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Política

[conversaciones] “Tenemos problemas que vienen de la organización nacional”

Los sueños del socialismo en la Municipalidad de Rosario a partir de 1995 se sustentaron en un respaldo técnico cuyo origen, con el correr de los años, se fue verificando: los programas de la gestión exitosa de Hermes Binner encontraban una viabilidad económica y un encuadre financiero que provenían de la Secretaría de Hacienda. Algunas gestiones tienen un plantel técnico que, generalmente alejado de la disputa pública y cotidiana a la cual está sometida la democracia argentina, garantiza la realización de proyectos, pone límites, ordena el territorio contable, escribe los presupuestos. Ángel Sciara es el hombre que estuvo al frente de uno de esos planteles en dicha Secretaría de Hacienda a partir de 1995; él y su equipo administraron los fondos públicos municipales en aguas tranquilas unas veces, pero encrespadas otras tantas: el fin de la Convertibilidad, la crisis de 2001, el país en default y la traumática salida de 2002.

En este diálogo con Suma Política, Sciara expone su pensamiento económico que, en su caso, se muestra legitimado por su misma praxis: secretario de Hacienda de Rosario entre 1995 y 2003, coordinó luego el Proyecto de los Grandes Aglomerados Urbanos (los créditos del Banco Interamericano de Desarrollo con los cuales, entre otras obras, se construyeron el nuevo Hospital de Emergencias Clemente Álvarez y los centros de Distrito) y en 2007, con la llegada de Hermes Binner a la Gobernación de Santa Fe, fue titular de la cartera provincial de Economía, a cargo de la cual continuaría durante la gestión de Antonio Bonfatti.

La historia laboral y profesional de Sciara está ligada a procesos políticos del continente. Graduado en Ciencias Económicas por la Universidad Nacional de Rosario, se fue a Chile junto a otros profesionales a trabajar en la Corporación del Cobre después de los procesos de nacionalización de la minería del gobierno de Salvador Allende. El golpe de Estado de Augusto Pinochet, en 1973, forzó su salida del país trasandino y lo llevó a trabajar a Salta, donde unos años después lo sorprendió otro golpe, también militar pero argentino, en 1976. Sciara viajó entonces a México y allí fue consultor de Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos (OEA). De regreso al país en 1985, se abocó a la docencia universitaria en las cátedras Evaluación de Proyectos y Macroeconomía, y llegó a ser vicedecano de la facultad de Ciencias Económicas de la UNR. “En el 95 me crucé a Hermes que, sin conocerme, me invitó a que formara parte de su gobierno; afortunadamente acepté”, recuerda.

Alejado ya de la función pública, Ángel Sciara, a los 79 años, dice que la Argentina cae en recurrentes crisis de balanza de pagos porque no ha logrado resolver problemas estructurales que devienen de su propia organización nacional y explica cómo algunos intentos de solución sobre la coyuntura agravaron el cuadro de situación. Descree que la inflación sea un problema exclusivamente monetario y proclama que no es posible en el mundo actual pensar en una economía cerrada. Sciara llama a los políticos a tener miradas estratégicas y ratifica que el país resolverá sus problemas “con más política y con una instrumentación de lo político que conduzca a una salida programada”. Sobre el final del reportaje sorprende: “Seamos agnósticos, ateos o no, los economistas de alguna manera somos todos religiosos. Siempre estamos pensando en cómo resolver o cómo trascender la coyuntura: pedimos credibilidad, volvemos al credo, pedimos confianza, tenemos que generar confianza con fe”.



—¿Por qué la Argentina es el país de América latina que más crisis macroeconómicas ha tenido en los últimos setenta años?

—Siempre hemos querido resolver problemas económicos coyunturales sin preocuparnos por los otros serios, estructurales, que venimos arrastrando y que han sido históricamente conformados. Y lo hemos hecho con una gran dosis de voluntarismo en distintos gobiernos, aun en los que se llamaban dialoguistas o concertadores. Esto no es un tema menor porque la transformación económica no sólo es la solución de los desequilibrios coyunturales sino la eliminación de las grandes distorsiones estructurales; sin hablar de la pobreza, un mal endémico para nosotros, que tiene que ver con la política.

—¿Y cuándo se conforman esos problemas estructurales?

