Connect with us

Hi, what are you looking for?

Polaroid

La torre olvidada: ascenso furtivo al cielo de la ciudad

Desde unas cuadras cercanas, quien avista la cúpula de la torre del reloj de Cafferata y Santa Fe lo hace sólo para cerciorarse de si llega a tiempo para tomar su ómnibus en la Terminal: ese reloj precisa al viajero la hora del día y este dato, que satisface sus expectativas, no parece sugerirle otro vínculo que expanda su percepción sensible a otros sitios de su memoria en relación con dicha arquitectura. La torre del reloj de Cafferata y Santa Fe no guarda símbolo alguno de la aldea y, por tanto, cabe suponer que no es interpretada como lugar histórico, aunque bien podría ser cifrado como tal. Nunca se vio una multitud, formando fila, para subir esa torre: llegar a lo más alto, transitar su pequeña cúpula haciendo escala en el ambiente de los grandes cuadrantes de su reloj y en sus dos terrazas anteriores, tomar fotografías desde allí arriba (a Echesortu, al Patio de la Madera o aún al lejano río y el Puente Rosario-Victoria) no han sido planes de un grupo de amigos o una familia para un paseo, ni siquiera de historiadores, arquitectos o curiosos.

Suma Política se propuso llegar a la cúpula de esa torre olvidada con objetivos difusos, intuyendo que con cada escalón de la subida éstos se tornarían más concretos, más reales. He aquí la crónica de un ascenso furtivo al cielo de la ciudad.

La historia de la torre, como la estructura de toda la Terminal, no escapa al desatino de otros asuntos argentinos, en cuyo amplio espectro de décadas se proyectaron edificios funcionales a una necesidad, pero que, cuando estuvieron concluidos, ésta había desaparecido o menguaba aceleradamente. Ergo, el edificio en cuestión, pensado para satisfacer una demanda social o urbana específica, terminaba cubriendo otra, ajena al propósito inicial. Tal el caso de la Terminal de Rosario. Concebida como estación ferroviaria en 1927, concluida en 1929, funcionó poco tiempo como tal. Treinta años después se convirtió en estación de ómnibus.

Fotos: Pedro Cantini

Comenzamos el cuidado ascenso a la torre del reloj. Ciento setenta y cuatro escalones separan su base del punto más alto al que se puede llegar. Al comienzo, la subida es por una escalera suficientemente ancha, cómoda, con escalones de cemento. Es la mañana de un día cálido en Rosario, el ardiente sol entrega una promesa del próximo verano y se filtra e ilumina nuestra caminata: las paredes de la estructura de la torre están perforadas por un millar de pequeños lucernarios con forma de pétalos. Sus constructores pensaron, hace casi cien años, que ese espacio debía estar aireado a los cuatro vientos y, además, ser visitado por la luz; lo consiguieron magistralmente: los haces luminosos se cruzan y dibujan inesperadas figuras en el umbrío interior. Cabe inferir que por esos pequeños lucernarios también entra, majestuosa, la luz de la noche.

En el tránsito a la cúpula llevo bajo mi brazo, como un talismán, el libro Caminos de Hierro. Una historia de los ferrocarriles de Rosario y su zona desde 1854 hasta finales del siglo XX (Editorial Municipal de Rosario, 2002), de Atilio Reati. Es uno de los textos necesarios —que por estos días releí, antes de encarar la subida— para la comprensión del complejo ferroviario rosarino en sus albores: la torre es, como el edificio que la contiene, ferroviaria.

Según Caminos de Hierro, hacia fines del siglo XIX el gobernador Manuel María Zavalla mandó construir el Ferrocarril Provincial de Santa Fe para unir la capital santafesina no sólo con las colonias agrícolas del oeste y el norte de la provincia, sino también con el sudeste de una zona que, por entonces, aún se llamaba Territorio Nacional del Chaco. La empresa John Meiggs, Sons & Cia tuvo a cargo los trabajos y el primer tren entre Santa Fe y Esperanza se habilitó en 1885; tres años después la Provincia otorgó la concesión de la explotación del ferrocarril a la firma francesa Fives Lille, que a su vez transfirió el contrato de arrendamiento a la Compañía Francesa de Ferrocarriles de la Provincia de Santa Fe. Finalmente, el gobierno santafesino, en 1900, dio a esta última los títulos de propiedad de todas las líneas que hasta el momento le arrendaba. Los apuntes de Reati vienen a la mente a cada escalón que vamos pisando.

