La vida de las familias de los rosarinos asesinados en Nueva York: con los recuerdos, contra el odio



Por Laura Hintze


Hace tres años –días más, días menos– Hernán Ferruchi escribió en una cartulina verde, con fibrón negro e imprenta mayúscula bien legible, un saludo para sus hijas y su esposa. “Las voy a extrañar mucho. Besos a las tres!!! Las quiero mucho. Papá. Pd: no la hagan renegar a mamá”, dice el mensaje que quedó pegado en la heladera de su casa hasta el día de hoy. Lo sostienen, en el margen superior, dos imanes que compró en Estados Unidos y que su esposa, Vera Dargoltz, encontró en su valija: uno del MoMa (el Museo de Arte Moderno) y otro que expresa “I love New York”, con un corazón rojo, que resalta. “Yo no amo New York, pero si él los compró fue porque lo sintió así”, dice a Suma Política, y adjunta a través de WhatsApp la foto de la heladera, que sigue igual, estática y a la vez recordando –con los trazos de la tinta cada vez más claros– el paso del tiempo. Ya se están por cumplir tres años desde que a su esposo lo mataron en un ataque terrorista. 


El mensaje que dejó Hernán antes de irse.

Hernán Ferruchi, Alejandro Pagnucco, Hernán Mendoza, Ariel Benvenuto, Juan Pablo Trevisan, Diego Angelini e Iván Brajkovic salieron del Aeropuerto Internacional Islas Malvinas el 28 de octubre de 2017 rumbo a Nueva York, donde se iban a encontrar con Martín Marro, que vive allá, y con Ariel Erlij, que viajaba unos días después. Los nueve pensaban celebrar los 30 años de egresados del Politécnico y festejar el cumpleaños de dos de los integrantes del grupo. Llevaban juntos toda la vida. Algunos desde la escuela primaria, otros se sumaron en el secundario o la facultad. Compartían las clases de vóley y también el paso de los años: el nacimiento de sus hijas e hijos, casamientos, cumpleaños, asados y este viaje. Se subieron al avión cada uno con una remera idéntica y cómplice que decía “libre”. Disfrutaron de apenas tres días. Después, llegó la tragedia.

El 31 de octubre cinco de los amigos fallecieron atropellados por una camioneta conducida por el uzbeko Sayfullo Saipov, un terrorista que irrumpió en la bicisenda por la que circulaban. Ese día, los rosarinos habían decidido recorrer el Central Park pedaleando y pensaban llegar al Puente de Brooklyn. Ariel Erlij, Hernán Ferruchi, Alejandro Pagnucco, Hernán Mendoza y Diego Angelini murieron en el ataque.

La noticia llegó a Rosario de a poco. Primero, como atentado en Nueva York. Después, con presuntas víctimas argentinas. Al final, asegurando lo impensado: que eran de acá, que eran amigos, y que estaban festejando. La consternación se transformó espontáneamente en una celebración de la amistad. El 1º de noviembre, familiares y amigos de las víctimas y sobrevivientes, y rosarinos y rosarinas que no los conocían, se acercaron a la puerta del Politécnico con velas en la mano y sus amistades alrededor. Muchos eran grupos de ex estudiantes del Poli. Se amucharon de a grupitos, sus grupitos, para hablar de lo mismo: de ellos, de que podrían haber sido ellos, de que esa historia se repetía en cada una de sus vidas, de que no podía, ni puede, ser.


Ana Evans: “Te tenés que levantar y honrar a la familia”


“Yo no perdí a un amigo, mis hijos no perdieron un amigo, mi suegra no perdió un amigo”, dice Ana Evans, la esposa de Hernán Mendoza. Ella, Vera Dargoltz y Alejandra Sosa son tres de las cinco esposas y decenas de familiares que desde ese 31 de octubre viven como en una película. Entre el duelo y los diálogos con el FBI –que las tres describen como personas “sumamente comprometidas y sensibles, no tipo Hombres de Negro”–. Entre la espera de un juicio penal en Nueva York, que iba a comenzar en abril pero se frenó por la pandemia, y la reconstrucción de un proyecto de vida, de familia, de casa, pensada para un equipo. Entre la búsqueda de un trabajo nuevo y asimilar la idea de que son víctimas del terrorismo. Todo un espectro de la tragedia al que sólo estaban acostumbradas en una serie o en las noticias de países allá, lejos.