—Históricamente no hemos resuelto problemas estructurales que devienen de nuestra organización nacional y de nuestro primer modelo de crecimiento económico. No sólo no los resolvimos, sino que hemos creado nuevos. El principal, además de los infraestructurales que devienen de ese primer modelo orientado hacia afuera, tiene que ver con la importancia del sector agropecuario y la subordinación a éste de un sector industrial incipiente. Ahí tenemos la conformación de actores sociales y económicos que caracterizan un sector y otro, y entre ambos una pugna permanente donde para beneficiar a uno tenés que perjudicar a otro. Nunca hemos logrado encontrar un concierto en que se pueda avanzar beneficiando ambos simultáneamente. Y esto todavía perdura, por eso todavía tenemos las crisis del sector externo recurrentes y ese stop and go (N de la R: crisis de balanza de pago) permanente. Y hemos ido agregando elementos de muy difícil superación por los altos costos sociales que implican. Por ejemplo: un régimen de seguridad social muy complicado; no sólo no resolvimos esa complejidad, sino que, “populistamente”, lo hemos agravado. De vuelta lo mismo: la búsqueda de soluciones coyunturales para tratar de incluir a determinados sectores genera un problema estructural que a largo plazo no sabés cómo lo vamos a resolver. Hemos perdido de vista los problemas estructurales y las serias distorsiones y siempre nos dedicamos a superarlos a través de los llamados planes de estabilización, que son de la coyuntura, de corto plazo, resuelven desequilibrios externos o fiscales, pero no afectan la estructura. Más grave aún, algunas veces complican más. Estamos muy complicados en ese sentido porque nos come la coyuntura y la urgencia.

—¿Es un problema de política económica?

La economía es política. La política económica no lo resuelve. Los instrumentos o la caja de herramientas de los economistas están a disposición de las voluntades políticas, de las disposiciones, de los consensos y de la consistencia entre los distintos intereses en pugna. La economía es una especie de campo de lucha por el poder económico que, como sabemos, está estrechamente relacionado con el poder político. Y esto no lo hemos resuelto históricamente: desde la lucha entre federales y unitarios venimos con este karma y que ahora se llama la grieta. A veces pienso si la grieta no es un gran invento o un gran relato…

—¿Un invento?

—Precisamente para que determinados intereses se beneficien y no lo hagan quienes deberían: el pueblo, la comunidad. Tengo la duda de si no hemos estado siempre “viviendo en grieta”. Esta grieta que ahora se plantea, ¿no será también una especie de escenario construido? No sé si existe verdaderamente una grieta o si nos hacen creer que “estamos en grieta” y en consecuencia alguien, no sé quién, un demiurgo que está dando vueltas, nos impide ponernos de acuerdo y para eso establece que hay una grieta que nos separa. Es un problema central: debemos encontrar unicidad de objetivos, un proyecto común, y esto tiene que ver básicamente con la política. Pero si la política, además, enfrenta sus propios problemas de desequilibrios y situaciones no resueltas, estamos en el peor de los mundos: políticos enfrentados entre sí dentro de sus mismos espacios (no digo ideológicos porque el peronismo no es un mismo espacio ideológico) y otros como nosotros que, teniendo unicidad ideológica en el espacio, tampoco tenemos la suficiente masa crítica como para poder avanzar en propuestas unificadoras y convocantes. Esto tampoco se resuelve con una elección; se resuelve con política y con más política, y con una instrumentación de lo político que conduzca a una salida programada.

—¿El fracaso macroeconómico de la Argentina se explica por la falta de voluntad política para resolverlo o por la ausencia de consensos básicos en torno a un modelo económico?

—Creo más en lo segundo. Quizás ha habido voluntades, pero incapacidad de la praxis política, que es lo que se necesita para que esas voluntades sean operativamente conducentes. El voluntarismo no resuelve el problema porque aquí hay actores económicos. El tema de la economía es cómo los actores resuelven determinadas situaciones favoreciendo sus propios intereses, y la política tiene que convocar y consensuar para que no haya dominio de unos intereses sobre otros, para que haya un reparto de los beneficios de una expansión y de un país mejor, pero son los actores económicos quienes actúan, no el gobierno. Pero si el gobierno orienta mal, a contramano de lo que los actores pueden aceptar, vamos a tener más un movimiento especulativo que uno transformador en términos reales.