Seguimos ascendiendo y llegamos a lo que nuestros amigables guías Héctor Peiró y Alejandro de Fazio (gerente y coordinador operativo, respectivamente, de la Terminal de Ómnibus de Rosario) llaman “el octógono”. Es un gran recinto apenas iluminado, entre el cielo raso y la techumbre del hall de la estación, obviamente con un perímetro de ocho paredes, desde el cual se accede, por una minúscula puerta, a una terraza; todo esto está a mitad de camino entre la base y la cúpula de la torre. La terraza semeja una pequeña meseta a la que se arriba antes de encarar la cumbre de una montaña y uno puede sentirse allí un alpinista en la gran ciudad. Sin nada que le haga sombra, el sol baña esa terraza de cemento y desde abajo sube el bullicio inconfundible de la ciudad. Aprovechamos para descansar y fotografiar desde allí el techo del octógono en el que estábamos antes, cubierto por tejuelas de pizarra. Ingresamos nuevamente por la minúscula puerta y seguimos rumbo a la que será la segunda terraza.

El libro de Reati relata que las ciudades de Santa Fe y Rosario recién fueron unidas por la línea de la Compañía Francesa de Ferrocarriles en diciembre de 1891, cuando se habilitó el tramo que conectó esta última con Maciel. Construida con madera y techos de zinc en 1892 en la esquina de Córdoba y Vera Mujica, la primera estación ferroviaria de la Compañía fue reducida a cenizas por un incendio; una segunda, hecha con materiales similares, fue erigida en 1910 en la ochava de Córdoba y la actual Cafferata. Pero Rosario ya era para entonces un gran centro de operaciones ferroviarias y la empresa francesa quería una estación acorde. Finalmente, el 1° de enero de 1927 el presidente argentino Marcelo T. de Alvear y el intendente de Rosario Isaías Coronado colocaron la piedra basal de La Francesa (así se conoció a la estación desde sus orígenes), que se construiría en el predio comprendido entre las actuales Córdoba, Santa Fe, Cafferata y Lavalle. La construcción —dice Reati— recayó en la empresa Falcone y el proyecto fue de los arquitectos Tito y José Micheletti y Enrique Chanourdie. Empero, cuando La Francesa fue habilitada, el tráfico de trenes había cambiado sustancialmente. La empresa ferroviaria, literalmente, abandonó la estación poco tiempo después. En 1950 La Francesa fue remodelada y adaptada para ser una terminal de ómnibus de mediana y larga distancia. Primero se llamó “Presidente Perón” y desde 1955 “Mariano Moreno”.

Subimos un poco más y arribamos al amplio ambiente de los cuadrantes del gran reloj. Estiramos los brazos, cual antenas, en un intento de explorar esa habitación, que se presenta ahora como un sitio donde su mismo espacio y su luz pueden ser redescubiertos. Cada uno de los cuadrantes está certeramente orientado hacia los cuatro puntos cardinales. Contra toda ilusión, no hay allí una gran maquinaria de relojería; eso fue así hace tiempo. Luce ahora un sencillo dispositivo de reloj (pequeño, del tamaño de una caja de zapatos), con GPS incluido, que transmite su mensaje y mueve las agujas. El viejo reloj de 1929 —una pieza de valor incalculable construida por orfebres belgas— fue reemplazado hace unos cinco años por este aparato.

Hacia arriba, después del ambiente del reloj ya no hay más escalones de cemento: una escalera caracol, de hierro, vincula ese cuarto con la cúpula de la torre. Es el último ascenso. Lo hacemos y ya estamos ahí, donde cuatro pequeños balcones, también orientados, cada uno, hacia los cuatro puntos cardinales, esperan ser visitados. El guía Alejandro abre las puertas a los mismos y, ahora sí, podemos salir y apreciar el paisaje ansiado desde lo más alto.

