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Fotografía: Guillermo Turin
Fotografía: Guillermo Turin

Cultura

Selva Almada: “Qué queda de nosotros en los lugares que habitamos”

En las historias de Selva Almada se respira una tensión, una angustia inquietante. En un taller mecánico perdido en la inmensidad del Chaco, en un parque de diversiones de pueblo de mala muerte, en un bote movido por el temblor de las aguas de un río manso. Una tormenta en ciernes, una bronca vieja, una tragedia, que se sabe o se sospecha, tiñe a las cosas, a las gentes, al paisaje de una sombra que se siente al acecho.

En Una casa sola, su última novela, ese misterio cobra forma en una voz inesperada. Una voz que cuenta una historia, un secreto, y también el día a día del monte cuando se queda solo, o mejor, habitado por aguaribay, talas, un par de perros cimarrones, una gallina colorada y vanidosa, un río, horneros, calandrias, abejas, avispas, cuises, lagartijas y fantasmas, sí, fantasmas de esos que hay donde hubo hombres y mujeres y niños.

Es la voz de la casa, que está en medio del monte y que fue, alguna vez, no hace mucho, morada de los Lucero, que un día se fueron y no volvieron más. Y la casa, que había sido un rancho, posta de peones golondrinas y hogar dulce hogar de la familia, se quedó esperando mientras a su alrededor el mundo que había sentido feliz, y que acaso no lo haya sido, se desvanecía cada día sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo.

En la novela, en la casa que habla y dice, en la desaparición de los Lucero, porque eso es lo que les pasa, se los traga la tierra, en su presencia que queda impregnada en las cosas que dejaron atrás, olvidadas, abandonadas, acaso sin quererlo, se respira una violencia contenida, una amenaza que obliga a leer cada palabra con sumo cuidado, como si se tuviera entre manos un cristal precioso y frágil que, si se dejara caer, se haría añicos.

Como si la palabra siguiente, la que aún no se ha leído, pero que inevitablemente se leerá, porque la curiosidad mató al gato, encerrara una verdad dolorosa. Ella misma, la escritora, no la casa, lo confirma en la charla que mantenemos la noche anterior a la presentación del libro en un Castagnino desbordado —la sala central, las escaleras, gente parada, sentada en el piso— por un auditorio rendido a su voz.


Sonia Scarabelli, Selva Almada y Dahiana Belfiori en la presentación en el Castagnino. Fotografía: Guillermo Turin

—La casa que habla es muy continente, cariñosa, amable, pero en lo que cuenta hay una violencia que no se dice, pero se siente. ¿Cómo surgió eso? ¿Es una impresión acertada?

—Sí, creo que es una impresión acertada. El germen de la novela era pensar en una casa que está deshabitada desde hace muchos años porque algo que podemos intuir del orden de la violencia o de la crueldad pasó con la última familia que vivió allí y a la que la casa sigue esperando, sigue recordando. Un poco la pregunta era qué pasa, qué queda de nosotros en los lugares que habitamos. Qué memoria guardan las casas de nosotros o de nuestras vidas allí. La desaparición de una familia de peones, que no sabemos qué pasó con ella, pero hay muchos indicios que dan a entender que pasó algo violento. Y no solo con la familia Lucero, que es la familia que vivía ahí, sino con todo este universo de espectros que vive alrededor de la casa, en el monte, y que también son almas en pena que han tenido vidas marcadas por la violencia. Son soldados de las guerras de los caudillos, los sabandijas que han muerto de enfermedades, todos los que están ahí, flotando en esa especie de limbo, también son fruto de alguna muerte violenta.

—La desaparición de los Lucero remite a las desapariciones de la dictadura militar. Es al menos esa la impresión que da, la consecuencia de una violencia no dicha, o mejor, callada, silenciada.

—La novela podría haber ido para el lado del policial y seguir la pista de qué es lo que pudo haber pasado con los Lucero, pero me interesó más pensar las desapariciones. Obviamente, tenemos el peso simbólico de las desapariciones en dictadura, que siguen existiendo en nuestro país ya en democracia. Pensar en la dimensión de tragedia social que tiene siempre una desaparición, más allá de que es un drama para la familia, para las personas cercanas, también tiene una dimensión de tragedia social. ¿Cómo alguien desaparece sin dejar rastro? ¿Cómo pasan los años y no se sabe qué pasó con esas personas?