Ana Evans tiene una voz fuerte y firme. Cada una de sus oraciones parece elaborada, trabajada, analizada, sea o no espontánea. Encontró en la escritura una forma de expresarse y acomodar sus pensamientos y cuando habla pareciera que los está leyendo. “Ya pasaron tres años, y después de mucha terapia y de mucho camino hecho, también creo que sobrevivientes de un ataque terrorista somos todos, porque simplemente no nos tocó estar en ese lugar ni en ese instante. Nada más. Los ataques terroristas tienen eso, puede suceder en cualquier momento, en cualquier lugar, cuando menos lo esperás”, dice a Suma Política.


Ana junto a Hernán y una simbólica imagen de pulseras.
La carta que Ana le dedicó a Hernán para su cumpleaños.

Para Ana, el terrorismo era una noticia que leía en un portal de noticias o miraba en los noticieros, y que sentía que sucedía muy lejos de su casa, en Roldán, donde ella y su familia viven en calle de tierra, reciclan, cuidan el verde y la huerta, llevan “una vida tranquila, respetuosa, a una velocidad que nos permita disfrutar”. “Generalmente veía esas noticias y me conmovía. ¿Quién no se acuerda qué estaba haciendo el día que se cayeron las Torres Gemelas?”, remarca. “Me quedaba pendiente, miraba eso y decía qué loco, qué bárbaro, qué locura. Jamás te imaginás protagonista involuntaria de una historia así. Y menos aún al grupo, al grupo de amigos que será atravesado de esta manera”.

La vida de Ana dio un giro completo desde el 31 de octubre de 2017: ella está en el mismo lugar, pero todo quedó patas para arriba. “De pronto, tener que asumir la responsabilidad, tener que aceptar, tener que resignar, tener que transformar el dolor para seguir. Y de pronto ya no tener a mi compañero, mi marido, el padre de mis hijos. No saber dónde estás parada, sentir que el piso se derrumbó. De pronto tenés que sacudirte ese polvo del derrumbe y arrancar, porque no tenés margen ni opción, porque tenés la responsabilidad de tus hijos, porque te tenés que levantar y honrar la familia. Porque de pronto tenés que hablar con tus hijos, cosas que jamás en tu vida imaginaste que iba a tener que hablar, desde comunicarle la muerte de su padre hasta hablar de terrorismo”, relata, como recitando las respuestas a una entrevista telefónica. En ningún momento se quiebra. Dice que no significa que no le pase: cada tanto aparece ese nudo adentro suyo.



Alejandra Sosa: “No hay palabras para explicar la ausencia”


Tres días antes del viaje a Nueva York, Alejandra Sosa soñó con que había un ataque terrorista cerca de su casa y que un hombre los atacaba. “Me desperté re mal”, recuerda. Esa mañana se lo contó a su marido, Alejandro Pagnucco, y le dijo que tenga cuidado. Él le pidió que por favor no piense en cosas feas. “Siempre pienso en ese sueño. Algo me decía”, dice ahora la mujer. Alejandra vive en Funes, en la casa que pensó con su esposo: querían tener tierra, sol y espacios abiertos. El plan del matrimonio siempre fue poder tener hijos e invitar amigos. “A Alejandro le encantaba la naturaleza”, lo recuerda. “Frenaba el auto a agarrar hijitos de plantas, de árboles y hacía un bonsai. Eso le encantaba. Le gustaban los animales también, se sabía los nombres de los pájaros. Era eso lo que queríamos: estar tranquilos, salir a tomar mate, disfrutar del sol, del sonido de los pájaros”, lo recuerda.