—A diferencia de México, Brasil, Uruguay, Chile y otros países con economías emergentes, Argentina nunca logró ahuyentar los temores de una nueva crisis de balanza de pagos; esos cimbronazos son recurrentes, ¿por qué te parece que es así?

—Bueno, este es un problema histórico y uno de los grandes problemas de distorsiones estructurales que tiene la economía argentina, quizás no de la gravedad que han tenido otros países primario-exportadores. Argentina tuvo este modelo primario-exportador y luego un modelo sustitutivo que llevó a un proceso de industrialización y en este entorno, entre lo agroganadero y lo industrial, se conformó una pugna que tiene como campo de desarrollo el sector externo, exportaciones e importaciones. Hay exportaciones agropecuarias e importaciones industriales, y eso deriva en un tipo de cambio que por diferencia de productividad no puede ser el mismo para ambos sectores. Entonces ahí tenemos un problema: si uno plantea un tipo de cambio único, un tipo de cambio real, alto, como una salida que pueda favorecer un proceso expansivo en la economía argentina, genera un real beneficio para el sector de mayor productividad, que es el campo, y un menor beneficio o casi un no beneficio para el industrial, que se ve sometido a importaciones caras. Este problema de la distorsión del sector externo es crucial. Y no se resuelve con la coyuntura o con lo que estamos acostumbrados a escuchar frecuentemente. Me causa no sorpresa, sino desagrado, escuchar a todos los comentaristas económicos más connotados de los medios hablar sobre si bajó o subió el dólar blue, el contado con liqui, la brecha o lo que sea, como si eso fuera un problema central… hay que atacar las raíces profundas de los problemas.

—Nos hemos acostumbrados a las crisis de balanza de pago, la primera ocurrió durante el primer peronismo y nunca cesaron.

—Sí, después del gran auge de la distribución de los 50. Y ese sigue siendo nuestro gran problema porque tenemos un stop and go permanente. Ese stop and go deriva en problemas coyunturales, y entonces hay que resolver las bases. Aquí insisto mucho, y lo hacía cuando daba clases: para ser buen economista no sólo hay que estudiar teoría económica, sino también política, historia, antropología, sociología, psicología, porque la economía como ciencia, sin entrar a discutir si lo es o no, tiene que ver con la racionalidad de los actores ¿De qué racionalidad estamos hablando: de la racionalidad de los libros de textos como Robinson Crusoe? ¡Como si Robinson Crusoe fuera un actor caído del cielo! Era un inglés que racionalizaba en términos de su cultura y entonces si uno sigue enseñando con la racionalidad de Robinson Crusoe, se equivoca. Muchachos, no es así: nosotros tenemos nuestra propia racionalidad, un arraigo, la economía se arraiga en un lugar, no es la misma en todos lados, aunque digan que la oferta y la demanda valen en todo espacio y tiempo. Esa es una paparruchada, porque en cada espacio y lugar la economía se culturaliza en términos de la historia de ese espacio. Si nuestros economistas y políticos no lo entienden así, bueno… En esto intenté ser consecuente en mi paso por la gestión pública: poníamos la economía al servicio de un proyecto político, de un conjunto de hombres que querían una transformación.

—Pero vos siempre cuidaste que las variables económicas no se desmadraran…

—Sí, pero también sabía que, si en función del cumplimiento de objetivos o coyunturas había que mantener ciertos desequilibrios, debíamos hacerlo. Era preferible tener un desequilibrio presupuestario en la Provincia y no tener desempleo, o gente con hambre o sin agua. Esa es una convicción, una postura: poner a la economía como un instrumento al servicio de la política.

—La Argentina aparece atrapada en una calamidad para resolver el tema de su déficit fiscal: o se emite o se endeuda, ¿qué pensás al respecto?

