¿Se fracturó la esperanza? El dato de una encuesta fungió como mal rayo en el firmamento político, despabiló, puso en crisis varias categorías y hasta apeló a un neologismo: el ningunismo. Lo detectó el Observatorio de Opinión Pública de la Universidad de Buenos Aires: un 42 por ciento no se identifica con ningún partido y sube a 63 para mensurar el desinterés sobre el tema. Según el estudio, ya no se trata de una categoría residual de indecisos, apáticos o desencantados, es el segmento más numeroso de la sociedad argentina. “La información da una clave sobre el tipo de relación que la gente está teniendo con la política; es una relación de acción y de temor, la política empezó a ser un agente de daño, no importa de qué partido”, dice el antropólogo y sociólogo Pablo Semán.
“Hay dos cosas que parecen contradictorias pero no lo son, la primera es que un año antes de las elecciones en general la gente no está interesada y respuestas como éstas aparecieron en otros períodos electorales”, señala en diálogo con Suma Política. Y refiere datos de su trabajo etnográfico Exhaustos: los que no fueron a votar, que realizó un año atrás y que revela una percepción general de la irrelevancia de las propias decisiones políticas y de la política para con los destinos personales. “La frase remanida yo mañana tengo que salir a trabajar, expresa con profundidad este sentimiento que no es un subterfugio antidemocrático sino un llamado de atención sobre una queja: la impermeabilidad de la política a la voluntad e intereses de estos electores”, cita Semán.
“Mucha gente votó con esperanza en (Javier) Milei y ahora no tiene esperanza ni en Milei, para mí la clave que aporta esa información es sobre la relación con la política tanto entre los que no se identifican con Milei, como de los que sí lo hacen; tampoco es muy firme esa identificación”, explica. En ese sentido señala que hay quienes no están interesados en informarse y no porque no quieren saber o son analfabetos políticos, más bien porque saben y no quieren enterarse de las miserias de la política tanto en su transcurrir cotidiano como para con la sociedad.
“Creo que se empieza a percibir a la política como un agente de daño. El año pasado nos aparecían distintas gamas de toma de distancia respecto de la política y esas tomas de distancia eran informadas, no lo eran por ignorancia, la política en el mejor de los casos se volvió irrelevante para mucha gente y muchas veces un agente de daño”, argumenta en relación con Exhaustos… Claro que frente a la alusión que hace Semán al daño, la asociación no tarda en aparecer: qué otra cosa pudo hacer una motosierra en marcha, tanto en lo fáctico como en lo simbólico.
“Está bien atribuírselo ahora a Milei, pero el hecho de que la gente no se identifica con la oposición muestra que en todos perciben daño, si la oposición tuviera buena fama, a esta altura con el desastre y la desaprobación que tiene el Gobierno estaría festejando, pero no puede hacerlo porque no es preferida, la gente tiene como una memoria acumulativa de los últimos tiempos donde ha probado con diversas cosas y se ha tenido que decepcionar con varias alternativas que parecían opuestas o muy diferentes entre sí, pero que vienen produciendo el mismo resultado decepcionante”, describe.


El fin de la esperanza
Brotes verdes, segundo semestre y esperanza en el derrame de la macro sobre la microeconomía. ¿El ningunismo y el desinterés están expresando el carácter ilusorio de estas promesas, o la esperanza se va astillando porque la gente advierte que del valle de lágrimas del ajuste no saldrá una epifanía? “En principio los que estamos viendo estas cosas a través de encuestas, de trabajo de investigación cualitativos, más etnográficos, vemos que la esperanza está muy disminuida, en todo caso la gente empieza a esperar cada vez menos de la política y del Estado, empezó el año esperando perder lo menos posible y a esta altura del año, ya en marzo se notaba, va llegando a la conclusión de que será difícil perder lo menos posible”, explica.
