Los cinco peores negocios de Central y Newell’s en una década de tribulaciones


La pandemia puso en pausa usos y costumbres de todo tipo —empezando por los besos, como se ha escrito por demás—. En la vida cotidiana, en la política y también en el periodismo. De esas cosas pasadas de golpe al olvido quisimos rescatar las simpáticas y siempre polémicas listas de mejores y peores “de la década”, que en los tiempos prepandémicos inundaban los medios cada diez años. Empezamos por discos y libros, y ahora le pedimos su top five a Roque Giordano. El ranking de peores negocios de los dos grandes clubes de la ciudad, como para no olvidar.



Por Roque Giordano

Es difícil medir el fútbol. Mundialmente estamos atravesando un proceso en el que la intención es poder hacerlo. Los avances tecnológicos y la utilización de elementos como la estadística tienen como principal cometido intentar realizar esa medición. Medir, al menos, lo que se pueda medir. Y claro, el objetivo ulterior es poder contar con esas herramientas para tomar, en consecuencia, mejores decisiones a la hora de elegir. Pero claro, como la Ley de Murphy lo expresa: «Todo lo que pueda salir mal, va a salir mal».

Este es un compendio de las cinco peores decisiones que atravesaron desde la perspectiva económica cada uno de los equipos de la ciudad en la última década.


Rosario Central



El descenso como corolario del ciclo Usandizaga. Vamos a tomarnos una pequeña licencia. Si bien la fecha del descenso está situada en los últimos días de mayo del año 2010, es inevitable pensar en los actos anteriores que llevaron a la institución a ese salto al vacío. Tampoco es difícil entender que tuvo consecuencias no sólo en lo futbolístico sino también en lo económico a posteriori.

Cuando Horacio Uzandizaga fue elegido un 11 de noviembre de 2007 para dirigir el rumbo del club auriazul con un 63% de los votos, ni los hinchas canallas ni el periodismo podían imaginar cómo iba a terminar la historia. De hecho, el matutino Página 12, en su suplemento local tituló al día siguiente: «Un presidente para sacar a Central del fondo». Difícilmente alguien en ese momento podía pensar que sucedería justamente lo contrario.

Nadie puede negar que los 15 millones de pesos, de esa época, invertidos en el predio de Arroyo Seco fueron una buena decisión. Pero «ahorrar» en lo futbolístico vendiendo a Jesús Méndez (jugador insignia por aquel entonces) a Boca, y no suplantarlo con alguien de categoría, sumado al deterioro en cuanto a la calidad del plantel que sufrió en cada mercado de pases manejado por «Manolito» Usandizaga, terminó desatando el peor de los finales.

El descenso y una reducción notable del presupuesto. Ingresos como los de la televisión que bajaron al mínimo. Nunca es buen negocio ahorrar con el primer equipo.



La Era Montero. En 2017 Central decidió realizar una apuesta fuerte. Luego de unas temporadas exitosas de la mano del Chacho Coudet, la dirección técnica del primer equipo recayó en Paolo Montero, que había tenido buenas temporadas dirigiendo a Boca Unidos de Corrientes y a Colón de Santa Fe.

Fue difícil la contratación del uruguayo. No solamente hubo que ganarle al interés de Independiente, que también lo pretendía, sino también convencerlo de dejar el equipo sabalero que seis meses antes le había hecho un contrato que aún, lógicamente, estaba vigente.

El convencimiento fue efectivo y Montero renunció a Colón para firmar en Central en enero. Inclusive, la decisión de dejar unilateralmente la entidad de la capital de la provincia le valió un juicio al entrenador. El mismo tuvo un fallo en marzo de este año y fue favorable para el club Rojinegro por 25.000 dólares en concepto de resarcimiento. Montero aceptó la sanción y no recurrió al TAS (Tribunal de Arbitraje Deportivo), ya que esto tiene un coste de 50.000 dólares que debe pagar la parte perdedora.

