Connect with us

Hi, what are you looking for?

Polaroid

Cuéntame tu historia, 337 Gato

Cada vez más frágiles, como tenues filigranas doradas, los últimos rayos del día deslizan lentos sobre el Parque Urquiza de Rosario. Anuncian la proximidad del solsticio de invierno, que ocurrirá de aquí a poco, cuando la luz elíptica del Sol alumbre con fuerza el Trópico de Cáncer, al norte del Ecuador celeste, y débilmente el de Capricornio, al sur. El Parque Urquiza, que unas horas antes fue bañado por el cielo diáfano, es ahora la zona donde la penumbra reclama su espacio. En ese contexto de anunciación, fría y sombría, el débil calor de aquellos rayos tardíos alcanza, aún, un dibujo de 337 Gato. Éste luce sobre un paredón del Parque, unos cuarenta metros al oeste del edificio del Planetario. 337 Gato es una rúbrica en el dibujo, también parte de su corpus, y refiere además, cabe inferir, al nombre de su autor. Allí está la caricatura de un felino con anteojos, rodeado de colores vivaces, rutilantes. Estoy parado frente a este paredón: allí, en el Parque, emerge como un altar en la eternidad dorada del otoño.

Deduzco que hacia el este ya no habrá más altares de 337 Gato. El Parque Urquiza establece un límite de urbanidad en esa dirección: después están la barranca, el río, las islas, y ya no más paredes, no más hormigón, no más ciudad donde altares de 337 Gato convoquen al rito de observar. Me voy del Parque. Camino hacia el oeste por calle Montevideo; sé que mi caminata es indebida —ya es la hora del encierro obligado por las normas que regulan movimientos y energías para mitigar efectos de la pandemia—, pero sigo un poco más. Doblo por Colón hacia el norte: antes de regresar a mi casa deseo, como es mi costumbre, llegar hasta Plaza Bélgica y tocar el árbol más viejo de Rosario, así dicen, que allí pervive. Piso la plaza, acaricio el árbol, y me sorprende, a mi derecha, otro dibujo de 337 Gato: es la cara gigante de un felino, azulada (me recuerda a Benny, el entrañable personaje de Don Gato y su Pandilla, del dibujo animado de Hanna & Barbera). Regreso sobre mis pasos, retomo Montevideo hacia el oeste y otra vez, cuando cruzo Ayacucho, nueva aparición: otro mural de 337 Gato en la esquina. Siempre felinos: tigres, gatos monteses, o imaginarios, sólo surgidos de la mente de su autor.

No es esta la única jornada en la que he salido a lo mismo. Podría afirmar que desde hace un par de meses esa acción es un rito diario. Cuando cae la tarde, un ansia me domina y me impulsa a salir, aunque sea sólo un rato, antes del ocaso. Así sucede esto de ir al Parque, toparme con ese mural de 337 Gato, y luego con uno y otro más; desde muros ajenos, los felinos me asaltan con su mirada. Días atrás, en ese andar errante, encontré, con sorpresa, que al pie de uno de los dibujos había un teléfono. Lo recordé. Llegué a casa y escribí un wasapp, que derivó en una sucesión de mensajes.

—Buenas tardes, ¿es este el teléfono de 337 Gato?

—Sí, aquí 337.

—¿Qué tal todo, 337 Gato? Camino a diario, veo tus dibujos y me interesaría mucho hacer una nota contigo. Escribo para una revista que se llama Suma Política.

—¡Qué bueno!

—Es decir: me interesaría conversar contigo sobre el propósito de tu arte, su realización, los materiales, las devoluciones de la gente. En fin, preguntas…

—Todas estas preguntas tienen mi respuesta.

—Oh, eso sí que está bueno ¿Podríamos encontrarnos mañana y tomar un café en el bar que está en el Parque Urquiza a eso de las 17?

—Nunca fui, pero vamos y hablamos ahí. Me queda cerca. A esa hora más o menos regreso a mi casa y te escribo para combinar. Nos vemos. Hasta mañana.

—¡Hasta mañana, 337 Gato!

El encuentro nunca ocurrió. Insistí un par de veces con mensajes o llamadas, pero había algo claro: 337 Gato se había llamado a silencio. Deduje, después de ensayar para mí algunas respuestas inconducentes, que él había meditado sobre el tema y concluido que no le interesa hacer público el punto de vista sobre su arte, las razones que lo orientan y tantos otros asuntos. Inferí que 337 Gato estaba lejos, lo suficiente, del mundo de los medios como para perder el tiempo conmigo ¿Cuándo pinta 337 Gato? ¿Alguien lo ha visto? Nadie da cuenta de ello. Él aparece y desaparece, aparentemente, sin que nada lo perciba; sólo quedan sus dibujos a la vista en rincones, recovas, eventualmente grandes muros. Quizá ponga un reloj de arena cada noche cuando desembarca en esos lugares y, al caer el último grano, guarde sus pinturas.

Así las cosas, quedé a solas con mi ansia (acaso como siempre). Y, al no haber ocasión de saber más sobre el arte de 337 Gato, sólo queda lo que mi divagar infinito puede aportar al tema. Parado frente a esos dibujos, soy observador y a la vez me siento observado, como si fuese manipulado, como escogido por un invisible demiurgo para desempeñar un papel más en el drama cotidiano, siempre inconcluso.

Entre el amor y las discordias, mis caminatas —que no llevan a ningún lado, pero con las que acudo a una cita con mi destino— son guiadas por una propensión, una convulsión involuntaria. Quizá también 337 Gato esté sacudido por similares convulsiones y así manipule la materia, sacuda sus aerosoles y todo derive en mezclas inimaginables de colores. Agitado 337 Gato por sus mismas propensiones, mueve su caleidoscopio para que todo cambie de un momento a otro. Sus dibujos serían entonces una suerte de desatino controlado con el aura de la psicodelia sobrevolándolos. Tal vez 337 Gato esté bendecido desde el más allá por Ken Kesey y sus Alegres Bromistas y, mientras pinta, estén sonando los Grateful Dead.

Ahora regreso al Parque Urquiza, estoy nuevamente frente a aquel mural de 337 Gato. Ya es la hora del llamado crepuscular. Cuando adolescente pensaba que el crepúsculo era una lábil frontera de luz: de un lado el mundo duro y real, del otro uno sutil, mágico y misterioso. Tiempo después Don Juan Matus vino a decirme: “el crepúsculo es la raja entre los mundos”. Pienso en todo eso ahora, estoy soñoliento y mi errabunda caminata no me ha devuelto el contento de volver a sentir el pulso de la desvanecida Rosario (¿será eso lo que busco?). El viento ya no sopla en el Parque y dos nubes, melancólicas, han quedado clavadas en el desolado cielo, como si una apresurada tormenta las hubiera dejado olvidadas. Allí mismo, en ese mismo firmamento, también flotan las constelaciones poéticas, quizás —me digo— para que Rosario pueda recordar la ciudad que fue. Los dibujos de 337 Gato son constelaciones poéticas en el cielo de Rosario.

Fotos Pedro Cantini.

Facebook comentarios
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar

Suma Política. Todos los derechos reservados. 2020