—En Rosario tenemos el caso de Bruno Gentiletti, que desapareció del balneario La Florida en 1997, cuando tenía 8 años, y de quien hasta ahora, pese a la búsqueda de la familia y a la recompensa ofrecida para quien pueda dar datos sobre su paradero, no se supo nada.

—Como en la desaparición no está el cuerpo, queda una pregunta abierta, una herida abierta. No hay restos que digan qué pasó. No se puede saber qué pasó, si está vivo o está muerto. Es una pregunta que queda abierta siempre.


Fotografía: Enrique Garcia Medina. Portada del libro “Una casa sola”

—La desaparición de los Lucero le provoca a la casa un extrañamiento que expresa con nostalgia y también con la esperanza de que vuelvan. Ve cómo el mundo cambia a su alrededor, el avance del monte, de la maleza, los insectos, los pájaros, los roedores que se apropian de cada rincón, pero no olvida, tiene lagunas, dudas, y aun así sigue esperando.

—La novela tuvo una primera versión bastante avanzada con la que yo no me terminaba de sentir contenta. En esa primera versión empezó a aparecer con cierta insistencia una primera persona que venía de la casa. Yo me hacía un poco la desentendida: corregía y volvía a llevar esa voz al narrador en tercera persona que había elegido para escribir la novela. Hasta que una mañana, mientras paseaba a la perra —que es cuando surgen ideas y se toman decisiones—, entendí que esa incomodidad que sentía no era la incomodidad habitual de escribir. Escribir siempre es incómodo para mí, pero esa era otra incomodidad: sentía que no estaba escribiendo la novela que había fantaseado, la que había surgido en las primeras escenas. Entonces pensé: hay una voz que aparece, que yo sofoco, y vuelve a aparecer. Decidí empezar de nuevo la novela, esta vez atendiendo a esa primera persona que claramente era la voz de la casa. La casa iba a contar su propia historia y la historia de la última familia que vivió bajo su techo (1).

Después apareció otra preocupación: que fuera tedioso que hablara solo la casa. Ahí recordé una escena que habíamos escrito con Maxi Jell para la película Jesús López, que finalmente no quedó. En esa escena había unos gauchos desarrapados, medio zombis, medio espectros, que habían sido soldados del ejército de Urquiza y habían quedado dando vueltas. Me gustaban mucho esos personajes. Y me pregunté: ¿y si traigo esos gauchos que quedaron sin película? Así no está solamente la voz de la casa, sino también otra voz: por momentos una tercera persona que los cuenta, por momentos diálogos sueltos, voces sueltas de esos espectros. Me pareció que esas dos voces podían convivir muy bien.

—La voz de la casa para mí fue siempre una voz de mujer. Naturalmente. Me di cuenta después, cuando terminé la novela, que era así, que ni se me cruzó por la cabeza que pudiera estar hablando nadie más.

—Es una conciencia femenina, claramente, yo la pensé así también, como si la casa fuera una vieja, ya en sus últimos tiempos de vida, mirando hacia atrás y recordando lo que puede recordar, porque lo que tienen las memorias viejas es que hay cosas que se perdieron, hay lagunas, hay cosas de muy atrás que recuerdan vívidamente y, de repente, las más cercanas, no. Esa fue la voz de la casa, cómo se fue construyendo. Por eso, ella va y viene, dice que va a hablar de algo y después no lo retoma.

—En la novela hay un personaje muy trágico, la Tata, que busca a su hija —Lorena, la madre de la familia Lucero— sin bajar los brazos nunca.

—En las desapariciones siempre hay alguien que, pase lo que pase, no deja de buscar. La mayoría de las veces son mujeres, las madres, las abuelas, que, sin recursos de ningún tipo, como en el caso del personaje de la Tata, que es una mujer pobre, que casi no ha tenido educación formal y que, sin embargo, es la que va a mover cielo y tierra para saber qué pasó, sin ninguna ayuda, y sin que, al menos en lo que se sabe en la novela, llegue a ninguna conclusión tampoco.