Volvamos a 2017. Después de seis meses con luces y sombras la dirigencia canalla decidió redoblar la oferta y, aprovechando la apertura sin límite a la hora de incorporar jugadores, en mediados de año le consiguieron seis refuerzos: Fernando Zampedri, Marcelo Ortiz, Fernando Tobio, Santiago Romero, Leonardo Gil y Alfonso Parot. Además por pedido expreso del técnico se compró el 50% de Diego Rodríguez, quien ya era parte del plantel pero debía adquirirse un porcentaje del pase para que continuara.

La historia usted ya la conoce. Después de ocho partidos sin ganar en la Superliga (cuatro empates y cuatro derrotas) Montero dio un paso al costado. Muchos se preguntan qué pasó con el dinero de las ventas de Cervi, Lo Celso y Pinola, entre otros. Quizás esto pueda dar una idea.



El contrato con Nike. Mucho se ha hablado del famoso contrato con esta compañía y de que fue un mal negocio. Lo cierto es que se le generó tanto desprestigio que incluso en el inconsciente colectivo se instaló la negatividad del mismo. Independientemente de los números (el contrato tiene una cláusula de privacidad por lo que no existen cifras oficiales), se ha instalado en el común denominador que la marca de la pipa salió ganando más que el club en los cuatro años que duró el contrato.

A mediados de 2014 una de las marcas más importante de indumentaria deportiva del mundo, Nike, contaba a los hinchas canallas que iba a ser el proveedor oficial de ropa del club. La ilusión fue muchísima. La marca estadounidense había desembarcado en el fútbol argentino y Rosario Central fue uno de los pocos clubes elegidos.

La firma del contrato se realizó en octubre y no faltó brillo: Puerto Norte fue la sede elegida para rubricar el convenio donde no faltó el apretón de manos entre Norberto Speciale (por aquel entonces presidente de la institución auriazul) y Diego Soraides, gerente de Nike Argentina.

Así quedó conformada la sociedad. Porque era eso, una sociedad donde Nike pagaba a Central el 15% de las regalías de todas las prendas que se vendieran, salvo aquellas que comprara el mismo club para sus equipos. ¿Rosario Central debía pagar la ropa incluso para el primer equipo? La respuesta es sí. Del total de producción de ropa deportiva, una cantidad se reservaba para que utilicen los planteles canallas y al momento de liquidar ganancias el costo se descontaba de las ganancias por regalías que le tocaban al club.

El actual vicepresidente de Rosario Central, Ricardo Carloni, en el programa “2 de Punta”, por FM Super en febrero de 2015, anunció: «No pensamos romper el contrato con Nike aunque lo estamos renegociando. Prácticamente no tenemos ropa Nike para vestir a los jugadores ni para venderle a la gente». El dirigente también apuntó contra la anterior gestión en “Contraseña Fútbol”, por Telefe Rosario: «El contrato con Nike lo firmó la anterior comisión directiva, no es beneficioso para Central».

Parafraseando a Julio César, un buen contrato no sólo debe serlo sino también parecerlo.



Los cheques voladores. Está claro que la gestión de Mauricio Macri al frente de la presidencia del país generó (o acentuó) problemas económicos de difícil solución para muchos sectores. El fútbol evidentemente no es una isla y terminó padeciendo las evidentes desinteligencias.

Después de la obtención de la Copa Argentina, los puntos dejados en el camino en el torneo local y el mal comienzo de año llevaron al despido de Bauza en febrero de 2019. No habían pasado tres meses desde la obtención del título. Un título que tanto ponderan los dirigentes del club pero que no le valió a Edgardo Bauza la continuidad por seis meses. Ni siquiera por tres.

Inmediatamente se pensó en Diego Cocca. Por los resultados en su paso por Racing donde se consagró campeón, por la cercanía con Bragarnik, un hombre que en aquel entonces tenía una excelente relación con la directiva, y también porque con el campeonato comenzado no eran muchos los entrenadores sin trabajo.

