Derechos cayendo en dominó, abismo como horizonte y cinismo moviendo los hilos del contexto. Ese contexto asordinó la esperanza de amplios sectores populares, que sin ser cadáveres en las calles, padecen en carne viva. ¿Qué propuestas hacer hoy desde el campo nacional y popular? Interrogante, inquietud e interpelación. Así lo concibe Roberto Follari, para quien el momento de estupor frente al embate de la motosierra debe dar paso a la acción “con algunas nuevas melodías, que recreen las anteriores, porque hay una tradición, una historia”. Redistribución no inflacionaria, seguridad democrática y músculo político capaz de albergar aliados son los andariveles por los que, para el prolífico cientista social cuyano, deberán pasar las respuestas. De paso, dejó en claro el carácter performativo de las palabras, cuando Milei insulta, no sólo son malos modos.
“Tenemos que mostrar claramente que lo haremos tocando melodías nuevas que son reformulaciones de las anteriores, nunca son totalmente nuevas, y no tendríamos por qué hacerlas totalmente nuevas porque se hicieron gobiernos interesantes, cosas valiosas, como redistribución económica y social de derechos; en esa misma dirección se pueden hacer cosas nuevas y mejores, readaptadas a los tiempos”, argumentó Follari, que es doctor en psicología y autor de dieciséis libros sobre epistemología, educación y teoría política.
En diálogo con Suma Política, agregó: “De ninguna manera se trata simplemente de reivindicar lo anterior, repetirlo, sino demostrar que el peronismo y lo nacional popular son la mejor opción para el futuro del país frente a la devastación a la que se nos está llevando. Necesitamos pensar en un post Milei, que no será nada fácil pero que tendrá que alumbrar una Argentina que salga del desastre en el que esta gente la está poniendo”.

La voluntad colectiva
—¿Qué pasó con el campo nacional y popular, que no pudo ser opción en las últimas elecciones y sucumbió a manos de una motosierra, pasando por alto la ferocidad de dicho símbolo?
—Habría que decir que en gran medida se votó contra lo anterior sin importar mucho lo que venía y sin tener una idea precisa sobre ello. La motosierra implicaba crueldad pero no estaba claro en qué consistía. Milei decía “vayamos y echemos a los políticos corruptos”, cosa que tiene mucha escucha, aunque hay políticos que no son ni malos ni corruptos y hay muchos que no son políticos, y son malos y corruptos en la sociedad, en el empresariado, en el Poder Judicial, en muchos lugares. Pero la sociedad tiende a concentrarse sobre la política y eso fue hábilmente utilizado por Milei.
Esto en medio de crisis de las promesas de la democracia, de las formas de representación establecida que hace un tiempo no dan soluciones económicas: todo este cóctel, más la fuerte inflación que había y el fastidio que eso produce. Sumado a la división del peronismo, de la que se habla poco, pero que fue pública, muy notoria, a cielo abierto y a mi gusto bastante grosera en los modos la forma de establecer las diferencias políticas que se hicieron en el gobierno de Alberto Fernández. Todo esto junto produjo un cóctel que permitió que ganara La Libertad Avanza. Massa estuvo a tres puntos de ganar, ganó la primera vuelta, cosa que parece muy olvidada, se pudo haber ganado con poco más. Debo confesar, sé que lo que digo puede parecer un poquito sacrílego para alguna militancia, pero no me pareció el mejor modo de confrontar, porque bajo la idea de ser transparente, se asistió a un espectáculo de puesta casi en ridículo de la figura presidencial.
—¿Se están expurgando esas culpas, puede llegar a ser opción en las próximas elecciones?
—Lo primero es salir de esa situación de exculpación que está dada también por cierta estupefacción, cierta desorientación frente al hecho de que parte de los sectores populares hayan apoyado a Milei. Algo así: “cómo pueden los sectores pobres apoyar tamaña cosa o como puede la gente aceptar estos insultos permanentes como si fuera algo natural”. Entiendo la perplejidad porque la comparto en parte, pero me parece que ha faltado también el estudio de cómo funcionan las nuevas derechas y ha faltado capacidad de respuesta.
También están los cálculos un poco mezquinos, como decir no quiero hablar porque si a alguien no le gusta, probablemente en la próxima elección no esté en un lugar. También hay bastante de eso, nadie se anima por miedo a que alguien de arriba lo mire mal, eso es interno en gran medida. Entonces la capacidad de emisión del peronismo está muy disminuida, habla poca gente, se habla poco, se dice poco, se va poco a la televisión y se escribe poco en las redes. En parte, hay falta de iniciativa y de emisión porque no se sabe qué decir frente a la aparición de una derecha sorprendente que tiene cierto apoyo popular, eso desconcierta.
