20 discos de rock local que deberías escuchar


La pandemia puso en pausa usos y costumbres de todo tipo —empezando por los besos, como ya se ha escrito por demás—. En la vida cotidiana, en la política y también en el periodismo. De esas cosas pasadas de golpe al olvido quisimos rescatar las simpáticas y siempre polémicas listas de películas, discos, libros y etcéteras “de la década”, que en los tiempos prepandémicos inundaban los medios cada diez años. Empezamos por los discos y el rock local entre 2010 y 2020, y le pedimos su lista a un especialista que los escuchó todos. No son “los mejores”, no es un ranking, son los recomendados de Diego Giordano (laconspiraciondelruido.wordpress.com)



Por Diego Giordano

En la década que pasó la escena emergente del rock de Rosario pegó el estirón, y el salto fue cualitativo y cuantitativo. Muchos, muchísimos discos excelentes fueron publicados en estos últimos diez años. Esta es solo una muestra:


Gang! / Los Knutsen (Inédito, 2011)

Antes de dedicarse de lleno a su grupo de funk psicodélico Budajipis, Sofía Pasquinelli, una guitarrista de nivel estratosférico, integró Los Knutsen junto a Andrés Paolucci (bajo y coros) y Gerónimo Zamaro (batería). Es una pena que el trío no se haya consolidado porque su único registro supura adrenalina, punk y urgencia.

A lo largo de cinco canciones, la base rítmica suena maciza y compacta, pero es Pasquinelli, dueña de una técnica asombrosa, la conductora del carrito que lleva al trío por una montaña rusa de punk y grunge con toques de psicodelia en canciones como “Algo que no pida”, “Dorotti” y la impetuosa “Gang!”. Este EP de Los Knutsen permanece inédito. Por suerte, solo hay que teclear el nombre del grupo en You Tube.


Víctima del Vaciamiento / Víctima del Vaciamiento (2012)

Incansable luchador de la escena subterránea, después de liderar Los Daylight, Los Impedidos y Operativo Exposición Total, Osvaldo Zulo grabó su debut como solista: ocho canciones comprimidas en poco más de quince minutos que comienzan con un trueno titulado “E.E. Cummings”, un homenaje al poeta norteamericano, de quien Zulo cita la máxima “Unbeing dead isn’t being alive”. Cummings no tiene nada que ver con el rock and roll, pero Zulo convierte sus palabras en un haiku punk de combate contra la zombificación del rock.

Zulo se sube al ring con la pelea perdida, y su obra, al igual que la de los artistas que lo influenciaron, refleja su resistencia a la uniformidad y al conformismo. Al mismo tiempo que reconoce la inferioridad numérica en el campo de batalla, va al muere sabiendo que la derrota está sellada. Con ese solo gesto, encarna el romanticismo punk y subterráneo en su estado más puro.


La espera / Pablo Jubany (2014)

Desde los comienzos de su carrera, Pablo Jubany entendió al rock como un ejercicio de ficción, un ámbito expresivo regido por la imaginación antes que por la representación. Por eso resulta llamativo que La espera sea un disco realista y sincero, que oscila entre el rigor verista de su mensaje y el sarcasmo que lo subraya.

La espera habla del hastío que genera vivir en este híbrido incoloro, ni pueblo ni metrópolis, apenas una ciudad chata, cautiva de su propia publicidad. En ocho grageas de vitriolo y music hall dramático, ideales para festejar la derrota y combatir la intrascendencia, Jubany ofrece un retrato ácido de la Rosario modelo 2014, nunca joya, siempre taxi delivery.


Muerte geométrica / Los Del Fin (2014)

Gabriel Medina (guitarra y voz), Julián Caselli (bajo) y Lautaro Bobadilla (batería) llenan sus canciones de cortes y arreglos intrincados solo por el placer de agarrarse a trompadas con el pentagrama y buscar siempre el próximo escalón de volumen y potencia hasta lograr que la música se desangre.

El rabioso e incandescente Muerte geométrica suena como un Tetris tildado que apila piezas de manera irregular a toda velocidad. Las canciones de Los Del Fin transcurren en las noches suburbanas de la Rosario drogada y violenta de los últimos años, y construyen una mitología barrial de la zona oeste de la ciudad. Muerte geométrica es una tormenta eléctrica y una patada en el culo a los papanatas que creen que el rock está muerto.


