Connect with us

Hi, what are you looking for?

Política

Dos barras bravas, las de Central y Newell’s, y una misma jefatura: la de Los Monos

La violencia tiene una única identidad. Se la puede interpretar por épocas, con sus matices, pero el daño que irradia es siempre el mismo. Central y Newell’s son víctimas hace décadas de un fútbol que al ritmo de los cambios sociales, en su nuevo tiempo, los tiene convalecientes. Los últimos ataques vandálicos sobre las instalaciones y símbolos de las entidades abren un nuevo paradigma que reclama aceptar que las crónicas policiales alrededor de los colores auriazules y rojinegros ya no son potestad exclusiva de las barrabravas.

La cultura del “aguante” estuvo desde sus orígenes impregnada en la construcción de la figura del “hincha”. Ese concepto universalmente aceptado y celebrado pasó a ser un eufemismo de violencia. Otrora el “aguante” era viajar en tren durante muchas horas a Buenos Aires para ver a Central o Newell’s en condiciones poco confortables. La ida y la vuelta tenían una postal frecuente: peleas a golpes de puño con otras hinchadas, en cualquier cruce. La violencia, como expresión, fue un formador en la construcción del estereotipo del hincha, donde el más fuerte ganaba ascendencia y respeto, dentro de un grupo donde la fuerza de la unión era la identificación a los colores de la camiseta.

Bombos, banderas y espacios en la cancha ocupados a las trompadas marcaban el escenario de las tribunas en los años 70. A partir de los 80 aparece la configuración de grupos que naturalizan la violencia como identidad. Y el concepto de “barras” sirve para señalar a estos grupos, capaces de animar grandes bataholas en la pugna por preservar en las tribunas el lugar más cotizado por los hinchas. Pero a su vez aquel espacio en los estadios es referenciado por los propios actores en juego: dirigentes, entrenadores y jugadores le dan entidad haciendo concesiones a sus ocupantes que ningún otro simpatizante podría tener.

La espiral de beligerancia fue creciendo a ritmo de vértigo. Para ocupar la barra había que hacer algo que antes nadie había intentado. Llegó un tiempo en que no era suficiente con un desafío a puño cerrado entre los escalones de la popular. Porque los líderes construyeron detrás suyo grandes grupos con fidelidad castrense. Y desde entonces el problema que era del fútbol pasó a ser de la sociedad.

Cuando Andrés “Pillín” Bracamonte se hizo con el liderazgo de la barra de Central, entre 1999 y 2001, las crónicas policiales entregaban relatos de sangre que se sucedían lejos del Gigante de Arroyito, pero que eran consecuencia de la lucha de poder por las tribunas del estadio. La feroz pelea de la barra de Bracamonte con la familia Bustos, la otra aspirante al mando de los trapos, se extendió con el tiempo, en enfrentamientos con armas de fuego que dejó vidas en el camino sin que se reconociera, por aquel entonces, en aquellos sucesos la carrera por tomar el paraavalancha canalla. Dos situaciones transformaron para siempre el rostro de las barras: el ingreso de las armas de fuego en las puja de poder y la ampliación del campo de batalla, extendido a límites mucho más allá de las fronteras de hormigón de las tribunas generales.

Bracamonte es un reflejo de nuestro tiempo. Su “carrera” de barra es representativa de una sociedad donde la ambición y la violencia fueron la llave para abrir puertas en complicidad, al menos por omisión, del poder judicial y político. Las barras cincelaron un rostro de cruda violencia en la que nadie se quiso involucrar, y quienes metieron los pies en el barro lo hicieron para sacar provecho. “Los jugadores necesitan una apretada”, fue el reclamo de muchos dirigentes que pasaron por los clubes de la ciudad que habilitaba soltar a los violentos en los entrenamientos del primer equipo cuando los resultados no satisfacían. Un ejemplo claro de que el uso de la violencia dejó de ser propiedad intelectual exclusiva de las barrabravas.

