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Las cuatro estaciones

Mermó la luz solar y la temperatura es variable. Es un tiempo de transición entre el cálido verano y el frío invierno. Como el otoño y la primavera, no son grietas. Son partes de un todo, nada más, donde hay expresiones distintas, contrastantes, de la naturaleza. Olvidamos que es perfecta. Y al hacer comparaciones caemos muchas veces en el absurdo. Como ésta misma acaso. Pero grandes matemáticos hallaron brillantes soluciones mediante el método del absurdo. Aunque muchos estudiosos optan otros caminos para vislumbrar su intrigante comportamiento. Puede que no sea tan preciso el pronóstico en ocasiones.

Pero la vida está llena de sorpresas. Y los resultados analizados a los que se arriban, apenas acaban por ser solamente probabilidades. Y uno se pregunta qué probabilidades tendríamos de imponer un único clima que rija nuestro destino. Suena dictatorial. ¿Se impondrían los amantes del frío, la nieve, las escarchas? ¿Los que gozan con el colorido despertar de la diosa primavera o los caminadores de veredas húmedas cubiertas de hojas marrones y árboles desnudos víctimas del otoño? Ni que decir los que cultivan arriesgadas actividades en las soleadas playas junto al mar o a los partidarios del aire puro y soledad de la montaña. Suena a imposible convivir al mismo tiempo con todos los climas en un país de cuatro estaciones.

Una utopía cuasi infantil y de algunos hombres y mujeres bien intencionados. Demasiado simplista. Pero las cuatro estaciones nos muestran que hay mucho por hacer en favor de la convivencia y del pluralismo. Como escuchar voces aunque no nos gusten. Porque nunca lo sabremos todo. Y debemos rendirnos intelectualmente ante la evidencia. Como el cambio climático. No se puede dudar de su realidad negativa, destructora para todas las especies de este mundo nuestro o mejor dicho, prestado. Las vacunas son convenientes para proteger nuestra salud. Son necesarias en tiempos como el presente donde se busca denodadamente sobrevivir a un virus que destruye salud y riqueza. Y se logrará respetando los cuidados que nos beneficiarán por igual. De ser solidarios con la vida propia y ajena se trata.

Mensajes falsos nos dividen y acabamos por hablar solamente con quienes opinan como nosotros. Y nos convertimos en compartimentos estancos, cajoncitos cerrados donde no entra la luz, temerosos de los otros. Porque carecemos de pensamiento propio. Vivimos en grupos donde están los unos y los otros. Los buenos y los malos. No hay matices y se atenta así contra una democracia sana que merecemos por igual.

Es llamativo cómo los medios de comunicación, algunos, en vez de educar y estimular el debate de ideas contribuyen en espacios que recogen comentarios de lectores, televidentes y radioescuchas sobre notas y opiniones, a que se conviertan en un campo de insultos bestiales, odios y ejemplo de incultura. La tolerancia fue muerta y enterrada. Y se extraña esa facultad de reconocer las diferencias inherentes a la naturaleza humana. Se trata del respeto al otro que nos enseñaban en las olvidadas clases de educación cívica. Tal vez no nos dábamos cuenta que nos contaban, inculcaban, el modo de ser mejores personas. Y en algún momento perdimos las ideas de ética y moral y optamos por el vicio individualista que inexorablemente se torna en contra de los otros provocando a través de sus impulsos y deseos egoístas la lucha de todos contra todos sin reglas ni normas.

Nos hemos vuelto consumistas puros, devotos del dinero que compra poder y alejado de nuestra verdadera dimensión. No será tarea fácil recuperar aquellos valores. El resentimiento que se percibe aún entre amigos, vecinos y hasta familiares por interpretar de modo diferente la actualidad que nos toca vivir es espantoso. Así no llegaremos a ninguna parte, salvo al abismo. El bien común se logra entre todos para que la vida valga la pena ser vivida en libertad, igualdad y fraternidad. La meta buscada no debe ser llevarse por delante al otro para proteger este modelo artificial impuesto a base de mentiras. En un poema que considero esperanzador y valiente, el poeta inglés William Wordsworth dijo sobre el resentimiento:

Más que surrealista lo veo cerca del simbolismo del pasado y su idea del mundo es un misterio a descifrar. Ni las malas lenguas ni los juicios bruscos, ni trampas de hombres ruines, ni atenciones fingidas y torcidas, ni todo el monótono trasiego de los días podrán prevalecer jamás contra nosotros, ni alterar nuestra alegre confianza en que el mundo que vemos abunda en bendiciones

Al fin y al cabo, ¿qué nos hará felices en el final de nuestra existencia? Es para pensarlo.

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