A mediados de 2018 Mario Welschen y su hijo Federico cabalgan por la llanura santafesina. Están pocos kilómetros al sur del paralelo 31, en una planicie sin límites, entre las localidades de Felicia y Sarmiento, y recorren un impreciso camino a la vera de uno de los tres arroyos que surcan los campos. Los pobladores del lugar no acuerdan en cómo denominar estos cursos de agua —que corren casi en paralelo, de norte a sur y de oeste a este, todos tributarios de los ríos Salado del Norte y Cululú (que a su vez desagua en el anterior)—, pero respecto del que vadean los Welschen parece haber consenso: Arroyo Las Calaveras. Ese paseo de los jinetes hubiese sido idéntico al de otros días de no ser porque, cuando se adentraron en un monte que el arroyo atraviesa, algo blanco, semi enterrado en la tierra arenosa, fulgurando por los rayos del sol, llamó su atención. Federico alertó a su padre, bajaron a ver: eran los dientes de un animal, a simple vista inmensos, nunca vistos por ellos entre los mamíferos más grandes de la zona, incomparables con los de un caballo. Parecían, si no de otro lugar, sí de otro tiempo.
Mario Welschen se informó sobre cómo proceder ante esas circunstancias: acudió al Ministerio de Cultura de Santa Fe, encargado de hacer cumplir en el ámbito provincial la Ley Nacional 25.743, de Protección del Patrimonio Arqueológico y Paleontológico; esta norma se sancionó en 2003, regula hallazgos y exploraciones y comenzó a aplicarse en Santa Fe hacia 2012. Realizada la denuncia del hallazgo, el Ministerio envió a un profesional del área, Luciano Rey. “Caminamos con Mario Welschen por el borde del arroyo, llegamos al medio del monte. No tuve dudas, eran los molares de un mastodonte; para alguien entendido son muy fáciles de distinguir, no hay muchos bichos que tengan esas muelas; un mastodonte era como un elefante de estas tierras”, dice hoy Rey.
Este 2022, durante cuatro días, entre el 3 y el 7 de julio, un equipo técnico del área Patrimonio Arqueológico y Paleontológico de la Subsecretaría de Gestión Cultural del Ministerio de Cultura de Santa Fe llegó nuevamente al lugar. Encabezado por la arqueóloga Soledad Biasatti y Luciano Rey, el equipo excavó y halló la mandíbula del mastodonte, además de otros restos óseos, diseminados, de aquel gigante mamífero que caminó por casi todo el paisaje americano durante el Pleistoceno Superior.
Animales prehistóricos, más grandes que un elefante actual, parecidos al mamut, los mastodontes andaban en manada, tenían colmillos de hasta un metro y medio de largo, curvos, y los bosques y pastizales fueron su hábitat. Se extinguieron hace unos once mil años —según un reciente estudio publicado por la revista canadiense Nature Communications—; se estima que por una confluencia de razones: dramáticos cambios climáticos que fueron desde la glaciación hasta períodos muy cálidos, competencia por la comida y quizás también por la caza excesiva de los humanos.
La información científica conjetura que aquellos cambios climáticos forzaron la migración permanente de los mastodontes, que durante unos 800 mil años se desplazaron miles de kilómetros de una parte a otra del continente americano; sus fósiles se siguen encontrando en casi toda América, desde el extremo norte, en Alaska. Y ahora también en Felicia, Santa Fe.
“Los datos genéticos muestran una fuerte señal de migración de los mastodontes, moviéndose de un lado a otro a través del continente, impulsada enteramente por el clima”, explica Hendrik Poinar, genetista evolutivo y director del Centro de ADN Antiguo de la Universidad McMaster, en el mencionado estudio de la revista científica Nature Communications.