—¿El personaje de la Tata está emparentado con las mujeres que luchan para que se haga justicia en los casos de femicidios que investigaste para tu libro Chicas muertas? 

—No lo pensé así tan directamente, pero sí pienso en el caso de Sarita Mundín, que de los tres casos que investigué en ese momento era la única madre que estaba viva y, ahora que lo pienso, la madre de Sarita me impresionó por su fortaleza, porque, siendo una mujer muy pobre, sin educación, sin armadura, y, sin embargo, seguía buscando a su hija, porque el cuerpo de Sarita nunca apareció.

—En la literatura nuestra hay otra casa que habla, la de la novela La casa de Manuel Mujica Láinez, pero es una casa muy distinta a la de tu novela. ¿Fue una referencia para la construcción de la voz de tu casa?

—Es otro tipo de casa, es otra voz también. Pero, como era la referencia que yo tenía cuando decidí que iba a hablar la casa, fui a buscar la novela que había leído hacía muchísimos años para releer el primer capítulo. Hay una reseña que me gustó mucho y que salió en la revista El Diletante (2), en la que el reseñista dice que leyó Una casa sola como una respuesta a La casa de Mujica Láinez y hace una comparación de los estratos sociales. Una es una casa señorial y la mía es un rancho que se va transformando en una casa, en el término más formal de lo que es una casa, pero es algo que empieza siendo cuatro chapas para albergar a los peones golondrinas.


Presentación en el Castagnino. Fotografía: Guillermo Turin
Presentación en el Castagnino. Fotografía: Guillermo Turin

—Separaste Una casa sola de la trilogía de los varones —El viento que arrasa, Ladrilleros y No es un río—, sin embargo, el patrón de la estancia donde está la casa y para el que trabaja, primero Damián Lucero, y después, Lorena, su mujer, y los policías que investigan la desaparición de la familia se pueden encuadrar en la tipología de aquellos personajes.

—Sí, seguro. Están en la figura de los caudillos, que aparecen como cameos en el coro espectral que vive en el monte que rodea la casa, en el patrón y también en la figura de Lucero, aunque sea un personaje que, pese a que tiene buena imagen cuando leés la novela, su formación es machista. Cuando él toma mates solo, no quiere a la mujer dando vueltas, no la quiere en ese momento que es para él, o la relación que tiene con el primer hijo, como de distancia hasta que más o menos entiende que esa criatura es una persona. Más allá de que Lucero es un personaje querible, bueno, tiene esa misma estructura, esa formación. En el patrón, lo que representa la figura de un patrón en ese universo, está más acentuado, también con esa complicidad con la policía y demás.

—En la figura de Lucero, sobre todo, en la relación con su hijo, hay algo de la autoridad de la figura masculina. ¿La paternidad puede ser también una forma de violencia?

—Yo creo que la familia tiene en sí misma ese germen de violencia, que a veces se manifiesta más claramente y otras está más velada. La familia como institución tiene ese engendro de violencia. La familia no hace más que reproducir las condiciones de la sociedad. Eso que te decían en la escuela, por lo menos en mi época, eso que te decían en la primaria, no me acuerdo exactamente cómo, pero decían que la familia era la reproducción en chiquito de la sociedad. En las relaciones familiares es donde nos enfrentamos a este tipo de cosas que en algunas familias se dan en mayor medida y en otras es más metafórico o tenue, pero se da. Por ejemplo, las arbitrariedades de los padres, hacé esto porque lo digo yo, esas pequeñas cositas, que no las voy a comparar con un padre castigador, golpeador o violador, que esas cosas también se dan en las familias, esas violencias las aprendemos en la familia y después las reproducimos en la sociedad.

—¿Entonces, no es como decían Los Campanelli, que no hay nada más lindo que la familia unita…?

—No, yo siempre detesté, quizás porque no tengo ninguna ascendencia italiana, esa cosa de la familia unida. Esa cosa de la familia unida, por lo menos me despertó sospechas.

—En la novela aparecen fantasmas, muertos, presencias, una bruja, Bruna. ¿Hay algo fantástico o de terror en tu literatura? ¿La casa sola que habla se puede entender como una casa embrujada?