Alejandra Sosa quedó embarazada de mellizas a los 38. Ya hacía casi cinco años que había dejado de trabajar para ocuparse de su casa y de la crianza de sus hijas. Su esposo se ocupaba de todo: desde trabajar hasta arreglar la mínima cosita que se rompía en la casa que compartían en Funes. Después del atentado en Nueva York, la vida de Alejandra cambió al ciento por ciento. Los familiares de las víctimas no recibieron nunca un peso, salvo lo donado por una subasta. No hubo subsidios ni contemplaciones económicas. Alejandra tuvo que volver a trabajar y a un ritmo que hacía años había dejado. Destaca el acompañamiento del gobierno provincial, que la ayudó a conseguir un trabajo. “Tuve que aprender todo de nuevo. Fui como una bebé aprendiendo a caminar: paso a paso. Tuve que ir conociendo todo para poder estar firme con lo que venía y está viniendo, porque aún no terminó”, dice de forma lenta, pausada. “Es como que nunca terminamos de poder estar tranquilas. En mi caso, al tener un trabajo por lo menos me puedo distraer un poco más. Puedo estar en contacto con gente, y eso ayuda, además de la parte económica”.

El mes de octubre es uno de los más duros, sino el más, para la familia de Alejandra. Es el mes que cumplen años las mellis, que cumple años Alejandro, que se celebra el Día de la Madre y que se recuerda el viaje a Nueva York de su marido y sus amigos. Tres años de la partida, tres años del ataque. “Es un mes así, lleno de sentimientos que suben y bajan”, explica. La batalla, sin embargo, la dan todos los días, todos los años. “Porque lo que queda está todo destrozado. Sus hijas, sus padres, sus hermanos. Es una cosa muy fea. No hay palabras para explicar la ausencia que se siente un sábado o un domingo”, dice, describiendo la tragedia que queda después de la tragedia.


Vera Dargoltz: “Hernán está presente en todo”


“En ese momento hubo muchos grupos de amigos que se sintieron identificados, de todos lados, no sólo acá. Porque, ¿qué probabilidades tenés de que te vayas de viaje con tus amigos y pase esto? Ahí es donde empieza a cobrar dimensión. Y eso fue lo que más llegó. Pero acá hay dos cuestiones: la amistad de ellos, que tenían un lazo muy importante. Y también las familias, porque perdimos un montón de cosas. Yo perdí un amigo, un esposo, un compañero, todo. Y se te derrumba todo. La gente, por suerte, se vio reflejada en la amistad y también tuvo empatía hacia las familias, y hacia nosotras, y mucha gente nos sigue acompañando. Eso nos sostiene también. Mis hijas y todas las personas que fueron solidarias, que no me dejan caer y que son mis amigos. Y eso es parte de lo mismo: los lazos afectivos”, dice y reflexiona Vera Dargoltz.

Vera tiene 48. Está parada justo en la mitad de su vida con Hernán: compartieron 24 años. Lo describe como alguien muy tranquilo, muy bueno, introvertido, callado y un pilar para toda la gente que lo conoció. En los últimos tres años, a Vera no paró de llegarle reconocimiento a su marido, sea un mural o un libro de recuerdos que armaron sus compañeros de trabajo. “Sentimos orgullo”, dice ella, hablando por sus suegros, su hermana, sus hijas, y ella misma. “El tema es ese, los recuerdos. Te pueden arrancar todo, pero esos hermosos recuerdos no y es a lo que nos aferramos”.


Vera junto a su pareja, Hernán Ferruchi, una de las víctimas del atentado.

Pasaron tres años y, asegura Vera, todos los días siguen siendo muy duros. “Yo creo que logré y logramos como familia un montón de cosas. Nos reinventamos y él está presente en todo”, remarca, como intentando resumir este tiempo que parece eterno. Vera tuvo que aprender a manejar y buscar otro ingreso porque no le alcanzaba con su trabajo. Es radióloga veterinaria y también una artista: hace comedia musical y le gustó siempre el maquillaje. En ese hobby encontró un nuevo ingreso. Se capacitó “un montón” y con su hija más grande trabajan de eso, al menos hasta la pandemia. En cada una de sus decisiones lo ve a Hernán. “Hay muchos momentos en los que siento que está presente. Al ocuparme de las plantas del jardín, por ejemplo, que es algo de lo que se ocupaba él. También en algunas cosas que me pasaron con colibríes y esas cosas, que si una las cree, siente esa presencia. Y creo que en la casa pasa algo parecido. Es eso. Sentirse acompañada y protegida aunque físicamente no esté”.

