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¿Recuerdos del futuro? A 40 años de las grandes inundaciones del Ludueña no descartan que pueda volver a pasar

A cuarenta años de la histórica inundación de Empalme Graneros y otras zonas del norte de Rosario, el temor a un evento similar persiste. Su recuerdo reanima viejos debates entre vecinos, especialistas y funcionarios sobre la necesidad de una actualización hidrológica que permita respuestas más adecuadas frente a las transformaciones que sufrió la cuenca del arroyo Ludueña en las últimas décadas. La intensidad de las recientes lluvias en el norte de la provincia enciende alarmas, aunque no solo se trate de clima: los nuevos modelos agropecuarios y las últimas urbanizaciones sobre la cuenca obligan a repensar estrategias para evitar desbordes. 

Científicos y vecinos de Empalme coinciden en afirmar que “la ciudad se encuentra en una carrera contra el tiempo”. Según sostienen, ante un suelo degradado que continúa perdiendo su capacidad de absorción, y frente a urbanizaciones que no cesan en una región dominada por el entramado del arroyo Ludueña, no hay obras hídricas que alcancen para mitigar futuros colapsos. 

Si bien las efemérides suelen reactivar la memoria colectiva, los sucesos que evocan sobreviven al calendario. Como ocurre este año, al cumplirse cuatro décadas de las inundaciones de 1986 cuando una fuerte crecida del Ludueña provocó que Empalme Graneros, el punto más crítico de la cuenca, quedara bajo el agua, y barrios como Arroyito, entre otros, resultaran severamente afectados.

El actual ingreso de la región Centro del país a un ciclo húmedo y las recientes precipitaciones extraordinarias en el norte santafesino aportan nuevos caudales de preocupación. Y no es para menos: en varias localidades hubo lluvias intensas, con registros de hasta 300 milímetros en pocas horas, fenómenos que remiten a otros similares como los registrados el año pasado en Bahía Blanca y Zárate.

“Hay que estar alertas frente a eventos climáticos sin precedentes, como las nuevas precipitaciones que superan ampliamente las estadísticas históricas, porque no estaban contempladas en las obras que se pensaban hace veinte años”, asegura Erik Zimmermann, hidrólogo que durante décadas investigó el comportamiento de ese sistema de llanura desde la Facultad de Ciencias Exactas, Ingeniería y Agrimensura (FCEIA) de la Universidad Nacional de Rosario. 

Aunque el factor climático aparezca como el desencadenante más visible, aclara que las inundaciones no pueden explicarse solo por las lluvias extremas sino también por transformaciones acumuladas durante décadas en el territorio. Entre ellas, menciona las modificaciones sobre el uso del suelo a partir de nuevos modelos agropecuarios y la soja “tecnológica”, los canales rurales clandestinos y el incesante avance de las urbanizaciones, procesos que reducen la capacidad de absorción de la tierra y alteran el escurrimiento del agua. 

Ese diagnóstico encuentra eco entre quienes viven desde hace décadas en el último tramo de la cuenca. Osvaldo Ortolani tenía 27 años cuando la noche previa al 24 de abril de 1986 descubrió que el agua cubría toda la calle a la altura de Juan José Paso y Ottone. Desde entonces, participa de Nunca Más Inundaciones (Numain), una organización que surgió como respuesta a aquella tragedia y que impulsaron vecinos para reclamar obras estructurales en la cuenca.



Las observaciones de quien también es presidente de la vecinal Empalme Graneros coinciden con las conclusiones del ámbito académico, ya que junto con otros vecinos viene advirtiendo cambios en el comportamiento del caudal del arroyo. “Lo que se modificó es la velocidad de escurrimiento. Durante las lluvias de 1986 pasaron cuatro días hasta que el agua llegó al barrio. En 2007 y 2012, con lluvias de frecuencia similar, el agua llegó en menos de 24 horas”, apunta. Luego despliega una frase sobre cómo las urbanizaciones a mansalva contribuyen a impermeabilizar el suelo en distintos lugares de la cuenca: “Por cada casita que se construye en Funes o Ibarlucea, baja la seguridad”.

Zimmermann lleva esa misma preocupación al plano técnico y advierte que a pesar de las últimas transformaciones “no se realiza una actualización hidrológica para evaluar la cuenca del Ludueña desde 2008”. Según sostiene, “hace falta un monitoreo actualizado para analizar cuál es el nivel de absorción de los suelos, porque hoy la cuenca no almacena agua, la expulsa”.

