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Archivo Negro

Enigmas de la crónica policial: el ladrón de bancos que fue leyenda y murió sin prontuario

El robo de bancos es cosa del pasado. Las tecnologías de seguridad, el riesgo de perder la vida y el escaso beneficio que reporta comparado con otros delitos lo convirtieron en una práctica cada vez menos frecuente en lo que va del siglo. Pero cuando se escriba una historia de la especialidad habrá una página dedicada a Javier Ernesto Hernández, el rosarino que planeó el robo de los balseros boqueteros contra la sucursal Arroyito del Banco de Santa Fe y el robo contra la sucursal del Banco de la Nación en Ramallo, provincia de Buenos Aires.

Hernández fue uno de los ladrones fusilados por la policía bonaerense en la madrugada del 17 de septiembre de 1999. Su muerte en la masacre de Ramallo dejó preguntas sin respuesta con relación al caso y también sobre su identidad, que encubrió bajo el nombre falso de Sergio Miguel Benedetti, y sobre sus vínculos en el ambiente delictivo y policial de Rosario.

El robo de bancos tenía múltiples variantes en la época. Las armas eran infaltables, pero un golpe no suponía necesariamente un acto de violencia irracional; la historia es pródiga en anécdotas de delincuentes que distinguieron a los empleados de las entidades, para quienes robar un banco era poca cosa comparada con fundarlo. Hacía falta información sobre las rutinas del objetivo, y para eso se necesitaba alguien que estuviera al tanto. También un plan para actuar en el menor tiempo posible. Hernández, o Benedetti mejor dicho, tuvo en cuenta ambos requisitos.

El golpe en Arroyito

En 1992 Hernández cayó detenido por primera vez en relación a un robo. Tenía 22 años. Pero el prontuario en la policía rosarina no estaba bajo el nombre con el que había nacido sino con su nueva identidad. La situación quedó expuesta con la masacre de Ramallo. No se sabía cómo había engañado a los llamados sabuesos policiales y a los funcionarios penitenciarios. Y nunca se supo, por más que la entonces directora de Asuntos Internos, Leyla Perazzo, trató de apaciguar el escándalo con el anuncio de una investigación que determinaría responsabilidades.

El prontuario creció en 1994, cuando Benedetti fue detenido por robo e incendio intencional. La sección Dactiloscopía volvió a tomar sus huellas y ratificó su identidad falsa. Estaba entre ojos de la policía; a continuación fue acusado por un asalto a oficinas de la Empresa Provincial de Energía, en compañía de Sergio Fabián Rodríguez, alias “Frío”.

Aquellas oficinas estaban en el cruce de avenida Génova y el comienzo del bulevar Rondeau. Justo frente a la sucursal del Banco de Santa Fe. Quizá fue entonces cuando “Pata”, como apodaron a Benedetti, empezó a pensar en un trabajo bancario, por llamar así a sus planes.

El golpe de los balseros boqueteros comenzó durante la madrugada del 6 de octubre de 1995. Tres hombres jóvenes navegaron unos 250 metros a través del entubamiento del arroyo Ludueña en botes improvisados con cámaras de neumáticos y una tabla, hasta alcanzar una pared que daba con el edificio del banco. Hicieron un boquete con picos y cortafierros, accedieron a un sótano y de ahí al hall de la sucursal.

“En realidad querían ir al tesoro, pero se equivocaron por unos metros. Desde el hall no podían entrar porque el tesoro tenía un temporizador. Entonces se ven obligados a esperar a los empleados”, dice el abogado Carlos Varela, que defendió a Hernández. A Benedetti, como lo conoció ese mismo año y hasta su muerte.

Benedetti fue uno de los boqueteros, la identidad de sus cómplices es todavía un misterio. Eran las 4.10 y comenzaron por reducir al sereno. Tenían dos horas por delante; “se pusieron nerviosos, tomaron calmantes”, agrega Varela. Minutos después de las 6 redujeron a otros tres empleados, los primeros en llegar.

Un transporte de caudales estacionó a las 6.30 frente al banco para descargar 515 mil pesos, equivalentes a la misma suma en dólares. Los custodios permanecieron en la puerta atentos a cualquier movimiento sospechoso en la calle mientras adentro de la sucursal los ladrones embolsaban el dinero antes de salir por una puerta de servicio sobre la avenida Génova.

El juez Carlos Triglia puso la investigación en manos de la sección Robos y Hurtos, a cargo de Francisco Gambacurta. Y entonces hubo más problemas.