—Cuando empecé a dar vueltas con esta historia, pensé mucho en las referencias de las casas encantadas, las casas embrujadas de la tradición de la literatura universal. Después hay un libro que leí hace unos años, que fue un referente y que creo que tiene más que ver con esta casa que las casas embrujadas de la literatura inglesa, que es un libro autobiográfico que escribió Ramón Ayala, Confesiones de una casa asombrada, en el que cuenta que en la casa en la que vivió en Misiones, cuando era chiquito, se decía que había presencias. Él vivió toda su vida en Buenos Aires, pero en esa primera infancia vivió en una casa prestada, porque eran muy pobres. Decían que esa casa estaba asombrada, entonces habla de los fantasmas de esa casa. Era una casa muy parecida a esta, era un rancho, en el que había presencias. Un poco tomo de ahí esa idea de casa encantada, pero más de nuestra tradición del litoral, y los espectros del monte podrían también ser los del bosque encantado de las tradiciones europeas. Pero, a diferencia de la tradición de los fantasmas de la literatura, son fantasmas que no dan miedo, que son juguetones, más frescos, más livianos (3).

—Es así, los fantasmas de Una casa sola no dan miedo, al contrario, aunque sus muertes han sido trágicas, violentas, su existencia en el monte es lúdica. Transmite esa tranquilidad de que, con ellos, no va a pasar nada malo, porque están muertos.

—Cuando era chica, íbamos al cementerio con mi abuela y, después, a la noche, me daban miedo los muertos. Mi vieja siempre me decía: “A los muertos no hay que tenerles miedo, hay que tenerles miedo a los vivos”. Cuando me propuse construir unos fantasmas que fueran más jocosos, pensé: estos tipos tuvieron vidas tremendas, muy duras, signadas por la violencia, y acá, en este limbo del monte donde están ahora, pueden descansar, pueden permitirse jugar, ser como niños.

—Llegaste a presentar Una casa sola en Rosario, que en los últimos años sufrió la violencia: homicidios, narcotráfico, miedo. Recién dijiste que la novela se pregunta qué queda de nosotros en los lugares que habitamos, ¿sentís que algo de esa violencia quedará en la ciudad?

—No. De hecho, siempre que vengo, lo converso con la gente que vive acá. Esto que tiene la prensa: hubo una época, unos dos años atrás, que era todo el tiempo noticias de los sicarios, del narcotráfico, de las muertes, y yo venía y no sentía eso. Quizás sí, en un momento que vine me pareció, y eso es lo que me decían, que los bares no estaban tan llenos de noche, eso, como una sensación muy tenue. Es como que de repente desapareció el tema de las noticias, eso me hace sospechar un poco de cuán tremendo era en ese momento y cuán solucionado está ahora. En definitiva, la desconfianza que siempre me despiertan las noticias, sobre todo, en esta época que el periodismo está tan raro, tan enrarecido. Pero no sentí nunca eso; de hecho, Rosario es una ciudad que me encanta y no siento eso cuando vengo, no siento peligro en el aire, no siento miedo.



(1) “A veces pasa, pero es raro que una historia, un texto, salga de corrido. En mi caso, tardo bastante en escribir: entre un libro y otro pasan muchos años. Durante ese tiempo, la historia me anda dando vueltas. En el caso de la historia de Una casa sola, el primer impulso apareció a fines de 2022. Estuve tres años pensándola, dándole vueltas, y recién me puse a trabajar más sostenidamente en el verano de 2025.

“Tengo un escritorio donde escribo, donde trabajo no solo cuando estoy escribiendo, sino también en otras cosas que hago. Escribo una columna para Perfil cada quince días, así que también trabajo en ese espacio, que está un poco apartado de la casa: está en una terraza, y trabajo ahí.

“También, escribo mucho en el verano. Creo que eso me quedó un poco de cuando daba talleres todo el año, y entonces el momento en que podía sentarme a trabajar eran en esos meses de verano. También suelo ir a un lugar que tenemos con otros amigos escritores cerca de La Plata. Ahí me gusta trabajar también; me parece el mejor lugar para hacerlo.

