La parte que nadie paga de los
pedidos que se hacen por las aplicaciones


@delegades.pedidosya

Por Ailén Pedrotti

Todos los días, miles de usuarios ingresan a alguna de las aplicaciones en boga para realizar pedidos; recorren sus opciones y muchas veces terminan haciendo uno. Al concretar esa tarea, casi en simultáneo, en algún punto de la ciudad un trabajador de la app en cuestión recibe esa orden de entrega y sin importar que llueva, truene, nieve, o una pandemia tenga al país encerrado en casa, cumple con su cometido: se acerca al punto de retiro, pone el encargo en su mochila y se dirige al domicilio indicado para entregarlo. El usuario escucha el timbre de su casa, sale, abona y ya puede disfrutar de su comida. Todo esto funciona eficazmente bajo eslóganes tales como “pedí, elegí y ya” o “te llevamos cualquier cosa en minutos”, y también sobre un enorme vacío legal respecto de los derechos laborales de los trabajadores de las apps o, como bien estas empresas prefieren llamarlos, “prestadores de servicios”.

Las empresas de delivery digital nacieron hace poco más de una década. Rappi y Pedidos Ya vieron sus inicios en Latinoamérica, mientras que Glovo nació en España y logró cruzar el océano hasta este lado del mapa. Hoy, todas dan el presente en países sudamericanos como Argentina, Chile, Bolivia y Uruguay. Manejadas por grandes corporaciones internacionales, brindan amplios servicios, desde compras en supermercados hasta, en algunos casos, entrega de dinero en efectivo.

Trabajan con constantes actualizaciones y con un respaldo tecnológico de tan alto nivel que hasta las grandes cadenas de comida rápida apuestan por sus servicios. También logran que tantísimos usuarios den sus primeros pasos en el mundo del ecommerce de una manera sencilla y accesible, siempre y cuando tengan un smartphone o una computadora a mano, claro.



No tan flexibles


En boca de muchos jóvenes que buscan trabajo está el atractivo de la nueva propuesta freelance que ofrecen las apps. El público joven, además de ser el que prevalece entre los usuarios, es también el que más se apunta en el trabajo de repartidor o cadete. Al alcance está una oferta laboral de “horarios flexibles y descontracturados”.

“Yo trabajaría en Rappi o Pedidos Ya porque es un trabajo independiente; cuando tenés ganas de laburar agarrás la bici, la moto o lo que sea y arrancás. No tenés un horario impuesto”, asegura Amalia, 21 años, estudiante en Rosario y usuaria de las apps.

Como ella, y por las mismas razones que señala, muchísimos jóvenes se interesan en esta dinámica: ganas de trabajar un rato, tener los primeros ingresos, seguir llevando adelante una carrera. También los que están cansados de repartir currículums se encuentran atraídos por estos nuevos formatos promovidos por la digitalización y la flexibilización.

Catriel Sosa, 26 años, delegado sindical de Pedidos Ya en Rosario, es quien ayuda a aclarar algunas cuestiones: dentro de las aplicaciones hay diferentes modos de distribuir horarios y asignar turnos de trabajo. Pedidos Ya trabaja con dos tipos de trabajadores. Por un lado, los que están en relación de dependencia, y por otro quienes trabajan por medio del monotributo, brindando un servicio a la empresa de las mochilas rojas.

“Quienes estamos en relación de dependencia y dentro del convenio colectivo de trabajo tenemos que cumplir 24 o 48 horas semanales, con un franco”, señala Sosa, y explica algo que pocos consumidores conocen: quienes trabajan en esta app como monotributistas se distribuyen los turnos de trabajo “por medio de un ránking”. Este funciona en base a méritos según los cuales “subir es muy difícil, pero bajar muy fácil”, considera el delegado. El ránking en cuestión se divide en seis puestos: el trabajador, de acuerdo a la posición que ocupe, podrá elegir sus turnos con anterioridad; también ese puesto establecerá diferencias en el pago por kilómetro recorrido, en la distancia a los lugares que deberá ir y en la cantidad de pedidos que recibirá.

Así, quienes están en el ránking tienen, por ejemplo, que estar permanentemente a la espera de que algún compañero no se presente a un turno para poder sustituirlo y tomar el mismo, sumar algunos pedidos y con ello, tal vez, escalar posiciones. “Terminás dependiendo de la app todo el tiempo”, explica Catriel.