La mirada intenta relacionar imágenes complejas de la ciudad que ese avistaje devuelve: vestigios de la antiquísima Rosario se superponen con trazas y construcciones innovadoras de las épocas que se sucedieron. La ciudad es un palimpsesto que atrae y desconcierta al mismo tiempo. Y desde allí pienso qué es lo que hace célebre una cúpula y qué no ¿Cuánta trascendencia tiene el mirador del Monumento a la Bandera frente al de la torre del reloj de Cafferata y Santa Fe? Las respuestas pueden ser obvias. O desmentir toda obviedad. Pienso si será posible que aquí en la Terminal, justamente donde miles de viajeros arriban o parten, se invierta y gestione lo necesario para abrir las puertas e invitar a que esta cúpula sea visitada. El ocasional viajero tendría así, a más de un sugerente ascenso a las nubes, una visión panorámica, previa, de la ciudad que minutos más tarde caminará o dejará.

Alejandro de Fazio, guía del ascenso a la torre

“Ese es nuestro anhelo —dicen Héctor y Alejandro, nuestros guías—; de momento falta un montón de cosas de acondicionamiento edilicio, de contratación de seguros, etcétera, para que eso pueda suceder, pero eso es lo que ansiamos. Apenas dos años atrás —comentan, para compartir reminiscencias del mundo prepandemia—, en ocasión de un día internacional de visita a sitios de arquitectura en todo el mundo, vino gente, subió, y ahí nos entusiasmamos con que eso pudiera ser el puntapié inicial para visitas guiadas, pero después se vino todo esto del Covid 19 que estamos viviendo…”. Un dato histórico viene a cuento: en 2020, por la pandemia, por primera vez en setenta años la Terminal estuvo cerrada completamente. Desde su apertura nunca sus luces se habían apagado, siquiera un solo día.

Volvemos desde los balcones hacia el interior de la cúpula y, antes de iniciar el descenso, alzamos la vista hacia la cúspide de ese habitáculo: advertimos allí unos vidrios azulados que no sabemos bien qué son y que apenas se perciben entre el encofrado que arman unos viejos maderos, cuidadosamente encastrados, sin un clavo de por medio.

—Eso que están mirando ahí arriba es un faro —explica Alejandro.

—¿Un faro?

—Sí. Quienes diseñaron la torre contemplaron allí la construcción de una especie de faro, que imita las linternas que tenían las primeras locomotoras. Los vidrios que tiene por delante son azules.

Antes de comenzar a descender, imaginamos cómo será el frágil fulgor de esa luz azulada del faro durante la noche. El faro es la última agradable sorpresa que depara la torre. Conjeturamos si los constructores de un siglo atrás habrán pensado ese faro como algo sólo ornamental o si, por el contrario, su luz pudo haber servido, a la distancia, como orientación alguna.

Ahora vamos escaleras abajo. Volvemos a ver y fotografiar los pequeños lucernarios con forma de pétalos por donde ingresa la claridad, disfrutamos también ese camino hacia la base y me ilusiono con volver a subir otro día para observar desde lo alto alguna magnífica tormenta y acaso luego, también, tocar el arco iris.

Ya abajo, la torre del reloj sigue siendo en mi mente más una idea que un lugar, algo que el espacio y el tiempo inventaron para la percepción; es una acuarela recién pintada e intuyo hay que dejarla secar para que su aura, de aquí a poco, diga algo más de sí.

Aunque no reclame privilegio alguno, aunque no tenga siquiera una tenue leyenda que la preceda, la torre del reloj de Cafferata y Santa Fe se resiste a ser un junco abandonado en las playas del Tiempo; forma parte de la aristocracia arquitectónica de la ciudad. A veces la torre refulge a mitad del día; otras, parece pender del cielo nocturno y ser parte misma de la oscuridad. Quizás por una gestión consecuente de las autoridades, algún día sea acondicionada y habilitada para la visita de miles de viajeros y lugareños. De momento, como una serie de diligencias, es su hora la que vaga por la ciudad.

Facebook comentarios
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar

Suma Política. Todos los derechos reservados. 2020