La mujer da la entrevista a Suma Política por videollamada. Se la ve calma, tiene unos rulos perfectos y desordenados. No le gusta exponerse, aclara, pero tampoco le cuesta hablar. Cada tanto se emociona. Está segura de que tiene que hacer esto por algo: la memoria. “Lo fundamental es que se sepa que nadie está exento”, remarca. Vera es judía y siempre estuvo acompañando en los aniversarios de los atentados a la Amia o la Embajada, pero de la vereda de enfrente. Hace tres años que está en la misma vereda. Ana y Alejandra suman esa batalla, la de la memoria viva, encendida, a la que tienen cada día. Están convencidas de que la herramienta que tienen para ganarle al terrorismo es lograr que sus hijos e hijas no crezcan con resentimiento y que el recuerdo del grupo de amigos se multiplique infinitamente con los valores que representan: amistad, amor, solidaridad. Saben también que son conceptos que suenan naif. Pero todo suena distinto en esta historia, todo es como una película que ninguna pensó en protagonizar.


 «Esta foto es de cuando nació mi hija más grande. Llegamos a casa y estaban esperándonos para conocerla. Hoy no está ninguno de los 4», cuenta Vera.

“¿Cómo le digo a las nenas?”


Alejandra Sosa tiene un recuerdo: prender la televisión en Nueva York y ver, permanentemente, imágenes de su marido y sus amigos. “Fue tan mundial, tan mundial”, repite. También dice, una y otra vez, lo que parece obvio: “Y yo, yo no lo podía creer”. “Es impensado. Por ahí mirás televisión y ves imágenes, noticias, y decíamos que era increíble que pasen cosas así. Porque es, directamente, odio. Y nada que ver a lo que uno podría llegar a pensar, de morir así, en un ataque terrorista, porque estamos en Funes, somos un granito de arena muy chiquito”.

“Cuando me dijeron lo que había pasado, se me derrumbó todo, todo, todo. Y yo pensaba, ¿cómo le digo a las nenas, que hace un rato estaban hablando con él y ahora su papá no está y fue por un ataque terrorista? ¿Cómo les explico? Yo no tenía las herramientas para decirles que una persona en una camioneta arrasó con lo que veía, es complicado, hasta para mí”, dice la mujer, tres años más tarde. Ahora todo es distinto. No porque duela menos, sino porque ella se siente “un poco más fortalecida”. Dice que aprendieron a tomarlo de otra forma: tratando de pensar mucho en él, en lo bueno y lo lindo que dejó. No fue sencillo. “Es todo remarla, remarla y remarla”.

Alejandra da una entrevista por el grupo de amigos. “Tenían muchas ganas de vivir”, dice, y eso basta como motor para recordar este 31. “Yo salía mucho a caminar con Alejandro y ahora digo pucha, qué loco, cuánto me hace falta. Nosotros paseábamos, hablábamos, disfrutábamos. Es eso, el disfrute. Me gustaría que la gente empiece a disfrutar más. Y obviamente, recordarlo constantemente, tener presente que eran chicos llenos de amor y no de odio como esta persona que hizo lo que hizo. A mí lo que me gustaría es que cada 31 de octubre la gente recuerde el derecho a vivir con bien, con ganas”.


Alejandra, esposa de Alejandro Pagnucco, dejó un escrito y un ramo de flores dos días después del ataque en el lugar donde encontraron a su pareja.

“Esperanza, resiliencia, justicia y amor”


En julio de 2018, Ana Evans participó del encuentro “Sobrevivientes”, organizado en el marco del atentado a la Amia. La invitación para ella y las víctimas del atentado a Nueva York fue para compartir una mesa grande y privada, con familiares o víctimas del terrorismo. Fue la primera vez que hizo contacto con sobrevivientes de la Amia y de la Embajada. Hasta ese momento, siempre lo había visto por televisión. “Me acuerdo que en el televisor chiquito que teníamos de estudiantes poníamos la noticia. Y no lo podíamos creer. Para mí, escuchar esos testimonios fue revelador. Porque eran hombres grandes, y yo los veía llorar y sufrir con su relato, como si hubiera sucedido el día anterior, y en ese momento habían pasado 24 años. Fue cuando me di cuenta que era un dolor que nos iba a acompañar toda la vida”.