Quienes se encuentran en los niveles más altos del ránking cobran aproximadamente veinticinco pesos por kilómetro recorrido y consiguen viajes de entre dos a cuatro kilómetros, mientras que los que ocupan los lugares más bajos cobran aproximadamente cinco pesos el kilómetro y les son otorgados viajes más largos que aquellos asignados a los primeros.

Brenda, estudiante y trabajadora del área gastronómica de la ciudad, comenta que estuvo buscando información sobre cómo ingresar a trabajar en el rubro. Creía que simplemente era portar la mochila y salir a repartir, pero en el diálogo con algunos trabajadores que van al local donde trabaja escuchó otras voces: “En Pedidos Ya te definen las horas, pero en Glovo te dan libertad para elegir una vez por semana tus horarios y entonces eso es un poco más flexible”.

Pese a la creencia de Brenda, no es tan así: Glovo también es de las apps con un mecanismo similar al de Pedidos Ya, en tanto la app Rappi es la única que da al trabajador la libertad de conectarse en cualquier momento que lo desee, pero establece premios en cuanto a cantidad de viajes a todo aquel que muestre mayor disponibilidad.



Mujeres valientes


“No trabajaría en esas apps, no me gusta ese tipo de contacto con la gente, como ir a lugares que no conozco”, dice Inés, 22 años, rafaelina y estudiante en Rosario. Lucía, rosarina y estudiante, tiene 20 años, comparte la misma opinión que Inés y agrega: “Estás todo el día yendo de una punta a la otra”.

Karen tiene 22 años y es trabajadora de Pedidos Ya desde hace tres. Entre sus amigas es considerada una “valiente”, pero ¿por qué ser mujer y trabajar en cadetería para una app implica valentía? Con todo lo que significa salir a trabajar en la calle actualmente, cumple su turno de cuatro horas diarias durante seis días a la semana. Para ella no es un problema: disfruta andar en bicicleta por la ciudad y no tener que estar encerrada en una oficina, pero eso no quita las precauciones que debe tomar a la hora de cumplir sus turnos.

“Por ejemplo, si te tocan zonas como la de la Terminal de Ómnibus o aún más desoladas, vas re perseguida o no vas, o bien pedís a compañeros si te pueden acompañar”, señala. En muchos casos los trabajadores tienen grupos de WhatsApp a través de los cuales se comunican por cuestiones de seguridad.

Estos grupos también son útiles y funcionales entre las chicas, para hacer frente a los contratiempos que genera estar constantemente en la calle sin la posibilidad de detenerse en un espacio apropiado, con un baño, agua potable y luz. “Nosotras las chicas sumamos incomodidades: durante el ciclo menstrual no tenemos tiempo ni lugar para cambiarnos; hay otra problemática latente, ya que tampoco hay espacio físico para la lactancia respetada; no contamos con eso”, dice Karen.

“Además, los clientes deberían mantener la formalidad; no te pueden abrir la puerta en ropa íntima o en toalla. Deberían ahorrarse los comentarios que están demás o los piropos”, precisa Karen, que habla de experiencias incómodas y desagradables en ese sentido. Y recomienda a los clientes: “Que esperen en la puerta, que estén atentos a la app cual sea el horario, y que te aguanten a que vos les entregues el pedido y te puedas subir a la bicicleta e irte. Eso nos daría seguridad y no cuesta nada”.

Para las chicas que trabajan en las apps, el trato con el cliente o estar de noche sola, esperando, son cuestiones de riesgo. Sí o sí deben cumplir el horario de su turno, muchas veces sin importar que en la última media hora no llegue ningún pedido; no pueden irse a sus casas. “En muchos casos esperamos sentadas, solas, con todo lo que es ser mujer, estar con una bici, con plata encima y un celular en la mano a la espera de un pedido y al cuidado de nadie”, explica Karen.

Pero ¿dónde esperan los pedidos? El punto elegido en Rosario es la Plaza San Martín (Córdoba y Dorrego), un área central y neurálgica entre las zonas gastronómicas de la ciudad. Antes simplemente se agrupaban allí. Ahora la Asociación Empleados de Comercio instaló en la plaza una carpa para los trabajadores de las apps.


@delegades.pedidosya

“Un toque peligroso”


Antonela tiene 21 años y es usuaria frecuente de las apps: “Me parece un toque peligroso en algunos sentidos: cuando tienen que entregar un pedido re tarde o cuando tienen algún problema cuya solución escapa a ellos, ya sea que se les pinche la goma del vehículo en el que reparten o el clima, etcétera”. Ante estos problemas frecuentes citados por Antonela, nadie protege a los trabajadores de las apps, y muchas veces esos infortunios se ven agravados por la impaciencia y la queja de los usuarios.

