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Política

Martín Llaryora, el ambicioso heredero del peronismo del centro

Es probable que la mayor parte de quienes hoy registran a Martín Llaryora lo hayan conocido en el enfervorizado momento en que les gritó “pituquitos de Recoleta” a Horacio Rodríguez Larreta, a Patricia Bullrich y a Martín Lousteau, que habían aterrizado en Córdoba para una fiesta que debió suspenderse. En la noche del 23 de julio, el peronismo cordobés monopolizó los festejos: retuvo el poder en la ciudad de Córdoba después de haber ganado la Gobernación y terminó de fraguar el recambio generacional más riesgoso, más planificado y más logrado de la política argentina. 

Es muy probable, además, que el viralizado epíteto de Llaryora haya sido meditado al detalle. Como casi todo lo que hizo en la última década el ambicioso heredero político de José Manuel de la Sota y de Juan Schiaretti.

Llaryora es el destacado ejecutor de la jugada de ajedrez que Schiaretti diseñó tras la muerte de De la Sota para la supervivencia del peronismo no kirchnerista en el centro del país. Ya había sido elegido gobernador de Córdoba por un margen muy estrecho sobre Luis Juez, pero fue con el inesperado triunfo en la Capital que Llaryora asumió el mando pleno como nuevo jefe político del oficialismo plenipotenciario cordobés: encaró como propia la campaña que llevó al actual viceintendente de Córdoba, Daniel Passerini, a imponerse con comodidad ante Rodrigo de Loredo, que parecía invencible.

Ese resultado terminó de sepultar lo que quedaba en pie del enorme desafío político que tuvo el peronismo: la exitosa dupla que habían constituido en 2021 Juez y De Loredo. Por primera vez en 15 años el oficialismo estuvo en riesgo de perder todo en Córdoba a manos de Juntos por el Cambio. Pero ganó: Llaryora emerge como el artífice de ese resultado, aunque se trata de una irrupción largamente planificada. 

Hace cuatro años, también era casi un desconocido para la inmensa mayoría de los cordobeses. Hoy exhibe varios títulos inéditos: es el primer intendente de Córdoba que antes gobernó otra ciudad, San Francisco. También es el primero que saltará sin escalas a la Gobernación en la historia de Córdoba y el único en 40 años de democracia que proviene del interior provincial. Además exhibe otra singular condición: hace ya casi una década que Schiaretti lo eligió como sucesor. 

Fue esa anticipada elección la que hizo que Llaryora fuese vicegobernador en 2015, diputado nacional en 2017 e intendente de Córdoba en 2019. 

Pero fue la buena gestión que el sanfrancisqueño llevó adelante en la Capital la que le permitió al peronismo continuar en el poder y al futuro gobernador saldar casi todas sus deudas políticas: asumirá el 10 de diciembre convencido de que no le debe nada a nadie y de inmediato intentará refundar un peronismo del centro que dispute con los “pituquitos de Recoleta”. 


El intendente que duerme en el municipio


Martín Miguel Llaryora, 50 años, tres hijos, dos nietos. Su apellido es turco pero se identifica más con sus raíces italianas maternas. Hijo de un dirigente gremial bancario perseguido por la dictadura, el ahora gobernador electo es peronista desde la cuna y milita desde la adolescencia. Está casado con la abogada y defensora oficial Marcela Beccaría y toda su familia sigue viviendo en San Francisco. 

En 1992 se mudó a Córdoba para estudiar, pero la política se impuso. Se diplomó en Gestión Pública en la Universidad Católica una década después y obtuvo el título de abogado en 2009, cuando ya gobernaba San Francisco. Antes fue concejal y desde esa banca –con el apoyo de Schiaretti– destronó al radical Hugo Madonna de una intendencia jaqueada. Fue intendente por primera vez a los 34 años. 

Desde 2013 trabaja denodadamente para ser el sucesor de De la Sota y Schiaretti. Demostró ser el más estratega de los políticos de su generación, y también es el más sigiloso e inquieto: incansable, obcecado y sin medida a la hora del esfuerzo, todos en su entorno señalan que habla con mucha más gente de la que se conoce y siempre hace más gestiones que las necesarias. Casi no tomó vacaciones en años y a menudo duerme en el municipio. 

Cauto, negociador a tiempo completo, de trato pueblerino y de sonrisa frecuente, Llaryora no suele hablar en público de los temas que piensa en privado. En cambio, no evita las confrontaciones que juzga necesarias: cuando asumió como intendente de San Francisco tuvo un megaconflicto gremial. Los primeros 11 meses en la Municipalidad de Córdoba también protagonizó un enfrentamiento histórico con el poderoso gremio de los municipales. Esa pelea lo habilitó como intendente, del mismo modo que enfrentar a Schiaretti y a De la Sota en 2013 lo puso en la carrera provincial. 

Sin embargo, Llaryora siempre recompone luego de tirar la cuerda. Antes que nada, es un pragmático que no clausura ninguna puerta. Nunca. Mantiene algunos vínculos con el kirchnerismo, del mismo modo en que se reunió con Mauricio Macri y mandó emisarios a Javier Milei. Tiene detractores que refrescan viejas fotos con Néstor Kirchner y otros que lo acusan por sus vínculos con Rodríguez Larreta, Sergio Massa y Diego Santilli, mientras que Juan Grabois sostiene que Llaryora será presidente. Muchos en el entorno del futuro gobernador repiten lo mismo. 

Llaryora ahora inicia su tercera campaña del año: considera imprescindible que Juan Schiaretti sea el precandidato presidencial más votado en Córdoba en las Paso, y que tenga un buen desempeño en la primera vuelta, cuando se definen los diputados. Quiere fortalecer el bloque legislativo propio que el peronismo cordobés tiene en el Congreso, porque se piensa como el gobernador peronista más importante del ciclo que comienza el 10 de diciembre. 

Schiarettista al fin, Llaryora es un convencido de que la buena administración y los resultados de la gestión de gobierno son lo fundamental. Delasotista de base, intentará salir de los límites de Córdoba desde el minuto uno de su gobierno y lo hará con la bandera histórica del cordobesismo: el federalismo fiscal, ahora recargado de sentido político. 

Sergio Massa y Axel Kicillof son sus principales adversarios en ese plan a mediano plazo de Llaryora, que apunta a la reconstrucción del peronismo no kirchnerista. Nadie duda en Córdoba que también pueden ser sus aliados si la política se impone a la realidad y el peronismo kirchnerista se mantiene en el poder nacional.


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