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Política

Farhat, un periodista que lleva años rechazando ofertas y lamenta que lo feliciten por “no meterse en política”

Su padre hablaba de política, pero no había en la casa familiar afiliaciones o preferencias partidarias. “Fui vicepresidente del centro de estudiantes, en la secundaria”, recuerda como único antecedente que lo vincule con el tema. Leonardo Abraham Farhat —cincuenta años, casado, una hija adolescente— es una rareza entre los periodistas de Rosario: cuatro veces le ofrecieron ser candidato y dijo no. En este turno electoral lo tentaron desde dos espacios diferentes, con peso y trayectoria, que prefiere no mencionar. La respuesta fue la misma que ofreció antes, en 2019 y 2021.

“No tengo ganas de hacer política. Me gusta ayudar a la gente. De hecho, soy periodista por eso. Pero hoy tengo la cabeza puesta en lo mío, en lo que me gusta. La vida dirá por el camino que me lleva, si cambio o no el rumbo. No le cierro la puerta a la política porque, a lo mejor, algún día me gusta, me pica y veo que las cosas empiezan a cambiar”, explica a Suma Política sobre sus reiteradas negativas y sus perspectivas futuras.

La tarde es gris y amaga con desplomarse. De fondo, mientras Farhat habla, hay un televisor encendido, aunque muteado. Una eléctrica compañía de la que, parece, necesita alimentarse. Al día siguiente, cuando cuente en el noticiero de Telefé las historias de lo que le sucede a Rosario, será él quien aparezca en esa pantalla.

“Como periodista cuento los mismos problemas desde hace treinta años. No cuento un problema nuevo. Es el mismo problema, pero peor. Es lógico que la gente esté enojada con los políticos. Si no le solucionaste nada. Al contrario, le empeoraste la vida. Entonces, es triste saber que te vas a meter en un lugar y a lo mejor no lográs lo que vos querés. Hay cosas de la política que no entiendo. Yo soy más de hacer”, abunda sobre las razones que lo llevaron a sostenerse en una profesión que, dice, sigue ejerciendo con amor y con pasión.  

Farhat inició su recorrido en los medios de prensa a los catorce años, en una radio comunitaria de Frecuencia Modulada. A los diecisiete ingresó en Cablehogar. Luego llegó el ofrecimiento de Alberto Lorente para trabajar en la mañana de LT3, a mediados de los 90. La corresponsalía en Rosario para Canal 26, los reemplazos en América TV y finalmente, en junio de 2004, el desembarco en lo que por entonces se mantenía con la denominación de Canal 5.

La calle, el trabajo como movilero y la conducción del noticiero, le permitieron ganar popularidad. Su cara es familiar. En los barrios lo reciben, lo saludan. Es bienvenido, aun cuando los temas que deba abordar no sean gratos. Es un capital que la política, desde hace tiempo, decidió explotar: el nivel de conocimiento es un valor que cotiza en alza para sumarlo a la oferta electoral. Sucedió en los últimos años con Marcelo Lewandowski, Susana Rueda, Ciro Seisas, Lisandro Cavatorta, Norma López, Miguel Tessandori o Ana Laura Martínez. Ahora, con Gustavo Rezzoaglio y Flavia Padín.  

A Farhat le acercaron en 2019 el primer ofrecimiento formal para que desembarque en política. El espacio, vinculado con una organización sindical, ya había logrado colocar a un concejal. Se sorprendió, pero ni siquiera tuvo que pensarlo: no sentía el deseo de cambiar. Dijo no.

Volvieron desde el mismo sector, dos años después. Traían encuestas que lo mostraban como un profesional conocido por la gente. Insistieron. “Esa vez cambió porque lo pensé. Lo hablé en casa. No fue el no de la primera vez”, aclara. También compartió sus dudas con los amigos más cercanos y aquellos que, como él, se dedican al periodismo. La conclusión fue la misma: permanecer en el canal, sostener sus actividades como animador y conductor de eventos.  

En las últimas semanas, proyectando las candidaturas para las elecciones de septiembre, dos espacios con peso e historia lo contactaron. “Ahora fue todavía más firme. Con una estructura política más grande, más afianzada, más conocida. De las más importantes que tenemos”, acepta. Otra vez rechazó el convite. No hubo un impedimento ideológico, porque él se reconoce como alguien que no pertenece a ningún partido: ni al peronismo ni al radicalismo ni al socialismo.

