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Política

Macri, el audaz protagonista de una historia con final abierto

El día después de la primera vuelta, apenas conocido el fracaso electoral de Juntos por el Cambio, Macri comenzó a construir su triunfo en el balotaje. Para lograr ese objetivo no dudó en dinamitar su propio partido y, más aún, el acuerdo con el radicalismo y Lilita Carrió. La rebelión pública duró unos días y después el macrismo duro se encolumnó con el expresidente. La jugada bien podría definirse como un blanqueo político e ideológico que por ahora solo le reporta ganancias. 

La foto de hoy es la de Macri protagonista y ganador. Pero las historias no se hacen solo con los principios y ésta recién comienza a escribirse. Y la trama tiene un giro interesante: para ganar las elecciones Milei necesitó de Macri; desde ahora el futuro político de Macri depende de la gestión de Milei. Y no hay margen para que pueda “salvarse” solo.  

Para edificar este momento, Macri fue coherente, pragmático y audaz. Coherente porque su proyecto político tiene más coincidencias con Javier Milei que con sus socios radicales, como Gerardo Morales y Martín Lousteau, o incluso de algunos referentes del PRO como Horacio Rodríguez Larreta. Y ya había dado señales cuando intentó sumar al líder de La Libertad Avanza a la interna de JxC y no encontró los apoyos necesarios para concretarlo. 

Cuando se le cerró esa primera puerta no se quedó a mirar lo que pasaba: implosionó la interna de JxC, jugó en las PASO para dejar fuera de carrera a Rodríguez Larreta y salió a la cancha para las generales con Patricia Bullrich. ¿Era su Plan A? La campaña dejó, al menos, dudas; el expresidente no se privó de elogiar las ideas de Milei, sin desconocer el peso que cada una de esas definiciones tenían entre el electorado que lo acompaña desde hace años. Fue tan notorio su juego a dos puntas que la propia Bullrich se quejó públicamente de algunas de sus actitudes y fue a fondo con sus cuestionamientos a Milei. “Sus ideas son malas y peligrosas”, disparó contra el libertario en uno de los momentos más álgidos de la campaña. Fue de los pocos gestos de independencia de Macri que se permitió la candidata.

Juntos por el Cambio llegó a las elecciones de octubre con un escenario impensado a principios de año, cuando la elección parecía un trámite de la democracia en el camino hacia la Casa Rosada. Los padecimientos económicos de la sociedad argentina abrían las puertas de par en par para el regreso de la oposición al poder. 

Sin embargo, en política los errores se pagan y las urnas se encargan de cobrarlos. La campaña mostró a Bullrich como una candidata desdibujada, con un discurso monocorde —“acabar con el kirchnerismo”— y sin propuestas capaces de activar esperanzas en el electorado. Empoderada después de su triunfo en las PASO, perdió volumen político y discursivo. 

En ese contexto, la figura de Macri apareció otra vez como imprescindible; era el único dirigente capaz de frenar el avance de Milei y la fuga de votos por derecha. Pero su protagonismo tardío y el tibio respaldo en los últimos días no alcanzó para remontar un escenario adverso. Bullrich y Juntos por el Cambio quedaron fuera del balotaje. Una debacle electoral por méritos propios. 

Lo usual es que después de semejante porrazo se abriese la temporada de pases de facturas interno y Macri de ninguna manera hubiese quedado al margen. La lista de los reproches sale de corrido: fogoneó la interna a tal punto que terminó por desgastar a JxC frente a una sociedad que esperaba propuestas y una opción razonable para dejar atrás la crisis económica. Y además elogió al candidato que disputaba el mismo electorado. Peor imposible. 

Pero antes de que los dardos envenenados comenzaran a pasarle cerca, Macri dio un paso audaz: convocó a Milei y anunció que apoyaría su candidatura en el balotaje. Una decisión personal e inconsulta, más propia de un jefe que de un socio político, que hizo estallar a Juntos por el Cambio. A su favor se puede decir que era la única manera que tenía de lograr su propósito: si lo sometía a discusión no hubiese prosperado. 

En esas horas tensas y cargadas de reproches, acusaciones y despecho, el radicalismo explicó lo que había pasado: Macri y Bullrich —que lo acompañó— dejaban JxC, una herramienta electoral que supo ser exitosa, que les permitió al PRO y a la UCR llegar a la presidencia en 2015 y tener músculo político en Diputados y Senadores, ganar gobernaciones y cientos de municipios y comunas. 

La jugada parecía llevarse todo puesto. Pero, paradójicamente, para el ingeniero calabrés las cosas comenzaban a acomodarse: iba al balotaje con su candidato preferido, el que tiene sus mismas ideas pero que anuncia que va a hacer el ajuste más rápido, y sin tener que consensuar con el radicalismo, más proclive al gradualismo y a rescatar el papel del Estado. Con Milei es shock. Y el Estado, afuera. 

Pragmatismo puro. Macri siguió adelante, sin mirar atrás ni los costos, para volver al calor del poder. Para sentirse otra vez El Jefe. Y también fue oportuno porque entendió que la sociedad, agotada por la crisis, insatisfecha y frustrada, pedía un cambio. Los números de las generales le daban la razón: la mayoría de los argentinos votó por un cambio. Es cierto que “el cambio” ya no era el modelo original, el de JxC, pero Macri, otra vez, estaba adentro. 

Si se juzga solamente lo que sucedió hasta ahora, puede decirse que Macri pergeñó una jugada perfecta: Milei es el presidente electo y Massa, su gran enemigo, está derrotado. Sería apresurado, sin embargo, dar por cerrada esta historia; la política en la Argentina es día tras día, sin saltear ninguno. Esto recién comienza a andar y los finales no son necesariamente reconfortantes. 

Por lo pronto nadie cree que el acuerdo entre Milei y Macri sea “desinteresado” como dijo el presidente electo. Hay mucho en juego y el correr de los días mostrará si el expresidente consigue todo lo que fue a buscar cuando decidió apostar por el libertario o si se encuentra con el primer desengaño. 

Para saber cómo sale la apuesta habrá que esperar cuatro años. Milei tiene por delante desafíos complejos que van a requerir inteligencia, conocimiento, templanza y capacidad de negociación. Si a Milei le va bien, a Macri le irá bien. Si el gobierno no está a la altura de las demandas de la sociedad, será la tormenta perfecta también para Macri. No habrá jugadas audaces ni pragmatismo ni nuevas oportunidades para su proyecto político personal. 


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