—Creo que sí, que así es imposible. Nosotros seguimos incrementando el déficit fiscal en los últimos tiempos. Desde 2006, 2007 o 2008 se pierden los famosos “superávit mellizos” (N de la R: simultáneamente hay superávit fiscal y superávit externo; se dio en los años de gobierno de Néstor Kirchner) y ahí comenzamos a tener un proceso complicado de aumento del gasto público. Se tomaron medidas con una dosis de populismo, es decir para favorecer el consumo y el bienestar circunstancial de determinados sectores no incluidos, que terminaron transformándose en un problema estructural. Y esas medidas además no han resuelto históricamente los grandes problemas que veníamos arrastrando: tenemos hoy más pobreza que antes pese a tener un gasto público más grande que nunca. Esto se tiene que resolver reacomodando la estructura del gasto, pero también diluyendo este gasto en una propuesta de crecimiento económico. Si eso no ocurre, la única manera de financiarlo es vía impuestos, pero ya tenemos una presión tributaria muy alta y entonces es muy difícil aumentarlo. Cuando escuchás a (Paolo) Roca (titular de Techint) pedir una baja de tributos es un contrasentido, más en una situación como esta: es imposible. Lo cual no quiere decir que la presión tributaria no sea alta y deba haber un nuevo régimen tributario. Entonces, si esto no es posible, tenés que recurrir al endeudamiento, pero están cerrados los mercados de capitales, no tenemos capacidad externa ni interna. No te queda más cosa, hoy por hoy, pandemia mediante, que financiar el gasto público a través de la emisión monetaria.

—Es una encrucijada coyuntural enorme, ¿cómo se administra eso?

—Aquí el Ministerio de Economía y el Banco Central se encuentran con el enorme desafío de la esterilización (N de la R: absorber pesos del mercado) de ese exceso de oferta monetaria, hoy por hoy contenida. Hay una mayor demanda en pesos por la época del año, hay una esterilización vía Leliq, pero tiene patas cortas porque aumenta el déficit cuasi fiscal y ahí también hay que pergeñar una transformación de los fondos que tienen los bancos en nuevos títulos a largo plazo. Hoy tenemos un stock de deuda que genera un déficit cuasi fiscal muy importante, pero esto es lo que contiene y ha esterilizado: de un billón 700 mil millones de pesos que ha sido la emisión, la esterilización ha estado en el orden de un billón 200 mil; hay como 300 mil millones que están esterilizados por la venta de divisas por parte del Banco Central. De modo que la oferta monetaria neta queda en el orden de los 300 o 400 mil millones. Esto ha sido en base a un trabajo que tiene que ver con la disponibilidad de recursos de los bancos que, vaya paradoja, gracias a la pandemia, han crecido, porque los ingresos han superado a los gastos en los ámbitos familiares, y esto ha revertido a los bancos, que tienen un exceso de depósitos sobre préstamos, razón por la cual pueden estar comprando Leliq. Es un círculo que hay que entender, porque eso explica por qué no tenemos una reacción sobre la inflación como la que muchos pronosticaron.

—Es paradójico, pero explica claramente por qué no se ha llegado a la hiperinflación que muchos auguraban. Ahora bien, llegamos a ese punto: ¿la inflación es sólo el producto de la puja distributiva? Hay economistas que incluso dicen que es una herramienta de la puja distributiva ¿Vos qué pensás?

—La inflación tiene múltiples causas, la puja distributiva puede ser un elemento, pero también está el comportamiento de los precios internacionales y el tipo de cambio, y obviamente que la disminución de la oferta de ciertos productos es otro elemento. Soy reacio a pensar que el problema de este fenómeno, por la existencia de moneda, sea exclusivamente monetario. Soy reacio a creer que el exceso de dinero genera la inflación. Creo que es al revés, si bien en determinadas circunstancias donde las otras variables no están alineadas convenientemente es posible, no lo niego, que una parte del aumento de la oferta monetaria pueda irse a precios, esto es una teoría muy automática, muy mecánica, que no me parece aceptable. Creo que hay una especie de creación de dinero a posteriori de la inflación, como consecuencia de la necesidad de tener dinero para las transacciones. Es decir, la oferta monetaria se aumenta después de que suben los precios y no antes.

—¿Es posible vivir hoy en una economía cerrada?

—Creo que no hay posibilidades, en un mundo globalizado, de tener economías cerradas. El tema es cómo uno administra el cierre o la apertura. Hay que ser inteligentes. Lo habíamos planteado nosotros con mucha claridad cuando la campaña presidencial de Hermes Binner en 2011: no hay que ser dogmáticos del libre cambio y tampoco del proteccionismo. Esto también es una herramienta que tiene que ver con el pragmatismo, que un país como el nuestro debe tener: necesitamos un sector externo que produzca dólares. Entonces uno no se puede poner en situación de dogmatismo ideológico: hay que usar el proteccionismo cuando corresponda y en los sectores que correspondan, y el libre cambio en los momentos que corresponda. Para eso necesitás tener buenos estrategas del sector externo y nunca hemos descollado en ese terreno nosotros. Fijate, si no, las idas y venidas que tenemos con el Mercosur, nunca pasamos a los acuerdos con la Unión Europea, siempre dubitativos, vamos, volvemos… No tenemos miradas estratégicas, de largo plazo y por esto estamos discutiendo si el dólar blue subió o bajó. Los políticos y los estadistas, si lo quieren ser, tienen que estar mirando otra cosa, tienen que ver la luz al final del túnel. Las políticas de comercio exterior son totalmente erráticas y no favorecen el desarrollo de las industrias y los sectores exportadores.



