Los acontecimientos con impactos sistémicos suelen provocar un efecto spillover (derrame) sobre el orden internacional. La invasión de Rusia a Ucrania y la respuesta económica/financiera de Occidente están provocando fuertes impactos de manera simultánea en tres importantes dimensiones: la geopolítica, la gobernanza y la globalización.
Sin lugar a dudas la actual guerra es el shock geopolítico más importante desde el final de la guerra fría, del cual todavía cuesta mensurar todos sus efectos. La guerra es el producto (altamente inflamable) más acabado del G-Zero (crisis de liderazgo global) y de la denominada recesión geopolítica (fractura y crisis de la política global que imposibilita asegurar un manejo ordenado de las tendencias disruptivas en el plano internacional) del último lustro. La decisión de Vladimir Putin de invadir Ucrania el pasado 24 de febrero hundió la política global a una situación inédita —ya no de recesión— sino de una profunda “depresión geopolítica”. Más allá de la duración y resolución del conflicto militar que ya lleva un mes, la conflictividad perdurará por largo tiempo en toda Eurasia dado que se tendrá que convivir con un Moscú abiertamente revisionista del orden internacional. La revitalización de la OTAN y la Alianza Atlántica, el rearme de los países de la Unión Europea, la resignificación del papel de Turquía e India, la mayor proximidad de Rusia con China y una mayor dificultad de Beijing para relacionarse con occidente son todos aspectos que ya se evidencian.
A su vez, la inestabilidad e incertidumbre geopolítica lleva a muchos actores a tomar más riesgos e impacta en los delicados dilemas de seguridad, esto es una mayor dificultad en distinguir las medidas defensivas de las ofensivas que otros estados implementan. El shock geopolítico conlleva a que todos quieran pescar algo en el gran río revuelto: bloqueo de Irán al acuerdo; reclamo de Japón a Rusia por las islas Kuriles; nueva prueba misilística de Corea del Norte; renovadas tensiones entre Arabia Saudita y Yemen, y entre Azerbaiyán y Armenia, y desde luego mayores tensiones entre China y Taiwán, sólo para citar algunos ejemplos. En definitiva, la guerra entre Rusia y Ucrania empujan fuertemente a un mundo de suma cero y de rivalidad entre las grandes potencias que fomentan la idea de auto-ayuda de todos los actores y conducen inexorablemente más al conflicto que a la cooperación.
Más allá de la duración y resolución del conflicto militar, la conflictividad perdurará por largo tiempo en toda Eurasia dado que se tendrá que convivir con un Moscú abiertamente revisionista del orden internacional
En relación a esto último, la guerra está impactando negativamente, como no podía ser de otra manera, en la gobernanza global. El problema no es sólo la tradicional impotencia de la comunidad internacional organizada (Naciones Unidas a la cabeza) frente al derramamiento de sangre. La desconexión que intenta occidente de Rusia no se concentra solamente en el plano europeo (salida del Consejo de Europa después de 26 años) sino también el plano multilateral. La propuesta de Biden para que Rusia deje de ser miembro del G-20 representa un duro golpe al foro multilateral estrella después de la crisis financiera del 2008. Independientemente de su salida o no, la conflictividad de occidente con Rusia permeará el funcionamiento del foro en el futuro. Asimismo, el conflicto militar entre Rusia y Ucrania se vuelve un componente tóxico para el funcionamiento del otro “G” importante en el mundo: el G-2. Como quedó claro en la reunión de Roma entre el enviado estadounidense Jake Sullivan y su contraparte del Partido Comunista Chino, Yang Jiechi, y luego en la llamada telefónica entre los presidentes Biden y Xi Jinping, las divergencias de enfoques entre Washington y Beijing superan los puntos de acuerdo. El efecto derrame aún continúa y es difícil percibir su derrotero. La guerra potencia el escenario de una gobernanza fragmentada en donde el G-7 recobre protagonismo y Rusia se refugie en ciertos espacios liderados por China (BRICS, Organización de Cooperación de Shanghái).
Por último, el conflicto en Ucrania agrava aún más la crisis de suministros que el mundo experimentaba como consecuencia del Covid-19 e impacta negativamente en muchas cadenas globales de valor. Las alertas sobre una “desglobalización” vuelven a estar presentes a la luz de los fuertes impactos en la economía internacional. El New York Times publicó un artículo titulado “Wall Street advierte sobre el fin de la globalización”. El desacople financiero y comercial de occidente a Rusia, con un acompañamiento del sector corporativo, representa otro golpe más al proceso de globalización, es decir a la expansión de la actividad económica más allá de las fronteras nacionales a través de la creciente movilidad de bienes y servicios y factores de la producción. La incertidumbre sobre el futuro del sistema monetario internacional y la crisis de oferta en dos mercados claves como son el energético y el alimentario son claros rasgos distintivos del actual shock geopolítico. La invasión de Rusia a Ucrania evidenció con total claridad el corrimiento hacia una “globalización de riesgos” que altera el doing business a escala planetaria.
En definitiva, la peligrosa Triple G que la guerra derrama sobre el orden internacional muestra una inédita presión sobre los flojos cimientos en los cuales se erige. Como muy bien indicó el académico ruso Vladimir Rouvinsky en una sesión del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) “el futuro del mundo dependerá de cómo termine la guerra en Ucrania”.



