Dos situaciones transformaron para siempre el rostro de las barras: el ingreso de las armas de fuego en las puja de poder y la ampliación del campo de batalla, extendido más allá de las tribunas

Con las barras instaladas en los clubes, reconocidos en su rol por los propios protagonistas que rodean al fútbol, los violentos dieron otro paso más: formaron unidades de negocios y una estructura de liderazgo piramidal que le daba “categoría” a cada miembro de la barra dentro de la composición del grupo.

En ese proceso no fue extraño ver a directivos que sacaron provecho. Liberaron el club a los violentos y a cambio pedían sus servicios. En las elecciones, sus votos; los días de asamblea, sus intimidaciones al socio, y cuando los jugadores le erraban seguido al arco, sus “visitas” al plantel. Las barras se adueñaron de los clubes. Así como Bracamonte ostentaba en mano las llaves del Gigante en cada recital de música masivo que se organizaba —lo que obligaba al productor artístico a hacer el “pago correspondiente” a la barra—, tomaron el control de todos los puestos de venta ambulante los días de partido y el estacionamiento en derredor de la cancha.

En Newell’s el estadio cubierto era directamente administrado por Roberto “Pimpi” Camino, el jefe de la barra en la gestión de Eduardo López. Los lazos entre Camino y López en Newell’s fueron tan estrechos y visibles como la impunidad que los rodeó. En el parque Independencia se golpeaba a todo opositor. O se los perseguía e intimidaba. Fueron muchos años de control total de la barra sobre la institución con la vergonzosa indiferencia del Poder Judicial, sorda a toda denuncia, al igual que el poder político. La barra de Camino montó negocios, como la de Bracamonte. Las barras pasaron a ser una organización delictiva, claramente reconocible y que encontraba en sus cómplices la excusa del “folclore del fútbol” para justificar la dimensión del monstruo creado. De ser los portadores de las banderas y los bombos, las barras pasaron a ser administradoras del delito organizado.

Con las barras instaladas en los clubes, los violentos dieron otro paso más: formaron unidades de negocios y una estructura de liderazgo piramidal que le daba “categoría” a cada miembro de la barra dentro de la composición del grupo

Cuando el negocio explotó, un acuerdo entre los líderes de la tribuna del Gigante y el Coloso, allá por 2007, buscó preservar los beneficios: Bracamonte y Camino pactaron un acuerdo de no agresión entre sus facciones los días de disputa del clásico. Pero entre 2005 y 2010 se produjo un nuevo cisma: el ingreso de la venta de estupefacientes como negocio de las barras. Ingentes sumas de dinero pasaron a gestionar los líderes de la hinchada y se transformaron en millonarios. En consecuencia, los niveles de violencia se multiplicaron y un asesinato ya no era una situación reservada a la pugna por liderar la tribuna sino que por mucho menos la solución era una bala en la cabeza del enemigo.

Diego Ochoa, conocido como “El Panadero”, fue golpeado por la espalda en un recordado partido en el Coloso y se retiró del estadio en calzoncillos. Ochoa tomó el mando de Pimpi Camino, cuando cayó en desgracia López en las urnas, y evitó involucrarse en el negocio de la venta de estupefacientes. Aquel ataque tuvo un instigador fácil de reconocer: Los Monos. Tiempo después, un acuerdo explícito entre las partes lo mantuvo a Ochoa en el paraavalancha. El líder de la barra se comprometió a mantenerse fuera del negocio de la venta de drogas ante Los Monos a cambio de que le respeten su liderazgo en la tribuna. Por entonces, la organización delictiva con base en zona sur ya había estrechado acuerdos económicos con Bracamonte en Central.

