La costa fantasma del centro rosarino,
entre antiguas y nuevas tensiones


Fotografías: Alan Monzón

Por Ricardo Robins


El retiro del agua del Paraná sobre la costa central de Rosario habilitó un espacio que estaba escondido. La bajante alumbró una línea de ribera inédita. Un camino hecho de piedras y barro que une desde la proyección de Francia, a la altura del Barquito de Papel, hasta España, donde empiezan las guarderías, complejos gastronómicos y clubes de pescadores. Después de un año de sequía, esa zona invisible ya no es un accidente sino un territorio y como tal, un lugar de disputa, de ocupación, de tensiones viejas y nuevas.

La altura del Paraná empezó el mes de noviembre por debajo del metro. El caudal llegó a marcar 0,08 en mayo pasado y no supera el metro y medio desde el 2 de abril, según la Estación Hidrometeorológica de la Universidad Nacional del Litoral (UNL). Siete meses sostenidos con dos y tres metros menos de agua que el promedio histórico generaron una orilla de casi dos kilómetros al pie de la barranca. Los pescadores aprovecharon la oportunidad pero se sumaron otras personas con fines diversos y no hay Estado que se asome a ese rincón de escombros y residuos, casas derrumbadas y otras que resisten, y unas viejas estructuras portuarias que deben retirarse pero nadie alcanza a imaginar cómo hacerlo.



Al filo de todo


Frente al Barquito de Papel, sobre Francia y avenida de la Costa, está el Parque de la Arenera, el último espacio verde en inaugurarse en esa zona, a fines de 2018. Se presentó como “un paseo sobre el borde del río” con senderos, luces y reposeras, y que “privilegia el recorrido público sobre el borde del agua”. Pero el borde del agua se corrió. Del otro lado de la baranda surgió un camino de tierra intermedio donde cae la basura y una iguana se pasea como si fuese una avenida propia hasta que dos calandrias la atacan de forma imprevista. La iguana huye de lo que podría ser un nido y se esconde entre las bolsas de plástico y las botellas, que se apilan junto a restos de materiales. Existe incluso un “debajo” de ese sendero de tierra seca y caliente por el sol del mediodía: una playa hostil de piedras. Al costado, el desagüe pluvial a la altura de Francia.


Santa Fe Ciudad

Hace doce años, la Municipalidad imaginó un destino más ambicioso que incluía un paseo con bajadas al Paraná, al estilo de Costa alta. En 2008, el Concejo aprobó la ordenanza 8320 que obligaba a Servicios Portuarios SA (desarrollador de las torres Maui) a una serie de contraprestaciones, entre ellas el «Parque Público Jardín de la Arenera». Las obras deberían haber terminado en 2014 pero se demoraron y se cumplieron, a medias, cuatro años después.

“Hicieron unas reposeras de hormigón y unos caminitos pero la bajada al río no se realizó”, aclara Juan Monteverde, referente de Ciudad Futura que denunció los incumplimientos de los urbanizadores privados. “En general, hicieron la apertura de calles y avenidas porque eso les permite llegar a sus torres y edificios, y algunos parques, pero no cumplieron con muchas otras contraprestaciones en el espacio público. El colmo fue cuando las Maui vendieron su proyecto al Sheraton, que pidió hacer más pisos de lo permitido, y sin haber hecho las obras públicas exigidas”, agregó el ex concejal. Ese proyecto se paró en 2018 cuando el apoderado local, Carlos Gianni, quedó involucrado en la causa de corrupción contra el ex secretario nacional de Obras Públicas José López.

A un lado de ese parque, comienza Ciudad Ribera y se despliega Puerto Norte, un límite que marca la propiedad privada y detiene a la iguana. Pero hacia el centro se puede seguir caminando y aparecen los primeros restos de los muelles portuarios olvidados. Viejas y densas estructuras que nadie se anima a retirar. A pesar de los carteles de “No pasar” o “Peligro”, los pescadores bajan por la barranca, por rampas inexplicables, caminos o incluso usan las escaleras que aún perduran de la vieja Unidad III. La postal no puede ser más contradictoria: junto a la señalética que prohíbe el uso del lugar están atadas las bicicletas y motos de quienes ya están abajo, en la pequeña ciudad que funciona a desnivel y con sus propias reglas.



