Un presidente en las redes



Por Osvaldo Aguirre | 01/08/2020

La foto muestra a Alberto Fernández con Leandro Santoro en la quinta de Olivos y se publica en Twitter. Los dos están vestidos de manera informal, porque al fin y al cabo es un domingo a la mañana. Pero la pose, mirando a cámara, las manos en los bolsillos del pantalón y la actitud corporal resuelta, está cargada de mensajes: el presidente trabaja full time, no tiene día de descanso, y si se toma un rato es para recordar que Néstor Kirchner y Raúl Alfonsín ocuparon su lugar y que esos modelos marcan un camino.

Las publicaciones del presidente en Twitter eran más informales al principio de su mandato, cuando aparecía sorpresivamente y contestaba mensajes que parecían elegidos al azar, como si recogiera el guante de los ciudadanos que lo interpelaban. A partir de la pandemia son parte de una estrategia de comunicación que integra medios tradicionales y plataformas. Alberto Fernández construye su perfil: “Frente al híper borramiento de Macri y a la híper presencia de Cristina, es un tipo intermedio que habla con todos, con los amigos, con los enemigos, con los periodistas, con los que no son periodistas”, dice José Luis Fernández, titular de Semiótica de los medios en la Facultad de Ciencias de Comunicación de la UBA.



“Los presidentes anteriores fueron muy reacios para hablar con periodistas no afines. Alberto se la está bancando bien porque tiene mucha capacidad de resolución, no es alguien que no sepa responder o al que puedan presionar”, observa Gastón Cingolani, profesor en la Universidad Nacional de La Plata y coautor del ensayo Cristina, un espectáculo político. El cruce con Silvia Mercado —en una conferencia de prensa en la que la periodista invocó la “angustia” ante la cuarentena— quedó como un ruido en la comunicación presidencial. “Ahí mostró que estaba podrido de que lo chicaneen y saltó. Eso no lo deja bien parado; más allá de que la respuesta que dio tiene algo de sensatez, por calentón se ve débil. Hasta lo corrieron como machirulo”, analiza Cingolani. El llamado de Viviana Canosa en su programa de televisión —“señor presidente, no abuse de su poder”— haciendo públicos mensajes privados del presidente, el 22 de julio, pareció asociar esa acusación con las presiones a los medios que suele denunciar la oposición, aunque Canal 9 no acompañó la denuncia.

José Luis Fernández minimiza el incidente —también la recomendación presidencial a Cristina Pérez para que lea la Constitución— en comparación con los manejos de Macri y Cristina Fernández ante el periodismo y cree que Alberto intenta construir un camino alternativo a la grieta. “No en lo que dice, porque se ve obligado a decir cosas muy K, que todos le echan en cara y que él, además, criticó antes, porque fue recontra anti Cristina. Se maneja con un tono medio, juntando fuerzas políticas opositoras. Es un presidente que hasta ahora se mueve con la llaneza de su palabra, y la elasticidad de sus acciones. Se equivoca y vuelve atrás, no tiene problema”, dice.

La puesta en escena de las conferencias de prensa junto con Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta condensa la imagen que Alberto trata de construir sobre su propia figura. “Ni Kicillof es tan parecido ni Larreta tan distinto. Reunirlos en una mesa ha sido un gesto de inteligencia y de ensanchamiento de la base política de Alberto”, observa Cingolani.



Humano, demasiado humano


“Cada vez que Alberto habla, y esto es reconocido por sus propios seguidores, comete al menos un error grave”, señala José Luis Fernández. Algunas equivocaciones le costaron roces diplomáticos, como una estadística sobre muertes por la pandemia en Chile que debió rectificar, y también burlas, entre ellas la alusión a “las novelas de Borges” en un encuentro con representantes de la industria editorial. Pero esas pifias son “marcas de humanidad, de debilidad, si no las tuviera sería el típico porteño soberbio”, agrega Fernández, director de la revista académica Letra Imagen Sonido.


Santa Fe Ciudad

Las interacciones de apariencia espontánea en Twitter, como un usuario común y corriente, apuntalaron esa imagen. “Era un juego que él ya tenía de antes pero que se revalorizó cuando fue presidente electo y después al asumir. Los pedidos que recibía eran más cholulos que políticos, pero él mostraba un gesto de humanidad y de simpatía que no dejó de tener”, dice Cingolani. A diferencia de Cristina, “que fue ascendiendo hasta transformarse casi en una estrella de rock”, Alberto parece recuperar una relación de proximidad a la que también contribuyen sus momentos de enojo, “como un tipo que se pelea a trompadas en los bares”, apunta José Luis Fernández.