Moraleja para canallas y leprosos

Clubes fundidos, barras millonarios. La moraleja que les dejó a canallas y leprosos los primeros años del nuevo siglo, el cual las instituciones atravesaron convocatorias de acreedores, intervenciones judiciales y calamitosas gestiones, como la de López en el parque Independencia, o la de Pablo Scarabino y Horacio Usandizaga en Arroyito. En el nuevo escenario de poder total que asumieron los violentos, un problema emergió lentamente: la visibilidad de los delitos que protagonizan las barras expuso al límite las complicidades de los poderes que debían actuar. La demanda social sobre el Poder Judicial y autoridades políticas los obligó a intervenir, cuando menos tímidamente. En la ciudad hubo un fiscal que calificó a Bracamonte como “león herbívoro”. Esa definición, del todo benévola y en nada jurídica, demostró lo que le costaba a las autoridades hacerse cargo de la problemática de la violencia en el fútbol, por entonces ya desbordaba.

Después de 2010 las barras entienden y asumen que no tienen más terreno para expandir negocios y la repercusión de sus actos aumentaba la presión sobre quienes debían perseguirlos. Entre tanto, el negocio de la distribución de drogas en la ciudad, con la banda Los Monos como máximos líderes en el rubro, erosionó el poder de las barras como estructura intimidatoria. Lo que llegó fue el tiempo del repliegue y la negociación para preservar privilegios de parte de los líderes.

Bracamente, por caso, ya consolidado en la riqueza de su patrimonio, reconoció que su objetivo primario era sobrevivir a las nuevas reglas. Para eso admitió el ingreso de Los Monos en el control de la hinchada, cediendo lugares en la administración de entradas, dinero y otros negocios. Todo lo que la barra de Central generaba, Bracamonte lo repartía. El líder canaya sabe que el día que deje el lugar será punto de mira de quien lo suceda. La mejor forma de mantenerse es seguir en el liderazgo del paraavalancha y con el perfil más bajo posible. Hoy su convivencia con Los Monos es su mejor protección.

En Newell’s, el poder de las bandas dedicadas a la venta de estupefacientes dio el salto en 2016. Con Ochoa detenido, Nelson “Chivo” Saravia, recientemente asesinado, se hizo del control de la barra leprosa en fidelidad al jefe detenido. Pero Saravia no mostró la misma negativa que Ochoa a mantenerse ajeno a la venta de estupefacientes y su días en la hinchada se contaron por meses.

El negocio de la distribución de drogas en la ciudad, con la banda de Los Monos como máximos líderes en el rubro, erosionó el poder de las barras como estructura intimidatoria

Con Los Monos buscando el mando de la barra, Saravia recibió ataques a balazos. Entre tanto, las autoridades políticas a cargo en aquel momento del Ministerio de Seguridad le aplicaron derecho de admisión en el Coloso a Saravia y sus seguidores. En aquella lista, sugestivamente, no hubo ningún miembro de Los Monos. Hubo un partido de Copa Santa Fe donde la popular leprosa fue ocupada por la policía. No ingresó ningún barra. Al partido siguiente, ocurrió lo previsible: Los Monos tomaron el control total de la hinchada y en la segunda bandeja de la tribuna Diego Armando Maradona lució flameando una bandera que recordaba al “Pájaro” Cantero y luego otra con la cara de Daiana Cantero. Y con la banda líder en el narcotráfico de la ciudad volvieron a la tribuna del parque barras que se identificaron con la hinchada de “Pimpi” Camino y otros marginados.

Hoy las barras de la ciudad tienen un mismo jefe: Los Monos. Sus negocios instalados alrededor de los partidos sirven para mantener la composición del grupo. La necesidad de no exponerse mantiene pactos de no agresión entre canallas y leprosos que hace tiempo que se conserva. Pero estos acuerdos se debilitan por la grieta que abre una generación de nuevos jóvenes, ajenos al negocio de la tribuna, pero  con hábitos feroces que interpretan la rivalidad como un lugar de identificación. Hinchas que se enzarzan en una confrontación entre las instituciones con el lenguaje que mejor expresan: la violencia. La que tiene de rodillas a los clubes y la ciudad.

Facebook comentarios
Click to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También te puede interesar

Suma Política. Todos los derechos reservados. 2020