“Es una locura lo que pasa ahí. Van a pescar entre escombros, desechos de todo tipo y muelles que son muy riesgosos”, describe el concejal de Cambiemos Agapito Blanco. El titular de la comisión de Planeamiento del cuerpo local reconoce que el camino de sirga que se genera junto al agua no es regulable por ese cuerpo pero señala que tampoco existen proyectos en discusión sobre esas barrancas. Tierras que, al quedar fuera de la óptica del peatón, no trepan a la agenda pública.

Más compleja es la situación de los viejos muelles portuarios. “El retiro de esas estructuras no estaba contemplado en los pliegos urbanísticos y son difíciles de desmontar. Están anclados 10 o 20 metros bajo agua y no hay un presupuesto claro de cuánto puede costar ese trabajo”, analiza Blanco y agrega: “Pero sin duda se trata de una zona inestable, sin mantenimiento y que es una asignatura pendiente para la ciudad”.

El edil del PDP en Cambiemos señala que hace unos 20 años existió un proyecto de un complejo gastronómico que pretendía reutilizar las huellas de la ex Unidad III de Rosario a cambio de 40 años de concesión. La idea no prosperó y el tema se perdió en la nebulosa, como esos gigantes de acero y óxido.


Obras lejanas, futuro incierto


Desde las ruinas del puerto se escuchan los ecos de la construcción del otro margen de la avenida de la Costa. El ruido monótono llega desde una nueva torre en el complejo de las Maui. La segunda mole de 44 pisos avanza. Otro edificio se termina sobre Francia (y Arenales). Hacia Puerto Norte se ven a simple vista otras dos construcciones. ¿Algunas de las obras que deben hacer los privados implica limpiar las barrancas y retirar los muelles?

“No hay trabajos pendientes en el área de Francia hasta España”, reconoce a Suma Política el secretario de Obras Públicas municipal, José Luis Conde. “La costa es muy extensa y tiene tipologías muy distintas que fueron cambiando a lo largo del tiempo. No tenemos un problema ahí. Tenemos muchos problemas”, explica.

Conde señala que no es lo mismo la zona del Club Mitre, donde este año se produjo una rajadura de 20 metros en el suelo y existen muelles de madera de cien años, que la franja frente al Parque Urquiza, donde hubo desprendimientos y se deben hacer nuevos canales de hormigón para conducir los desagües, o que esta barranca del Parque Sunchales. “Nosotros recorremos por tierra y por agua. Vemos los problemas, algunos nos hacen más ruido, como los muelles, porque son trabajos muy costosos”, avisa.

Pese a los casi 20 años de reconversión de Puerto Norte, aún no parece haber planes para esa franja costera y el tiempo es un agravante: “Es muy complejo el tema, si no se retiran los pilotes y se caen será peor porque después quitarlos del fondo del río incrementa los costos”. El secretario local dice que en este contexto económico la Municipalidad está “lejísimo” de poder remover esas estructuras pero sí puede avanzar en “tareas mínimas de cuidado: las barandas, la cartelería y los controles”.

Además, Conde asegura que existen obras pendientes que deben realizar los privados pero en este año de pandemia muchos de esos fondos se redirigieron a refacciones o ampliaciones de centros de salud. Ese ítem depende de Planeamiento y desde esa oficina pidieron a este medio unos días más para informar los detalles del estado de cada convenio público privado.

Según reseñó la ex secretaria del área Mirta Levin, la Municipalidad inició hace décadas un trabajo “espectacular para limpiar toda la costa central” que comenzó a desplegarse a fines de 2004 con el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (Macro) en los ex Silos Davis. Siguieron la apertura de avenidas y la inauguración de parques (De las Colectividades y Sunchales). Se logró a través de siete convenios con urbanizadores y otros tres con los clubes de pescadores, reconvertidos (o ampliados) a restaurantes.

La hoy directora del Ente de Coordinación Comunitaria (Ecom) describe cuatro etapas de ese plan de “apertura del frente ribereño” como política de Estado. Reconoce que en los últimos años hubo pocos avances en ese terreno pero evita hablar de estancamiento: “No soy yo quien debe decir eso”.



