La imagen positiva del presidente Javier Milei y la aprobación del gobierno nacional registran un descenso sostenido en las últimas encuestas de opinión al compás de la situación económica del país y del escándalo en torno a la situación patrimonial de Manuel Adorni. El sociólogo Gabriel Vommaro observa que si bien La Libertad Avanza conserva el apoyo de un núcleo duro de votantes, la combinación de los problemas de la economía y las denuncias de corrupción “empieza a hacer mella en el electorado” y apura la expectativa porque se concreten las promesas de inversiones, trabajo y mejoras en la economía diaria.
Vommaro es investigador del Conicet, profesor de la Escuela Idaes de la Universidad Nacional de San Martín —donde dirige la Maestría en Sociología Política— y un relevante analista a partir de la publicación de su libro La larga marcha de Cambiemos (2017). Desde 2024, junto con el sociólogo Gabriel Kessler, desarrolla una investigación sobre votantes de Milei de la primera y la segunda vueltas de la última elección presidencial, a través de conversaciones periódicas en grupos de WhatsApp creados al efecto con criterios de diversidad de edades, géneros, niveles educativos, ocupaciones y lugares de residencia. Según su diagnóstico, la situación actual compone dos aspectos: si bien se encuentra en sus niveles más bajos, la adhesión al presidente conserva un núcleo sólido de respaldo; pero la aprobación está condicionada por los resultados en la microeconomía, “ya no hay un cheque en blanco”.
“A diferencia de lo que sucede en otros países con líderes de extrema derecha como Jair Bolsonaro o José Antonio Kast, el electorado mileísta es transversal en términos geográficos, de edad y de clase, con un sesgo joven, masculino. La confianza en Milei como el que puede resolver los problemas económicos, en un contexto de crisis de las otras ofertas políticas, junto con la idea de que el ajuste iba a impactar en la clase política y no en la sociedad son fundamentales en el apoyo original, alimentado por un fuerte anti kirchnerismo”, explica Vommaro, también autor de El sueño intacto de la centroderecha (con Mariana Gené, 2023) y de La era del hartazgo. Líderes disruptivos, polarización y antipolítica en América Latina (con Kessler, 2025).
“Cuando surge, Milei parece una opción transversal a las dos coaliciones de ese momento —agrega Vommaro—. Con el tiempo se fue pareciendo más a una opción no peronista, se normalizó como reemplazo de lo que fue Juntos por el Cambio más que como una competencia. El discurso económico, el discurso anti casta y el anti kirchnerismo siguen teniendo fuerza entre sus votantes”. Las denuncias por el caso Libra, las coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis), los vínculos de José Luis Espert con el narco Fred Machado, los créditos hipotecarios millonarios del Banco Central a funcionarios y legisladores mileístas, entre ellos el santafesino Alejandro Bongiovanni, y las propiedades no declaradas en el exterior de otros funcionarios se acumularon en menos de un año y ahora el patrimonio del vocero presidencial parece comprometer la fidelidad de los believers, como llama Vommaro a “los más creyentes, los menos condicionales o transaccionales”.

—¿Cómo evoluciona el apoyo al gobierno en los últimos meses, con el escándalo de Adorni de por medio?
—La confianza en el gobierno se mantiene bastante claramente. Milei es para sus votantes una persona con decisión, con saber y con voluntad para resolver los problemas. Siempre hubo unas tres cuartas partes que estaban muy believers y otra que empezaba a ver problemas económicos que no le gustaban. Esas tres cuartas partes ahora se fracturaron. Básicamente hay una parte de ese núcleo más believer que empezó a ver con preocupación que el orden macroeconómico que siguen reconociendo no se derrama en la microeconomía y acusa recibo de problemas que ya llevan dos años con los ingresos, las posibilidades de consumo y el empleo. A eso se le suma el escándalo de Adorni, donde comienza a reaccionar diferente el electorado duro del gobierno. El caso Libra, el de Karina Milei, las coimas del tres por ciento y los audios de la Andis generaron preocupación pero con la idea de “si hay algún corrupto que lo echen”; en cambio el de Adorni, por el lugar que el vocero ocupa en el ecosistema comunicacional del gobierno y por el hecho de que coexiste con la percepción de dificultades económicas, empezó a hacer mella en ese electorado. Por supuesto que también hay opiniones sobre que “son operetas kirchneristas” o “ellos son más corruptos”.