Hallazgos y conjeturas
“El hombre del campo de Felicia y su hijo habían encontrado una hemimandíbula y nosotros sacamos la otra. De manera que tenemos la mandíbula entera del animal. Pero además, arriba y a los costados del cauce del arroyo, en tierra removida, también encontramos otros huesos fragmentados del cráneo y costillas del mastodonte”, explicó Rey a Suma Política.
Esa tierra removida fue la génesis del rescate: entre 2012 y 2104 fuertes lluvias habían anegado los campos de la zona. El comité de cuenca del lugar dispuso entonces dragar los arroyos para favorecer la escorrentía de las aguas y ese trabajo de las excavadoras removió la tierra profunda e hizo visibles los primeros fósiles.
“Pero además —dice Rey— encontramos cosas que llaman la atención y tienen que ver con la geología: los huesos estaban en el estrato de un suelo que remite a un clima húmedo, cálido, como si hubiese sido un pantano, y además en un lateral hallamos una especie de cubeta donde hay ceniza estratificada. Esa ceniza en una cubeta o es de erupción volcánica del Cuaternario (en ese tiempo hubo muchas erupciones y la ceniza llegaba hasta esta zona) o es de un fogón antrópico, humano… De ser así, esto se vuelve muy interesante porque estaría hablando de la convivencia de esta megafauna con los humanos. Por supuesto, ahora hay que procesar toda esa información…”.

“El hombre del Colulú”
La del río Cululú es la mayor de las subcuencas que componen la cuenca fluvial del Salado del Norte (que nace en el borde de la Puna, en Salta, y es uno de los más importantes afluentes del Paraná); con unos 130 kilómetros de longitud de oeste a este, ocupa una superficie de 6.834 kilómetros cuadrados, en el centro oeste de la provincia de Santa Fe. La del Cululú es así una típica cuenca de llanura, con una red hidrográfica formada por cañadas interconectadas.
El hallazgo de Felicia y sus conjeturas derivadas —entre ellas la que apunta Rey— instalan otra vez una controversia que atraviesa a parte del mundo académico de la arqueología: la posibilidad de que restos fósiles humanos hallados a principios del siglo XX en la cuenca del Cululú (allí mismo donde ahora se encontraron restos del mastodonte) remitan al Pleistoceno Superior y que, por lo tanto, den cuenta de aquella convivencia del humano con la megafauna en estas latitudes.
Fue el reconocido geólogo argentino Alfredo Castellanos (1893-1975) —también médico, arqueólogo y antropólogo— quien realizó los primeros trabajos arqueológicos en el área del Cululú en los años veinte del siglo pasado y ya entonces existía la discusión sobre la posible antigüedad pleistocénica de una serie de fósiles humanos hallados en la zona. Éstos, asociados a otros fósiles de fauna extinta, dieron lugar a una denominación singular en esas tesis académicas sobre aquellos lejanos humanos: “El hombre del Cululú”.

Los procesos
—¿Qué sucede ahora con lo encontrado? ¿Dónde va?
—(Soledad Biasatti) Lo que venimos haciendo, como política, es que quede en la localidad donde fue hallado. Si hay un museo en el lugar, que quede ahí, o si no irá a algún otro de la localidad más cercana. En este caso, Felicia está en un proceso de creación de su museo y lo hallado quedará ahí. Lo que sigue es el montaje, la limpieza y ahí sí también convocamos a los vecinos, a las escuelas, para que aprendan tanto las técnicas de la extracción como de la limpieza.
—¿La comunidad del lugar pudo participar del trabajo que ustedes hicieron en el Arroyo Las Calaveras? ¿De qué manera?
—(S.B.) Nuestro trabajo involucró a la comunidad del lugar no sólo como observadora, sino como protagonista. Siempre invitamos e interesamos a gente del lugar, además de amigos y colaboradores de la Red de Patrimonio en Construcción, de la cual somos parte, que participan de estos rescates.
—(Luciano Rey) Aplicamos un modelo de gestión del patrimonio arqueológico-paleontológico; antes de cada rescate se identifica a los actores involucrados en las localidades: instituciones educativas, aficionados, el dueño del campo, y otros, y entonces tratamos de propiciar la articulación entre ellos. Así ocurrió en Felicia y a todos les asignamos un rol.
—(S.B.) Se generan cosas muy mágicas por estar varios días trabajando. Siempre aparece la persona justa en el momento justo cuando hay algo que uno no se previó, y eso siempre nos acompaña.
—(L.R.) Nosotros vamos con una premisa: hay muchos conocimientos y son complementarios; no tenemos la verdad absoluta, por ejemplo, de cómo se debe sacar un mastodonte. Te cuento una anécdota: estábamos en Felicia y se nos acercó el Chocho, un alambrador que vive en el campo y se sumó al equipo. Entonces cuando hubo que hacer lo que llamamos una cama, que es poner unas maderas debajo del “bochón” de tierra que vamos a sacar, ¿quién era el que más sabía de varillas y de alambres y de atar? Él. Entonces él dijo cómo hacerlo y lo ató, y así se hizo…
Como parte de ese “modelo de gestión” aludido, Soledad y Luciano, antes de iniciar los trabajos de rescate, fueron a una escuela de Felicia donde comentaron la tarea que iban a realizar e invitaron a docentes y alumnos a participar (“fuimos curso por curso y grado por grado”, aclaran). El campo de trabajo estaba a doce kilómetros de la planta urbana de Felicia, al que se arriba por caminos de tierra. “Pensamos que iban a venir uno o dos chicos, o sólo algunos más y al otro día… ¡no fue así! Toda la escuela primaria y toda la secundaria vinieron el mismo día, se organizaron los padres y cayeron en combi, en autos. Les dimos unas piquetas y les asignamos tareas enseguida”, cuenta Rey. Los alumnos además hicieron un video con lo que registraron e investigaron en Internet sobre los mastodontes.
“La posibilidad de que esta megafauna pueda haber convivido con el hombre resulta de mucho interés y los chicos se vuelven locos porque imaginan su paisaje habitado por aquellos animales gigantes —explica Soledad—. Uno de los nenes que vino y se puso a limpiar unos huesos dijo: pensar que yo vengo a pescar aquí y no sabía nada de todo esto”.