En una entrevista con Página 12, Alberto recuerda haber presenciado recitales de Spinetta y Sui Géneris y dice que en su ideología no solo influyó Perón sino que también tendría algo de hippie y pacifista. También recomienda series de televisión y libros. En la campaña presidencial se reveló como guitarrista e interpretó “Blackbird”, de los Beatles, en un programa de Telefé y en Twitter dedicó una versión personal de una canción de Spinetta para los adolescentes. “Cuando toca la guitarra, toca pobremente, como cualquiera que sabe más o menos unas canciones —dice Cingolani—. Pero esa situación hogareña y también su parte como profesor lo ponen en el llano. Cada gobernante busca su impronta, es parte de una estrategia si se quiere inocente y secundaria porque ahí no se juega una cuestión de política dura, pero también es parte del halo que se desea para la propia figura”.



A poco de asumir, Alberto hizo saber que no dejaba de dar sus clases en la Facultad de Derecho. Fotos que parecían sacadas con celular lo mostraban sentado sobre su escritorio, con el fondo de las paredes descascaradas de la universidad pública. La imagen valía por las palabras cercanía, humanidad, compromiso. Para Cingolani, “otro elemento que lo pone en ese lugar es que cuando da sus conferencias se lo nota absolutamente agotado, ojeroso, con la voz cascada”. Las comparaciones son productivas: “en contraste con un Macri que se mostraba de vacaciones y poco afecto al trabajo, asociado a la reposera, Alberto no deja sus responsabilidades y pone el cuerpo al servicio de la causa gubernamental; esas cosas le arman el personaje y lo hace bien, es coherente, le da un refresh”.

Si las apariciones de Macri en contacto con gente común tenían el aspecto de una maqueta de laboratorio y los personajes parecían muñecos de Playmobil, casi una fake news, Alberto parece hacer profesión de meter los pies en el barro. Hasta donde se le permite el avance de la pandemia, como ocurrió cuando tuvo que suspender viajes al interior.



Un paso adelante, otro atrás


El conflicto en torno a la expropiación de Vicentin parece poner en crisis la conveniencia de que Alberto Fernández esté disponible para hablar con todas y todos. “Con los problemas políticos que tiene no puede estar expuesto en la comunicación cotidiana con todo el mundo”, dijo el consultor Ricardo Rouvier en una entrevista del 28 de junio, el mismo día del posteo de la foto con Leandro Santoro.

El derrape con la estatización de Vicentin fue atribuido, entre otras razones, a problemas de comunicación. Alberto se habría apresurado al plantear el proyecto en entrevistas públicas. “Pero un error de comunicación gubernamental es un error político —objeta Cingolani—. No se puede comunicar bien o mal algo que por otra parte esté bien. El gobierno no tuvo una voz clara sobre Vicentin, y eso es un error técnico en cualquier circunstancia, no solo para un gobierno. Una comunicación pública tiene que ser directa, concreta, monocorde, sin titubeos ni voces disonantes”.

Después de respaldar la “propuesta superadora” del gobernador Omar Perotti, y de las críticas consiguientes, Alberto publicó un tuit con un video de Alfonsín. “Cuando me preguntan cómo estoy y si pienso aflojar, miro este video del padre de la democracia y reafirmo mis convicciones”, escribió. Un reconocimiento del traspié, que tampoco agradó a quienes preferirían alguna imagen específica del universo peronista.



Los retrocesos de Alberto, sin embargo, también pueden contribuir a su imagen positiva en la medida en que, según los analistas, lo muestran como alguien dispuesto a corregir errores. “El gobierno de Macri jugó de una manera un poco cínica con la posibilidad de instalarse en un lugar de fortaleza, de coherencia, de honestidad inclusive, y le dejó allanado a Alberto el margen para mostrarse como alguien que puede rehacer sus maniobras sin que necesariamente pueda ser leído como debilidad —opina Cingolani—. Tanto el macrismo como el albertismo buscan desmarcarse del kirchnerismo, una especie de parámetro en la historia reciente, a evitar para unos y a sostener para otros. Alberto busca otra impronta porque también lo acusan de que en realidad la que conduce y está atrás de todo es Cristina, entonces lidia con eso aunque lo hace con mayor soltura que el macrismo”.

Contra la infectadura, el neologismo creado por los intelectuales macristas, José Luis Fernández sueña con una remera que diga infectosocializar. “Es una palabra que me inventé, querría decir no socializar la infección —explica—: Mirá si la toma el gobierno”. Se ríe con la ocurrencia, pero enseguida se pone serio. “Ahora viene el desafío, salir de la cuarentena, pensar la reactivación. Alberto tiene que inventar algo”. Seguirá en las redes.


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