Viaje al fin de la noche



Por José Cavazza

Un baño de distopía. Antes del calvario bautizado Covid-19, nos envolvíamos con un manto muy cool y disfrutábamos vislumbrando un futuro distópico, frente a las páginas de un libro o ante la pantalla de la TV viendo una serie. Era profundamente encantador observar una sociedad apocalíptica, donde grupos de menesterosos se arrastraban sobre caminos de ceniza humeante, en medio de bosques de árboles raquíticos y negros, bajo un cielo plomizo, en el mejor de los casos, y soportando una lluvia de ácido, en el peor; donde buenos vecinos huían de ciudades ruinosas y de una guerra extraña e invisible, una guerra que no se sabía lo que podía durar y que nosotros, gente cool, podíamos, sin embargo, no sólo imaginar la duración de esa tribulación sino también entender qué cosa había originado esa sociedad situada en el vértice de lo posible, donde cada acción se volvía sufrimiento, donde hombres y mujeres como nosotros circulaban condenados a una muerte aplazada, con una mayoría palmando en el instante final, rendida y agonizante como corderos, mientras que otros habían empezado a morir tiempo antes. Estos y aquellos eran los desgraciados de la tierra, y había otros, sí siempre los hay, que eran los dueños del mundo y sacaban ventaja de ese momento. ¿Cuántas novelas hemos leído cuyos argumentos se asentaban en sociedades imaginarias indeseables?  “1984”, de Orwell; “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley; “Fahrenheit 451”, de Bradbury; “El cuento de la criada”, de Margaret Atwood; “La carretera”, de Cormac McCarthy, y “El hombre del castillo”, de Philip Dick. Hasta “Ensayo sobre la ceguera”, de Saramago, y la reciente “Sumisión”, de Michel Houllebecq, y por qué no “El proceso”, de Kafka, y “La invención de Morel”, de Bioy Casares.

Desde hace medio año, como si el futuro hubiera llegado de golpe, en las calles de nuestra cuadra o a través de la TV en cualquier otra urbe del planeta, ¿qué observamos? Mortales calzando barbijos, como antes calzaban sus anteojos de sol, caminando cabizbajos y desconfiados en calles semivacías; casas ocupadas; rutas despejadas; largas filas humanas, respetando un protocolo de distanciamiento, frente a la farmacia o al supermercado, y una vez adentro, maniobrar la mercadería con el cuidado del especialista que desactiva una bomba; además, bares, restaurantes y tiendas de todo tipo con las persianas bajas, y ejércitos de médicos infectólogos lanzados a la conquista de los medios de comunicación. ¿Quién hubiera imaginado el último verano estas postales urbanas? Seguramente, nadie. Entonces, ¿cuál es el futuro que podemos imaginar hoy?, porque a la gente, en general, le gusta conjeturar un porvenir. Sin embargo, hoy lo que cuenta es el presente, no existe nada más poderoso, y no hay imaginación que supere esta realidad. “Imaginar un futuro es hacer un discurso a los gusanos”, escribió hace noventa años Ferdinand Céline, en “Viaje al fin de la noche”, su novela sobre la Primera Guerra Mundial. Después del Covid-19, cuando aparezca una vacuna salvadora, cuando deje ya de ser tan poderoso el presente y tal vez asumamos que los viejos y nuevos virus han representado un trastorno feroz del tejido de la realidad, seguramente volveremos a imaginar un futuro que se aleje del “discurso a los gusanos” de Céline. Entonces, quizá la dependencia de la ciencia sea mayor que en la actualidad, y nuestro control del genoma humano nos dará  unos poderes camaleónicos que los antepasados desconocían y, seguramente, la manipulación genética se volverá tan accesible como jugar con tierra y hasta podremos cambiar de sexo como hoy cambiamos de ropa interior y además hasta tendremos la opción de hallar para cada uno de nosotros el tono de piel que más nos gusta, y los futboleros podrán optar por la pigmentación del equipo favorito… Será el momento también en que necesitaremos más chamanes y menos infectólogos, para que las cosas vuelvan a tener sentido.