“Soy un poco hija del rigor. Necesito tener fechas, necesito cumplir plazos, porque si no podría estar todavía dando vueltas con este libro que, por suerte, ya se publicó. Así que sí: no siempre, en realidad, me presionan. No es que tenga contrato de exclusividad ni mucho menos, sino que, cuando tengo un proyecto, se lo propongo a la editorial con la que estoy trabajando desde hace muchos años, que es Random House. Y recién ahí ponemos los plazos. Así que, un poco, es una trampa que me pongo yo para poder escribir: decir bueno, tengo esto, lo puedo entregar en tal fecha”.

Selva Almada en De Acá, Rosario la Ciudad en Vivo.


(2) “La novela de Almada tiene un antecedente obvio en las letras argentinas, La casa de Manuel Mujica Lainez; Almada lo reconoció en una reciente entrevista con Eugenia Zicavo. Se puede leer la novela de Almada como una crítica a Manucho y por extensión una versión de la historia argentina protagonizada por un puñado de apellidos soberbios. La casa de Mujica Lainez es un palacio imponente de la calle Florida en Buenos Aires; la de Almada es el refugio de peones. La casona de Manucho es ostentosa e insegura a la vez. Se aferra al recuerdo de la familia pudiente que la habitaba y de sus decoraciones importadas de Europa como un modo de lidiar con su obsolescencia; mientras tanto un grupo de obreros la tiran abajo. La casa de Almada está del lado de los peones que la levantaron de a poco; se identifica con el tala que crece al lado —son “hermanos de leche”—, con los perros y gallinas que aún viven en el patio, con el monte que la rodea. Las dos casas viven un abandono, pero la llevan de modos muy distintos. La casona porteña se identifica de forma tilinga con sus otroras dueños. Fueron ellos los que le daban importancia en el mundo; sin ellos, no tiene identidad propia. La casita del monte es más serena: no pertenece a nadie. “Será que ni al monte ni a mí nunca nos ha gustado que nos sujeten”, afirma, “que nadie se crea nuestro amo por más papeles de propiedad que tengan”. Le caían bien sus últimos habitantes pero perdura sin ellos: forma parte del paisaje, tiene otros tiempos. Los libros representan dos modos de entender la historia argentina: una considera los excesos de la clase terrateniente como su mejor logro, la otra toma partido por los que trabajan la tierra. Se complementan”.

Una casa sola, de Selva Almada, por John Bell.


(3) “Alguna vez, en una entrevista, hablé del doble fondo de la realidad, que dicho así parece que fuera una teoría, pero no lo es. No recuerdo qué me habían preguntado en ese momento, y contesté eso. Pero creo que acá aparece este coro espectral; en No es un río están las hermanas fantasmas, que están muertas y no lo saben, y siguen vagando en esa isla; y en Ladrilleros aparece el padre muerto de Marciano, que viene a acompañarlo en esa agonía, en ese camino hacia la muerte, aunque él tampoco se reconoce muerto. En un momento, el padre tampoco sabe que está muerto.

“Pero, bueno, son cosas que ingresan y que, por ahí, a veces la crítica o el periodismo señalan como: Ah, bueno, pero acá te fuiste para el fantástico, o acá esto es de terror, porque hay fantasmas. Y, en realidad, cuando hablo del doble fondo de la realidad, lo que quiero decir es que creo que son novelas realistas, que no dejan de ser realistas porque aparezcan fantasmas, porque un poco responden a las realidades de nuestros pueblos. O sea, yo nací y crecí en un pueblo de Entre Ríos, viví la mitad de mi vida en la provincia, y creo que se da de manera muy natural esa convivencia entre lo que podemos llamar la realidad y ese otro trasfondo un poco surrealista, que tiene que ver con lo religioso, con los mitos, con las leyendas, con esos personajes espectrales o fantasmales que aparecen siempre en los relatos orales o en las conversaciones que tenemos en nuestras casas.

“Eso convive permanentemente. No sé: el médico convive con el curandero, y vamos al médico y vamos al curandero, por las dudas. Entonces es eso, ¿no? Como si hubiera un río subterráneo que lleva todo este material vinculado con lo espectral, lo mitológico, o como queramos llamarlo; con las creencias, digamos. Todas esas creencias que cada región de la Argentina tiene como propias y que están presentes en las vidas de las personas. Como si, de vez en cuando, esos ríos subterráneos emergieran a la superficie”.

Selva Almada, presentación de Una casa sola, Museo Castagnino.


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