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¿Por qué no arranca la economía?

La inflación dejó de ser un incendio descontrolado. El fogonazo se moderó, las tasas bajaron de intensidad y el discurso oficial insiste en que lo peor ya pasó. Sin embargo, la gran pregunta sigue flotando en el aire: si la inflación desaceleró, ¿por qué la economía no despega?

Los números muestran una recuperación parcial, concentrada en algunos sectores muy puntuales: petróleo, minerales no metalíferos (litio), gas. Pero en la calle, en las pymes y en el comercio, la sensación es otra: la actividad sigue en modo defensivo. Como un motor que gira en vacío, pero no logra mover el auto.

Hay un termómetro que suele proyectar lo que ocurre en la economía real: la recaudación. Y ese termómetro hoy marca frío. En febrero cayó 9,7 % en términos reales interanuales y ya suma siete meses consecutivos en baja. El IVA —el impuesto que mejor refleja consumo y actividad— retrocedió 13,6 % real. Peor aún fue el IVA aduanero, vinculado a las importaciones, que se desplomó 37 %. Cuando el principal sostén fiscal de Nación y provincias cae con esa magnitud, el mensaje es difícil de disfrazar: la economía está congelada.

Para entender qué está pasando hay que recordar cómo funciona la economía argentina. El país cuenta con dos motores: el externo y el doméstico. El primero —exportaciones— explica apenas 15 de cada 100 pesos que produce el país. El segundo —consumo, inversión e ingresos locales— explica los otros 85. Es decir, la demanda interna es el verdadero impulsor del crecimiento. Y hoy ese motor está fallando.

La propia recaudación de la seguridad social lo confirma. En lo que va de 2026, los aportes y contribuciones también retrocedieron cerca de 5 % real en febrero. La combinación es conocida: salarios que todavía no recuperan poder adquisitivo y empleo formal estancado. Con ingresos golpeados, el consumo masivo simplemente no reacciona.

La industria tampoco da señales contundentes de recuperación. Según datos del INDEC, la capacidad instalada ociosa sigue siendo muy elevada —en varios sectores supera el 40 %—, lo que indica que hay máquinas paradas antes que proyectos nuevos. De ahí a pensar en invertir hay un largo trecho. La construcción, por su parte, continúa lejos de los niveles que había alcanzado en años recientes. La macro todavía genera dudas y el financiamiento sigue siendo caro y escaso. En ese contexto, las empresas prefieren esperar antes que arriesgar.



La política monetaria también juega su papel. El Gobierno mantiene una estrategia contractiva para consolidar la baja de la inflación y evitar financiar al Tesoro con emisión. El objetivo es claro: estabilizar. Pero el costo es un crédito caro y limitado. Eso empuja a muchos actores hacia la especulación financiera —la famosa “bicicleta”— mientras empresas y familias adoptan una postura conservadora. En términos reales, el crédito al sector privado sigue por debajo de los niveles previos a la crisis.

La pregunta entonces es inevitable: ¿alcanza el equilibrio fiscal para garantizar una recuperación?

Parece que no. El superávit primario se logró principalmente a través de un fuerte ajuste del gasto. Pero cuando los ingresos del Estado caen —8,7 % real en el primer bimestre del 2026— el equilibrio depende más de la poda que del crecimiento. Esa lógica puede sostenerse en el corto plazo. En el mediano, empieza a crujir.

A esto se suma otra fuente de incertidumbre: la recomposición de precios relativos. Aunque la inflación mensual se movió hacia la zona del 2 % o 3 %, la herencia inflacionaria de los últimos años dejó tarifas, servicios, combustibles y cuotas médicas ajustándose a distintas velocidades. Esa transición genera cautela en empresas y preocupación en los hogares: nadie sabe exactamente cuándo terminará el reacomodamiento.

Las expectativas de algunos mejoraron. Pero las expectativas, por sí solas, no hacen crecer una economía. Para que la rueda empiece a girar hacen falta tres cosas muy concretas: demanda, crédito y reglas estables. Si falta alguna de esas piezas, las decisiones de invertir y producir se postergan.

Por eso la economía no arranca. Porque el freno a la inflación vino acompañado de un enfriamiento de la actividad. Porque el salario real todavía no se recompone. Porque el crédito es escaso. Y porque ni el comercio ni la inversión logran traccionar con suficiente fuerza.

La estabilización era el primer paso. Pero no el final del camino.

Ahora empieza la parte difícil: transformar la desinflación en crecimiento. Porque una economía puede tener el motor afinado y las cuentas en orden… pero si nadie pisa el acelerador, el auto no avanza. Y hasta ahora, nadie encuentra la llave para volver a encenderlo.


El autor es profesor de la UBA, UNR y USAM. Ex Subsecretario de Ingresos Públicos de la Nación.


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