Pero por otro lado, parece no haberse estudiado lo suficiente este estilo del uso del resentimiento popular de un pobre contra otro pobre, de uno de abajo contra otro de abajo, de los que no tienen vacaciones ni obra social contra los que sí tenemos, un uso muy hábil de la frustración y resentimiento. La autocrítica ha sido también asordinada y bastante menor ha habido alguna cosa de Cristina (Kirchner), pero fuera de eso muy poco se ha dicho, creo que es bastante insuficiente como para atraer a la opinión pública. Pero ya estamos en hora de salir de la estupefacción para pasar a la acción. Y sobre todo, y me parece central, mirar hacia adelante, explicar que queremos hacer la Argentina de tal manera, como ya supimos hacer.
Vamos a tener planes de seguridad democrática, a combatir la corrupción propia y ajena de una manera clara y definida, vamos a ser transparentes ante la opinión pública. Vamos a cuidarnos de distribuir pero evitando la inflación, las cosas que nos distanciaron con la población hay que tratar de resolverlas.
—Da la sensación de que “las dos i”, inflación e inseguridad, pesaron mucho en la población. El reclamo por inseguridad se asociaba con posiciones de derecha, pero la gente lo registraba en la diaria, por ejemplo cuando no podía esperar un colectivo a la madrugada para ir a trabajar.
—Sin duda. Tenemos que sacudirnos los prejuicios de un progresismo que parece instalarnos en la verdad absoluta y definitiva, y entonces no podemos mover ninguna de nuestras supuestas certidumbres. Esta idea de que la seguridad es un valor de derecha es errónea, es un derecho que tiene cualquier ciudadano, que queremos para nosotros mismos, salvo que alguien sea tan irresponsable y decir que no le importa andar por la calle y que lo roben y golpeen; nadie quiere eso ni para sí, ni para las personas queridas ni para nadie de la sociedad.
La seguridad es un bien social que nosotros queremos sostener, por supuesto que no lo haremos en los mismos términos que planteaba (Carlos) Ruckauf, ni el estilo de (Patricia) Bullrich, cuanto más garrote y más violenta sean las palabras creen que mejor se arreglan los problemas. El narcotráfico ha crecido muchísimo, este gobierno habla de combatirlo, pero hacerlo en serio implica trabajo de inteligencia, prevención, y social para los sectores que apelan a funcionar como empleados del mismo. No es sólo garrote, aunque también hay que decirlo, se necesita una policía bien entrenada, dentro de la ley. Frente a la inseguridad, tenemos que pensar en seguridad democrática. Tiene que quedar bien claro que no hay nada más honesto y decente que la política popular, los sectores populares llegan al gobierno para hacer más decente la función pública. Vamos a ser los custodios de la ética pública.
Con respecto al tema de inflación, Perón en el 1973 hizo un acuerdo entre CGT y la Confederación General Económica, entre sectores populares y empresariales; Néstor Kirchner también tenía un claro control del gasto público y de evitar un déficit fiscal abultado, sin que esto le impidiera hacer políticas populares. Tiene que estar claro que buscamos la distribución cuidándonos de generar condiciones inflacionarias, como ha sido en la mejor historia del peronismo. No vamos a hacer un fetiche del déficit fiscal, capaz de mandar al matadero a jubilados en nombre del superávit, que además no se sabe si existe porque no hay presupuesto.

—Este campo nacional y popular, ¿puede cambiar estructuralmente el país, generando sujetos con conciencia política, sabiendo que los derechos que recibe son por determinadas políticas de Estado? De modo que, además de recibir contención social, no siga buscando agua a una canilla a cinco cuadras…
—Hay que ver cómo reestructurar el mundo del trabajo, con inversión estatal pero también privada. Pero tendrán que hacerse cosas nuevas como ocupar territorio que no esté utilizado, planes de viviendas donde la gente contribuya a construir, granjas populares, cultivos sistemáticos para quienes no tienen trabajo. Hay que reconstituir el universo del trabajo, el peronismo fue la base de gobiernos del trabajo y ha sido ahora acusado de gobierno de supuestos vagos “planeros”; éstos no lo son, pero hay que ir reemplazando todo eso, no puede ser que sea tomado como una segunda naturaleza.
Las formas del Poder
—Coerción y consenso, decía Antonio Gramsci sobre la construcción del poder. ¿Qué mirada tiene al respecto?
—Se ejerce el poder pero no se piensa en compartirlo de alguna manera con otros sectores cuando empezaron las vacas flacas; en política se empezó a no tener mayorías, siempre se requiere de mayorías prolongadas y profundas. Creo que una idea política de ser amplios es fundamental; no se puede gobernar un país a largo plazo desde una acción que pueda ser vista como sectaria, eso no puede de ningún modo sostenerse.
