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Ambientalismo con mayor producción: ¿una misión imposible para el campo?

El cimbronazo sanitario de la pandemia amplificó el cuadro de recesión económica, incertidumbre política, crisis social y emergencia ambiental. El mundo ingresó a un sendero de incertezas del que todavía no existen salidas. Si la crisis del 2008 desató una ola de inestabilidad global, el consumo voraz, la mercantilización de la vida, el trabajo y la naturaleza, quedan ahora expuestos en todo su dramatismo.

La consolidación de China como el gran demandante a nivel mundial tuvo efectos directos sobre la producción argentina. El escenario productivo se conmocionó con la sequía. Y los principales institutos climáticos internacionales avizoran la posibilidad de un nuevo evento La Niña en Sudamérica, lo que causaría un segundo año de sequías con consecuencias difíciles de prever.

El gobierno nacional declaró la Emergencia Hídrica por 180 días en la región de la cuenca del Paraná. Los cálculos más optimistas ven la recuperación de los niveles de agua razonables para mediados del año que viene. Las pérdidas del complejo industrial por la bajante superan los 315 millones de dólares. La problemática del ambiente es también el pago de alquileres, deudas, el precio de los alimentos o la integración del NEA y el NOA.

Los principales institutos climáticos avizoran un nuevo evento La Niña en Sudamérica, lo que causaría un segundo año de sequías con consecuencias difíciles de prever

Los efectos del Paraná seco implican un aumento de costos logísticos que encarecen la producción y obligan a un reordenamiento de la estructura productiva y de comercialización. Las cargas que salían por Rosario, podrían tener que ir a Bahía Blanca. La oportunidad de pensar una estrategia de agregado de valor en origen tiene ahora un carácter de urgencia. No se trata solo de generar alternativas basadas en la sustentabilidad ambiental como una vocación de reducción de daños, sino que está directamente ligada a la sustentabilidad económica.

El ambiente nuestro

En septiembre, Rosario será sede nacional de la Cumbre Climática de la Juventud impulsada por la ONU. Jóvenes de entre 18 y 35 años llegarán desde distintos puntos del país para abordar problemáticas ligadas a las fronteras agropecuarias, deforestación, incendios y el modelo de producción de alimentos y matriz energética. Se elaborará una “declaración de las juventudes de Argentina” sobre la crisis ambiental para elevar a los líderes del mundo previo a la conferencia sobre cambio climático de Glasgow.

El activismo juvenil en torno al clima es una de las novedades de los últimos años. Para muchos, es su primera gran causa. Y genera una inquietud que exige salirse de los lugares confortables. El cuestionamiento siempre es revitalizador. En ese sentido, es importante evitar caer en eslóganes lanzados por adolescentes suecas promocionadas por grandes organizaciones internacionales y colocar la pregunta en lo concreto de nuestras existencias argentinas.

Con 10 años de estancamiento, es indudable que se necesita ampliar la base material. Producir bienes y servicios para mejorar la vida de las personas, y no andar corriendo detrás de rendimientos financieros. La crisis de la economía real es un país cansado, imposibilitado, deprimido y sin fuerzas productivas. Hoy, la dieta popular está atrapada en azúcar, harinas y grasas, y con suerte algunas legumbres. La caída en el consumo de carne bovina no refleja un vuelco vegetariano en la población, sino el impacto terrible de la recesión económica y la esquilmación de los sectores populares.

La problemática ecológica se presta fácilmente a los lugares comunes o las expresiones de deseo. El cambio climático se introdujo como variable fundamental para la toma de decisiones. Pero el riesgo es dejar un Estado bobo que se apura al adoptar las exigencias de las principales economías globales. Las políticas ambientales funcionan como parte de una gobernanza económica global que reduce el espacio para políticas soberanas y regula áreas cada vez más amplias de la vida económica y social.

La caída en el consumo de carne bovina no refleja un vuelco vegetariano en la población, sino el impacto terrible de la recesión económica y la esquilmación de los sectores populares

Después del chisporroteo por las explotaciones petroleras y las salmoneras del sur, el ministro de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, se reunió con organizaciones ambientales, y el gobierno anunció la creación de un fondo de emergencia hídrica que dispone 11.000 millones de pesos para asistir a las siete provincias afectadas por la bajante del Paraná y un Plan de Desarrollo Productivo Verde que destinará 10 mil millones a escala nacional.