Underground


En el virtual recorrido desde Francia hacia el centro, las barandas del paseo peatonal se hacen irregulares. Una hilera termina en el vacío, justo donde un ombú colapsó, y entonces surge unos metros antes otra línea divisoria que crea una especie de corralito en triángulo. Encierra a un agujero sin fondo con raíces que se cruzan. A 50 metros, un árbol partido en dos: una mitad cedió barranca abajo y la otra queda en pie. Los carteles insisten en la existencia de un riesgo que, inocentes, creen anular por el solo hecho de señalarlo. Abajo se ven baldosas naranjas solitarias, restos de una, dos y tres casas demolidas. Un sendero baja hacia la orilla, atraviesa unos arbustos crecidos y se pierde. Una prenda negra de una mujer cuelga de una rama, como una bandera que indica algo indecible.

Antes de llegar a los ex Silos Davis (Unidad IV), hoy bar y museo, un bote de pescadores en desuso: el “Santa Trinidad”. Y más allá, una bandera argentina que honra el ingreso a una casa, cuyo acceso desde la rambla de cemento ostenta rejas y alambres de púa. Es una de las dos viviendas de pescadores que resisten bajo la barranca. El inocuo cartel de “Peligro no pasar” (otro más) ahora parece decir: “Acá vive alguien”. En marzo de 2007, lluvias intensas generaron un derrumbe a la altura de Moreno que barrió con una vivienda precaria y tres personas murieron. Después, el municipio hizo un relevamiento de las familias asentadas sobre la barranca. Doce ranchos fueron removidos y los ocupantes trasladados pero esta casa con la banderita celeste y blanca y otra que asoma unos metros más adelante persisten.

“No, no quiero hablar, ¿para qué?”, dice Daniel, de 59 años. Es pescador y hace 30 que vive en la vivienda más próxima a los silos de colores. Desde la escalera que conecta el parque Sunchales con su casa, cuatro o cinco metros abajo, se ve un techo de chapas y una mesa al aire libre. “Los botes no los podemos tener acá porque pasa una barcaza y con el oleaje se chocan con las piedras y se rompen. Nos vamos hasta el Ludueña y salimos desde allá. Vamos de noche pero está saliendo poco; no hay nada”, cuenta sobre su actividad.

Daniel vive con un compañero y en la otra casa conviven otros dos trabajadores del río, dice. “Hace unos años la Municipalidad hizo un relevamiento porque más allá era insegura la barranca pero acá no, es de tosca. Allá en los clubes de pescadores es peligroso, porque es tierra fina, por eso se abrió el Club Mitre, pero acá es estable. Es otro tipo de barranca”, diferencia. Asegura que ellos cuidan y mantienen la zona, y que la bajante sostenida les trajo problemas.

“Podés ir caminando desde España hasta Francia. Algunos bajan a pescar pero hay otros que son pillos. Agarran una cañita y se mandan a ver qué encuentran. Si los ves por acá abajo te piden agua. Son pillos, pero qué me pueden robar a mí”, sigue el hombre con una gorrita, en cuero, bermuda vaquera y las zapatillas sin encajar el talón, como unas falsas crocs. Sobre el destino de esa zona, piensa: “¿Planes acá?, ¿y qué más pueden hacer? Que paren de poner la plata acá y vayan a los barrios. Hacen todos estos parques, sin desagües, porque no los tienen, y todo para que venga la gente de Oroño a pasear mientras en los barrios hacen cola por un bolso con polenta y fideos”.

Daniel es enérgico y después de hablar un rato insiste en que no tiene nada para decir. “Hola Antonio”, interrumpe la charla. Sube por la escalera y se encuentra con un hombre que lo viene a visitar. Los dos se confunden con el paisaje urbano de la superficie: los amigos y amigas que van a matear, los runners y los que hacen gimnasia en el parque prolijo de la costanera central.

Del otro lado de los silos Davis, a la altura de Balcarce, otra vieja grúa portuaria abandonada. Arriba, el color de los juegos infantiles del Parque de las Colectividades contrasta con los huecos oscuros de la barranca, en donde se esconden restos de botellas. Alguien acampó y dejó los tetrabrik abiertos y las gaseosas vacías. Hay bloques de ladrillos semiderruidos. Mezclas de barrancas viejas y nuevas. Dos pares de biguá cazan entre los escombros y tirantes de hierro, casi negros de esperar. El ruido del motor de un remolcador y sus barcazas eclipsa el sonido de unos pajaritos inquietos. Desde el humedal nace una bruma, que también es humo, y que cruza el caudal marrón. Al rato, la siesta se pone espesa. La tormenta amenaza pero no llegará. La sequía seguirá durante el verano. La costa fantasma del centro de Rosario, también.



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