Ser rosarino, Fontanarrosa y el humo en las islas



Por Luis Novaresio

Soy rosarino. Me ocupo de decir cada vez que tengo que presentarme, que soy rosarino. Después viene soy periodista, soy abogado. Hay un orgullo especial de ser rosarinos que creo, salvo los cordobeses, es más potente que en otros lugares.

Trato de pensar por qué. Cuando me vine a vivir a la ciudad de Buenos Aires, un año antes, el Negro Fontanarrosa se mudó al edificio donde yo vivía. No fui amigo íntimo del Negro Fontanarrosa. Si tuviera que definir nuestra relación, diría que éramos conocidos con mucho afecto.

Una vez, cuando ya era casi una decisión que me venía todos los días acá, lo fui a ver y el Negro, que apenas podía moverse con esa enfermedad tan tremenda que padeció, me dijo “andá y demostrales una vez más que los rosarinos podemos hacerlo, y cruzate con los otros rosarinos y charlen de esto”.

Es impactante. Cada vez que me encuentro con Reynaldo Sietecase, con Gerardo Rozin, con Valeria Schapira, con Ariel Aleart y con tantos otros, sentimos que hay una comunidad de pasión parecida. Esto me parece que es pertenencia a una ciudad: una comunidad de pasión.


Cuando ya estaba prácticamente instalado, volví a Rosario un fin de semana y lo fui a ver al Negro. Le dije:

-“Negro, ¿cómo les explico a los que nos preguntan qué pasa con ser rosarinos?”

Él hizo un largo silencio y me dijo:

– “¿Sabés qué pasa con nosotros?”

 Le dije: “No”.

 Me respondió:

– “No pasa nada. Pero no se lo avises. Que sigan creyendo que pasa algo distinto”.


Soy rosarino y cada vez que veo una noticia de mi ciudad, me angustio, me alegro, me pongo orgulloso. Y hoy, lamentablemente, tengo que ponerme angustiado y, cómo no, enojado, por la quema de pastizales frente a las islas de Rosario que pertenecen a Entre Ríos, que hace años y años padecemos.

No sólo por el humo, en muchos casos asfixiante, sino esencialmente por el genocidio ecológico que se produce. Voy a ahorrarme los detalles, pero un amigo me mandó un video donde un pescado que se había tomado del Paraná frente a Rosario, al abrirlo para hacerlo a la parrilla tenía una rata. Es que las ratas se escapan del fuego y van a dar al río y allí son comidas por los peces que luego son sacados por los pescadores.

Las vacas muertas, el ganado destrozado, los pastizales absolutamente diezmados. ¿Para qué se hace esto? Esencialmente para ganar pastos, para poner ganado y para que las tierras más continentales sean dedicadas a la soja. Absoluta codicia. Garantizada por la impunidad de las autoridades entrerrianas, que nunca han hecho nada, y creo que por las autoridades santafesinas que no han sabido imponerse.

¿Adónde está el gobernador Gustavo Bordet? Me cuentan que en la primera reunión que tuvo con el gobernador Omar Perotti lo minimizó. ¿Es tan difícil saber quiénes son los dueños de esos campos y sancionarlos con el objetivo nexo de causalidad que hay entre el fuego y sus campos?



Siento que como pasa allá, golpea poco acá. Ahora como quizás en el Delta cerca de la ciudad de Buenos Aires empieza a haber quemas, nos empezamos a preocupar. ¿Qué cosa es ser rosarino? ¿Es estar orgulloso de Fito, del Negro, de Libertad Lamarque, de la costa más bella sobre el río Paraná? ¿Es saber que ahí nacen escritores y poetas como Fander? ¿Es saber que hay voces como la de Baglietto, Silvina Garré, Abonizio, la Negra Herrero? ¿O es algo más que convencernos de que la mirada del faro porteño no nos debe constituir como importantes? 

A veces me pasa eso. Que cuando uno forma parte del mal llamado interior, si no hay bendición de esta ciudad maravillosa que es Buenos Aires, no nos constituimos como tales. A veces pienso que eso se puede extrapolar a la vida personal y, cómo no, a la vida política. La ciudad de Buenos Aires es la que finalmente bendice. Y no me vengan con la cuestión administrativa de que es la capital de nuestro país. Pienso en Brasil, en Chile. A nadie se le ocurre que un paulista necesite la bendición ni de Río ni mucho menos de Brasilia.

¿No sería hora también de que empezáramos a ejercer ese orgullo de pertenecer a  una ciudad; en nuestro caso, de ser rosarinos, de un modo más autónomo?

Esta semana ha sido una semana difícil en materia de pandemia. Mi ciudad, Rosario, no por casualidad, viene sorteando hasta ahora mucho mejor la cuestión sanitaria porque durante mucho tiempo se apostó a la salud. Ahora está complicada.

Y hay una reacción muy rosarina.

¿Sabés que Rosario no tiene fundación? ¿Sabés que el cuento ese de que una Virgen  llega y se le rompe una rueda de su carreta y queda allí, y se junta la villa del Rosario, es casi una intención de buscar un momento de creación para saber cuándo nacimos los rosarinos? Después se creó el acta de fundación y demás.

Rosario no es capital de provincia, y sin embargo es la ciudad más trascendente de Santa Fe. Rosario no tiene aristocracia. No hay una clase A1, poderosa, de tradición de apellido. Y, sin embargo, se siente orgullosa de tener una clase media, bien acomodada en algunos casos, que labura.

Rosario es una ciudad de enorme orgullo por su trabajo. Se hizo sola. Sin la complicidad administrativa de una capital, sin la bendición de un conjunto de ciudadanos ricos que podían apostar a ese lugar.

Hoy vengo a pedir que la República Argentina se ocupe de la quema genocida de los pastizales frente a mi ciudad. Y vengo a pedir que de esta manera se le rinda tributo a un conjunto de ciudadanos, laburantes, esforzados, sin nunca tener la posibilidad de un privilegio por ser rosarinos como tales, que están pidiendo en honor a ese trabajo, que se los reconozca.

No más a la quema de pastizales, no más al genocidio ecológico. No más a darle la espalda a un hecho que queda a apenas 300 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. No más a no reconocer que la cultura es importante, que la tradición de los poetas es importante, pero también, y hoy más que nunca, que también se cuide al ambiente, la calidad de vida, y el privilegio de ser rosarinos.



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