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Cultura

Operación Guitarra: crónica y ucronía sobre un recordatorio de la masacre de Malvinas y el surgimiento de la Trova

“Cascos y guitarras” serían los elementos que las Islas Malvinas unen. Los cascos serían los de los soldados argentinos que lucharon en la guerra contra los británicos y las guitarras las de la Trova Rosarina que ese mismo año, 1982, despegaba en su ascenso al “éxito” y posterior “mito”.

¿Dos puntas de un mismo hilo? ¿Cuarenta años de la gesta de Malvinas? ¿Gesta?

Soldados derrotados, humillados, manipulados por una dictadura genocida, torturadora, delirante y sociópata. Músicos triunfadores en el campo de la poética cancionera y la música popular desde una ciudad del Interior. Las dos puntas, o dos caras de la misma moneda, y en el medio (la moneda misma) el inmenso vacío en el que cae, o flota, una sociedad atrapada, hace bastante más de 40 abriles, en la búsqueda de la identidad nacional y la razón de ser del concepto de patria.

Podríamos aventurar que hasta el 9 de octubre de 1967 (día del asesinato del Che) en nuestro país, en líneas generales, cada cosa estaba en su lugar: la izquierda estaba a la izquierda y la derecha estaba a la derecha, la oscuridad era de las sombras y la noche, y la luz iluminaba y dominaba el día; lo que era bueno hacía bien y lo que era malo hacía mal. Había lo dulce y lo salado, la proscripción y el nombre pronunciado, y la Tercera Posición era el lugar de la utopía.

“El verbo podría haber habido no existe”, escribió Sartre, que era un pensador sagaz pero aburrido, al menos en el sentido de no admitir el disfrute de la ucronía, un entretenido género literario que plantea la existencia de realidades alternativas surgidas a partir de un cambio de dirección, una alteración de un hecho histórico. Por ejemplo: el 8 de octubre uno de los compañeros del Che Guevara lo convence de que escape con los heridos de su columna guerrillera que había decidido adelantar para evadir el cerco que montaba el ejército boliviano. Así, el Che no es atrapado, no muere, y tiempo después logra contactar con las secciones argentinas, peruanas y bolivianas del Ejército de Liberación Nacional, comenzando una campaña que después de arduos combates consigue establecer las bases de un poder político revolucionario que se asienta en la región merced a alianzas estratégicas y acuerdos políticos con Juan Domingo Perón (que regresa a la Argentina en 1970 respaldado por la JP y Montoneros) y Salvador Allende (que no muere en 1973).

En este ejemplo de ucronía el Che muere a los 79 años, en Cuba, rodeado de sus hijos y nietos, y dejando inconclusa su obra de transformación del mundo, aunque sabedor de que sus acciones y decisiones influyeron en el curso del devenir histórico. Ya para los años 80 toda Latinoamérica está libre de dictaduras y se habla de una democracia muy distinta de la de Estados Unidos, que pierde la pulseada por el control ideológico del mundo y debe reformular su modelo de sociedad de consumo. Para la década del 90 en todo el planeta van perdiendo fuerza los ejes económicos basados en el petróleo, las armas y el narcotráfico. Asia encabeza y dirige la naciente era tecnológica. El Protocolo de Kyoto se establece en 1993 y comienza a cumplirse a rajatabla. Aunque sigue habiendo injusticias, guerras, hambrunas, el panorama en el 2009, cuando el Che muere en su cama en Cuba, contrasta para bien (una comparación favorable) con el que ofrece esta dimensión de la realidad que hoy habitamos.

Pero siguiendo con la ucronía, así como en Chile no hubo ningún Pinochet que destacara, en Argentina no hubo Videla, ni Junta Militar, ni Guerra de Malvinas. Aunque sí Trova Rosarina, que no tuvo mucha mayor trascendencia más allá de la ciudad de Rosario y acaso el sur de la provincia de Santa Fe.

Sí, es una ucronía delirante, y podría poner los pelos de punta a los antiguevaristas y a quienes no admiten la posibilidad de realidades paralelas, realidades fantasma, ecos de lo que alguna vez fue un futuro ideal al alcance de la mano. Entre estos últimos (los que estuvieron en el Monumento el sábado 30 de abril) es posible que alguno se solazara, inconsciente de su negación de lo diverso imaginativo, con la versión edulcorada, remozada y trastocada con fines de didáctica de bolsillo, de los días de 1982 en que se libró la masacre de Malvinas y la Trova empezaba a ser tenida en cuenta más allá de la ciudad.

El engendro en cuestión, el del sábado pasado en el escenario de atrio del Monumento, formó parte de una serie de actividades planificadas por el Gobierno de Santa Fe con la Municipalidad de Rosario, el Centro de Ex-Soldados Combatientes en Malvinas (Rosario) y la agrupación Generación Malvinas Rosario, a realizarse entre el pasado 2 de abril y el próximo 20 de junio, Día de la Bandera, bajo el título general de “Malvinas nos une” (así, sin concordancia de número) y con el subtítulo “40 años. Gesta Malvinas. Trova Rosarina”. 

