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Economía

Campo y kirchnerismo, en lo que fue de 2001 a 2008: fin del romance y después

Cada vez que llega diciembre, hay peligro de estallido. En la memoria sensible de cualquier argentino duerme una percepción de fin de año: todo lo que salió mal, puede terminar peor. Y manifestarse en la forma de una revuelta, de saqueos, de enfrentamientos, o una agudización de la crisis siempre más dramática. Son demasiados los recuerdos como para que la sensación ambiente no se recaliente el último mes del año. Aunque después diciembre transcurra en crisis, pero en paz. Como si el 2001 enseñara que hay más costos que beneficios: nadie quiere pasar las fiestas llorando a un ser querido. Y este diciembre no es la excepción: la crisis social, política y económica, la falta de certezas sobre la pandemia, el futuro pendiente del acuerdo con el FMI, el presupuesto que nació caduco, el borde del precipicio ahí nomás. Pero todos quieren, al menos por un rato, festejar algo. Aunque sea que se acaba el año.

Hace 20 años la Argentina volaba por los aires. Y de los pedazos surgía esta otra Argentina que vivimos. Que es la misma, pero con otros repartos actorales. Y un proceso de expiración de las formaciones que emergieron de aquella crisis y conformaron el elenco estable de la política las últimas dos décadas. Con una parada intermedia fundamental: el 2008. Si el 2001 puso el “que se vayan todos” como un límite al sistema institucional del que salieron dos versiones políticas que procesaron el estallido a su manera, el 2008 fue una réplica de ese colapso, pero ya no desde la estructura político-institucional, sino desde su fundamento económico. El chacarero fue el ahorrista de esa gran caceroleada federal. 

Para el campo, el 2001 fue la noticia de un país. Es decir, la gran modernización de los 90 que configuró un nuevo mapa productivo se topó con el callejón sin salida de la convertibilidad. No hay un sector que pueda ser próspero para siempre a contramano del conjunto. Y el despedazamiento también llegó al agro. A través de una de las vías principales: la crisis bancaria. Hipotecas y corte de las cadenas de pago. El impuesto al cheque como talón de Aquiles. Después, con la megadevaluación, de esas cenizas germinó un ciclo de expansión inédito que hizo uso de los avances tecnológicos de la década anterior. Era, en este caso, la noticia de un mundo que demandaba los commodities que la Argentina ofrecía.

Fue el momento en el que el sector agropecuario y el kirchnerismo coincidieron. Un acuerdo silencioso. El gobierno arregló las condiciones para que las cosas funcionaran, y el campo activó toda su potencia para arrastrar la gran maquinaria del Estado hacia la recuperación de sus capacidades básicas. Esa economía política del nuevo siglo se caracterizó por un enorme ingreso que consolidó la base material para disputar mayores grados de autonomía estatal. Y fue devorada por su lógica interna: el conflicto por la Resolución 125 se gestó antes de que Kirchner abandonara el gobierno, cuando impulsó la primera suba de retenciones. El campo se remordió, pero aceptó. Con la decisión de Cristina de elevar el porcentaje nuevamente y aplicar el esquema móvil en el marco de la crisis financiera internacional, los que antes acompañaron sin chistar, comenzaron a gritar. El gobierno se aisló de sus viejas alianzas y el Estado se encontró con sus propias deficiencias obligado a adoptar funciones cada vez más defensivas.

El 2008 fue una aventura callejera para la franja encumbrada del sector más dinámico de la economía. Un encuentro del campo con su propia gente. Los gringos en las rutas también le mostraron a la oligarquía terrateniente, tradicionalmente reacia al piquete, la realidad del sector. Tanto desde la alta dirigencia rural como desde la alta dirigencia del Estado, se asombraron por el mismo fenómeno: miles de pequeños chacareros, contratistas, comerciantes y ciudadanos se agolparon en las rutas del interior y reclamaron por una dignidad que decían haber sentido mancillada. El campo se politizó de un golpe: quemó gomas, ganó representatividad, rosqueó con legisladores, fue convocado a los estudios de televisión, copó como tema las sobremesas de los argentinos, y ganó su pulseada. Esa euforia se diluyó en un sinfín de desarreglos y derivaciones. Algo quedó: un puñado de dirigentes metidos en el “sistema político” y una base electoral en la República del Centro que fundamentó la emergencia de una alianza electoral que terminó llamándose Cambiemos y llegando al gobierno en 2015. Y quedó la “grieta” como principio ordenador de la política.