Estela / Mi Nave (2014)

En la historia de Mi Nave, las letras aparecieron de un modo tardío y fueron escritas con el único objetivo de que el grupo no fuera un proyecto instrumental. La brevedad transparente y hermética de esas letras compuestas de apuro las convierte en organismos autosuficientes, y concentra la clave de la música de Mi Nave.

Estela diseña laberintos de espejos que replican pequeñas epifanías. ¿Qué se hace cuando se experimenta una epifanía? Se intenta prolongar su efecto o repetir su aparición. El deslumbramiento dura unos pocos segundos y su realización verbal requiere de escasas palabras, y en las canciones de Mi Nave, cada palabra es importante no tanto por lo que significa sino por el modo en que puede, a partir de la repetición o el estiramiento, modificar su carga sonora y semántica y convertirse en un factor sugestivo y desconcertante.


Arena / Prima Limón (2015)

Escuchar la música de Prima Limón —seudónimo de Julia Capoduro— es como mirar a través de un microscopio. A simple vista, nada se mueve, pero al ampliar el aumento de la lente, aparecen microorganismos agazapados en la aparente fijeza. Guitarrista de técnica refinada, Prima Limón trabaja con pocos elementos, y apela a la repetición solo para enrarecer sus canciones al introducir mínimas variaciones —tímbricas, armónicas— que alteran la percepción.

En una propuesta de estas características, la producción sonora es fundamental y la artista eligió, para la mezcla y el mastering de Arena, a dos expertos: Ezequiel Fructuoso y Eduardo Vignoli. Estas seis canciones, hipnóticas y minimalistas, ofrecen un efecto similar al que ocurre cuando, de tanto mirar un cuadro, la imagen parece comenzar a moverse.


Saturno Swing / Aguas Tónicas (2015)

Mariano Conti no descansa. Su producción se divide en los discos que graba como solista (El mito del origen, de 2015, y Cocina, de 2016, son los más recientes) y su trabajo al frente del grupo Aguas Tónicas. Saturno Swing, cuarto disco de estudio del combo, fue grabado en un fin de semana, y contó con la producción y mezcla de Hernán Espejo, más conocido por su seudónimo Compañero Asma.

Machacando sobre la veta de rock valvular que persigue desde su primer disco, en Saturno Swing, Aguas Tónicas actualiza el blues psicodélico de comienzos de los años 70 —Pappo’s Blues, Pescado Rabioso, Color Humano— entre climas humeantes, llamamientos al comunismo y paisajes interestelares. De paso, surfea la ola más alta de su carrera.


No parece una catástrofe aunque lo sea – Todo eso que nunca vuelve / Yuliett (2015)

Melancólico, nocturno, pop, minimalista, artesanal y rotoso son algunos de los adjetivos que podrían usarse para describir este álbum de Pablo Giulietti. El guitarrista, que integró la última formación de Alucinaria, forma parte de los Killer Burritos y Degradé; además, lidera el volcánico dúo Valle.

Este trabajo, un disco doble que llega desde un lugar fuera del tiempo, tiene el sonido de una vieja mancha de humedad en la pared. Entre las canciones surgen sonidos fantasmales, voces ahogadas y pianos que parecen ecos desafinados de alguna canción de Molly Drake. En “Brisa”, cuando Giulietti canta “este cuento se borró / no lo pude terminar”, resume el concepto de un disco para guardar pegado a Bedroom Databank (2010), los cuatro volúmenes de grabaciones caseras de Bradford Cox.


Chicodinamitaamor / Coki & The Killer Burritos (2015)

La gran diferencia entre Chicodinamitaamor y sus antecesores es la cohesión en la producción artística. Coki Debernardi siempre quiso que sus trabajos tuvieran una unidad de criterio, pero esta nunca se terminó de plasmar de manera categórica ni en el sonido ni en el acabado final, quizás porque carecían de la mirada panorámica que diferencia un álbum de un paquete de canciones.

Chicodinamitaamor retrata el clima violento que se respira en la ciudad con letras que hablan de asesinatos, peleas, drogas, soledad y locura. Y contiene, además, algunas de las mejores composiciones de Debernardi en toda su carrera: la irresistible y espiralada “Titanic té”, “Dinamita2”, que cierra el disco a pura desolación, y el vórtice del álbum, “La sombra”, más que una canción, un estado mental.


