La Argentina, el “granero del mundo”, es la foto de fines del siglo XIX y principios del XX, cuando la nación iba montada sobre la oligarquía terrateniente y una identidad de guerras gauchas y trabajos de la tierra. Tenía sentido en ese país ganadero que además exportaba trigo y lino. Tras la crisis del 30, con las disputas entre la industria y los sectores tradicionales se habló del “modelo agroexportador” como la cara del atraso respecto a las corrientes industrialistas. También tenía lógica en esos años de mayor participación industrial en el producto, pleno empleo, boom urbano y una agitación política y social que cambió al país.
Eso implosionó en 1975 y a las primeras reformas de Martínez de Hoz se las rotuló como “revancha oligárquica”. Los años 80 se quedaron con una crisis internacional que, a través de la caída de las commodities, golpeó a la deuda argentina y apuró el declive. La revolución agrícola de los 90 con biotecnología, siembra directa y fitosanitarios inició otra era con varias consecuencias: entre ellas, la concentración y la degradación de la biodiversidad, y la expansión del gasto primario nacional acompañando desde 2002 la cotización internacional de la soja.
Con la pandemia el debate se centró en la calidad y la traza de los alimentos, el gobierno de los servicios sobre la producción o la búsqueda de un proyecto integrado. Y las fotos se sacan a cada milésima.

No todo es soja en Santa Fe
El menú de productos que la Argentina tiene para ofrecer al mundo es más variado de lo que se suele representar. Es cierto que el complejo sojero con epicentro en Rosario se lleva la mayor parte, pero es precisamente en sus puntos ciegos donde se abre la posibilidad de un desarrollo con proyección exportadora y efectos beneficiosos desde adentro hacia afuera.
La Argentina produce 130 millones de las 3.167 millones de toneladas de granos que se levantan al año en todo el mundo. Y vende 82 millones de las 585 millones de toneladas que se comercializan. El país es el séptimo vendedor mundial de alimentos según la FAO y un exportador neto, es decir, vendemos más de lo que compramos. Somos primer exportador mundial de harina y aceite de soja, biodiesel y sorgo; terceros de aceite y harina de girasol, poroto de soja y maíz; y sextos de trigo.
El poroto de soja no es nuestro principal producto, pero es el que tiene una demanda altamente concentrada en China, que se lleva el 86 por ciento. Le sigue Egipto, con un 5 por ciento. En trigo, el principal socio es Brasil con el 46 por ciento, seguido por Indonesia, con el 17 por ciento. Pero hay una gran cantidad de países del sudeste asiático, África y Latinoamérica con participaciones entre el 2 y el 5 por ciento.
El maíz tiene la mayor diversificación de la demanda. El principal comprador es Vietnam, con 21 por ciento. Le sigue Argelia, con 10 por ciento; Corea del Sur, con 9 por ciento; Perú con el 8 por ciento; Egipto, Malasia y Arabia Saudita con el 7 por ciento. Más atrás hay un pelotón de países donde también se destacan principalmente los de África, Asia y Latinoamérica.
En pellets y harina de soja el principal comprador es Vietnam, con 18 por ciento, seguido por Indonesia, con el 10 por ciento. En el aceite de soja, el comprador es India, que se lleva el 48 por ciento, detrás está Bangladesh, con el 11 por ciento, y una presencia menor de países latinoamericanos como Perú o africanos como Marruecos. También vendemos limones a Irlanda; té, uvas y forestales a EEUU; lanas a Alemania; cebada, leche en polvo, legumbres, arroz, peras y manzanas a Brasil; maní y biodiesel a Países Bajos.
En varias de estas cadenas, Santa Fe, la segunda provincia exportadora a nivel nacional, tiene presencia o un terreno de exploración por delante. La mayor parte de la exportación se concentra en procesados agrícolas, carnes, lácteos y biocombustibles, con la harina y el aceite de soja como productos principales. El año pasado se habilitó el primer embarque de arvejas a China que fueron producidas por Agricultores Federados Argentinos en Rueda.
Hay un camino incipiente hacia las “alternativas a la soja”. La pandemia desnudó una deuda de complementación productiva. Esa regionalización interprovincial y a nivel país que consiste en facilitar el intercambio y los suministros, mejorar infraestructuras y optimizar los recursos energéticos. Por eso, la inserción internacional también es la cercanía de los cinturones frutihortícolas y la eficiencia logística para los productores de alimentos. Santa Fe es una de las provincias que mejor puede alcanzar esa síntesis.