El banco, el día del robo

Una investigación a las trompadas

Los investigadores de Robos y Hurtos no seguían precisamente el modelo de Sherlock Holmes, y sus métodos eran conocidos. En mayo de 1995, un taxista de apellido Graciadío había denunciado torturas y otros tormentos padecidos en las mazmorras de la sección para que se atribuyera un robo. Gambacurta fue uno de los acusados.

El jefe de Robos y Hurtos también era conocido como íntimo amigo de la barra brava de Central, al igual que su superior, Ricardo Milicic, jefe de la Agrupación de Unidades Especiales en la misma época. El mismo día del robo de los balseros boqueteros la prensa pudo observar a Milicic, arma en mano por los alrededores del banco, con una expresión concentrada y los labios apretados. Parecía que los ladrones acababan de escapar.


El comisario Milicic posando al frente de la búsqueda de los ladrones
Fotografía: Marcelo Bustamante | Archivo

La “hábil pesquisa”, como algunos medios de prensa llamaron a las tareas de Robos y Hurtos, condujo a la detención de diez personas y a una teoría según la cual el robo había sido emprendido por dos grupos, el de los balseros por un lado y el de los boqueteros por otro. Pero no fue más que otro “esclarecimiento” forjado con torturas, como denunció un joven de 18 años el 18 de octubre de 1995: “Llegaron a mojarme y a acostarme sobre una cama a la que le sacaron el colchón y mientras me pasaba eso vi como a mi cuñado (Omar Hilario Pared) le sangraba el labio y le hacían submarino seco”, la práctica de rutina para provocar asfixia colocando una bolsa de plástico en la cabeza de la víctima.

El denunciante, Rubén Orellano, fue explícito: “Los puñetazos los recibí de Gambacurta y sé que era él porque otros lo nombraban y además en ese momento yo no tenía los ojos vendados”. Pero la declaración de Pared bajo tortura fue avalada por la Justicia e hizo que Ramón Domingo Silva, un policía jubilado por incapacidad que sobrevivía con fletes y changas, pasara 2 años y 8 meses en prisión, porque el otro lo acusó de haber sido el informante de la banda.

Robos y Hurtos siguió con luz verde. La gota que rebalsó el vaso fue el dinero que robaron los policías en la casa de otro sospechoso, José Luis Román, en Villa Gobernador Gálvez. Sin ruborizarse, los investigadores dijeron que en medio del allanamiento se cortó la luz y que cuando volvió el dinero había desaparecido misteriosamente. El juez Triglia derivó la actuación a las Tropas de Operaciones Especiales, pero la causa estaba perdida.

Benedetti se mudó mientras tanto a la provincia de Córdoba. Dejó pasar un año y cuando decidió volver la policía lo detuvo en avenida de Circunvalación. “Volví porque extrañaba a mis amigos. En Córdoba tenía plata pero estaba solo”, le dijo a Varela. El 1° de enero de 1997 ingresó en la cárcel de Coronda, siempre con nombre falso.

Sin salida

Sergio Miguel Benedetti salió en libertad en diciembre de 1998. No tenía cuentas pendientes con la Justicia, ni siquiera por el robo al banco de Santa Fe. Un viejo amigo, Abel Fernández, alias Veneno, estaba procesado sin embargo por encubrimiento; y otros nuevos, Martín René Saldaña y Carlos “Negro” Martínez, se prestaron para el plan de asaltar el Banco Nación de Villa Ramallo. 

Los tres ladrones que ingresaron al banco poco antes de las 10 del 16 de septiembre de 1999 fueron el rostro más visible de la banda. Un policía de San Nicolás, el cabo primero Aldo Cabral, aportó el plano del banco y participó en las conversaciones donde maduró el plan, celebradas en la casa de Norberto Fabricio Céspedes, de oficio conocido vendedor de celulares.

Un albañil, Miguel Aguilar, aportó el pan de trotyl que conservaba como recuerdo del Ejército, donde había sido soldado voluntario. El “Frío” Rodríguez habría sido parte de las deliberaciones, pero en julio fue detenido en San Nicolás por una tentativa de robo y quedó al margen. Como si no resultara suficiente el nombre falso, Benedetti recibió otro apodo: “Polenta”.