De Florentino Ameghino a Indiana Jones
Desde hace décadas, en toda la región pampeana argentina se encuentran restos fósiles del elenco de una megafauna extinta, animales que pesaban mucho más de una tonelada y habitaban los pastizales y montes de la región: gliptodontes (eran como una mulita o un peludo de dimensiones casi fantásticas), toxodontes (parecidos a los hipopótamos actuales), mastodontes y megaterios (una especie de oso o perezoso gigante). Acaso los primeros pobladores americanos hayan convivido con ellos, aunque se desconozca cómo fue esa convivencia; más allá del permanente cambio climático, algunas teorías sugieren que la entrada de la especie humana en Sudamérica incidió en la extinción de esa megafauna.
Arqueólogos, antropólogos y aficionados de la zona han recorrido un largo camino desde que Florentino Ameghino (1853-1911), considerado el primer paleontólogo argentino, anduviera por Santa Fe e hiciera extracciones de restos fósiles en las barrancas de Timbúes o en Pueblo Esther, entre otros lugares. Aquellos hallazgos tenían un sentido diferente; la cultura que rodea los rescates actuales y la velocidad a la que circula la información específica los convierten en sucesos que trascienden el interés científico.
Ahora Luciano Rey medita sobre su trabajo y se remonta a algunas sensaciones lejanas, como la que lo asaltó en 2004, cuando encontró restos de un gliptodonte junto a molares de tigres de dientes de sable en Diego de Alvear, su pueblo natal; o cuando encontró restos de una macrauchenia casi completa en Arroyo Seco (algo que significó además la reapertura del museo del lugar); o el rescate en 2012 de un gliptodonte en el Parque Sur de Rosario, donde, a la par del trabajo de los especialistas, se generó una participación comunitaria singular: hubo concursos de dibujo, escritura de cuentos y hasta se llevó al sitio un viejo Fiat 600 y se lo pintó como un gliptodonte (para graficar lo parecido del animal, en tamaño y forma, al legendario auto).
Al evocar esos momentos, Rey se emociona y dice que el vínculo con la comunidad es lo que cuenta y da sentido a cada rescate: “Más que los hallazgos me gustan los procesos. Para mí todos los hallazgos son importantes pensados desde lo local, desde cada pueblo, porque es descubrir un mundo maravilloso y eso aporta al arraigo, a valorar el lugar donde vivís. Disney World no está lejos, está donde caminás todos los días; Disney World está debajo de tus pies…”.

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Ver todas las entradasMúsico, periodista y gestor cultural. Licenciado en Comunicación Social por la UNR. Fue editor de las revistas de periodismo cultural Lucera y Vasto Mundo.

































