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Sociedad

Brisa y Leandro, en las redes

El domingo pasado Leandro Lapenta fue hallado muerto en el hall de un edificio de Santa Fe y Pueyrredón. Tenía 19 años, estudiaba ingeniería y según la información que circuló a través de las redes sociales decidió quitarse la vida. Los suicidios no suelen ser considerados como noticias, pero en este caso la víctima fue una persona que apenas dos semanas atrás había concitado la preocupación pública a través de una búsqueda de paradero.

El nombre de Leandro Lapenta y su imagen tal como quedó registrada en una fotografía, la de un joven cargado de vida, volvieron a circular entonces en comentarios, posteos y notas. Hubo expresiones de asombro, demostraciones de tristeza y finalmente se impuso el silencio. Las coberturas periodísticas se limitaron a recordar el antecedente inmediato de la historia: entre el 24 y el 25 de mayo Leandro y su novia, Brisa, fueron dados por desaparecidos hasta que al cabo de una intensa búsqueda aparecieron cerca de un hostel, en Puerto San Martin.

Pero este silencio debería ser interrogado, porque la muerte de un joven de 19 años en estas circunstancias no puede pasar como un hecho más de la crónica policial. No se trata de avanzar sobre la privacidad de la persona ni sobre la de su familia ni de perderse en especulaciones morbosas sino de observar el modo en que los medios y las redes sociales presentaron la situación que protagonizó Leandro Lapenta. O más bien el lugar en que fue colocado a través de tuits, retuits, actualizaciones y noticias en desarrollo. Y de observar, también, las formas en que el miedo se tramita socialmente y sus efectos en la vida de las personas.

El 24 de mayo Leandro y Brisa se fueron por unas horas de la ciudad sin avisar a sus familias. La Agencia de Investigación Criminal intervino poco después a partir de una denuncia de familiares y empezó una búsqueda que involucró a fiscales, policías, vecinos, periodistas, miembros de ONGs y tuiteros y se ramificó una y otra vez en el espacio virtual y en el territorio de Rosario y sus alrededores.

Como es habitual en los hechos que se investigan como desapariciones, el caso fue inmediatamente difundido a través de las redes sociales y de los portales de los medios. El miedo al delito es un sentimiento siempre presente en la vida cotidiana, y los episodios de jóvenes que faltan de sus hogares o no pueden ser localizados actualizan de inmediato un objeto muy concreto, con antecedentes comprobados en la historia reciente: los abusos, los femicidios, la violencia de género. Así lo planteó un tío de Brisa: “Fue una situación muy difícil de enfrentar. Es duro pensar que nunca más vas a volver a ver a tu sobrina”.

Sin embargo, después de que se perdiera el rastro de Brisa y Leandro hubo datos que pudieron llevar tranquilidad. El misterio no era absoluto: los jóvenes tenían una relación y se habían perdido de vista más o menos a la misma hora; un compañero de la facultad de Leandro aportó datos; las cámaras de vigilancia de la terminal de ómnibus los registraron mientras caminaban con normalidad, sin ningún signo inquietante. Pero las alarmas no se desactivaron.

En las redes, periodistas, tuiteros y cuentas de ONGs pidieron retuits “para difundir y ayudar”. Y los consiguieron en cantidad. No se comprobó que esa repercusión tuviera alguna utilidad práctica para localizar a los jóvenes. En cambio, fue un poderoso factor para impulsar la alarma y sostener el miedo, por las expresiones con que se transmitió la búsqueda de paradero, tomadas de la retórica sensacionalista: era “urgente”, “Brisa está desaparecida”, había sido vista “por última vez” cuando salía de la Universidad del Centro Latinoamericano; Leandro también había sido visto “por última vez”.

Mientras el caso seguía replicándose en las redes —una publicación de la cuenta desaparecidasargentina, dedicada a visibilizar la violencia de género, tuvo casi mil retuits— surgieron más pistas para orientar la búsqueda. Los investigadores y los familiares supieron primero que Brisa y Leandro habían tomado un colectivo de la línea 35/9 hacia San Lorenzo y después, a través de un allegado, que habían sido vistos en Puerto San Martín.

En la mañana del 25 de mayo la policía ubicó a Brisa y Leandro. Como es habitual ante estos desenlaces, hubo cuentas y publicaciones en redes que difundieron la novedad, bajaron las búsquedas y expresaron alivio. Pero también cobró forma un malestar característico, un sentimiento de indignación que se exteriorizó en reproches y burlas hacia los jóvenes y hasta reclamos de que se hicieran cargo de la búsqueda policial.

Brisa y Leandro se convirtieron así en objeto de un reproche extendido. ¿Pero realmente fueron los responsables del miedo y la alarma que se extendieron como un virus en las redes y el espacio virtual? ¿O habría que cambiar el punto de vista y analizar más bien el modo en que un episodio común moviliza miedos profundos y ese fantasma se multiplica vertiginosamente a través de su recepción social?

Después de tantos reclamos por la búsqueda de paradero, después del miedo que resultó infundado, sobrevino la pérdida de una vida. La muerte de Leandro se conoció por una publicación en Facebook de la Facultad de Ingeniería, donde cursaba sus estudios.

¿Habría que cambiar el punto de vista y analizar el modo en que un episodio común moviliza miedos profundos y ese fantasma se multiplica vertiginosamente a través de su recepción social?

Brisa y Leandro no fueron los primeros jóvenes en hacer una escapada o en perder contacto con sus familias. Tanto como “un protocolo de búsqueda”, que tan correcto parece, deberían tenerse en cuenta antecedentes de otros casos y análisis sobre problemas de familia cuya incidencia en episodios como fugas de hogar está suficientemente comprobada.

La forma de narrar estos hechos, el lenguaje de las denuncias, también produce efectos en el mismo trámite de los episodios: la palabra “desaparecido” tiene una connotación siniestra en Argentina, y tal vez habría que ver en qué medida contribuye a comprender estos casos. El miedo puede estar justificado y es comprensible que obnubile a quienes están afectados por una situación; pero la reacción ante estos episodios debería contribuir a ponerle límites, para comprender y actuar mejor ante los peligros reales, que no suelen estar en sus presuntos motivadores sino en la misma sociedad que realimenta la alarma.

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