El kirchnerismo fue peronismo más otra cosa, con algunos sectores que se sintieron atraídos. El movimiento nacional y popular marcha por ahí, con el peronismo más otras cosas: el mejor peronismo, hay un peronismo reaccionario, ese no. Pero, y acá digo algo central, para hacer esas transformaciones profundas se necesita fuerza política y eso requiere aliados, incluso gente que no está de acuerdo pero que no está necesariamente en contra. Creo que en diez años no vi entrar un solo dirigente opositor a la Casa Rosada durante los gobiernos kirchneristas. Eso no puede ser, se tiene que conseguir un bloque histórico con un sector mucho más amplio. Esto no se hizo.
Otro punto central que está un poquito en nuestros genes, en mucha de nuestra militancia, es una idea que confunde a la política con el evangelismo, con la religión, entonces si alguien alguna vez no estuvo con nosotros es un impuro, o un traidor; con esa mentalidad no se hace política. Perón se cansó de decir que hay que tragar el sapo; si vamos a ir sólo con los buenos somos muy poquitos. Representamos la fuerza mayoritaria de Argentina, y eso implica márgenes de tolerancia, de apertura y de efectivo pluralismo, si no hay eso, y nos creemos dueños de la verdad absoluta, no vamos a ninguna parte. Este es un punto muy importante del cual se habla poco.

Malos modales
—Javier Milei logró instalar dos ideas abstractas, en tanto no están puestas en relación con otra, y que utiliza para que se sobrelleve el ajuste, con la ilusión que es el camino hacia la prosperidad: libertad, que aplica a cualquier situación, y esperanza.
—Si, no las define, porque en general se encarga de demostrar, como ironizaba (Jorge) Borges, su vasta ignorancia. Milei no deja de sorprendernos, pero el lugar donde él la ubica ahí sí tiene sentido, es la libertad de mercado, significa que el Estado no interviene en nada y cada uno puede hacer lo que quiera, no debe haber intromisión ni siquiera de la ley. Que no haya nada burocrático en el medio, que no haya obra pública, por ejemplo. Disparates en nombre de la libertad económica.
Con respecto a la esperanza, sufrir para esperar prosperidad, eso está en el fondo de nuestra cultura, la expiación, hicimos algo malo, bueno… caminemos sobre las brasas que del otro lado nos espera el bien. Pero a muchos ya se le quemaron los pies. Los que mantienen esa esperanza a esta altura son cada vez menos, ya no son tantos, advierten cómo en estos días el aumento del dólar está pasando a los precios, y que se miente en el manejo de la inflación.
Milei tiene un plan muy endeble, prácticamente se limita a mantener baja la inflación. Fuera de eso no hay nada, no se habla de producción, no se habla de emprendimiento, de inversión, ni de desarrollo. Es un desgobierno total, nadie lo dice, tampoco lo dice la oposición, es un gobierno inexistente, lo único que hace es echar gente, cerrar oficinas y tratar de achatar el dólar como estrategia. Está todo el tiempo en las redes sociales.
—Hay algo que la gente también le compra, la grosería, quizás lo consideran uno de la tribu porque se expresa así, con imágenes de sometimiento sexual, con una violencia discursiva que después tiene su correlato en lo concreto con ataques a golpes, como ocurrió con un periodista.
—Es una ingenuidad creer que entre el hablar y el hacer haya distancia. Hablar es una forma de hacer, el carácter performativo de las palabras: si digo dejo inaugurado tal cosa, el acto inaugurado es hablado pero queda formalizado. Pensar que sólo es una cuestión de forma es no entender. Toda forma implica significado; por ejemplo, cuando se escucha música instrumental se le asigna significado, alegre, nostálgica o lo que sea, es decir la forma, que sería la música, implica contenido. Por lo tanto, el insulto no es sólo una cuestión de forma, o un modo de ser; en Mendoza simuló una masturbación en público, no hubo nadie que se levantara y se fuera.
Cálido y dispuesto, Follari, ganador del Premio Nacional sobre Derechos Humanos y Universidad, es un agudo analista sobre los emergentes de la realidad latinoamericana, entre ellos el republicanismo liberal y los sentidos de lo público. Dialogó con Suma Política desde el paisaje cuyano, en los mismos días en que Milei, anunciaba que dejaría de insultar. Claro que con razones muy distintas, como las encuestas, a las que por el mismo motivo pidió el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, frente a la multitud congregada por San Cayetano: “salir del chiquero de las descalificaciones y del odio”, Todos, agregó.
Bio Roberto Follari. Profesor emérito de la Universidad Nacional de Cuyo. Docente en diversas universidades latinoamericanas. Autor de dieciséis libros sobre epistemología, educación y teoría política, entre ellos La alternativa neopopulista editado por Homo Sapiens.


































