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Opiniones

Brindis por un gimlet eterno

Se siente entre engripado y aturdido. Siempre lo mismo para esta época del año. Alergia a las fiestas sin un amor, aunque sea efímero. La gente anda apurada, corren. Muchos llevan paquetes. Regalos navideños que traerá Papá Noel. El Niño Dios, corregiría la tía Ernestina calificándolos de débiles mentes conquistadas por la propaganda yanqui. Parece la hora del crepúsculo pero no. A las ocho de la noche todavía resta algo de luz natural. El aire contaminado es irrespirable y los bocinazos aturden. Paredes y pavimento recalentados por el sol. El viejo centro lentamente va camino a su extinción. Sus vidrieras ya no resplandecen. Y ese languidecer se palpa más desde que se fue Falabella, imitación de la gran tienda de otrora. Y ahí quedó la emblemática esquina de encuentros y desencuentros, con muchos proyectos paliativos pero incumplidos. Mirar el viejo letrero de La Favorita y ponerse a llorar es poco. No aguanta más. Entra al bar y para calmarse pide un Gimlet. No hay jugo de lima pero le prometen sustituirlo adecuadamente. Mientras el barman lo prepara en su territorio sagrado, alcanza a divisar en la etiqueta de la botella rectangular que enarbola aparatosamente a unos tipos con gorritos disfrazados con antiguos ropajes rojos que custodian una torre o algo por el estilo. Se lo traen, agradece y se apresta a digerir una aspirina convenientemente regada. La cura para todos los males, dicen. La resaca puede ser, pero definitivamente, no los de corazón ardiente. Extraña el clásico medio vaso de whiskey irlandés de doble filtrado en honor a su hígado y al de todos los santos bebedores tanto como el aroma a encierro y suave discurrir de la barra de Paco Tío.

El mítico bar cerró y todos los traidores huyeron en busca de refugios donde mitigar la sed inagotable y poder contar sus penas y mentidas grandezas a quien quiera escucharlos. Bebe despacio. Se aguanta para evitar que lo confundan con un ángel caído o un monje en vías de extinción o de redención, que sería peor o igual. Ya estuvo varias veces al borde del abismo caminando junto a los suicidas. Sacude la cabeza despaciosamente, ningún gesto abrupto en él. Trata de seguir releyendo un policial sublime, El Largo Adiós, pero todavía lo aturden algunas noticias de último momento que provocan temblor y ansiedad en los titulares periodísticos. De narcotiroteos, cadáveres y sangre está saturado. Intolerancia. Miseria. Dolor social. Solidaridad ausente. Promesas y más promesas, palabras al viento. Debe ser por eso quienes se las dan de estadistas repiten las mismas una y otra vez. Cortos de imaginación los políticos. Algunos. Seamos piadosos, se dice. Lo conmueve saber que en un tiempo por venir la mayor huella de la humanidad van a ser los huesos de pollo. Será la marca que defina en el registro fósil futuro la era del antropoceno. Y todo porque se matan en el mundo sesenta mil millones de pollos por año para ser tragados sin decir ni pío. Se acuerda de las múltiples mutaciones respecto al virus original del Covid, hambriento de los despreocupados de ojos bien cerrados que se conforman con cuatro días locos. Imagina a un detective, discreto y con callados zapatos de goma, poniendo el telón a la madrugada con un Gimlet auténtico. Pepe, más hechicero que barman, hincharía el pecho, y en un acto de sapiencia recordaría que según una descripción de 1928 el famoso trago consta de ginebra, gotas de limón y un chorrito de soda. Para Chandler, autor del libro abierto y dado vuelta junto a la copa, lleva mitad de jugo de lima Rose’s y mitad de gin. Un ladrillazo en la nuca. Esta exaltación del alcohol fue creación de Lauchlin Rose y patentado en 1867. En cuanto al zumo de lima, lleva un corte de jugo de caña de azúcar. Es astringente y apenas dulzón, y la botellita, bellamente labrada, dice provenir de perdidas posesiones en la India, libertad heroicamente ganada por pacifistas y sangre inocente, diría su abuelo, anarquista irlandés incorregible.

