Cuando a Graciela Nívoli le avisaron que habían identificado los restos de su hermano sintió un puño en el estómago: “Tuve una sensación extraña en todo el cuerpo, no lo podía poner en palabras, lo habíamos buscado durante tanto tiempo que nos parecía imposible”. Pasaron 49 años desde aquel lejano 14 de febrero de 1977 cuando Mario Alberto Nívoli fue secuestrado frente a su familia en su casa del barrio General Paz, en la ciudad de Córdoba, y trasladado al centro clandestino de detención conocido como La Perla, un verdadero campo de concentración que funcionó durante la última dictadura cívico militar por el que pasaron alrededor de 2.500 personas.
A sus 75 años, Graciela, rosarina por adopción y militante del Centro Cultural Madres de Plaza 25 de Mayo de esta ciudad, dice que lo último que se pierde son las esperanzas, aún después de casi medio siglo: “Siempre estaba latente la posibilidad de tener alguna noticia porque sabíamos que él había estado en La Perla, pero no teníamos la certeza de que sus restos estuvieran ahí”. Mario fue el primer identificado por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) sobre un total de 12 personas cuyos restos óseos fueron encontrados parcialmente en el marco de la causa “enterramientos clandestinos” llevada adelante por el juez Hugo Vaca Narvaja, titular del Juzgado Federal 3 de Córdoba.
Graciela cuenta que allí se intentó llevar adelante un emprendimiento inmobiliario que fue detenido gracias a una demanda presentada por organismos de derechos humanos. El hallazgo de una imagen aérea tomada en 1979 fue clave para reducir el margen de error en los trabajos y tener precisión sobre el lugar donde finalmente fueron encontrados: “Esa imagen se replicó en el mismo lugar y allí lograron identificar qué parte de la topografía había sido modificada”, explicó Nívoli.

En la megacausa conocida como La Perla – La Ribera – D2, el ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército Luciano Benjamín Menéndez y otros 38 represores fueron condenados a prisión perpetua por 711 casos ocurridos en aquel campo de la muerte. Fue una de las trece sentencias a reclusión perpetua que recibió antes de su muerte en 2018. “Cuando fueron los juicios alguien mencionó un lugar que era como un horno donde fueron identificados los restos de cuatro cuerpos. Pensaron que con eso se acababa todo, pero después hubo mucha gente que se acercó, baqueanos de la zona que aportaron información porque eran muchas las hectáreas donde había que buscar”.
La búsqueda se reinició en septiembre del 2025 en el terreno donde actualmente funciona la Reserva Natural Militar La Calera. De acuerdo a diversos testimonios allí fueron removidas fosas comunes y trasladadas a otro lugar, por lo cual permanece vigente la posibilidad de reconocer a otros detenidos desaparecidos.
A principios de esta semana, Graciela viajó a Córdoba con sus sobrinos, los hijos de Mario, para reunirse con funcionarios del juzgado a cargo de la investigación: “El secretario del juez nos informó muy amablemente todo lo que habían hecho, porque en las tareas de excavación participaron no solo los miembros de antropología forense, sino también profesionales de la Universidad de Río Cuarto y voluntarios de barrios populares, que eran los primeros que llegaban aunque estuviera lloviendo”, contó la mujer emocionada.
Aunque tenía la esperanza de traer consigo los restos hallados, el funcionario del Poder Judicial les explicó que las piezas eran muy pequeñas y que debían ser sometidas a diversos análisis antes de entregarlas a las familias. “Nos dijeron que podíamos ir hasta el lugar y traernos muestras de tierra donde estuvo él”.
Tras las huellas de Mario Nívoli
Mario Alberto Nívoli fue, antes que nada, un hombre atravesado por su tiempo. Ingeniero químico, egresado de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y formado en la educación pública, fue parte de una generación que asumió como propio el desafío de transformar la realidad. Dice Graciela: “Nuestros ideales eran hacer lo máximo posible para una sociedad más justa e igualitaria, sabíamos que podíamos perder la vida en esa búsqueda”.
