Un día de vida es vida


Por J. E. King


Ese que está comiendo hierbas es un cervatillo, le dice el abuelo a sus nietos próximos a la adolescencia. Todos disfrutan de un documental de Animal Planet. Son cómplices, se sienten salvajes. Fíjense bien, continúa el veterano. Ese leopardo es un depredador y está al acecho. Es como un camaleón en la selva. Se confunde con el entorno y avanza despacio sin ser notado. Es un traidor que se mueve en las sombras, dice uno de los  jóvenes. Algo así, responde el abuelo. Pero está en su naturaleza. No lo puede evitar. Se mimetiza y es difícil saber quién es, dónde está, cuándo atacará. Este que vemos parece tener hambre así que no aguantará mucho en hincar sus colmillos en el cuello de su presa. Es como en la carrera armamentista de la política, siempre hay uno más poderoso. En ese instante varios gritan. El ciervo se descuidó y yace dando los últimos estertores mientras los dientes permanecen clavados apretando el cuello de su víctima. Y el viejo les cuenta que en un tratado oriental antiquísimo conocido como El Arte de la Guerra ya se advertía que los compasivos corren el riesgo de ser derribados. La abuela, que ha estado escuchando la lección del viejo pregunta, en tono de reto, que les está diciendo. Calmadamente el hombre responde que nada. Por ahora sólo un poco de realidad política disfrazada de vida silvestre. No te preocupes. Medio en serio, medio en broma, la abuela pone punto final al breve intercambio murmurando que solamente a ella se le podía ocurrir casarse con un peronista y de central. Justo ella, que todavía guarda como un tesoro la vincha blanca de la gloriosa JP.


Al menos una vez en la vida todos nos preguntamos quiénes son las buenas personas, arrancó un futuro candidato a concejal en la reunión de los viernes en el sobreviviente club de bochas del barrio. Son difíciles de hallar, respondió un escéptico poniendo al descubierto su afición a la lectura. Y agregó que solemos contentamos con las malas personas. Tan respetables que  veces resultan horribles, como nos pasó. Tan horribles que terminaron siendo cómicas. Y de tan cómicas acabaron siendo patéticas. Pero tan patéticas que hoy parece horroroso tener piedad de ellas. Nos habían dicho que incluso en los seres más egoístas y perversos siempre es posible un acto imprevisible de libertad. Pero no fue cierto. Una mentira más de tantas. Quisieron vendernos aquello de cambiar todo para que nada cambie, paradoja expuesta por Lampedusa en El Gatopardo. Y hoy que la discusión impuesta gira en torno a recuperar la economía o sobrevivir, muchos olvidan que no se trata de números sino de personas y que el éxito no debe medirse únicamente por estadísticas impersonales. El país  intenta volver a ponerse de pie y se cuentan día a día las víctimas de la pandemia y, aunque por ahora menos, de los cadáveres que siembra una delincuencia creciente y sin freno. Intereses miserables apuestan al desquicio, al desconcierto de algunos ciudadanos manipulados, hipnotizados por falsedades que lanzan mercenarios del poder escondidos por todos los rincones como cucarachas. Pero la objetividad analítica no es incompatible con una postura ciudadana democrática que debe ser recuperada. No se puede permitir que a fuerza de malas artes se intente correr y desprestigiar con falsedades a quienes han sido electos por una mayoría para ser sus representantes. Y en este juego no caben debilidades. Tal vez el mejor remedio esté en aferrarse a la memoria como un arma, dijo un historiador. Y es para pensarlo.


Algunos políticos mienten. Son los que hablan demasiado. Sus discursos acaban en promesas incumplidas. Otros hablan menos y hacen. Son los capaces de cambiar el mundo y a nosotros. Por  eso no son olvidados. Eran sabios que creían en sus propias palabras. Mejor que decir es hacer, mejor que prometer es realizar. Juan Domingo Perón, tres veces presidente de la Nación, fue el primer mandatario en América latina en ser elegido por medio del voto universal. Bien puede decirse que en la Argentina hay un antes y un después tras su paso por el gobierno. Fue el presidente del pueblo y ganó su lealtad haciendo reconocer sus derechos mejorando la calidad de vida de las clases más desprotegidas. Los esclavos de entonces, los cabecitas negras, accedieron a mejores trabajos, educación, salud. Los privilegiados fueron los niños y los ancianos. Por primera vez votaron las mujeres. Y se nacionalizó la economía,  que no debe estar sometida al dictado de las finanzas pero que se siguen disputando los mercados sin Dios ni bandera. El Día de la Lealtad memorará el próximo 17 el comienzo del pensamiento peronista encarnado en un movimiento colectivo que transformó desde la raíz el modo de hacer política en este país nuestro, de todos. Es recordar el renacimiento de la conciencia de los trabajadores, dijo Perón, que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la patria. Y como la lealtad no se negocia y la libertad no atrasa, sólo cabe adelantarnos y decir con orgullo: feliz día compañeros. Celebremos. Que un día de vida es vida.


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