El giro hacia los Andes y el Pacífico
El continente asiático fue asolado por dos pandemias: el Covid-19 y la fiebre porcina africana. Estos brotes aceleraron los cambios de consumo y avivaron la demanda de proteína animal. Tanto las potencias como China, Japón o India como los países emergentes del sudeste, son los principales abonados al libre comercio para surtir su demanda. Para 2040, la región representará más de la mitad del PBI mundial y el 40 por ciento del consumo mundial.
Junto con África, son las regiones que crecen sin parar. En los últimos años India cobró relevancia en las ventas externas provinciales, pero entre los primeros 5 compradores hay poca diferencia y están Brasil, Argelia y otros asiáticos con Vietnam e Indonesia arriba. Del 2010 al 2020 se pasó de más de 14 mil millones de dólares a alrededor de 11 mil millones. El desafío se dará con las soluciones alimentarias “sin animales” y las AgTech, un área donde Rosario tiene empresas pioneras.
La tensión entre consumo interno y exportaciones es un clásico de la Argentina. Es la pelota que rebota en el fleje del desacople de precios y nunca cae. La plataforma exportadora nacional perdió en 13 años alrededor de 5.378 empresas exportadoras, un 37 por ciento. Y los que exportan, compensan en precios la caída del consumo interno. Es ahí donde se despliega el otro “drama argentino” entre estabilización y competitividad.

La comida del mundo
Es común decir que Argentina produce alimentos para 400 millones de personas. Pero hay más de 40 por ciento de pobres y los alimentos en un año y medio acumularon una inflación de más del 66 por ciento. Durante el conflicto por Vicentin, entre todo lo que se habló, surgió la propuesta de crear una empresa pública de alimentos. Más allá de su viabilidad, el punto estaba en producirlos más baratos como “caso testigo” en un mercado donde nadie se pregunta sobre costos reales, las rentabilidades se fijan “a ojo” y los precios se quieren bajar con discursos y controles ineficaces.
Salir de esa idea de góndola con precios desorbitados parece más difícil con las tensiones crecientes entre el gobierno y el empresariado, azuzadas con la lista de unidad que pondrá a Daniel Funes de Rioja, de la cámara alimenticia Copal, al frente de la Unión Industrial Argentina (UIA). La ampliación de la tarjeta Alimentar sostiene un piso de ingresos a un sector cada vez más grande de la población que se va quedando afuera de todo. Hasta de la comida. Por eso la necesidad es ensanchar la oferta argentina desde los segmentos del “campo” donde está la mayoría de la gente, el trabajo y el entramado productivo que puede llenar literalmente los platos.
Latinoamérica retrocedió 20 años en niveles de pobreza extrema. La región sufrió la peor caída en el promedio global. Según los analistas, los niveles prepandemia se alcanzarían recién en 2024, pero la demora puede ser de una década dependiendo del ritmo de crecimiento. La pandemia aumentó la inseguridad alimentaria en un 19 por ciento en un continente con uno de los sistemas alimentarios más productivos y diversificados.
Argentina se enfrenta a su destino latinoamericano y Santa Fe se descubre en el centro. El de la exportación es el problema de la alimentación de las poblaciones, y por eso también requiere de la complementación regional. Los cómo, quiénes y para qué: si la foto es la de un granero con pocas industrias de harina, una góndola repleta de productos a precio indescifrable o el de una fábrica de alimentación que integre a las comunidades. Para que la recuperación sea sostenible y no se encuentre, tras la catástrofe, nada más que ruinas humanas.
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Ver todas las entradasHace periodismo desde los 16 años. Fue redactor del periódico agrario SURsuelo y trabajó en diversos medios regionales y nacionales. En Instagram: @lpaulinovich.

