Rápidamente Cocca fue descartado en febrero por ser un «técnico caro». Paulo Ferrari fue designado como nuevo DT. Corrido Ferrari y contratado Cocca en marzo del mismo año (con ese contrato «caro») debido a las urgencias. ¿A qué precio?

Por supuesto que Rodolfo Di Pollina, para no volver a cometer el error de Usandizaga, privilegió lo futbolístico y fue un acierto porque el equipo se quedó en primera. Pero tuvo un costo. En agosto del año pasado la página “Doble Amarilla” publicó con documentos del Banco Central de la República Argentina: «Otro coletazo de la crisis: Rosario Central tuvo en dos meses cheques rechazados por $ 6 millones».

Se empezaban a sentir los costos que requería el dejar al equipo en primera. Ya sin Cocca en el banco, el Banco Central daba en julio pasado otra noticia no demasiado alentadora: Rosario Central era el segundo club del país con más cheques rechazados solamente por detrás de San Lorenzo. En tercer lugar se ubicaba Independiente y entre el Santo, el Canalla y el Diablo conformaban más del 90% del monto total de cheques de vuelta de la Liga Profesional. Por el lado de Rosario Central los números eran bastante sugestivos: más de 90 millones de pesos en cheques rebotados.

La noticia, lógicamente, no cayó para nada bien en el hincha Canalla que no puede todavía comprender del todo dónde fue a parar el dinero de las ventas y por qué ahora, además, hay una deuda tan elevada.



El caso Torsiglieri. Apuntar a un refuerzo es ver una inversión. En todo sentido: en lo futbolístico y en lo económico. Las variables para decidir volcar los ahorros de un club en un determinado jugador suelen ser bastantes. El valor de mercado, la carrera, la última temporada, las referencias personales son sólo algunas.

En algunos casos sale bien. Y hay ejemplos. Imposible olvidar el paso de Pinola por Arroyito. No sólo rindió, sino que con más de 30 años triplicó su valor de venta. Llegó a Central en alrededor de un millón de dólares y River terminó dejando tres millones en moneda americana en la caja fuerte auriazul.

Pero, lamentablemente, también hay de los otros. El caso de Marcos Torsiglieri es un buen ejemplo. Lo que parecía una inversión segura terminó siendo casi una pesadilla recurrente para el pueblo canalla.

No se puede decir que no fue estudiado. El jugador tenía trayectoria: Portugal, Rusia y España habían sido su casa alguna vez. Venía con rodaje y si bien nunca fue titular indiscutido en Boca, había disputado muchos encuentros en el primer equipo la última temporada. También en Monarcas de Morelia, desde donde llegó a Rosario Central.

Llegaba con buenas referencias de la mano del profe Collman que lo había entrenado físicamente cuando ambos coincidieron en Vélez Sarsfield. Era un pedido del técnico, Eduardo Coudet, que tantos aciertos había tenido (entre ellos Pinola). El precio de mercado no era irrisorio y rondaba los 1,4 millones de dólares.

Pero en el fútbol, que es la dinámica de lo impensado, muchas veces lo que puede salir mal, sale mal. Una vez dijo Walter Samuel sobre su momento en el Real Madrid: «Parece que cuando bajé del avión me olvidé de jugar al fútbol». Algo así pasó con Torsiglieri. Cada partido fue una muestra de inseguridad. Cada jugada desató el enojo de los hinchas. Cada recuerdo hoy, es una indigestión.

Deshacerse de Torsiglieri era, después del alud de insultos que caía desde las gradas del gigante y los chistes en Twitter, una prioridad. Esa urgencia tuvo un costo. Nada más recuperó 400 mil dólares. No sólo no rindió en lo futbolístico, puso en duda el conocimiento en la materia de los encargados de los fichajes canallas, sino también significó la pérdida de un millón de dólares entre el precio de compra y su reventa. La necesidad tiene cara de hereje.


