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Sociedad

Migrar de la ciudad al campo: ¿cómo es vivir en un pueblo de 1.400 habitantes?

“El ritmo de vida es otro, se vive mucho más tranquilo”, dice Pablo. “Le pudimos comprar la primera bici al nene más chico”, celebra Patricia. “Mis hijos son libres acá y no se quieren volver nunca más para la ciudad”, agrega Ariel. Los tres vivían con sus familias en Rosario y Santa Fe, pero decidieron dejar el tumulto y amontonamiento de la ciudad para pasar a vivir en Colonia Belgrano, un pueblo del centro oeste santafesino que tiene 1.400 habitantes y que a partir del programa “Bienvenido a mi Pueblo” incrementó su población un 10 por ciento en poco tiempo. 

La iniciativa es impulsada por la fundación suiza Es Vicis y tiene como objetivo la repoblación de comunidades rurales que año a año ven decaer su número de habitantes porque migran hacia los grandes conglomerados urbanos. “A partir de dar la bienvenida a nuevos habitantes con impulso emprendedor se desarrollan nuevos negocios y se ofrecen nuevos productos y servicios que no están directamente relacionados con actividades agropecuarias”, explican en su sitio web. 

Otros tiempos, otra vida

En 2010 Pablo Carnaza y su esposa, Evangelina Izquierdo, comenzaron un emprendimiento de venta y distribución de artículos para mascotas. Vivían en Rosario pero entendieron que había un gran mercado por descubrir fuera de esas fronteras y decidieron comenzar a recorrer los pueblos del interior santafesino en búsqueda de clientes. Fue en uno de esos viajes que un pensamiento quedó fijado en la cabeza de ambos: “¿Por qué no vivir en un pueblo?”

“Empezamos a ver la vida que se vivía afuera y que era muy distinta a la que vivíamos en Rosario. Empezamos a ver las bicicletas afuera, los chicos jugando en la calle, la gente con otra tranquilidad. Hasta el humor es otro en muchos lugares. Y ahí tomamos la decisión”, cuenta Pablo, de 39 años.

En internet se toparon con la propuesta de la fundación y no dudaron en inscribirse. Pero ese fue recién el primer paso que derivó en una serie de requisitos y condiciones que fueron superando etapa por etapa hasta quedar entre las 15 familias seleccionadas: “Nosotros teníamos que tener un emprendimiento que sea sustentable en la zona. Y justamente al trabajar en el interior de la provincia de Santa Fe tengo clientes en ese lugar. Eso ayudó muchísimo a decidirnos a ir para Colonia Belgrano”. 

Desde entonces la familia comenzó a viajar con frecuencia al pequeño pueblo del oeste santafesino hasta que en 2018 se terminaron de mudar definitivamente. En el proceso, destaca Pablo, fue importante el acompañamiento de la fundación para terminar de orientar el emprendimiento. Hoy el proyecto no solo marcha a paso firme sino que además se expandió para inaugurar un local de ventas de telas, en asociación con otra familia del pueblo.

“Desde el programa nos ayudaron a acomodarnos en un montón de cuestiones profesionales que estaban pendientes como números, facturación, y definir si realmente el proyecto era sustentable para venir a Colonia Belgrano. Es decir, si podíamos vivir de lo que hacíamos. Ellos se encargaron de esa parte y al que le faltaba un empujoncito se lo dieron. Inclusive nos ayudaron a seguir desarrollando nuestro emprendimiento, a mejorar, a ir aumentando nuestras ventas”, detalló. 

Pablo, que en Rosario trabajaba como administrador inmobiliario, sigue manteniendo parte del trabajo a distancia. Si bien dice estar “pendiente del celular” gran parte del día, a las dos de la tarde ya está desocupado para ayudar a su esposa en el negocio, pasar tiempo con su hijo Benjamín de 6 años, o hacer actividad física. “Gané las cuatro o cinco horas del día que tenía que estar moviéndome en las calles por la distancia. Es otra la vida y otra la organización”, asegura. 

