El mes pasado se cumplieron nueve años de la asunción de Jorge Mario Bergoglio como Papa, un hombre de raíces porteñas y locales, que ocupa un rol demasiado grande para medirlo con los parámetros parroquiales.
El 13 de marzo de 2013, luego de dos días de cónclave, Bergoglio sorprendió al mundo siendo designado Sumo Pontífice, líder absoluto de la Iglesia Católica, luego de siglos de dignatarios europeos ocupando ese espacio.
Las innovaciones en el Vaticano comenzaron en el momento mismo de su nombramiento, ya que con su designación se dieron simultáneamente varias situaciones de total excepción: un Papa del Tercer Mundo y latinoamericano, un jesuita, un Papa que debe convivir con otro Papa (el Emérito Benedicto XVI) y, por primera vez, uno llamado “Francisco”, con todo lo que implica como símbolo de austeridad y entrega.
Sin dudas todos los argentinos recordamos dónde estábamos, e incluso que estábamos haciendo en el instante global de las imágenes de la “fumata blanca”. Son esos momentos imperecederos que se graban en la memoria colectiva y pasan a nutrir las percepciones de un pasado en común, de alegrías compartidas. Recordemos que Bergoglio ya había sido “papable” varios años antes, cuando en el 2005 se realizó el cónclave que designaría al sucesor de Juan Pablo II
Pero aquel cónclave, el que finalmente encumbró en el sitial de San Pedro a Benedicto XVI, no fue el suyo. Como es sabido, en la votación de aquel entonces, Bergoglio llegó a cosechar unas cuatro decenas de votos, pero al ver el apoyo obtenido por Joseph Ratzinger, declinó su postulación, solicitando a la asamblea de obispos que no lo siguieran votando, y cerrando filas detrás de la figura alemana.
La historia parecía ya resuelta para Bergoglio. Si hubo una oportunidad en su vida para aspirar a un rol de dimensiones globales, ese día parecía ya desvanecerse. Pero el destino, caprichoso a veces, le dio una impensada segunda oportunidad, varios años después.
Ante la inédita abdicación de Ratzinger, se abrió la oportunidad de un nuevo papa, y en contra de muchas previsiones, incluso las del mismo Bergoglio —como le había manifestado a familiares y amigos— la fumata blanca en el Vaticano marcó el cambio más grande en su vida, y por qué no, una de las transformaciones más grandes de la milenaria Iglesia.
Un papa argentino, jesuita, reformista, porteño, un hombre popular, de subte y barrio, futbolero, con “calle” como solemos decir, y también con carisma. El contraste con Ratzinger no podía ser mayor. No decimos ni peor, ni mejor, simplemente distinto. Muy distinto, es verdad. Pero en las categorizaciones antitéticas y de grietas dialécticas con las que nos gusta interpretar el mundo desde las visiones de nuestro país, incurrimos rápidamente en la taxonomía de polarizaciones excluyentes. Todo es para nosotros un “juego de suma cero”. Y eso nos lleva muchas veces a cometer errores interpretativos groseros. Muy groseros, como con el caso de Bergoglio.
Un papa argentino, jesuita, reformista, porteño, un hombre popular, de subte y barrio, futbolero, con “calle” y también con carisma. El contraste con Ratzinger no podía ser mayor

No hay dudas que, en muchos aspectos, desde los simbólicos y ritualísticos hasta los más complejos y de fondo, Francisco representa una antítesis al modelo de Iglesia que representaba Benedicto XVI. Pero nosotros, sistemáticos en nuestras rivalidades, hemos llevado esa dialéctica hacia una lectura local de nuestras polarizaciones, queriendo interpretar a Bergoglio, ahora en sus nuevas funciones y responsabilidades, como parte de los sectores en que se divide ideológicamente nuestro país.
Recordemos que muchos opositores al kirchnerismo festejaron la elección de Bergoglio como un “triunfo propio” de su espacio, mientras gran parte del progresismo lo lamentaba. Y a los pocos años, turbulencias de las reformas y expresiones de Francisco mediante, ese mismo espacio que lo festejaba empezó a analizarlo como un opositor, y los que lo lamentaban, comenzaron a mirarlo como un aliado.
Cuando se menosprecia la importancia política de una persona, en la jerga suele decirse que se le “bajó el precio”. Pues bien, al incluirlo a Bergoglio, hoy Papa Francisco, en las disputas de nuestra política local, hacemos eso: le “bajamos el precio” a una figura universal, que está llevando adelante un cambio tan profundo en la Iglesia, que hoy no visualizamos, o no logramos identificar en su verdadera escala.
En lugar se sentir diariamente el orgullo de ver que es un argentino el primer Papa del Tercer Mundo, y que consigue una popularidad que no se veía desde Juan Pablo, seguimos mirando con el prisma vetusto y miope de nuestra política local. Llevamos nuestro lenguaje de barricada, a un escenario de dimensiones planetarias.
Francisco es un Sumo Pontífice que decidió que si todos los caminos “no conducen a Roma”, Roma debía moverse y trasladarse hacia todos los caminos, y todas las periferias. Pero no sólo a las periferias geográficas, sino también a las espirituales. Bergoglio les habla a los puntos cardinales del mundo, no a los resquicios de nuestras peleas y desacuerdos.
El escudo papal elegido por Bergoglio tiene a Nuestra Señora como estandarte, y a San José, el patriarca de los santos, como compañía, ambos representados por la Estrella y la Flor de nardo, respectivamente. Esos son sus estandartes, esos son sus símbolos. No la rusticidad de nuestras expresiones cotidianas, que muchas veces entran en contradicciones tortuosas y vergonzantes.
El autor es doctor en Ciencia Política. Director de la Licenciatura en Ciencia Política de la Universidad Abierta Interamericana
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