¡Ay, mi madre! Mi madre, a punto de cumplir 89 años, por enésima vez me pregunta: “Nene, cuánto va a durar esto”. Pobre, lo único que desea es volver a entrar al bar de la esquina a tomar su café con leche con medialunas. Además, extraña el tour semanal por los consultorios de sus médicos preferidos. Yo, por mi parte, que nunca fui demasiado prudente, esta vez me volví lo bastante práctico como para ser cobarde. Quiero decir, la saludo con el codo, no más. Voy un rato a visitarla, le pongo la tele y le digo “viste, la pandemia tiene su parte buena. Mirtha no está más”. “Pero está su nieta… es una burra esa chica”, me retruca. Tal vez tenga razón, pero ¿quién dijo que hay que ser inteligente para estar en la tele? Me pide que le busque algún programa de noticias. Pienso sintonizarle uno de esos programas conducidos por los dueños del odio, como estrategia para aliviarle su propio dolor cotidiano. Si el olor nos dejara guiar por los canales de TV, un vaho a podredumbre nos depositará en la pantalla de Majul, Lanata, Leuco, Feinmann, el Baby Etchecopar.  ¿Por qué no nos dejan en paz estos tipos?, si estuviéramos en medio de una guerra seguramente ¿con qué cosas estarían lucrando? No quisiera imaginarlo. ¿Y si le sintonizo a los optimistas de la pantalla? Es la otra opción. “¿Mamá, cuánto puede durar esta otra guerra?”, le digo, sabiendo de antemano que no me va a escuchar. “¿Vos qué mirás en la tele, hijo?”, me pregunta. Le respondo que miro el programa de Berco, “Brotes verdes”. No sabe quién es.  



Los de enfrente. Siempre termino poniéndole noticias locales a mamá. La ciudad está bajo un manto de niebla. No se trata de una película distópica. Son los incendios en las islas de enfrente, que tampoco son nuestras sino de la provincia de enfrente, ¿se entiende? Nuestra gente sale a protestar y a cacerolear a los balcones de los edificios del centro y también de las torres contra el río desdibujado por el humo irrespirable, y también algunos encolumnan sus automóviles en una marcha condenatoria que pasa frente al Monumento, casi invisible bajo la bruma asfixiante. Cualquier turista desprevenido podría aplaudir tanta muestra de civismo. ¿Qué se han creído esos terratenientes que prenden fuego a su propio suelo para abaratar costos y jodernos, de paso, la vida a los rosarinos? Pero no, despistado visitante. La protesta se trata de otra cosa, es para defender a unos tipos que estafaron al Estado, a sus trabajadores y a chacareros de la zona. ¿Cómo? Sí, todos somos Vicentín. Si lo tocan nos están tocando a todos nosotros. Si lo expropian nos están expropiando. Le explico a mamá, pero no entiende, pobre.  “Si tocan a Vicentín es como si tocaran a Majul o a Leuco, mamá, ¿estás entendiéndome?”. “No”. Estamos en la última semana del gélido julio. Lo único que mamá entiende es que hace un mes la mujer que la acompaña y le cocina no puede venir porque hay paro de colectivo, en una ciudad que, históricamente, nunca soportó más de 24 horas de huelga de su transporte público, y que hoy, dicha situación, parece ser hasta algo normal.  Aparte de mi madre, a nadie en esta ciudad le importa si los colectivos andan en la calle. Sobre todo a los empresarios del transporte y a los gobiernos local, provincial y nacional. “¿Entendés?”, le pregunto. “Más o menos”, dice mi mamá. Al fin.


Un resumen trastornado. El gobierno de Alberto me hace acordar a un ex jugador de Newell’s, Billy Rodas: se iba en amagues y le costaba horrores hacer un gol. El macrismo mal llamado “duro”, que sobreactúa para una minoría exasperada, se parece a una banda de supervillanos ignorantes del cómic, y ese tal Fernando Iglesias es como un Guasón bruto interpretado por Rock Hudson. ¿Pueden imaginarlo? Pensar en la post-pandemia con todos estos personajes juntos buscando una solución, dan ganas de balearse en un rincón. Buenos Aires está complicado; en Rosario, por ahora el narcotráfico está matando más gente que el coronavirus. ¿Alguien salió ganando en este medio año que ya transitamos? Bueno, las empresas tecnológicas se han beneficiado de esta crisis por el simple hecho de estar en el lugar correcto en el momento justo: la nube. ¿Quién hubiera imaginado en otras épocas que el hecho de estar en las nubes iba a ser más redituable que estar en tierra firme? Las crisis, vuelve a verse, no afectan a todos por igual, y hasta incrementó el patrimonio de varios multimillonarios en el mundo. El negocio es el negocio. Jeff Bezos, el fundador de Amazon, aumentó en 25 mil millones de dólares su capital. Sin embargo, en esta crisis tan especial fueron los estados y no los mercados los que salieron a dar respuestas; se sabe, la globalización en el capitalismo tiene que ver con la economía, nunca con la solidaridad. Se siguen haciendo tratos, se estrechan las manos y se tuercen brazos, aunque ahora nos saludemos con los codos. Y continúa habiendo ganadores y perdedores.

El mundo es una gran piedra lanzada al espacio, que viaja y gira a una velocidad sideral y nosotros estamos parados sobre ella. Quiero decir, si hay un tiempo en la historia de la humanidad en que no nos creemos inmortales, es este 2020, seguramente. Los griegos, cuando explicaban la filosofía como el arte de prepararse para morir, decían que la existencia es la aventura de crecer en medio de lo negativo. En eso estamos. ¡Y no me digan que este no es un cierre optimista!


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