Newell’s Old Boys



El «Petiso» Lisandro Martínez. Cuando hablamos de un negocio que no sale bien generalmente nos remitimos a alguna inversión que no dio sus frutos. En el mundo del fútbol, por ejemplo, se suele pensar solamente en la compra de un jugador que después no rindió.

Pero también existe otra variable, esa que hace a los clubes desprenderse de un futbolista que luego por sus condiciones termina siendo figura en otras latitudes, y revalorizándose de manera tal que el precio de la primera venta parece irrisorio. Eso pasó en Newell’s con Lisandro Martínez.

Con 18 años Martínez se afianzaba como titular en la reserva leprosa y en mayo de 2016 gritaba campeón en dicha categoría. Unos meses más tarde, en julio, su división derrotó por penales a Rosario Central en la «Copa Santa Fe» y precisamente en ese momento el socio de Newell’s lo vio. Antes pudo mirarlo, pero en aquel momento lo vio. Recién 11 meses después se lo pudo tener en primera división.

El debut fue con Godoy Cruz en Mendoza, en una derrota para el equipo rojinegro por dos tantos a cero. No volvió a jugar. Incluso se recuerda con tristeza una reunión entre grupos opositores y el presidente Eduardo Bermúdez en donde éste último (según los presentes evocan) se habría referido al jugador diciendo «no juega porque es petiso».

La historia del «petiso» (mide 1,77) Lisandro Martínez se conoce abiertamente. Alguien lo recomendó a Defensa y Justicia y Bragarnik, una especie de zar del fútbol argentino que tomó al Halcón de Varela como base de operaciones, ni lerdo ni perezoso le compró a la Lepra el 50% del pase en 650 mil dólares y se lo llevó para Buenos Aires.

El jugador fue figura en el equipo de Beccacece que peleó el campeonato y, lógicamente, el mundo (y también Scaloni que lo citó a la selección argentina) posó sus ojos en el futbolista que, por “baja estatura”, despreció Bermúdez. 

En mayo de 2019 Defensa y Justicia anunció dos operaciones: la compra del 50% que le quedaba a Newell’s en 1,5 millón de dólares y, claro, la venta de Lisandro Martínez al Ajax de Holanda en 7 millones de euros.

Saque usted sus propias conclusiones.



Luto y sangre I. El año 2017 no fue nada fácil para el Newell’s de Bermúdez. Sobre todo con un inicio tan dramático. Los primeros días del año tuvieron un condimento que los dirigentes de cualquier club quieren evitar: un paro de jugadores. Las finanzas ñulistas de los últimos tiempos mostraban una evidente falta de eficacia a la hora de ordenar los números, en particular los pagos: hasta cuatro meses de atraso salarial más primas no abonadas fueron el detonante que motivó la suspensión de una pretemporada que debía comenzar el miércoles 4 de enero y no empezó hasta el día viernes posterior.

Múltiples reuniones y el pago de un mes (más la promesa del depósito de otro salario atrasado en los días venideros) pudieron salvar la situación y lograr que el plantel iniciara los trabajos. Lo cierto es que el retorno a la actividad no supuso un bálsamo en la herida abierta. La relación entre los futbolistas y el pope dirigencial quedó reducida a cenizas. A esto le siguió unos meses después un paro de los trabajadores de Utedyc vinculados a la institución que llevó al plantel a entrenar con su propia ropa en el marco de una visita a Mar del Plata para disputar un encuentro con Aldosivi.