La trituradora / Mauro Digerolamo (2015)

La riqueza estructural y armónica de la canción que le da título al tercer álbum de Digerolamo captura un momento crítico, el punto cero de una fuga hacia adelante. Con el paladar abierto en dos por la ansiedad y el rechazo al conformismo, Digerolamo arranca: “No quiero morir joven, no quiero vivir viejo / no quiero ver que al final / cualquier cosa es lo mismo”.

Los factores que hacen de La trituradora un disco excelente son muchos —la calidad de las composiciones y los arreglos encabezan un largo etcétera— pero la interpretación vocal es el más destacado. En los quiebres, en la rotura texturada de un registro que alterna languidez enfermiza con explosiones de ira, se escuchan los ecos de la crisis personal y creativa que dio origen al disco y que sobrevuela cada canción como una nube negra.


Los Jardines Líquidos / Los Jardines Líquidos (2016)

Flor Croci nunca había logrado plasmar todo su talento en un álbum, y Los jardines líquidos repara esa injusticia. Al frente del cuarteto que completan Ramón Merlo en guitarra y coros, Juan José Flores en bajo y coros, y Adrián Carlesso en batería, y a lo largo de doce canciones que flotan entre la crudeza pop de The Breeders y el cruce entre melodías y texturas sonoras trazado por Gustavo Cerati en Dynamo (1992),  Croci despliega su creatividad como compositora y su reconocida ductilidad como instrumentista.

La autoría de las canciones y la producción artística del álbum fueron tareas que Croci compartió con Ramón Merlo, su mejor socio creativo a la fecha. El dúo, que se apoya en la solvencia de la base rítmica, también explota en el plano instrumental: el diálogo entre las dos guitarras es uno de los puntos altos del álbum. 


Crotoplasma / Amazing Ruckus Trip (2016)

En sus canciones, los ART liberan todo lo que tienen adentro, ya sean una tremenda descompostura estomacal (“Piñata gástrica”) o las explosiones cannábicas de una “Hípertos”. Sus letras también hablan de la masturbación o del mal viaje psicodélico de un amigo de miembro prodigioso, apodado, previsiblemente, Manguera. Son historias inofensivas y humorísticas, pero cuando la banda se sube al escenario, se vuelven una cuestión de vida o muerte.

El disco está acompañado de un manifiesto que comienza con la pregunta “Ahora que soy culto, ¿me dejan ser croto?”, y que cita como figuras tutelares al filósofo Diógenes y al poeta mural Cachilo. La filosofía plebeya e insolente del pensador griego, que descartaba la abstracción idealista y valoraba la animalidad y el instinto, guía a este cuarteto que rebota sin freno entre el punk y el pop.


Días de fuerza / Alucinaria (2016)

En Días de fuerza, el formato sonoro original de Alucinaria está sepultado bajo una catarata de guitarras, voces, teclados, cuerdas y vientos. La instrumentación copiosa y los experimentos formales definen el concepto del álbum, que se nutre del pop barroco de los Beach Boys modelo 67 y el espíritu beat de los primeros años de Los Gatos.

Estructura y forma son las palabras clave de Días de fuerza porque las canciones marcan la intención de Pablo Comas, su autor, de internarse en los laberintos espejados de la artesanía pop para encontrar, o no, la salida. Casi un anticipo del debut solista de Comas (Hambre, 2019), Días de fuerza es pop de cámara para escuchar con auriculares.


El vuelo del águila Midi / Lesbiano (2017)

Iconoclasta y talentoso, Lesbiano nació en la época equivocada. Sus obsesiones son el futuro y la tecnología, y su necesidad de convertirse en un androide lo lleva a explorar todas las herramientas disponibles para construir su propio exoesqueleto musical.

Como si fuera un personaje de Videodrome (1983), la película de David Cronenberg, Lesbiano extirpa de su pecho sonidos, beats y bits para crear una música que conjuga diversas vertientes de la escena electrónica contemporánea —breakcore, breakbeat, glitch— en una colección de canciones pop. Si Roy Batty viviera, “Rosario is dead” y “Quemando cromo” estarían en su lista de reproducción favorita.


4​:​59 AM Club / Los Sucesores de la Bestia (2018)

En sus comienzos, a finales de los años 90, Los Sucesores de la Bestia ofrecían, en sintonía con la época, un alocado cóctel de géneros. Tras un período marcado por el funk bailable, la carrera del grupo se partió en dos con el álbum doble Esto no es funk / Esto es head rock (2010), que separaba los dos perfiles de la propuesta, el bolichero y el rockero. El espléndido 4​:​59 AM Club nace precisamente de esa decisión. 