El banco de Ramallo
Fotografía: Marcelo Bustamante | Archivo

Carlos Varela estaba en su estudio cuando se enteró del asalto y la toma de rehenes y reconoció la voz de Benedetti en los audios que difundían los canales de televisión en modo noticia en desarrollo. “Al rato me llama por teléfono el subcomisario Claudio Pereyra, que estaba a cargo del Grupo de Operaciones Especiales Federales (GOEF), para que fuera a Ramallo —recuerda el abogado—. Después me enteré cómo tenían mi teléfono: cuando liberan a uno de los rehenes le ponen adentro del calzoncillo un papel con mi número y le piden que me llame; obviamente el tipo sale del banco y lo primero que hace es darle ese papel a la policía”.

El banco estaba sitiado por el GOEF y el Grupo Halcón, de la Policía Bonaerense. El subcomisario Pablo Bressi había fracasado en la negociación con los ladrones, pero el traspié no afectó su carrera: en 2015 fue nombrado jefe de la policía bonaerense por la gobernadora María Eugenia Vidal, aunque dos años más tarde renunció en momentos en que se multiplicaban las denuncias en su contra por protección al narcotráfico.

“Cuando llego a Ramallo yo no conocía a nadie —sigue Varela—. Me encuentro con el periodista Héctor López; él ya lo conocía a Pereyra, un policía grandote, de bigotes. Me acerco y me lleva con Villafuerte Ruzo. Habían instalado la intervención telefónica en un colegio vecino del banco”. 

Entre la una y media y las 5 de la madrugada, Varela sostuvo tres conversaciones telefónicas con Benedetti: “Le dije que lo podíamos arreglar, y él accede a entregarse, pero al mismo tiempo me dice que tenía una promesa con otro compañero, que era Saldaña, el más agresivo de los tres, de seguir hasta el final”. 

Benedetti estaba seguro de que podrían salir del banco escudándose en los rehenes. A las 5 subieron al Volkswagen Polo del gerente e hicieron unos metros bajo la lluvia de balas que descargó el medio centenar de policías apostados en el cerco. “Tiró uno y tiraron todos, más allá de que puede haber habido alguna orden. Habrán sido 15, 20 segundos”, afirma Varela.

El gerente de la sucursal, Carlos Chaves, y el contador Carlos Santillán fueron asesinados junto con Hernández. La esposa del gerente, Flora Lacave, salió herida junto con Carlos Martínez; el único ileso, Saldaña, apareció suicidado diez horas más tarde en la comisaría local y se comprobó que le dieron un golpe para adormecerlo y lo colgaron como si lo hubiera hecho por sus medios.


Masacre de Ramallo: la escena tras los disparos

El caso detonó una crisis política en la provincia y provocó el desplazamiento del ministro de Justicia y Seguridad, Osvaldo Lorenzo. Su reemplazante, Carlos Soria, asoció las muertes de Saldaña y Hernández, “para que no se sepa que fue una entrega policial” y resultó premonitorio porque la investigación judicial no avanzó más allá de Cabral y de otros policías de baja graduación condenados por el fusilamiento. Los jefes continuaron en carrera y ascendieron, entre ellos el oficial a cargo del Grupo Halcón, Gerardo Ascacíbar. Tampoco los políticos que propiciaban la mano dura tuvieron inconvenientes, como Carlos Ruckauf, quien meses antes había exhortado a la policía a “meter bala a los delincuentes”.

Entre otras consecuencias, la masacre de Ramallo activó la necesidad de resolver la causa por el robo al Banco de Santa Fe. El juez de sentencia Luis Giraudo absolvió en diciembre de 2001 a los acusados por insuficiencia de pruebas y los desvinculó de la demanda civil que les había iniciado el banco para resarcirse por el dinero robado. El fallo provocó otro escándalo no solo porque la investigación quedaba en la nada sino porque obligaba al Banco a pagar las costas según el monto que la misma entidad había fijado para resarcirse. Dos años después la Cámara de Apelaciones confirmó la absolución de los acusados y revocó la resolución sobre la acción civil.

Se escucharon entonces las penurias que habían pasado los detenidos. Ramón Domingo Silva dijo que la policía secuestró 7 mil pesos en su casa, cuando esa plata equivalía al mismo monto en dólares, y la Justicia se lo devolvió en la moneda nacional, ya devaluada. En 2006 el periodista Leo Graciarena lo entrevistó en la puerta de la misma sucursal, donde cobraba una jubilación miserable.

Sergio Benedetti murió al cabo de una vida atravesada por los robos, el delito y la cárcel. Javier Ernesto Hernández recuperó la identidad con su muerte, aunque llevaba un documento falso. El velatorio se hizo a cajón cerrado y sus restos fueron sepultados en la parcela 195 del Cementerio de la Piedad. Tenía 29 años, tres hijos y ningún antecedente delictivo a su nombre.


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