La precipitada salida de Lisandro Martínez no fue la única. En febrero, el arquero Ezequiel Unsain diría adiós para ponerse la camiseta de Defensa y Justicia. El club de Florencio Varela adquirió en aquel entonces el 50% del pase del futbolista en 300 mil dólares. Sí, una cifra muy menor a la que se acostumbra en el fútbol argentino. En el segundo semestre la situación no mejoraría. Newell’s se vio obligado a desprenderse nada más y nada menos que de Nacho Scocco, dos veces campeón con el club del Parque. River se lo llevó ante la necesidad de la Lepra de ingresar dinero en efectivo y con la consigna de pagar la cuota restante de la deuda que Ñuls tenía con el Sunderland inglés. Un compromiso al que no podía hacer frente. Días antes se había desvinculado Mauro Formica que siguió sus pasos en el fútbol mexicano ante la imposibilidad económica del rojinegro para retenerlo.

Como corolario llegó el día que ningún hincha deseaba: Maxi Rodríguez entre lágrimas anunciaba que se iba de Newell’s. Días después aceptó una oferta de Peñarol de Montevideo para jugar en el fútbol uruguayo.

Después de perder sus tres vacas sagradas, queda en el anecdotario la salida de Amoroso sobre el final de año con reclamo salarial, separación del plantel y salida intempestiva a Belgrano incluida. ¡La compra del pase de Amoroso por parte de Newell’s había supuesto una erogación de más de un millón y medio de dólares un año antes! 

Bonus track: El día de la despedida de Maxi Rodríguez, Bermúdez presentaba un conocido mediático llamado Brian Sarmiento como jugador leproso.



Luto y sangre II. Aunque usted no lo crea (ese año fue digno de Ripley’s Believet or Not), el 2017 tuvo más fatídicas situaciones que los leprosos abrazaron con angustia. 

Para ser justos, hasta que D’Amico no se hizo cargo de la situación, los seguidores rojinegros abrían el diario con la desesperante convicción de saber que alguna nueva mala noticia iba a aparecer contada por los caracteres de la imprenta. 

No fue sorpresa cuando en octubre el juez Bellizia tomó la decisión de “intervenir” la tesorería del club a partir de las desprolijidades que tuvieron lugar en la acreditación de los sueldos de jugadores y empleados, las diferencias que se suscitaron con Futbolistas Argentinos Agremiados, y el contraste entre lo que la dirigencia relataba en su despacho y lo que realmente sucedía con la institución. 

Por esa misma razón, un mes más tarde, no fue del todo sorprendente la noticia de que la Asociación del Fútbol Argentino comunicaba que el Tribunal de Justicia le descontaría 3 puntos.

En los considerandos la AFA explicaba que la sanción se debía a que Newell’s había presentado con «inexactitud o incorrección» la declaración jurada que certificaba que los haberes del plantel estaban al día. 

En otras palabras, la Asociación madre del fútbol argentino sospechaba que Ñuls había falseado la presentación que realizó en la Superliga.

Era una noticia tremenda, que hundía al equipo en la tabla de posiciones y proyectaba otra vez una pelea por el descenso en un futuro no muy lejano, ya que la cosecha de puntos era magra. 

Mucho tiempo después el TAS (Tribunal de Arbitraje del Deporte) le devolvió dos de los puntos de la sanción y Newell’s de la mano del regreso de Maxi Rodríguez, Formica y el orden de Kudelka levantó la penosa cosecha de puntos en la tabla acumulada, cuando ya hasta el más optimista de los hinchas contemplaba la posibilidad del descenso. 



Incorporaciones, no refuerzos. En el fútbol es imprescindible acertar en la conformación de un plantel para afrontar la temporada. 

La misión esencial de los entrenadores, ayudantes, directores deportivos o manager (si existieran) y parte de la comisión directiva se resume en intentar reforzar el equipo con la llegada de jugadores en puestos que no están cubiertos, o bien dotar de mayor jerarquía aquellas posiciones del campo de juego que ya están ocupadas. No siempre sale bien, claro está.

También es cierto que muchas veces hay que agudizar el ingenio porque el dinero disponible no es mucho.