¿En qué se parece el 2008 al 2001? En las rupturas y desconfianzas. El conflicto por la 125 marca el fin del idilio de la balanza comercial y el comienzo de los padecimientos de la cuenta corriente. La formación de activos externos, el símbolo máximo del descreimiento. La aceleración de la salida de capitales implicó el peor escenario desde el 2001 y culminó en la aplicación del primer cepo en 2011, tras la corrida cambiaria. Cara y ceca de un escenario que adquirió nuevas condiciones. Si con el salvataje de hipotecas que comprometían a un millar de productores, una parte del sector agropecuario reconoció a Kirchner para llevar adelante un proceso de recuperación económica y ordenamiento fiscal, en 2008, ante los primeros síntomas de agotamiento del ciclo internacional, el campo se plantó en seco. Fue el primer paso de las fricciones por el financiamiento del déficit, un clásico hasta la actualidad.

Como el 2001, el 2008 también fue partero de generaciones. Parió a una camada de militancia juvenil urbana que se hizo visible durante los primeros años de la década del 2010 e inspiró una nueva disposición del kirchnerismo, pero también a una serie de jóvenes menos visibles que iniciaron una renovación dirigencial en el agro que vigorizó los cambios tecnológicos y organizacionales, y acentuó el gran salto adelante de la digitalización, transformando la escena del campo otra vez. Mientras desde los estudios televisivos, las cátedras universitarias y las unidades básicas se combatía un campo litúrgico, atrasado y monoproductor, prosperaba una dirigencia rural informatizada y diversificada, con perspectiva global y lógica de trabajo asociativo a través de nodos de innovación. La vanguardia intelectual la miró a la distancia mientras los hijos y sobrinos de los “gringos brutos” volcaron conocimiento e intuición para dotar al sector de una fuerza creadora de clase mundial.  

Mientras desde los estudios televisivos, las cátedras universitarias y las unidades básicas se combatía un campo litúrgico, atrasado y monoproductor, prosperaba una dirigencia rural informatizada y diversificada

Las clases medias progresistas desconocían el mundo rural y se aferraron a sus prejuicios para enfrentar un panorama de restricciones que puso en jaque las principales variables del modelo que los había acogido. El boom de commodities que permitió la ampliación de derechos, además dio lugar a ese fenómeno incomprensible que copaba las rutas. Y si los vecinos del 2001 salieron cacerola en mano a reclamar por su dinero retenido en el corralito, las poblaciones del interior en 2008 protestaron por la retención al interior para financiar un modelo al que no los invitaban. Por eso el voto “no positivo” del vicepresidente Julio Cobos fue una especie de pesificación asimétrica: traumática, pero necesaria para darle una salida a la crisis.

Ahora, mientras el gobierno cuenta uno por uno los dólares de las reservas al negociar con el FMI, los más de 30 mil millones de dólares que el sector liquidó en el año fueron la garantía de estabilidad. La promesa de la cosecha fina augura un respiro para los meses de verano cuando ingresan menos dólares, pero se reestablece la demanda. Y a pesar de haber precios un 20 por ciento por encima del 2020, el ritmo de oferta de divisas del agro iguala al de un año atrás. La incertidumbre generalizada instala un imperativo inamovible: se vende lo necesario. El campo conserva su pose de combate. El gobierno recurrió a Julián Domínguez, el único que logró ser escuchado. En aquel 2009, Domínguez ocupó el rol de un Duhalde que debía conducir la reconstrucción. El problema fue que después no vino ningún Kirchner. El último kirchnerismo encontró en el campo lo mismo que el campo encontró en el kirchnerismo: un polo contrario que ayudaba a identificarse a sí mismo. Se necesitaron mutuamente para saber que eran lo que creían ser. A 20 años del colapso y a 13 del final del concilio, es otra crisis la que parece decir “basta”. Porque hasta las historias más pasionales terminan por cansar cuando se repiten tanto.

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Autor

  • Hace periodismo desde los 16 años. Fue redactor del periódico agrario SURsuelo y trabajó en diversos medios regionales y nacionales. En Instagram: @lpaulinovich.

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