irse al carajo. Tenés una empresa próspera y la hacés mierda para que se vaya, y si no preguntale a Mercado Libre ¡Estamos todos locos, hermano, este es un país de pelotudos! Me saca eso…



—La Unión Cívica Radical se ha ido disgregando en el curso de los años, sus dirigentes aparecen en fuerzas políticas diametralmente opuestas en cuanto a propósitos y discursos, ¿por qué le parece que ocurrió eso?

—Mirá, el partido tradicionalmente fue humanista, pluriclasista, con una tendencia de centro izquierda y alas adentro. Nunca fue uniforme. Siempre tuviste gente más a la derecha, más a la izquierda, más hacia el centro. Y democráticamente disputaban adentro para definir la conducción y las líneas, que siempre fueron claramente populares, progresistas, y en algunos momentos revolucionarias. Bueno, esto fue entrando en crisis paulatina en los últimos 25 años. Se quedó el partido declamando la democracia hacia afuera y se fue olvidando la democracia hacia adentro. La pesada carga de tratar de influir en la concepción republicana y democrática en los amigos del peronismo pasó a ser al revés: empezamos a copiar procedimientos que eran los que no debían tener los amigos del peronismo. De golpe y porrazo, la bandera de “tratar de influir en la concepción republicana y democrática en el PJ” pasó a ser: “los del PJ son vivos y nosotros somos pelotudos”. Ahí se fue prostituyendo la cuestión. Y si querés vamos más atrás: se decide mimetizar partido con gobierno, que para mí es una cagada. Ese fue el primer enfrentamiento que tuve con un tipo que quiero y querré toda la vida y que es Raúl (Alfonsín). Eso conlleva un debilitamiento de los partidos políticos y te das cuenta de cómo los debilitaste una vez que perdiste el gobierno. Eso se pudo suplir mientras Raúl vivió porque él era un demócrata cabal. Su presencia morigeraba el problema que te estoy planteando en el campo de la teoría, que incide en la práctica. Pero hace veintipico de años empieza un proceso de decadencia que no lo vas a superar si no depurás padrones, si no garantizás juntas electorales transparentes y no tramposas, y si no garantizás la aplicación de la carta orgánica, que debe ser como la aplicación de la Constitución Nacional en la República Argentina. Aunque ya está pasando aquí en la Argentina lo mismo que a nosotros con la carta orgánica: cazás un artículo y ves si te conviene, y si no, olvidate…

—¿Hay una fuerza progresista interna actualmente en la Unión Cívica Radical? ¿Cuál?

—Hace tres años que venimos recorriendo el país con la expectativa futura de cubrir cada localidad de cada provincia. Hemos puesto en marcha un movimiento interno porque los partidos políticos son las herramientas que las sociedades tienen para realizar sueños y aspiraciones, y cuando tenés una crisis en el sistema de partidos políticos, tenés una democracia débil. Y cuando no tenés una división de poderes que funcione, tenés una república enclenque. Para ganar de vuelta ese instrumento que la sociedad necesita, que es un partido político que pueda provocar esos cambios, necesitás armar un movimiento interno: el nuestro es el Movimiento Nacional de la Militancia Radical. Tiene presencia en 23 provincias y en Capital Federal, en algunas provincias ya controlando el comité provincial, en otras con una presencia interesante y en otras testimonial… Aquí en Santa Fe vamos tratando de cubrir presencias en los distintos departamentos; mi hijo mayor Sebastián es convencional nacional y está muy activo en eso, con participación fuerte y dura planteando estas cosas que hablamos. Estamos haciendo pie en cada uno de los diecinueve departamentos y después hay que seguir expandiéndose a los distritos y localidades.


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