En una nota publicada el 27 de febrero en Rosario/12 (suplemento local del diario Página/12), bajo el título “Aniversario especial de cascos y guitarras”, el ministro de Cultura de la provincia, Jorge Llonch, explicó: “Sobre la guerra se escribió, se cantó y se hicieron películas. La guerra hizo cultura y no es casualidad que la Trova naciera justo cuando terminaba la guerra”; y contó que la génesis de la idea surgió a partir de charlas con Rubén Rada, referente de la Federación santafesina y del Centro de ex Combatientes en Malvinas de Rosario: “Le dije que era momento de mezclar los cascos y las ametralladoras con las guitarras y las voces. Hoy, un veterano con una guitarra en la mano y un cantante con un casco de guerra son lo mismo. Ambos son portadores de armas culturales de nuestra historia”.

Bajo esta manifiesta advocación, entonces, se pergeñó la convocatoria, que el sábado de marras incluyó en el programa un concierto de la Orquesta de Tango del Guastavino, la producción multimedia “Operación Rosario. Historia y presente”, y un recital en vivo del Chango Spasiuk.

Ya desde su título, la “producción multimedia” confunde y tergiversa, toda vez que Operación Rosario fue el nombre que llevó, a sugerencia del entonces teniente coronel Mohamed Alí Seineldín, el operativo de desembarco en la islas por parte de las fuerzas armadas argentinas concretado el 2 de abril. “Licencia poética”, dirán algunos, y sí, lo es, siempre que entendamos dicha licencia como un permiso para montar un pastiche que superpone una actuación en vivo indescifrable (un grupo de actores-bailarines interactuando con una cadena hecha de sogas, un par de escaleras y unos cascos de papel maché), la proyección de un audiovisual de concepción reduccionista (al ritmo de un guión sensiblero y chauvinista) y la intervención puntual de la Orquesta del Guastavino en ciertos momentos de la actuación “en vivo” y la que ofrece la película.

En el nodo central de la realización audiovisual un actor que representa a un soldado que estuvo en la guerra, cuarenta años envejecido, con tono crispado, visiblemente enojado (tal vez un estereotipo del veterano malvinense), dice mirando a cámara, en primer plano o plano medio, cosas como “somos el último modelo de desaparecidos”, “mirame, no estoy desaparecido”, “si me vieras… Mirame. Empezá a mirarte”, y “acá hubo una guerra, y estos muchachos la pelearon, cabrón”.

Para el final, luego de una larga hora y pico apenas fumable de la puesta en escena, llegó el alivio desde los parlantes con la versión de “Yo vengo a ofrecer mi corazón” de la chilena Cami Gallardo.



En su libro En quince días nos devuelven las islas (UNR Editora) Federico Lorenz dice: “Malvinas, con su cantidad de significados, es un nudo convocante de nuestra memoria y, por lo tanto, un punto de encuentro para pensarnos como colectivo. Si se quiere, para imaginar una idea de patria. Por eso es que hay, por ejemplo, tantas discusiones en torno a la guerra y sus consecuencias. Decir Malvinas, entonces, significa hablar de nuestras contradicciones y posibilidades. Contradicciones, porque aún no sabemos cómo nombrar la guerra, cómo tratar a sus sobrevivientes. Posibilidades: porque quizás una manera de honrarlos sea la de asumir que Malvinas, por eso de que no deja a nadie indiferente, puede ser la plataforma para imaginar nuestro país desde otro lugar”.

Hoy el paisaje que la ciudad ofrece a sus habitantes exhibe una marcada impronta de adhesión a los postulados de lo aparente por sobre lo auténtico. Las contradicciones se aplanan con la excusa de aceptar livianamente, sin cuestionamientos, la diversidad de pensamiento, las obligaciones de la “ética republicana” y un libre albedrío entre dos opciones: ser sujetos pasivos, aquiescentes, que en silencio son funcionales a los designios del poder, o sumarse al grupo minoritario de los que montan el espectáculo, los que podríamos llamar como “bananas protagonistas”.

No hay dudas de que Rosario, las Islas Malvinas y la Trova Rosarina siempre estuvieron cerca, marcando a fuego un sensible costado del ser nacional, con sus verdaderos héroes, sus talentosos músicos y su fidelidad a eso que llamamos patria, que no es otra cosa que una oposición inclaudicable a los intentos de manipulación de quienes piensan exclusivamente en su propio beneficio.

El hermoso atardecer otoñal tornasolaba con fugaces lilas, morados y borravinos el cielo sobre el monumento más lindo del mundo, mientras iba llegando el público atraído por el show más convocante, el de Spasiuk (a una 150 personas que asistieron a la primera parte se sumaron 300, en su mayoría jóvenes). 

Mientras el escenario se reacondicionaba y la gente se iba acomodando, un viento frío comenzó a sacudir con fuerza las banderas argentinas que enmarcan las escalinatas de la nave revestida de mármol travertino, y el sonido de los golpes de los paños contra los mástiles, sumado al ulular de las ráfagas en los vericuetos de los oídos, parecía susurrar una invitación a soñar con ucronías, o a sentir que la ucronía tal vez sea el presente que vivimos.

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