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Informe

El Niño que viene suma presión a los sistemas agroalimentarios de la región

Después de un largo ciclo de casi 10 años durante el cual los pulsos de sequía fueron dominantes en casi toda la región del Litoral argentino, la segunda mitad de este año así como los primeros meses del próximo estarán marcados por el regreso de de El Niño, fenómeno climático atribuido a un calentamiento anómalo de las aguas superficiales del océano Pacífico que genera cambios importantes en las pautas meteorológicas de todo el mundo. En la zona del centro y norte del país, la llegada de El Niño significa agua: mucha. Es por eso que los modelos de predicción ya hablan de un segundo semestre con precipitaciones más intensas y frecuentes en esta porción de territorio argentino, sur de Brasil, Paraguay y Uruguay, con posibles impactos en los sistemas productivos, la infraestructura y la seguridad alimentaria en toda la región. “La posibilidad de un Niño fuerte nos tiene en alerta por sus posibles impactos en la agricultura y en el deterioro del acceso a alimentos en toda América Latina y el Caribe” explicó el director de la Organización Meteorológica Mundial para las Américas (OMM), Julián Báez Benítez, durante una mesa redonda virtual organizada por la FAO —la organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura— que reunió la semana pasada a varios representantes de organismos internacionales. 

Baez recordó que El Niño tiene impactos diferentes en todo el mundo, que en el sudeste de Sudamérica se traducen en un aumento de precipitaciones que puede transformarse en inundaciones por excesos de lluvia y aumentos de los caudales de los ríos del sistema Paraguay/Paraná, con afectación directa a poblaciones y a los sistemas agroalimentarios. Hasta ahora, los pronósticos apuntan a un evento de El Niño entre moderado y fuerte con similitudes al de 2015/2016, que solo en Santa Fe dejó pérdidas productivas por más de 2.700 millones de dólares y que afectó para siempre a ciudades como Concordia (Entre Ríos), que padeció la peor inundación en más de medio siglo.

El costo del clima extremo

Todavía no existen certezas científicas concluyentes sobre los efectos del cambio climático en los episodios de El Niño, aunque según la Organización Meteorológica Mundial es probable que —como ocurre con otros eventos— este fenómeno se vaya volviendo más intenso y más frecuente en las próximas décadas por efecto del calentamiento del planeta. Por sus condiciones de vulnerabilidad social y de desigualdad en el acceso a infraestructura y tecnología, América Latina concentra el 22 % de las pérdidas globales ocasionadas por eventos climáticos extremos, particularmente en la agricultura. Según relató René Orellana, a cargo de la oficina regional de la FAO en América Latina, entre 1991 y 2023 la región perdió 713 millones de dólares por clima extremo. “A esta vulnerabilidad se agregan brechas persistentes de seguridad alimentaria, ya que existen más de 33 millones de personas que padecen hambre en la región mientras que 167 millones viven con inseguridad alimentaria”, dijo Orellana, para quien los eventos extremos como El Niño “pueden empeorar aún más estas delicadas condiciones”.

A nivel global, este año está marcado por riesgos adicionales para la seguridad alimentaria global por el persistente conflicto en Medio Oriente y la interrupción de las rutas de transporte de petróleo, lo que está afectando los precios de combustibles y fertilizantes, y por lo tanto también el precio de los alimentos. “Siempre son los productores de pequeña y mediana escala los que más sufren, porque son los que tienen menos espalda para enfrentar costos más altos. El momento actual es muy complejo”, sintetizó el experto. 

Durante El Niño 2015/2016, las lluvias que cayeron sobre gran parte del corazón productivo argentino dejaron pérdidas de millones de toneladas de soja, así como recortes importantes en los cultivos de maíz, arroz y hortalizas. A los impactos en el sector agropecuario se sumaron inundaciones severas en algunos puntos de la cuenca del Plata, con una situación extrema en la zona de Concordia (Entre Ríos) que sufrió la peor inundación en medio siglo, con decenas de miles de personas evacuadas y pérdidas millonarias. En Santa Fe, El Niño 2015/2016 generó problemas de anegaciones o inundaciones en casi la mitad de la superficie agrícola provincial, con pérdidas en agricultura, lechería, ganadería bovina y otros cultivos que superaron los 2.700 millones de dólares, según calculó en ese momento la Confederación de Asociaciones Rurales.