El prohibicionismo irreflexivo que rechaza cualquier actividad ligada a hidrocarburos, energía hidroeléctrica, nuclear o de biomasa, minería, industria petroquímica, forestación, agricultura de alta productividad, ganadería o pesca, se parece más a un argumento para fijar la dependencia nacional que a una vía para un mundo mejor. No existen países que hayan reducido la pobreza mediante la obstaculización del crecimiento.

Por eso, pensar el ambiente es pensar la producción y, por lo tanto, elaborar una mirada geopolítica que atienda las relaciones de poder a nivel global. Creer que la Argentina, en las actuales condiciones, puede replicar las políticas que promocionan Estados Unidos o los países del norte europeo, además de una ingenuidad, es peligroso. El ambientalismo en un solo país es igual a nada si estas actividades se trasladan del otro lado de la cordillera o del río. Es necesaria una perspectiva regional, lo que supone afianzar formas de integración productiva e intercambio comercial.

El prohibicionismo irreflexivo se parece más a un argumento para fijar la dependencia nacional que a una vía para un mundo mejor. No existen países que hayan reducido la pobreza obstaculizando del crecimiento

Carne de futuro

El PBI per cápita argentino ronda los 20 mil dólares, un país de mitad de tabla. Estas consideraciones son fundamentales para pensar las vías de desarrollo en un continente en plena ebullición institucional. Sin exportaciones no hay divisas. Lo que hay es devaluación, inflación, caída de los salarios, pobreza y recesión. ¿De qué otra manera es posible mejorar el poder adquisitivo si no es con más producción y trabajo?

En ese marco, la tan mentada cadena de la carne aparece también como una oportunidad para romper con la inercia del monocultivo, involucrando nuevos actores, diversificando la base productiva, contribuyendo a la territorialización de las comunidades y creando circuitos de inversión localizada que diversifiquen los alcances de la agroindustria.

En la víspera del lanzamiento del Plan Ganadero y la flexibilización de parte de las exportaciones, el Banco Nación y el Ministerio de Agricultura lanzaron líneas de crédito de hasta 10 millones para el engorde a corral. El sector ofrece una amplia potencialidad: el “quinto cuarto”, que comprende más de 100 subproductos derivados del cuero, los huesos, la sangre, el sebo y los órganos, está subaprovechado y tiene un valor potencial similar al que hoy aportan las ventas externas de carne.

Estas actividades son un ámbito clave para políticas públicas que incentiven emprendimientos regionales como intervención sobre la vida económica y la soberanía alimentaria de las poblaciones. Reducir la crueldad contra los animales y optimizar la producción del complejo ganadero requiere incorporar tecnología y conocimiento para poner la actividad como motor de las economías del interior. 

Un camino nacional al desarrollo tiene que atender a las contradicciones surgidas de las perspectivas ambientales e insertarlas en una estrategia de conjunto para crecer y reducir el impacto sobre la casa común. Incrementar las capacidades del Estado supone el despliegue de aptitudes que ubiquen a las instituciones públicas más allá de las disputas de facciones y dé la posibilidad de crear espacios entre empresas en sistemas económicos internacionales. Esa limitación de un Estado dubitativo y sin prospectiva, es otra forma del empate hegemónico que vimos en ediciones anteriores.

Para estas acciones, hace falta inversión. Una caída de la productividad agrícola equivale a necesitar más superficie, con mayor uso de recursos y niveles de deforestación, erosión y destrucción de la biodiversidad, y una menor aplicación de agroquímicos implica nuevos riesgos y reducción de excedentes para desarrollar otras actividades. Lo único seguro es que con restricciones económicas es imposible financiar infraestructuras y tecnologías adecuadas a los desafíos del ecosistema: el ambiente y la economía para una mejor vida de las personas. 

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Autor

  • Hace periodismo desde los 16 años. Fue redactor del periódico agrario SURsuelo y trabajó en diversos medios regionales y nacionales. En Instagram: @lpaulinovich.

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