Además de la forma de vida, la seguridad fue uno de los aspectos que tuvieron en cuenta a la hora de migrar: “Nosotros vivíamos en zona oeste que no era muy segura. Y la verdad que uno no quería vivir así, por más que Rosario es hermosa y soy un enamorado de mi ciudad. Pero al tener hijos y ver cómo se iban a criar, pusimos en la balanza y elegimos venir a un pueblo tranquilo”. 

De la ciudad Pablo dice extrañar a sus amigos aunque reconoce que por la pandemia no hubiese podido verlos demasiado. Sin embargo destaca la comodidad con la que vive en el pueblo desde el minuto cero. “Toda la gente nos abrió las puertas y uno está muy agradecido con ellos porque encontramos una calidez humana increíble. Gente que tiene una forma de vincularse y de ayudar al prójimo que no se ve en otros lugares. Eso es algo para recalcar”, manifiesta agradecido. 

Los últimos en mudarse

El 20 de julio se cumplió el primer año de la mudanza definitiva de Patricia De Paul desde Rosario a Colonia Belgrano. El primer intento había sido en febrero de 2020 pero la pandemia retrasó los planes y debieron retornar momentáneamente a la ciudad. “Para el Día del Amigo volvimos al pueblo como segunda mudanza, porque mis hijos querían estar sí o sí en el pueblo para esa fecha”, explicó. 

Patricia, de 48 años, y su esposo Germán (44) vivían en la zona sur de Rosario junto a sus tres hijos: Carla (16), Santino (13) y Valentino (10). Son la última familia seleccionada que se instaló en el pueblo. “Me enteré a través de Facebook. Estaba viendo qué opciones había para buscar algo más tranquilo dónde vivir. En un momento me llevé por delante la publicidad y en seguida me anoté. Al principio no tuve respuestas pero volví a preguntar y nos convocaron después de un proceso largo”, explicó. 

Patricia es locutora y tiene una trayectoria de 25 años en medios rosarinos, además de trabajar en diversos eventos y ser la voz oficial de “Mogambo bailable” un boliche que supo copar la noche rosarina en Avellaneda y Gálvez. Cuando sus hijos nacieron se alejó de la profesión pero ahora finalmente pudo reencontrarse con los micrófonos en la FM Comunicarse, una radio de la localidad de López, a 15 kilómetros de Colonia Belgrano. Para llegar al estudio se toma el único colectivo que sale en esa dirección a la mañana para llegar a las 11.30, una hora y media antes de que arranque su programa. “Lamentablemente hay poca conexión de transporte”, explica con voz clara y gruesa. 

A la par de su trabajo como locutora Patricia lleva los números de los distintos trabajos de herrería que realiza su pareja. “Mi marido siempre fue metalúrgico y una de las condiciones para acceder al programa era tener un emprendimiento en marcha. Entonces nosotros fuimos por el lado de la herrería”, cuenta. Actualmente su esposo se encuentra trabajando en las obras de reparación del puente que va a San Eugenio, junto a un vecino que también se mudó a partir del programa impulsado por la ONG.

Germán también fue el encargado de reparar el escenario que se utilizó en la última Fiesta Provincial del Bricelet que tiene sede a Colonia Belgrano. Desde la Municipalidad llamaron a licitación y los presupuestos elaborados por Patricia convencieron a los dirigentes comunales.  No es un trabajo nada menor: se trata de la fiesta más grande del pueblo en donde la figura estelar de la jornada es una masita dulce de origen suizo. Todas las instituciones del pueblo trabajan para la puesta en marcha de la fiesta y lo recaudado se reparte entre ellas. Además de los bailes típicos, en la última edición estuvieron como artistas destacados Sergio Torres y Los Palmae. 

A pesar de que pudieron ir haciendo distintos trabajos puntuales, el rubro de la herrería no viene siendo tan demandado como cuando estaban en Rosario. De hecho, Germán se mudó algunos meses después que el resto de la familia para terminar de entregar trabajos que habían quedado pendientes. No obstante, Patricia confía en que el trabajo “va a arrancar” y no cambia la decisión tomada: “Mis hijos que conocieron el pueblo y les encantó, no quieren volver a Rosario. Extrañan la ciudad pero siguen eligiendo el pueblo”. 