Contextualizando esa mirada, Semán no pasa por alto lo heterogéneo de la realidad del país. “Hay un 25 por ciento que está muy bien, y tal vez mejor que nunca, pero para la mayoría, independientemente de su posicionamiento político, los últimos diez meses han sido meses de perder cosas, y de perder más de lo que preveían perder”, señala. La pérdida del poder adquisitivo y la emergencia del endeudamiento encabezan sin duda la lista aludida por Semán, que como dicen en el barrio, la vio venir.
En el imperdible trabajo “El Grito”, que realizó el pasado mes de marzo junto a Josefina Salvatierra, para la revista Panamá, se lee que “una parte creciente de la sociedad vive con cada vez más insatisfacción y con la muy modesta expectativa de perder lo menos posible. No hay tiempo que no esté dedicado a tratar de salir del ahogo: la comida del día, el pago de los servicios de luz antes del corte, los útiles escolares de los hijos, la deuda con la aplicación que te obliga a cobrar en efectivo para salvar la plata del débito automático”.

No es la única alusión al endeudamiento. En otro tramo de “El Grito”, sus autores afirman: “Pero hay algo peor aún: con recursos cada vez más insuficientes, la toma de deuda en sus diferentes formas pasa a tener un rol fundamental en una sustentabilidad que a corto o medio plazo está amenazada. Lejos de resolver un mal momento económico, o una inversión a futuro, la deuda es parte normalizada de la vida cotidiana. Y no se toma para disfrutar de un bien por adquirir, sino para pagar bienes o servicios usufructuados y, probablemente liquidados, en el pasado. Al tiempo acelerado y consumido por las múltiples y cada vez menos rendidoras ocupaciones, se le suma el flashback maldito del horizonte de tiempo invertido: deudas a pagar mañana para salvar deudas de ayer para pagar consumos de antes de ayer”.
Pero si el presente así descrito duele, el futuro mediato no aparece menos lesivo, porque el gobierno anunció que no está dispuesto a reconsiderar el rumbo sino a reafirmarlo pese a los cuestionamientos a las famosas dos velocidades, del proceso que puso en marcha al asumir. “Me hace presentir que económicamente no se va a sentir una mejoría en el poder adquisitivo de las mayorías. Cuando hago un trabajo de investigación veo que la mayoría de la gente decidió tratar de arreglárselas como puede, de apechugar y prepararse para lo peor”, comenta Semán.
¿Ese contexto de sufrimiento individual admite alguna posibilidad de que la sociedad se organice en torno a un reclamo generalizado?
“Me parece que éste es un momento de mucha decepción, mucha tristeza, de sufrimiento, que si tuviera alternativas colectivas, identitarias, ya las habría usado. Algún imprevisto, un caso de corrupción, algún agravamiento de la inflación o la recesión, o la eventual pérdida de apoyo del gobierno de los Estados Unidos en la medida que (Donald) Trump pierda las elecciones, pueden ser acontecimientos que irriten a la sociedad y haya algún tipo de respuesta colectiva”, argumentó.
Para Semán, las vías que en otras épocas estuvieron habilitadas, como organizaciones sociales y partidos políticos, hoy no parecen estarlo. “No quiere decir que no puedan ser rehabilitadas, pero hay que ver cómo se conjugan estos procesos o la propia acumulación de sufrimiento, pero no veo en mi experiencias de investigación, y tampoco veo en lo que leo de otros investigadores y analistas, indicios de cuál sería el camino de una protesta. Por otro lado me parece que la depresión, el sufrimiento, el mutismo y la distancia, no van a ser eternos”.
Junto al ningunismo, apareció otro dato inquietante que interpela certezas como pertenencia, representación y radicalización ideológica, y es la distancia de la radicalización de los extremos y la opción por el centro en una oferta política. “La población recibió lecciones sucesivas de políticos que deliberadamente se colocaron en los extremos, por lo tanto una opción por el centro es como un resultado lógico de apuestas fracasadas por los extremos”, dice. Y alude a su experiencia en trabajos de campo, donde aparece espontánea y recurrentemente, sobre todo en una parte de los jóvenes, la expresión: hartos del fanatismo.




