En 4​:​59 AM Club no hay funk ni soul; se trata de un álbum de rock, a secas. La calidad de las composiciones, el trabajo vocal, los arreglos y la producción sonora redondean el mejor disco del grupo liderado por Dani Pérez. Y “Declaraciones de último momento” —con un trabajo de guitarras monumental— es una canción para escuchar a todo volumen en modo repeat hasta que los vecinos llamen a la GUM.


Bosque digital / Cabeza De Saturno (2018)

Cabeza De Saturno, el cuarteto integrado por César Prece (guitarra y voz), Julia Perpiñá (guitarra y coros), Estefanía Invernizzi (bajo y coros) y Agustín Lenci (batería) curte un rock melódico y enérgico que se sostiene en un trabajo de guitarras extraordinario y un acabado ensamble grupal.

Pero no todo es combustión de alto octanaje: las explosiones sónicas (“En espiral”) encuentran su complemento en instrumentaciones delicadas, como la apretada filigrana de guitarras que distingue “Empezar”. El instrumental “Ven te veo” condensa el equilibrio entre los estallidos de ruido y distorsión y la sutileza que recorren las ocho canciones del volado y psicodélico Bosque digital.


Terror Kawaii / La Metamorfosis del Vampiro (2018)

Bautizado por Baudelaire, el dúo que integran Jota Kan y Maria Pinipona destila sus efusiones hechas de gritos, estallidos industriales y beats disparados desde una AK-47 en canciones que casi nunca llegan a los tres minutos de duración. Desde Veneno para sapos (2016), La Metamorfosis del Vampiro se afianzó en el circuito local y capturó el interés de un público nuevo, joven y heterogéneo.

No tiene mucho sentido tratar de catalogar la música de La Metamorfosis del Vampiro: si bien se nutre de diferentes corrientes —punk, industrial, noise, darkwave, hardcore tecno—, el dúo las sumerge en ácido sulfúrico para crear la banda sonora de una pesadilla gótica, ideal para estos días de capitalismo asesino. 


Furia maravilla / Tano Viamonte (2019)

Una suerte de resignación estoica, que oscila entre el humor y la desesperación, recorre las canciones del Tano Viamonte. Talentoso, vago y despreocupado, fondeado en Pérez, el culo del culo del devastado conurbano rosarino, disco a disco, Viamonte construyó una obra despareja y extraordinaria.

Entre el rockito fiestero “Banana”, con Coki Debernardi de invitado, pasando por “Paraguay” —al que Viamonte define como el producto del coito entre Dinosaur Jr. y Raúl Carnota—, y el nebbiero “Rocanroles imposibles”, con Litto Nebbia en voz y teclados, Furia maravilla aparece, un poco paradójicamente debido a su variedad estilística, como su trabajo más sólido.  


Salir / Bubis Vayins (2019)

La propuesta de la aparición más fulgurante de la escena local de los últimos dos años se sintetiza en el contraste entre melodías aniñadas y letras que hablan de desesperanza y alienación. La bipolaridad que caracteriza la música de Bubis Vayins nace de las canciones de Maru y Nineo Zoom, sus dos compositores, cantantes y guitarristas. Allí donde Maru aporta angustia y frenesí, Nineo Zoom ofrece altas dosis de melancolía; la telepatía entre ellos es extraordinaria.

La tristeza infinita de “Parque”, el vértigo atropellado de “Ansiedad” —“En los días que quiero reír / en los días que quiero llorar / el sentimiento es el mismo / la cara, distinta”, canta Maru—, y la elegía urbana titulada “Cuando San Martín se hace avenida” anuncian que lo mejor de este quinteto está por llegar.


Psicoguiso / Alto Guiso (2019)

En 2016, casi de casualidad, Sofia Pasquinelli (guitarra eléctrica y voz), Florencia Croci (bajo y voz), Melina Spizzirri (trombón, sintetizador y voz) y Ani Bookx (beats, loops y voz) formaron el grupo que se convirtió en una de las sensaciones de la escena rosarina de la mano de un cóctel cadencioso y feminista, hecho con pedazos de hip hop, rock y funk.

Cristian Bruscia, Paola Santi Kremer y Hugo Lobo son algunos de los invitados de Psicoguiso, un álbum envolvente, bailable y urbano que destila humor, ironía y crítica social en un estofado de, tal como las mismas Alto Guiso lo definieron, “post hip-hop apocalíptico y psicorap digital de garaje”.


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