El recuerdo, vívido y no lejano, lo lleva a concluir que si continúan despachando estos brebajes así como así cualquier insano terminará escribiendo sobre el derecho a peticionar, conducirá a la desobediencia colectiva y a soñar con ser mejores personas pese a la marea de corrupción que obliga a cantar no hagan olas. Como dijo Felipe, o mejor Phillip cholulismo mediante, esos tipos y sus discursos nunca se van del todo. Y cada vez es más difícil inventar la forma de decirles adiós. Salvo que uno sonría, haga un gesto de salutación con la cabeza y se borre hasta el próximo carnaval, es decir el día de sufragar.

El ambiente fresco creado por rumorosos equipos lo había distendido. Y vio que era rubia la llamativa muchacha que entraba. Le vino a la mente que como las describió  Chandler: hay rubias y hay rubias, palabras que hoy suenan a perogrullada. El caso es que todas las rubias tienen su no sé qué, excepto tal vez las oxigenadas o platinadas, que son tan rubias como un zulú por debajo de su color forzadamente claro. En cuanto al carácter, tan suave y blando como el empedrado. Existe la rubia pequeña y agradable, que gorjea como los pájaros, y la rubia alta parecida a una fina estatua que lo envuelve a uno en una mirada azul de hielo. También está la rubia que resplandece, mira de arriba tocada por un dulce aroma encantador y se cuelga con desenfado del brazo, sólo que siempre le duele la cabeza. Por último está la muñeca maravillosa y encantadora que tras casarse con un par de millonarios termina en una villa de color rosa pálido. De un sorbo pone punto final al debate de terminarlo o dejarlo. El sabor a enebro perdura en su boca y hace una leve seña para repetirlo. En tanto, encuentra una solución para sacudirse a una rubia para siempre: vivir en un agujero negro donde en su corazón llamado singularidad, el tiempo y el espacio se detienen. Sólo que para que se formen, primero debe morir una estrella. No necesariamente blonda. Pero la ciencia abre caminos y cierra senderos. El genial Neil Turok lanzó una teoría que puso los pelos de punta a más de un científico al ubicar al Big Bang como un evento más en un cosmos que siempre ha existido. El replanteo del paso del tiempo refiere nada menos que a un pasado infinito. Ensimismado, recién percibe que en la mesa contigua acaba de ubicarse una pelirroja envuelta en una nube de sutil perfume que induce a gloriosos pensamientos. Tiene ojos verdes, seguro, supone. Gira la cabeza y en efecto, es así. Está sola. Como tantos tontos. Como él. Pedirá un té, se dice. Pero se equivoca. Con precisión la colorada, que ya mostró algo de su quisquilloso temperamento ordena: un Martini, poco vermouth, cáscara de naranja y el resto gin. Y por favor, tráigalo rápido para que no se evapore en el trayecto, le dice al mozo que junta los tacones y hace una leve inclinación antes de partir raudamente. La pelirroja y la propina mandan.

Supone, mientras la observa detalladamente, que no es fácil pedir ayuda, especialmente si toda la culpa la tiene uno y siempre y cuando exista la culpa. Quizá pueda dejar la bebida uno de estos días, aunque todos dicen eso. Desacostumbrarse lleva alrededor de tres años. Será un mundo diferente, le dijeron. Sonidos y colores serán más suaves, tranquilos. Claro que también hay que contar con las recaídas. Toda la gente que conocía bien llegará a serle un poco extraña. La mayor parte de ellos ni siquiera le gustarán y uno tampoco a ellos. En fin. Una cura día tras día sin almanaques a la vista, es para siempre o el infierno. Pero de a dos podría doler menos. Y hasta con un poco de suerte es posible aceptar alegremente las mutuas locuras. Como si hubiera leído sus pensamientos ella lo mira fijamente y le pregunta la hora. No usa reloj. Van a ser las 19, le dice. Y añade: a propósito de la hora y el tiempo, ¿escuchó hablar de la nueva teoría del pasado infinito que podría convertir al Gimlet en un trago eterno?

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