Ya hace tres años que Ana se prepara, todos los días, para sacar adelante a su familia. Sabe que es algo que, como mamá, es la única que puede hacerlo. Pero también que no hubiera podido sin el sostén de todas las personas que conoce y las que no: las que fueron esa noche al Politécnico, a llevar una vela, mostrar solidaridad, empatía y dolor. “Recibimos de todo. Hasta comida en casa. Y ahí te das cuenta de que también hay que aprender a recibir amor y a pedir ayuda”.

Ana tiene un objetivo: esperanza, resiliencia, justicia y amor. Lo repite como un mantra. Lo disfraza de otros conceptos. Y lo repite: esperanza, resiliencia, justicia y amor. Por eso da una entrevista, escribe, participa en actividades, cada vez que tiene la oportunidad. También está el 31 de octubre, la fecha que está por llegar, un día que para ella tiene que servir para pensar en la tolerancia y el respeto, pero también para no olvidar lo que fue: un ataque terrorista.

“Es un día que tiene la parte triste y dolorosa de lo que significa el terrorismo, que el terrorismo no distingue, extingue. Mata a cualquiera. Y lo primero que atenta es el derecho a la vida y de poder movernos en libertad. El terrorismo quiere sembrar miedo, odio. Y eso es básicamente lo que nosotros no podemos permitir. En mi casa, se cobró la vida de mi marido. No le voy a permitir que se cobre la vida de mis hijos, ni la mía. Por eso no puede ser combatido con más odio, sólo amor. Si nos paramos desde un mensaje de odio, racismo e intolerancia, no nos lleva a ningún buen puerto”, reflexiona. Y agrega: “Y a su vez tiene que ver con la celebración de la vida, porque al haber muerte es porque hubo vida, y si hubo vida debe ser celebrada y honrada. Yo honro a mi marido y a mis hijos todos los días. A mí me duele más su ausencia los otros 364 días”.



“Amor, por más que estemos desgarradas por dentro”


Vera encontró una forma de tener presente a su marido: llevar adelante pequeños proyectos que él tenía en mente, hacer cosas que sabe que lo pondrían orgulloso, como aprender a manejar o llevar adelante una obra en su casa. En octubre de 2017 no hacía ni un año que Hernán y su esposa se habían mudado a Baigorria. “De acá no me sacan más”, repetía él. Quería, mínimamente, construir una habitación más. Y Vera lo hizo este año, con la plata que llegó de una subasta que, en enero de 2018, organizaron Martín Marro, uno de los sobrevivientes del atentado, el consulado argentino en Nueva York y Brian Winter, el periodista que escribió sobre la amistad en la Argentina, para ayudar a las familias de la víctima.

“El tema de hacer esta habitación fue muy importante para mí, porque era su rubro, a lo que él se dedicaba, y yo nada que ver. Y sin embargo pude hacerme cargo de eso. Jamás pensé que lo podía lograr. Además, el día de mañana le voy a dejar a mis hijas una casa que valga un poquito más y ahora les puedo dar más comodidad, que es lo que él quería. Lo más importante, sin embargo, me parece que fue dejarles un mensaje: que siempre hay que seguir, y seguir, y seguir, y te volvés a levantar y hay que seguir y seguir”, reflexiona.

Como Alejandra y Ana, Vera sostiene que su responsabilidad está en que sus hijas no tengan resentimiento u odio, “porque si no su vida no puede continuar”. “Entonces no puedo dar un mensaje equivocado porque si no estaría truncada esa vida. Y aparte porque ellos eran así: trabajadores, amorosos, muy responsables. Estaban muy presentes en la vida de sus hijos e hijas. Entonces yo tengo que seguir dándoles ese ejemplo y enseñándoles eso. El terrorismo quiere sembrar odio y miedo, y la única manera de contrarrestarlo es esa, porque si no esto no se termina más. La única manera de combatirlo es con amor, por más que estemos desgarradas por dentro”.



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