Prevenir y adaptarse

Según los expertos que participaron de la mesa redonda de alto nivel de la FAO, la mejor manera de evitar daños catastróficos tanto en el aspecto productivo como en el social es anticiparse y prevenir. “Trabajamos para fortalecer la capacidad de los países para transformar información sobre riesgos climáticos en decisiones concretas. Para eso ayudamos a identificar territorios prioritarios y así reducir vulnerabilidades. El trabajo debe ser anticipatorio y debe llegar antes de las crisis”, señaló Lena Savelli, del Programa Alimentario Mundial de Naciones Unidas. “Sabemos que los eventos extremos serán más frecuentes e intensos y ante esto los sistemas de alerta temprana son esenciales, ya que permiten a los gobiernos actuar guiados por la evidencia”, dijo, para agregar que “mejor información orienta hacia una mejor preparación”. Anticiparse, prevenir, lejos de ser un gasto es la mejor inversión posible: según argumentó la especialista, cada dólar invertido en prevención evita hasta 7 dólares de pérdidas.

La capacidad de Argentina para enfrentar situaciones de crisis climáticas como El Niño está cada vez más en duda, ya que desde la asunción del gobierno libertario se vienen desfinanciando y desmantelando los organismos y programas territoriales que, justamente, recolectaban datos científicos para una mejor prevención: los recortes y despidos en el Servicio Meteorológico Nacional, el Instituto Nacional del Agua, el INTA, la subsecretaría de Ambiente de la Nación y los planes de agricultura familiar se volvieron una constante desde diciembre de 2023.

La foto local

Marcos Escajadillo, a cargo de Protección Civil de la provincia de Santa Fe, explicó que desde el inicio de su gestión en diciembre de 2023 comenzaron a trabajar con protocolos de acción que fueron aplicando en situaciones de lluvias severas puntuales, como las que ocurrieron en Villa Ocampo y Alejandra. “Fueron eventos focalizados bajo un fenómeno de El Niño atenuado”, subrayó, para agregar que desde el año pasado pusieron el foco —junto a Recursos Hídricos— en el trabajo con los gobiernos locales, que son quienes asumen la responsabilidad de gestión primaria ante una situación crítica. “Estamos coordinando tareas como limpieza de canales, drenaje de agua y acompañamiento de comités de cuenca”. Por otra parte, Escajadillo dijo que existe una realidad en la que cuesta entender que hay que trabajar de manera preventiva: “Hasta que la lluvia no aparece, mucha gente demora el trabajo. Por eso trabajamos de manera directa y cotidiana con intendentes y jefes comunales para informarlos al instante sobre alertas tempranas meteorológicas”. Por otra parte, el funcionario destacó que existe un Comité Operativo Interministerial de Emergencias que hace reuniones periódicas con dos ejes: algunas medidas estructurales como limpieza de canales, y otras obras menores de alcantarillado o para escurrimiento de agua. “Ya tenemos más de 75 mil millones de pesos invertidos en estas tareas, a los que hay que sumar otros 19 mil millones desde Vialidad”, explicó. “Todo eso suma al trabajo con los jefes de gobierno locales, que son los primeros en brindar una respuesta territorial ante situaciones críticas como las que probablemente tendremos”. 

Todavía es difícil prever el impacto real que El Niño que viene tendrá en Santa Fe, desde lo productivo y desde lo social. Tanto los antecedentes de diez años atrás, como la paulatina retirada del Estado nacional de áreas estratégicas en prevención y monitoreo, le agregan complejidad a un tema de importancia global. 


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