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Opiniones

La herencia indeseable

La vecina abre con miedo una hendija de la puerta y el Chihuahua, más temeroso que ella, sale a la vereda. Es su instante de recreo en uno de los barrios con olor a pólvora. La mascota, alerta, se acerca al cantero de un árbol añoso y hace lo suyo. Antes de lloriquear para que lo vuelvan a dejar entrar, apela a una atávica costumbre y tapa con tierra el producto de sus necesidades. Es instintivo, y el hombre también heredó la necesidad de la higiénica tarea. O la aprendió. Por ejemplo, en los últimos tiempos se sabe que se entierran a considerable profundidad en contenedores especiales que en algún momento perderán la supuesta seguridad que los aísla. Son desechos radioactivos de alta peligrosidad. El legado para las futuras generaciones del planeta o de seres provenientes de otra galaxia es debidamente señalizado con instrucciones precisas para la sobrevivencia. Aunque no parecemos los más indicados para dar consejos. Uno no puede menos que recordar que los científicos hace tiempo avizoran una inevitable extinción del hombre. Figuras notables lo predijeron y sonó a alarma. Pero por poco tiempo. A veces parecería que es mejor no hablar de ciertas cosas, consideraron los grandes medios de incomunicación. Algo arrepentidos, el cuadro de situación semeja ahora a una despedida no exenta de dignidad reconociendo errores. Queremos que nuestros herederos nos recuerden con respeto y al mismo tiempo influir en el mundo del mañana aunque ya no estemos. Imperdonable. Nos seguimos creyendo imprescindibles. Ciencia y tecnología procuran preservar nuestra presencia en la Tierra, aunque paralelamente se formulan planes de escape selectivos a nuevos mundos. El alquiler se vence y hay que huir dejando atrás un basurero mortal. Supuestamente, si se lavan las culpas los sucesores nos odiarán menos. Tenemos la excusa perfecta. Después de todo, qué podemos hacer con un planeta vencido de 45 millones de años. Nuestros viejos van a dar a cada vez más poblados geriátricos. Pero a un planeta, dónde se lo interna para esconderlo.

Una eminencia científica calificó al corona virus de pedagogo cruel que nos está dando varias lecciones que deberíamos atender y aprender. Es cruel este virus, afirma Buenaventura de Souza Santos, sociólogo portugués de prestigio mundial que asumió con espíritu de sacrificio la misión de descolonizar el saber y democratizar la democracia, porque nos está enseñando mientras cobra cada día vidas inocentes. Pero nos dice, nos grita, que la Madre Tierra ya no tolera este modelo de desarrollo que tenemos y que representa apenas el 0,01 por ciento de la vida en el planeta. Pero a pesar de ser una parte ínfima, no nos cansamos de destruir el resto de la vida. Y la naturaleza se defiende. Y nos dice que así no podemos proseguir. Que estuvimos y estamos haciendo todo mal. Y que de persistir en el error, aparecerán más pandemias.

El hombre desbarata los bosques, contamina el agua, la minería a cielo abierto expulsa a los nativos verdaderos dueños de sus tierras y también al campesinado al arruinar sus cultivos. Todo para una explotación de los recursos naturales sin límite alguno, contribuyendo al calentamiento global que ya es tremendo. Los hábitos de los animales que van camino a su extinción se desestabilizan. Y en ese desorden, nacerán más plagas. Todo indica que estamos creando un círculo enfermo donde se vacuna hoy y mañana habrá que probar con otra vacuna diferente. Y así ininterrumpidamente. Cuánto puede durar así la existencia sin agotarse y acabar por caer vencidos. El modelo de desarrollo y consumo nos determina a seguir una ecuación fatal, sostiene Souza Santos. Nos quieren convencer engañosamente que más importante que la vida es la economía. Y así se ha ido descuidando la gravedad de esta pandemia que irremediablemente nos mata. Si el mercado es tan bueno como regulador de la vida social, por qué no pedirle entonces que nos salve en vez de reclamar al Estado que tanto se critica. Si vamos a sacar algo de esta dura lección será que debemos reinvertir en educación, salud e infraestructura de la que se carecen. No será fácil. Se debe participar y luchar por los valores que salvaguardan la vida. Sería de ingenuos esperar que las clases dominantes acepten una forma de educación que les permita a las clases dominadas percibir las injusticias sociales en forma crítica, predica el pedagogo y filósofo brasileño Paulo Freire. El intelectual no deja de repetir que estudiar es un acto de humildad, pero también de rebeldía. La exhortación de los impulsores de un nuevo modo de vivir la vida, convocan incansablemente a ser voceros de las voces del futuro. Porque como diría Eduardo Galeano, el corona virus está mostrándonos, aquí y ahora, las venas abiertas del mundo.

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