En febrero del 2011 la Lepra de Sensini necesitaba un delantero. 50 días pasaron para que le consiguieran a préstamo por seis meses a Claudio Bieler. La cifra convenida fue de 200 mil dólares. Convirtió tres goles y se marchó de regreso a Liga Deportiva Universitaria de Quito. Al equipo no le fue demasiado bien y en abril Gustavo Dezzotti, mánager, aceptó la renuncia del entrenador. Roberto Sensini había conducido al equipo en una gran campaña en el campeonato Apertura 2009 obteniendo el subcampeonato y peleando hasta la última fecha la posibilidad de gritar campeón. Apenas un año y cuatro meses después tuvo que presentar su renuncia. Le habían desmantelado aquel equipo y quitado la competitividad del plantel. 

La segunda mitad del año fue para el hincha rojinegro realmente dolorosa. 

Algunas de las incorporaciones: Víctor Aquino, Hernán Pellerano, Carmelo «Tutunendo» Valencia, Ricardo Noir, Marcos Riveros y Víctor Figueroa.

Incorporaciones, no refuerzos.

En setiembre dimitiría Torrente. Su reemplazante Diego Cagna haría lo mismo dos meses después dejando al equipo en zona de descenso; no ganó ningún partido de los nueve que disputó.

El efecto renuncia ya había alcanzado al mánager Gustavo Dezotti que había dejado su cargo en noviembre.

El único que se interpuso entre Newell’s y la B Nacional fue Gerardo Martino. 

Pero esa es otra historia, ésta nos demuestra que tal como dice la frase popular: «lo barato sale caro».



New York, New York. En el amanecer de octubre del 2015 se anunció con bombos y platillos el «desarrollo de un programa de franquicias de escuelas de fútbol» que ya tenía la primera firma: Newell’s desembarcaría en Nueva York.

La historia se presentaba con un futuro promisorio y los matutinos no escatimaban en ponderaciones con respecto al proyecto. «Newell’s hace escuela en Nueva York», «Newell’s hace escuela con un nuevo negocio», fueron algunos de los títulos rutilantes con los que se presentaba el proyecto. Anthony Apezzatto, empresario y presidente de Newell’s US School Soccer, se lucía en las fotos con Jorge Ricobelli, vicepresidente primero de la entidad del Parque de la Independencia, que había tomado el control del club ante las complicaciones de salud que padecía el presidente Guillermo Lorente. 

La cosa era más o menos así: la Lepra conseguiría una plusvalía del 15% de todos los jugadores que se formaran en dicha cantera y según declaraciones del secretario Pablo Morosano a La Capital: «Además de la cuota por alumno, otras fuentes de ingreso pueden ser la venta de merchandising, la organización de torneos, de campamentos”.

Apezzatto ponía en valoración el histórico acuerdo en el portal Punto Biz: «Newell’s ha mostrado que sabe trabajar y desarrollar talento, algo que queremos hacer en Estados Unidos». Y agregó: «Manteniendo los valores y llevándolos a Estados Unidos sabemos que puede ser algo exitoso». El tiempo demostraría otra cosa. 

En enero de 2016 se anunció que Sebastián Peratta, campeón con el rojinegro en 2013, sería el coordinador y se encargaría de tomar las decisiones correspondientes a lo deportivo. Peratta no era empleado de Newell’s, sino que fue seleccionado por la empresa por su fluido inglés y su conocida trayectoria. Duró poco, apenas le pagaron unos gastos de dos o tres meses de todo el tiempo que estuvo en Estados Unidos.

A mediados de 2016 se daría la asunción de Eduardo Bermúdez como presidente y la flamante comisión directiva decidió pedir referencias del funcionamiento de la franquicia. La palabra de Peratta fue fundamental no sólo para la ruptura del vínculo sino también para aclarar la situación con el mismo alcalde de la ciudad. Gracias a esto la «avivada» del empresariado no tuvo graves consecuencias y se pudo salvar el nombre de la institución.

Lo que parecía un gran negocio, por suerte para el pueblo leproso, terminó en nada. Pudo haber sido peor.


Facebook comentarios

1 Comment

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *