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Cultura

“Hecho a mano” de Julia Solomonoff: entre la melancolía y el humor, un viaje al interior de la pandemia

Esta mañana hice yoga con mi profesora en Buenos Aires. Después di clases para mi Universidad en Brooklyn. Aunque muchos de mis estudiantes ya no están en Nueva York. Han regresado a sus casas familiares o a sus países y se despiertan a horas extrañas para seguir estudiando. A la tarde, moderé un debate para un festival en Holanda. Y cuando una amiga desde Brasil me invitó a una reunión por Zoom, yo le dije que no podía más de pantallas. Apagué todo y salí a caminar por el parque.

“Mientras camino me pregunto cómo se grabará en nuestra memoria esta época que aceleró tanto el pasaje a lo digital. ¿Dónde quedan los lugares, los olores, los objetos físicos que llevan en sí el rastro de un momento y lo encapsulan?

Así comienza “Hecho a mano”, el cortometraje que Julia Solomonoff estrenó en la Plataforma Contar y que se transmitirá todos los viernes de mayo y junio a las 21.30 por Canal Encuentro.

Suma Política dialogó con la directora rosarina radicada en Nueva York sobre su producción, la pandemia y los proyectos en los que está trabajando: “Mucha gente piensa que porque estoy en Estados Unidos, mi ideal es Hollywood. Pero la verdad, es todo lo contrario. Me interesa el cine porque es un lugar en el cual se pueden hacer preguntas bien complicadas donde se mezcla lo moral, lo ético, lo político, lo emocional y lo intelectual”, afirma la directora.

Julia Solomonoff: “Esta pandemia tiene más preguntas que respuestas, y las preguntas son mucho más interesantes que las respuestas siempre”

Poder pensar lo que nos pasa

A fines del 2020, la productora argentina Vanessa Ragone a través de Haddock Films convocó a cinco directoras mujeres a participar del ciclo “Bitácoras” para la Plataforma Contar. Albertina Carri, Julia Solomonoff, Laura Citarella, María Alché y Natalia Smirnoff fueron las artistas convocadas que produjeron cinco cortometrajes bajo la consigna de hablar sobre los procesos creativos en pandemia.

“Tenía claro que no quería hacer ni un registro distópico de ciencia ficción o terror, ni tampoco algo demasiado nostálgico centrado en la pérdida de mi padre. Entonces, me di cuenta de que en realidad quería trabajar con mi hija y que ella encarnara una especie de futuro y yo una especie de pasado. Que mi voz me permitiese trabajar un registro quizás más melancólico y reflexivo y que ella traiga frescura, humor y absurdo (que es una clave importante del trabajo). Y ahí apareció la idea de tratar de entender qué es un cuaderno, qué es la letra, qué es un garabato, para, desde el humor, tener una mirada más distanciada sobre las cosas”, cuenta Julia.

Realizado casi en su totalidad con imágenes registradas en su teléfono celular a lo largo del 2020, el corto transita por una Nueva York de calles desiertas y plazas vacías, y también por una ciudad atravesada por los conflictos raciales. “La convocatoria fue una oportunidad para mirar el material de todo un año y decir: Ah, mirá. Pasamos por esto y por esto. Pensamos que iba a ser un mes, pero se nos pasó un año entero. Vinieron las marchas, se fueron las marchas, vino el invierno, después el verano y seguimos encerrados… todo eso es como muy fuerte”, cuenta Julia.

Con un registro íntimo y poético, el cortometraje se pregunta sobre qué ocurre con la memoria en tiempos de virtualidad, qué pasa con lo que perdemos en tiempos donde no quedan rastros físicos, donde no hay abrazos después de las palabras.

El cuaderno, la letra propia, el garabato y la carta, le sirven a la directora como dispositivos para reflexionar, con una mirada muy personal y sensible, sobre la pérdida de los seres queridos, el paso del tiempo, los cambios tecnológicos y la virtualidad.

“Hecho a Mano” habla de la necesidad de la cosa física, de lo escrito en papel, de los cuadernos y está hecho en su totalidad con imágenes grabadas en tu teléfono, ¿cómo pensás este cruce?

—Hay una parte en la que decís: voy a extrañar el cuadernito, pero tengo que reconocer que este corto lo pude hacer porque de alguna manera mi teléfono es mi nuevo cuaderno.

Creo que la nostalgia nunca es progresista, siempre tiene algo reaccionario, y uno tiene que estar atento a eso. La pandemia nos agarró en un momento donde las tecnologías están muy desarrolladas y nos permitieron seguir haciendo y estando en contacto.

Por eso creo que no hay que ser reaccionarios en el sentido de “todo tiempo pasado fue mejor”, pero tampoco abrazar tan fuerte la idea del “progreso” por la tecnología porque es muy limitado.

La tecnología nos demostró que estamos muy desarrollados en cuanto a la vista y al oído, pero el olfato, el gusto y el tacto han quedado relegados. Y en este sentido, es muy siniestro lo que pasa con el covid. 

El cuaderno, la letra propia, el garabato y la carta, le sirven a la directora como dispositivos para reflexionar sobre la pérdida de los seres queridos, el paso del tiempo, los cambios tecnológicos y la virtualidad

—El cine, a diferencia del teatro y las artes escénicas, es una tecnología de la distancia, ¿Vos creés que esto cambió con las nuevas plataformas de comunicación?

—El cine es una tecnología y es una distancia, pero hay algo ontológico en este lenguaje y en la fotografía: son el testimonio de que algo existió. Quizás yo todavía sea de una generación bisagra que recuerda que para que exista una película en donde exista este mate, tiene que existir el mate, tengo que existir yo y tenemos que compartir el espacio y el tiempo, este mate y yo.

Pero me parece que el cine está yendo cada vez más hacia ese lugar de la virtualidad. La maestría, a la que me han convocado y que felizmente voy a dirigir, va a tener un gran estudio de producción virtual donde, si hubiera otra pandemia, los actores pueden ir todos por separado. El set es virtual y no hay base de la realidad.

Quizás por eso quiera verlo como una oportunidad, como un futuro, con humor y al mismo tiempo con mucho extrañamiento, porque para mí no existía esa posibilidad de que yo esté actuando con un mate y yo esté en un lugar y el mate en otro.

—En el corto mencionas que una de las cosas que te sucedieron en este período de encierro fue darte cuenta de la importancia que tenía para vos la docencia, ¿cómo fue ese proceso?

Mucho tiempo pensé que era profesora porque, bueno: no te salió lo otro y sos profesora… pero gracias a dos personas (una de ellas mi analista a quien dedico el corto), me di cuenta de que la docencia me sostenía en muchísimos aspectos y que no era algo que hacía como plan B, sino que era un planazo.

Hace diez años, cuando volví a Estados Unidos, di clases en la Universidad de Columbia, luego en la de Nueva York y desde hace dos años estoy dando clases en una universidad nueva, en la que deposité mucha energía y mucha fe porque es pública, con un programa de cine que cuesta un quinto de lo que cuestan las universidades privadas. Una facultad a la que tienen acceso por primera vez inmigrantes e hijos de inmigrantes. Es bien diversa, con gente laburante, las historias son diferentes, son las que en otras escuelas de cine se ven como investigación, bueno acá están narradas en primera persona. Eso a mi me conmovió y me dieron muchas ganas de seguir.

Y no es casual que a fin del 2020 me ofrecieran dirigir la maestría en la Universidad de Cine de Nueva York, que es una de las tres mejores del mundo.  Eso es lo que voy a empezar a hacer desde septiembre. La chica que ganó el Oscar, Chloé, es una de las egresadas de esta escuela [N de la R: Chloé Zhao, directora de origen chino que acaba de recibir el Oscar a la mejor película y a la mejor dirección por su film “Nomadland”].

Es una escuela privada, cara, pero realmente tiene la vocación de diversificar y de poder a ayudar a estudiantes. De hecho estoy muy orgullosa porque hay una estudiante argentina que acaba de entrar, es cordobesa y muy talentosa.  Va a ser un desafío muy grande que me va a tener dedicada los próximos tres años.

—Una de las imágenes del cortometraje muestra una obra de arte público que dice “Embrace the absurd” (abrazar o festejar el absurdo), ¿por qué elegiste citar esta obra?

—Abrazar el absurdo, entender el mundo desde un lugar un poquito más extrañado, menos apropiado del todo. Siendo más extranjero. Preguntándose dónde se está. Me parece que si se abrazara el absurdo, se podrían descubrir muchas más cosas que si se quiere controlar, entender o explicar algo que todavía nos estamos interrogando qué va a significar, qué significa, qué nos va a cambiar y por qué. Me parece que esta pandemia tiene más preguntas que respuestas, y que las preguntas son mucho más interesantes que las respuestas siempre.

—¿En qué proyectos cinematográficos estás trabajando actualmente?

—Bueno, en varias cosas. Desde hace cinco años, estamos trabajando en un documental sobre la fotografía de Alessandra Sanguinetti, una fotógrafa argentina residente en California que tiene una serie de una intimidad y una belleza increíble: “Las aventuras de Guille y Belinda”. Durante 20 años registó a estas dos niñas que luego se hicieron adultas en el campo argentino. Conseguimos un dinero del [Instituto] Sundance y vamos a continuar buscando financiación para poder seguir con este proyecto que es precioso.

Al mismo tiempo estoy como productora ejecutiva de un proyecto que se llama “Manuela”, la primera película de Clara Cullen. También ella es argentina residiendo en Estados Unidos. Está realizada antes del covid, pero se anticipa. Está filmada en su casa y es muy íntima. Creo que la tecnología y la estética han cambiado, para que uno pueda hacer registros muchos más personales y directos. Eso a mi como directora es lo que más me convoca.

Por otro lado, estoy preparando una especie de película sin guión, que se escribe en movimiento y en la que actúa Rafa Ferro. Tiene escritura, se filma y tiene edición pero no necesariamente en ese orden. Yo soy una persona que he pensado y escrito y sobre escrito y presentado a fondos cada guión. Pero en este proyecto en concreto necesitaba otra cosa.

Y en las antípodas totales de esto, me convocaron para dirigir una película por encargo acá en Estados Unidos. Y me da un poquito de miedo, porque en este tipo de esquemas uno tiene un margen acotado para trabajar.  Así que es un desafío también.

“Abrazar el absurdo, entender el mundo desde un lugar un poquito más extrañado, menos apropiado del todo. Siendo más extranjero. Preguntándose dónde se está”

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