Mario y Graciela nacieron en Ucacha, una localidad del departamento Juárez Celman ubicada en el sur cordobés, aunque muy temprano la familia se trasladó a Las Perdices, un pueblito ubicado a pocos kilómetros de allí, en donde cursaron la escuela primaria y secundaria. En el relato familiar, Mario aparece como una persona introspectiva y muy sensible: “Era callado, le gustaba mucho leer, tenía su mundo propio. También era baterista, le gustaba el jazz”.
Durante su paso por la ciudad de Santa Fe contrajo matrimonio con Graciela Gauchat y tuvo dos hijos: María Soledad Nívoli y Mariano Luis. Fue militante de la Juventud Universitaria Peronista (JUP) y Montoneros. Esa exposición lo convirtió en blanco de la violencia paraestatal: la colocación de una bomba en su domicilio por parte de la Triple A marcó un punto de inflexión en su vida, obligándolo a desplazarse junto a su familia en busca de resguardo a Concordia, en la provincia de Entre Ríos.
Finalmente, se mudó a la ciudad de Córdoba, aunque nunca vivió en la clandestinidad pese a las amenazas que había sufrido. Fue allí donde su historia se interrumpe brutalmente: en ese territorio, que albergaba uno de los principales centros clandestinos de detención del país, Mario fue secuestrado y desaparecido, sellando un destino que recién casi medio siglo después comienza a reconstruirse a partir de la identificación de sus restos.
De desaparecido a asesinado
El pasaje de la condición de desaparecido a la de asesinado implica, para las familias, un cambio profundo en el modo de nombrar y de procesar la pérdida. La identificación de los restos introduce, en ese sentido, una certeza dolorosa pero también necesaria. Graciela afirma que “en cierta forma nos trae algo de paz porque dejó de ser un desaparecido”, una frase que condensa el peso simbólico de ese tránsito.
Ese cambio no es solo nominal: redefine el crimen y lo inscribe en una materialidad concreta. “Ahora es un asesinado”, afirma, marcando el pasaje de la indeterminación a la evidencia. En esa transformación aparece también la dimensión judicial e histórica: “La evidencia está: ahí sucedió un horror”, sentencia la mujer. El hallazgo de restos, por fragmentarios que sean, rompe con la lógica de borramiento que impuso el terrorismo de Estado y confirma lo que durante años fue sostenido por los familiares.
Al mismo tiempo, esta transformación abre un espacio para nuevas formas de elaboración del duelo y de la memoria. La posibilidad de nombrarlo, de pensar en un homenaje, de anclar la historia en un lugar y en pruebas concretas, reconfigura el vínculo con esa ausencia. Pero lejos de clausurar la búsqueda, la resignifica: “Llegamos a este punto gracias a una búsqueda colectiva”, señala Graciela y agrega: “Ahora tenemos que seguir apoyando a los que faltan encontrar”.

Una vida militante
La historia de Graciela Nívoli también está atravesada por ese mismo clima de época que marcó a su hermano. Militante en su juventud, formó parte de una generación que entendía la acción política como un compromiso cotidiano. “Yo siempre di apoyo escolar en los barrios, ayudaba y lo sigo haciendo”, recuerda, trazando una línea de continuidad entre aquella militancia y su presente.
Estudió durante dos años la carrera de Bioquímica en la Universidad del Litoral y luego se mudó a Rosario. Tras la desaparición de Mario, y a instancias de la familia de su esposo, primero se exilió en Brasil y luego en Suecia, donde vivió hasta 1984. Cuando regresó a la ciudad se inscribió nuevamente en la carrera que finalizó algunos años después, aunque nunca ejerció. En la actualidad es integrante del Centro Cultural Madres de Plaza 25 de Mayo, ubicado en calle Corrientes 987, y es responsable de las actividades culturales.
Cuando mira al presente, plagado de discursos negacionistas sobre los horrores de la dictadura que emanan del propio gobierno nacional, Graciela dice con asombro: “Nunca pensé que iba a tener que escuchar lo que estoy escuchando hoy”. Sin embargo, lejos de replegarse, reafirma una convicción construida a lo largo de décadas: la memoria es una tarea activa, colectiva y en permanente disputa, que encuentra en cada testimonio una forma de resistencia.


