Entre risas cuenta cómo Valentino pudo tener su primera bicicleta, algo que en Rosario “nunca hubiese ocurrido”, y que cuenta que ya la rompió dos veces porque no la deja descansar. “Ellos no están nunca en casa, no paran. Se conocen entre todos los chicos y si no están en la iglesia valdense jugando a la pelota están en la casa de otro chico jugando a las bolitas. Hasta el grandulón de 13 años recuperó la costumbre de jugar a las bolitas”, bromea.  

Cuando reflexiona sobre los motivos que la llevaron a tomar la decisión de mudarse pone en primer lugar la seguridad y en segundo orden el estilo de vida que se lleva. “En Rosario ya no tenía más tierra. Ahora tengo una casa y un terreno grande donde tengo mi pequeña huerta”, relata y agrega que le gusta disfrutar del sol en su casa: “Ayer justo pensaba que va a llover y tenemos la maquina hormigonera en medio del patio y se va a mojar. Todavía no tengo cerrado el frente de la casa y el costado solo hay alambre, no tenemos tapial. La máquina hace dos meses que está ahí y ahí va a quedar. Eso es fantástico”. 

“Acá son libres”

“El cambio de vida es rotundo. Esto es como un barrio grande, un barrio privado en donde no entra la inseguridad ni nada de eso”, asegura Ariel Martínez. Tiene 38 años y no duda en responder “tranquilidad” cuando le preguntan sobre la decisión de mudarse a un pueblo de 1.400 habitantes. En esa dirección partió junto a su esposa Joana (35) y sus hijos Julieta (18), Bautista (15), Joaquín (13) y Emilia que era bebé cuando se mudaron en 2017, cuatro años atrás. 

“Nosotros estuvimos 15 años alquilando en Santa Fe y nos conocemos casi toda la ciudad. En todos los barrios en los que vivimos siempre hubo inseguridad, mi señora tenía que llevar a los chicos a la escuela en colectivo y perdía todo el día. Yo trabajaba bajo dependencia en una empresa de seguridad y no estaba nunca con mi familia. Prácticamente nos volvimos a conocer acá porque antes yo volvía del trabajo, comía, dormía y ya me tenía que volver a trabajar”, relata. 

La seguridad que les daba el trabajo en relación de dependencia fue difícil de dejar, pero decidieron apostar al emprendimiento de confección y venta de ropa para bebés que habían comenzado de a poco en la ciudad capitalina. Algunos años después el proyecto parece no tener techo: pasaron de vender los productos en forma particular en las ferias de la costa santafesina a exportar la mercadería. “Ya vendimos en todas las provincias de la Argentina y llegamos a vender a Paraguay y a Suiza también. Fabricamos todo acá en el taller que nos hicimos al lado de casa”, cuenta Ariel. “Antes sobrevivíamos con mi trabajo pero ahora vivimos bien gracias a este proyecto”, agrega. 

Si bien la mudanza no fue una decisión fácil de tomar, la familia Martínez fue una de las más convencidas: se mudaron un año antes de que les entregaran las casas y mientras tanto alquilaron en el pueblo. “Era una incertidumbre más que nada para los adolescentes, porque todos tenían a sus amigos. Sin embargo acá nos esperaron y recibieron con unas hamburguesas y fue maravilloso porque a los chicos los recibieron como si los conocieran de toda la vida”, dice Ariel y agrega que no extrañan la ciudad: “Ni cuando vamos a hacer mandados nos quieren acompañar. Son libres acá”. 

Desde que vive en el pueblo Ariel recuperó la libertad de hacer actividades que en la ciudad no podía, como caminar de noche o andar en bicicleta. Pero sobre todo destaca la confianza y el recibimiento de un pueblo que desde el minuto cero los hizo sentir como en casa: “Por más que ellos no nos conocían todos nos recibieron muy bien. Se conformó una comisión de apoyo que estaba atrás nuestro todo el tiempo para saber si necesitábamos algo. No vinimos a un lugar extraño”. 

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