Precisamente, entre 2008 y 2010 el Centro Universitario Rosario de Investigaciones Hidroambientales (Curiham), dependiente de la UNR y el Conicet, e integrado entonces por Zimmermann, participó en la elaboración de modelos matemáticos e hidráulicos utilizados para evaluar distintos escenarios de inundación y posibles intervenciones. 

A partir de esos diagnósticos se plantearon alternativas para proyectar nuevas obras e incorporarlas al sistema hidráulico ya existente, entre ellas el Aliviador III o conducto subterráneo Sorrento, que empezó a funcionar en 2016. 

Según el hidrólogo, desde aquellos estudios y a pesar de las transformaciones territoriales acumuladas en los años posteriores, no volvió a realizarse una actualización integral de esa magnitud. Incluso sostiene que ya en 2009 se habían detectado “reducciones en la seguridad hídrica”.

Desde la otra orilla, el secretario de Recursos Hídricos de la provincia Nicolás Mijich refuta ese análisis. El funcionario asegura que durante 2025 se realizaron estudios a través del Instituto Nacional del Agua (INA), aunque sus resultados todavía no fueron difundidos. Además, menciona trabajos conjuntos con la Municipalidad de Rosario y especialistas de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) para determinar la mancha de inundabilidad, herramienta utilizada actualmente para ordenar urbanizaciones sobre áreas cercanas al Ludueña.

“En Santa Fe tenemos leyes fuertes y decisión política”, defiende Mijich sobre el marco normativo vigente. En ese sentido, destaca la ley provincial 13.246 de la cuenca del Ludueña y cuestiona que, durante el gobierno de Omar Perotti, se autorizaron desarrollos inmobiliarios en áreas que debían permanecer reservadas. “No aplicaron la ley”, apunta con severidad.

Según explica el funcionario, la gestión actual está llevando a cabo una política de “reordenamiento” de las urbanizaciones sobre la cuenca. Como ejemplo cita el decreto firmado el año pasado por el gobernador Maximiliano Pullaro que paralizó loteos en la zona del embalse y la reserva de la represa del Ludueña, a la altura de Funes, puntualmente el proyecto del barrio cerrado Damfield, un conflicto que en la actualidad se dirime en la Justicia. 

¿Alcanzan las obras?

Aunque reconoce que las intervenciones hidráulicas permitieron disminuir riesgos, Ortolani sostiene que distintos episodios recientes volvieron a poner a prueba el sistema integrado por los aliviadores I, II y III, la presa retardadora de crecidas ubicada aguas arriba y las obras de reacondicionamiento de canales. 

También recuerda que “si bien algunas obras se concretaron a partir de aquellos trabajos del Curiham, otras no se realizaron o quedaron inconclusas, como las intervenciones previstas en la cuenca alta de Ibarlucea”. Entre los reclamos, insiste con que “hacen falta cinco represas” a lo largo de todo el sistema hídrico para reforzar la seguridad.

“En el siglo XX hubo 20 inundaciones y la cuenca abarca 80.000 hectáreas; toda el agua pasa por ahí”, advierte sobre la vulnerabilidad a la que están expuestos los barrios ubicados cerca de la desembocadura del Ludueña en el río Paraná. Justamente, las aguas que drenan desde localidades situadas al oeste y noroeste de la cuenca, con aportes de los canales Ibarlucea y Salvat, convergen en sectores bajos de Rosario, entre ellos Empalme Graneros.

Desde el ámbito científico, Zimmermann coincide en que las obras continúan siendo necesarias, aunque plantea que ya no pueden pensarse sin reconsiderar los cambios acumulados sobre la cuenca durante las últimas décadas. “Hay que poner límites al avance de las urbanizaciones y reformular el uso del suelo”, insiste al señalar que gran parte de la infraestructura hidráulica fue diseñada con parámetros climáticos y territoriales muy distintos a los actuales.

Entre vecinos y especialistas subyace una misma preocupación: la velocidad con la que cambia el territorio. “Esa carrera contra el tiempo” aparece como una metáfora que refleja el desafío por controlar los sistemas hídricos.

En ese escenario, 1986 deja de ser solo memoria para convertirse en advertencia.



Las fotos que ilustran esta nota fueron tomadas por los propios inundados en la gran crecida del 86, recopiladas por Daniel Pavoni y la agrupación Nunca Más Inundaciones (Numain)


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