El delegado Catriel Sosa ejemplifica: “Si tuviste un accidente y al otro día no pudiste ir a trabajar y justo tenías un turno, eso afecta tu puesto en el ránking de la app”. Y la cuestión no admite justificaciones. Además, dice Sosa, si les ocurre un accidente a los monotributistas, no hay quien los ampare. “En el contrato que firman dice que la empresa no se hace cargo de nada, no hay Aseguradora de Riesgo del Trabajo, ni seguro de vida, ni nada”.

Así, el costo de la recuperación y los daños ocasionados corren por cuenta del trabajador que, en el caso de que pudiera volver a trabajar, encontraría que su puesto en el ránking se vio alterado: queda último.

En los comienzos de la cuarentena en nuestro país, los trabajadores de las apps de mochilas y camperas amarillas, naranjas y rojas fueron declarados “actividad esencial”, con todo lo que significaba estar en las calles en medio de una pandemia. “Esta cuestión se reclamó desde el principio de la cuarentena. Nos declararon esenciales, pero no nos dieron nada.”, destaca Catriel. Y cuenta cómo desde el principio de la cuarentena “fue toda una lucha” conseguir que la empresa les brindara los elementos básicos de higiene para sobrellevar la exposición constante. “La primera tanda de barbijos la conseguimos gracias a la donación de la mamá de un compañero, mientras la empresa nos decía que no era necesario. A los pocos días la Nación declaró que era necesario y obligatorio”. Luego de esto y un paro de actividades durante cinco días, se consiguió el suministro de alcohol y barbijos, aunque por única vez.

“No comparto cómo se ejerce ese trabajo hoy en día, he escuchado muchos casos de injusticias hacia los trabajadores de las aplicaciones, vemos accidentes e incluso muertes y nadie tiene la respuesta”, dice Clarisa, de 22 años, quien aclara no ser usuaria de las apps y haber formulado un pedido sólo excepcionalmente en alguna reunión social. “Prefiero no ser parte de esto”, comenta, y explica que opta por pedir directamente en los deliverys propios de cada local.



Refugio y lucha


El diálogo con los repartidores y usuarios de las aplicaciones visibiliza una problemática que existe ya hace años, y que incluye también a los empleados de los deliverys: “Ahora empezaron a venir nuevos compañeras y compañeros que trabajan en cadetería y no en la app, o que trabajan por su cuenta o para algún local. Algunos están en relación de dependencia y otros no”, dice Catriel Sosa, y añade que, así, la carpa sindical ubicada en la Plaza San Martín se transformó en un refugio y lugar de lucha ya no sólo para los trabajadores de las multinacionales de las apps, sino también para otros que, en similares condiciones, se ven desamparados.

“Tenés que comer y mear en la calle, con el frío, con la lluvia, que en algunos casos significa un plus de treinta pesos por pedido, pero si te enfermás en ese día de lluvia ¿qué hacés después?”, se pregunta Catriel.



La primera demanda laboral parece ser la necesidad de un espacio físico. Karen es quien despliega razones: “No se trata sólo de un baño, sino de un lugar de resguardo. Nosotros ahora estamos en la Plaza San Martín con la carpa político gremial que instaló Empleados de Comercio y nos zafa. Pero nos zafa sólo de que nos quieran robar, de que nos quieran prepotear. Nos metemos ahí adentro y la podemos pilotear. Pero si no está esa carpa, estamos solos y solas”.

El delegado sindical Catriel Sosa no deja de lado la importancia de contar con una oficina de recursos humanos a la que acudir. Muchas veces el “contacto con soporte” de las aplicaciones dificulta las cosas. “A veces nos atienden personas que están en otro país y no conocen la ciudad, y en los casos en que podemos comunicarnos con alguno de los tres coordinadores que hay en Rosario, estos no dan abasto y no pueden dar respuestas o a veces no están capacitados”, se explaya.

Tanto Karen como Catriel dicen que estos asuntos serían “la base para frenar la precarización”, aunque ratifican su reclamo por asuntos no menores: un bono por el trabajo llevado a cabo durante toda la cuarentena, el acceso a un seguro de vida, a una obra social y la seguridad de volver a un puesto de trabajo seguro en caso de tener un accidente. Cuestiones pendientes, entre tantas otras, que hacen que el costo real de un pedido sea otro, bastante más elevado que el que se abona habitualmente a las puertas de un domicilio.


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