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Política

[diciembre 2001 – 20 años] Un balcón a la calle en Córdoba y Corrientes

Es uno de los últimos días de octubre de 2001; el clima en la ciudad de Buenos Aires torna difíciles las gestiones de rutina y hace que éstas se sientan inusualmente tediosas. Empero, algo más que la desestabilizante baja presión atmosférica flota en el ambiente: un sinsentido fumiga diligencias de funcionarios públicos; eso es perceptible en sus respectivas oficinas y en bares aledaños, donde aquellos recalan para encontrar, en conversaciones informales, respuestas a interrogantes comunes. ¿Qué respuestas? “Futuro, pibe —dice uno a un joven sentado a su mesa—, no hay futuro: esto revienta…”.

Cargada de incógnitas y amenaza, “esto revienta” será la frase que recorrerá a diario el almanaque entre finales de octubre y mediados de diciembre de 2001. Ávidos, unos preguntan: “¿revienta qué?”, “¿qué quieren decir con esto?”, “¿es la economía?”, “¿qué es lo que va a pasar?”. Muchos intuyen un desenlace dramático; muy pocos saben su dimensión catastrófica.

También buscando respuestas, dos empleados de Radio Nacional Rosario caminan ese día desde Maipú 555, en la Capital Federal, sede de Servicios Centrales de la emisora —que por entonces integra el Sistema Integrado de Medios Públicos junto con Canal 7 y la Agencia Télam—, hasta las oficinas del Fondo Nacional de Capital Social (Foncap), detrás de la Casa Rosada. El Foncap, constituido durante la Presidencia de Carlos Menem con dinero de las privatizaciones de empresas del Estado, es un fondo fiduciario para financiar microemprendimientos.

Allí estos empleados de la radio llegan siempre para intercambiar experiencias con otros pares. En los últimos meses de 2001, más que intercambiar experiencias procuran adivinar el futuro. Esa jornada, los del Foncap los reciben como corresponde: “esto revienta”. Y añaden: “la cosa no va más”, “hay que esperar”, “por el momento no podemos seguir haciendo nada”.

El Foncap es dirigido entonces por el extinto economista Tomás Bulat y desde su esfera bajan ya no augurios, sino conclusiones nada promisorias: el sistema de convertibilidad monetaria llega a su fin, no es posible salir de él de manera ordenada, el “déficit cero” proclamado por Domingo Felipe Cavallo (ministro de Economía) es una idea que sólo cabe en su mente, todo va rumbo a una mega devaluación… Los empleados de Radio Nacional se marchan, van caminando hasta Retiro y toman el primer ómnibus que los devuelve a Rosario. Como es costumbre, al otro día van a trabajar a la emisora rosarina; uno es locutor y el otro periodista.

Pasarán dos meses —cuando llegue diciembre de 2001— hasta que aquellas incógnitas se revelen de manera sucesiva y violenta: confiscación de dinero a los ahorristas, centenares de miles de personas perdiendo sus trabajos y cayendo bajo la línea de pobreza, millonaria transferencia de recursos de los sectores medios hacia los más poderosos, inexistencia de moneda nacional… Todas las variables económicas se salen de control y su deriva es una crisis institucional inédita, agravada por la renuncia del presidente de la Nación y represión de la protesta en las calles. 

Una tarde de comienzos de febrero de 2002 —cuando los sonidos del estallido de diciembre de 2001 aún reverberan y el “efecto dominó” de desastres parece no tener fin— aquellos dos empleados de Radio Nacional Rosario, ahora junto a una compañera del área administrativa, están en el balcón del edificio de la emisora, que da a calle Córdoba, a escasos metros de Corrientes. Recorren el balcón de un lado al otro, parecen buscar algo de alivio ante el calor abrasador que, a su vez, va dando marco al armado de una tormenta subtropical, típicamente rosarina: el color del cielo vira de gris a marrón oscuro y luego a negro, tras lo cual prevalece la calma, tensa, que precede al estallido.