“No me interesa el partido político. Me interesa trabajar. Capaz que una idea de los radicales es buena y una de los peronistas también. Las dos pueden estar buenas. Y en el medio va el vecino. Pero la política también tiene esa mezquindad: cuando sos oficialista está todo bien y cuando sos oposición está todo mal. Es difícil construir una sociedad así”, opina.

Su rechazo se basó, una vez más, en el convencimiento de que no era el momento adecuado para dar ningún salto. Ni siquiera pensó en cuestiones materiales. En alguna ventaja o comodidad aparente que podría darle un cargo.  

“No me siento con la energía suficiente. Es como si hoy tenés un almacén y te querés poner una ferretería —compara—. Es un cambio de vida. Por eso lo pienso tanto. Y porque, además, me costó mucho sacrificio, mucho trabajo lograr cosas en algo que amo, que es mi profesión”.

—¿Pudiste hablar sobre el ofrecimiento con colegas que sí aceptaron volcarse a la política?

—Con Ciro (Seisas, concejal del Frente Progresista) tengo buena relación, de años. Hablamos muy poco. Con Lisandro (Cavatorta, concejal del Frente de Todos y ahora candidato a la senaduría departamental por Rosario) sí hablé un rato largo. Él sentía que podía dar ese paso. Tenía ganas de darlo y cambió su vida. Se siente bien haciéndolo, con energías, con ganas, con la idea de que puede solucionarle la vida a la gente. Con los que aceptaron ahora no hablé con nadie. Tenía ganas de hablar con (el senador y precandidato a gobernador) Marcelo Lewandowski. Tengo una excelente relación, de compañero de trabajo, pero justo fueron días muy convulsionados. Intercambiamos mensajes, pero no hablé con él.  

Farhat no desconoce la popularidad que otorga la televisión, pero cree que trabajar en los medios le ha dado un capital más valioso. Y definitivamente más necesario a la hora de hacer política. Lo que él llama un “mapeo” claro de la ciudad. “Conozco hasta las cortadas”, explica. Pero no sólo el detalle de nomenclaturas que podría exponer, también, un taxista o un remisero. Hablar con la gente, recorrer, estar, le permite concluir que “cada barrio tiene un problema distinto”. Sabe dónde falta luz y dónde sobran baches. En qué sitio se acumula la basura y dónde escasea el transporte público.

Y es allí, en la problemática que observa a diario, en el padecimiento recurrente de los vecinos, donde asoman sus diferencias con aquellos que lo tientan para cambiar el micrófono por una banca.

—Esas son las cosas de la política que no entiendo. Una burocracia extrema para hacer las cosas, para resolver temas. Ahora, por dar un ejemplo, no entiendo lo de los árboles que se nos caen en la ciudad por todos lados. ¿Dónde está Parques y Paseos? ¿Qué hizo durante todos estos años? ¡Yo me volvería loco! También creo que no depende de un solo tipo. Se construye entre todos. Hasta con los vecinos se construye —dice con el tono de voz más elevado, algo contrariado, mientras va moviendo dos servilletas de papel y una birome con las que parece respaldarse para ofrecer ejemplos.

—Sos un profesional conocido. Podés entrar en los barrios, sos bienvenido. ¿Le tuviste miedo al desprestigio con el que hoy carga la política? ¿Que te cuestionen el cambio?

—Sí, la política está devaluada. Es una lástima porque hoy mirás las redes sociales y a los políticos lo único que hacen es insultarlos. Te aparece cada vez más fuerte un discurso de la no política, y ése no es el camino. Pero no sé si le tuve miedo a eso. Sí siento que te metés en política y ya no sos bienvenido. ¿Y cómo puede ser, si yo estoy acá, haciendo política, para ayudarte? Para darte una mano. Tengo que ser recontra bienvenido. Pero en estos últimos treinta años no hicieron cosas para que estemos contentos. Te hablo como ciudadano. Habría que esforzarse para demostrarle a la gente que vos querés hacer algo. Pero lo primero que te van a decir es: uy, te metiste en política.

—Entonces la gente celebra tu negativa.

—Claro. De hecho, después de que apareció en los medios que no iba a aceptar, me daban la mano, me saludaban y me decían: Te felicito por no haberte metido en política. O sea, te felicito por no hacerlo, cuando debería ser al revés: ¿Por qué no te metiste? ¿Por qué vos, que tenés la posibilidad, no te metiste para dar una mano?


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