—Vos administraste recursos de la ciudad de Rosario durante muchos años y después también los de la provincia de Santa Fe, ¿cuánto incide un ministro de Economía en lo que implica un presupuesto?

—También es un problema de consistencia entre quien toma las decisiones políticas y el tecnólogo. En mi caso, consistencia con el intendente primero y los gobernadores después. Lo que hace un ministro de Economía es dar marcos generales, pero obviamente no dice cuánto hay que gastar en salud, educación o en obras públicas. Para esto están cada uno de los ministros y una clara decisión política al más alto nivel que fija las prioridades y los órdenes de magnitud de esas prioridades. Lo que hace un ministro de Economía después es tratar de darle consistencia a todo eso y también en un momento determinado decir “esto así no va”, pero no es pelearse con ministros de áreas, sino tratar de establecer un ajuste de las cuentas de cada ministerio. Lo que está fijo son los recursos y uno en base a eso sabe qué es lo que puede gastar. El papel de los ministros de Economía es ingrato porque son los que tienen que decir “no” a determinadas magnitudes o pedidos, pero en última instancia el responsable es el gobernador o el intendente.

—¿Ves una amenaza de nuevo default de deuda pública de Argentina?

—Se superó, entre comillas, el default con el sector privado con la reestructuración de deuda, y viene el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, que seguramente resultará a comienzos de este año. No creo que el Fondo no quiera resolver esto porque los 44 mil millones que la Argentina le debe es un agujero importante en sus propias cuentas. Por su propia salud va a tener que acomodar esto. Algunos agoreros dicen que las deudas reestructuradas terminan siendo impagables en 2035 o 2038. Yo quiero ser un poco más optimista, ¿no? A veces la razón me juega una mala pasada, pero el corazón me hace pensar con optimismo de que tenemos que salir adelante. Esto vale con algunos conceptos de lo que yo denomino economía teológica.

—¿Qué dijiste? ¿economía teológica?

—Tiene que ver con esto: seamos agnósticos, ateos o no, los economistas de alguna manera somos todos religiosos. Siempre estamos pensando en cómo resolver o cómo trascender la coyuntura: pedimos credibilidad, volvemos al credo, pedimos confianza, tenemos que generar confianza con fe. Estamos permanentemente convocando a que ocurran milagros económicos: a veces pretendemos “un milagro alemán” o, como dicen los americanos, In God with trust (N de la R: “Confiamos en Dios”, es la leyenda impresa en todo billete de dólar americano). Es decir, tenemos una especie de religiosidad, una economía teológica que habla de fe, de confianza, de milagro… Y esto es porque se trata de conductas. Si nosotros no enfrentamos la incertidumbre con ganas y no generamos políticas de corto y mediano plazo creíbles hacia los actores que toman decisiones y promueven la inversión o el consumo, si no les cambiamos las expectativas con un conjunto de políticas creíbles, no vamos a poder salir del atolladero. Hay que pensar en algo que por obvio se nos escapa: vivimos en una economía capitalista, en un capitalismo argentino, que tiene la lógica y la estructura del capitalismo, pero con otras connotaciones propias, de nuestro arraigo, costumbres, idiosincrasia: ahorramos en dólares porque tenemos una historia, queremos resolver el problema de la vivienda con la vivienda propia… Entonces tenemos que generar políticas en función de la propia idiosincrasia y hacerlas creíbles. Para eso se tiene que generar un relato que convoque al éxito, previo a la política, para que los actores actúen con esa orientación. El gobierno induce, genera orientaciones, pero no construye. La política no es un decreto. Un decreto, una ley, una resolución, no transforman nada, simplemente dicen a los actores algo para que actúen de determinada manera.



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