Coincide con esa cronología del aire la organización de una marcha en la esquina de Paraguay y Córdoba: víctimas del despojo de ahorros y trabajos por el crack, la gente allí congregada planea caminar hacia el Este, atravesando el centro de la ciudad, haciendo bramar a golpes las empalizadas de chapa con que los bancos intentan proteger sus fachadas. Portan estandartes, cacerolas, piedras y pedazos mayores de escombro. Los empleados de la radio observan el panorama: “Arriba el cielo mutante nos aplasta; abajo los manifestantes van a convertir todo en un infierno para recuperar lo que es suyo, y está bien…”, dice uno de ellos. Los otros ni le contestan. Uno de ellos, que ha estado con el que habla durante aquella jornada de octubre en Buenos Aires, recuerda la cifra: “esto revienta”.

…la gente allí congregada planea caminar hacia el Este, atravesando el centro de la ciudad, haciendo bramar a golpes las empalizadas de chapa con que los bancos intentan proteger sus fachadas.

Parece haber un debate en la congregación de abajo, que demora el inicio de la marcha. Unos proponen cancelar el plan por la amenaza del cielo; nada arredra a otros, que insisten en seguir adelante. Prevalece esta última idea. Además, han llegado al lugar organizaciones de izquierda; son columnas tupidas, dispuestas, belicosas. La marcha comienza.

A los tres o cuatro minutos, también la tormenta. Agazapada, ésta espera a los manifestantes y los sorprende con los primeros estallidos en la esquina de Córdoba y Corrientes, en las veredas de la Bolsa de Comercio; los caminantes apenas han recorrido cien metros. Los fuertes vientos del Norte y la lluvia torrencial los barren y silencian su protesta. También sacuden y empapan a los tres empleados de la radio que están parados, inmóviles, en el balcón. Son diez o quince minutos dantescos. El ruido y la furia de la tempestad se mezclan con gritos de los manifestantes; algunos de éstos, además, lloran. Ciertamente atormentados, exteriorizan un dolor. Los tres empleados de la radio sólo miran, paralizados por su misma percepción; hay en ellos impotencia, acaso guardan culpa. 

La tormenta llega por fin a su epílogo, escrito por unas últimas gotas y el trinar de pájaros. Los empleados de la radio dejan el balcón, ingresan a la oficina por el inmenso portal cuyas cortinas se han empapado también; ni siquiera se secan, sólo se sirven café de la jarra de una cafetera eléctrica, encienden unos cigarrillos y fuman. Uno de ellos bebe un sorbo de licor de la petaca que tiene guardada en su maletín y convida a los otros. Sin cruzar palabra, bajan las escaleras de la radio, salen a la peatonal Córdoba y observan el paisaje: gente empapada, banderas rotas, sillas de plástico revolcadas en la calle, ramas de árboles, desagües tapados, barro y mugre. 

Caminan hacia la esquina de Entre Ríos, donde el florista acomoda claveles y rosas que ha logrado salvar del desastre. También a él la tormenta lo ha sorprendido y, con inclemencia, ha arrojado decenas de flores a las baldosas de la peatonal. Arruinadas, esas flores —que minutos antes fulguraban y eran un signo de amor, afecto y promesa de bien— ahora son despojos. Sin dejarse atrapar por la adversidad, el florista les cuenta que después de cada súbita tempestad su trabajo es el de siempre: acondicionar los ramos y ver qué queda en flor para, al otro día, pensar en una nueva subasta. Los empleados de la radio lo miran con incredulidad. La moza de un bar, que ha salido a curiosear los estragos causados por la tormenta, esquiva una marquesina derribada por el viento y le dice al florista: “¿Viste Luis? siempre que llovió, paró…”

“Sí, pero estas tempestades siempre vuelven…”, contesta el florista y, a los cuatro vientos, grita: “¡Flores!”. 

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