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Política

Aprontes para una batalla anunciada: Adorni enfrenta a los diputados de la mano de un presidente debilitado

En un tiempo político inesperado, cuando la gambeta oficialista de octubre pasado pareció galvanizar una nueva era para la Argentina, resulta que, tras la gambeta, muy rápidamente el gobierno perdió el control de la pelota y del juego: seis meses después está en declinación creciente, cada día más acorralado. La tensa espera de un miércoles (29 de abril) que será escandaloso por donde se lo mire, aún cuando no estuviera dominado por gritos y al borde del pugilato —finalmente lo que tiene grandes chances de suceder—, el gobierno no logra constituir el clima previo que imaginó, cuando escapó para adelante, decidió mantener al jefe de gabinete y llevarlo a la sesión informativa al Congreso simulando total normalidad.

El gobierno imaginó —como anticipó Suma Política— que el caso Adorni iba a saturar a las audiencias e ingresar en un cierto clima de “normalización”. Fue un análisis político voluntarioso de la Casa Rosada, más ligado a la lógica de la circulación e indignación por la redes —algo que bien podría haber sucedido, al cabo, todo a la larga se enfría, nada permanece incandescente por los tiempos de los tiempos—. Pero el análisis político del caso Adorni ya excede el nombre del aún jefe de Gabinete: Adorni confirmó, con insólita brutalidad, que la corrupción de los funcionarios —esa máxima popular, “todos roban”, aquí lamentablemente verificada— es estructural en el gobierno libertario.

El caso del funcionario del Ministerio de Economía dependiente de Luis Caputo, Carlos Frugoni, que fue echado con rapidez de su cargo apenas se reveló que había acumulado la notable cifra de siete departamentos de alta gama en Miami, en pocos años, y siendo funcionario de este gobierno. “Me olvidé de declararlos” en el ARCA, dijo Frugoni, una declaración antológica que solo pasa desapercibida en el clima de anormalidad ya aceptada por muchos, y promovida, quirúrgicamente, desde el sistema de comunicación dominante. Frugoni se tuvo que ir en horas, y Adorni resiste hace un mes y medio, porque, como también se anticipó desde esta columna, sin Adorni, Karina Milei ya no sería Karina, y con Karina golpeada, Javier Milei empezaría a madurar su propio nocaut.

Preanuncio de bochorno

En la vigilia de un día que seguramente ingresará en la saga de los grandes bochornos parlamentarios de la historia nacional, el próximo miércoles, la Casa Rosada quiso mostrar ofensiva de todos modos, cuando se ha quedado sin voz. No existe la ofensiva política sólo sostenida en destellos de insultos y en mandar proyectos de ley al Congreso, que, además, como ya va quedando claro en estas horas, no cuenta con los votos de esa mayoría fiel que hasta el verano rendía pleitesía a la cúpula mileísta. Esa mayoría ya no está, ni para voltear las Paso —como impulsa la Rosada— ni para una nueva ley —regresiva— que atienda la discapacidad, que ya tiene su ley recontravotada y consensuada por dos veces en ambas cámaras.

En paralelo al declive y pérdida del armado mayoritario del oficialismo, peligrosamente, tampoco la oposición consiguió hasta esta semana armar una sesión por la suyas, juntar los 129, y al menos sacar a Adorni de la Casa Rosada con una interpelación como seguramente se merece.

Por eso, con además la fatiga económica que llega a niveles insoportables para toda la base de la pirámide social, los memoriosos recuerdan cómo se gestó el “que se vayan todos” en 2001; las similitudes son innegables, aunque sería banal conjeturar un estallido popular como el de hace 25 años. Nunca nada se repite como la primera vez, dice la canción, y, por si fuera poco, el país y el mundo ya están muy lejos de 2001.

Aunque la razón principal de la permanencia de Adorni en el cargo, y su circense presencia este miércoles acompañado por el propio presidente de la Nación, responde al último vestigio de autoridad —tozudez— que pretende sostener la Casa Rosada. Aunque parezca poco creíble, la cuenta que hacen en Balcarce 50 es: las encuestas (que le dan a Adorni y a Milei hundido y en declinación) son todas truchas, como lo fueron, se ilusionan, en octubre del año pasado cuando lo daban perdedor. Y luego ganó.

Y Adorni ganó una elección en CABA con 30 puntos, le ganó al PRO ampliamente y también al peronismo. Para la lógica mileísta, lo único que cambiaría la valoración de su amigo “Manu” es una nueva elección que cambie radicalmente los números. Misma lógica para su propio gobierno.

“Digan lo que quieran, no nos vamos a mover”, circula en la cabeza del poder del Ejecutivo en la Argentina. Entre otros padecimientos, los outsider (que fueron exitosos y luego dramáticamente declinan) traen adicionalmente este lastre a las democracias, y no sólo a la Argentina, desde ya.

68 minutos

En el peronismo, mientras tanto, piensan y repiensan qué hacer con los escasos 68 minutos que tendrán asignados para hablar en la sesión del miércoles, que duraría —si no estalló todo antes— unas cinco o seis horas. Es un verdadero dilema porque para la oposición cualquier actitud que podría estar bien, para otros podría ser inútil. 

Algunos en UxP creen que entrar en la zona de los inevitables disturbios que propondrá la dialéctica adorniana sería un mal negocio político. Otros creen todo lo contrario, que hay que salir a apretar el acelerador del minuto cero, y cachetearlo todo lo que se pueda. Porque “la sociedad está muy enojada y una gran mayoría querría cagarlo a trompadas”, conjetura el ala boxeadora del bloque peronista.

El parlamento, se sabe, se basa en un principio elemental, cuando habla uno, los otros legisladores escuchan. Si hablan y gritan todos a la vez, es difícil saber cómo contabiliza la batalla el público, al cabo, lo único que interesa en términos de beneficios o perjuicios políticos.

Tal vez todo sea bastante normal, y las peores predicciones no se cumplan. El que “se vayan todos”, remixado al 2026, sin embargo, podría estar haciendo base otra vez en la Argentina. Sería un daño para la democracia.


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