—¿Cómo observás el lugar de Adorni en el mileísmo?
—A lo largo de estos años fue una pieza clave en el ecosistema comunicacional del gobierno. Muchas de las personas que entrevistamos y seguimos se informaban con recortes en redes con la voz de Adorni en conferencia de prensa, ese Adorni socarrón, contestador. No es cualquier persona la que está en cuestión y el comportamiento de privilegio que se denuncia, asociado con la casta, empieza a generar malestar.
—Milei respalda a su vocero como si se tratara de él mismo. Patricia Bullrich y Guillermo Francos apuran la presentación de la declaración jurada que aclararía el asunto. ¿Qué efecto tiene el escándalo dentro del gobierno?
—Es evidente que, por un lado, parte del gobierno empieza a ver con preocupación el escándalo. Más allá de lo que piensan sobre Adorni, el efecto que está causando es bastante más profundo y negativo de lo que esperaban, y por lo tanto Adorni se vuelve cada vez más un lastre en lugar de un activo y por eso hay que sacrificarlo, entre comillas. El mileísmo es una configuración política en la que no hay ningún tipo de cuerpo deliberativo ni colegiado, por lo cual todo lo que uno sabe es por operaciones, filtraciones, medios que juegan de un lado y del otro, declaraciones que pueden ser públicas o privadas. Es un mundo de operaciones: no se reúne un comité, un consejo, no hay un partido atrás que procese estas situaciones, son Milei, su hermana y un cuerpo de colaboradores con mayores o menores posibilidades de expresar alguna idea que no sea la de sus líderes. Esto también se pone en evidencia: la falta de recursos organizativos del mileísmo para procesar cualquier tensión. Es un esquema más ágil, más vertical, pero no parece haber mucho volumen de inteligencias pensando las cosas o de voluntades de cálculos. No hay partido mileísta, no hay ningún tipo de organización que procese las diferentes situaciones que vive el gobierno.
—¿Cómo influye en los votantes el respaldo de Milei a Adorni?
—Observamos que una parte de los believers dice “acá tiene que haber un cambio”, “se le tiene que ocurrir algo”. En 2009, 2010, cuando el kirchnerismo tenía problemas de todo tipo, en los seguidores de Cristina había una confianza en la capacidad diferente del líder para sacar alguna solución de la galera y resolver una situación problemática. En los votantes de Milei se expresa algo parecido, con las distancias y diferencias de todo tipo entre ambos casos. Los believers creen que Milei puede encontrar soluciones pero también que hay que buscarlas, que no se puede seguir aguantando tanto tiempo. Y con Adorni pasa algo parecido: ya no creen que simplemente haya que resistir frente a las supuestas operetas de la oposición o al discurso de los medios.

—¿Las leyes que promueve el gobierno, por ejemplo la de regresión laboral, son parte del saber y la capacidad que los votantes le atribuyen a Milei?
—El año pasado hubo un proceso muy rico para entender cómo funcionan estos mecanismos, en el arco que se abrió entre septiembre y noviembre. Después de las elecciones en la provincia de Buenos Aires hubo una percepción bastante negativa entre los votantes mileístas con la idea de una vuelta del peronismo, un pesimismo con respecto al rumbo del gobierno. Un mes y medio después, con el resultado electoral nacional, surgió la idea de que “vamos por una buena senda y la sociedad reconoce lo que hace el gobierno”. Ese arco genera un gran optimismo a fines de 2025 y la idea de que con una banca más amplia y con una oposición muy debilitada el gobierno iba a tener las herramientas para llevar a cabo las reformas que hacían falta. Ahora vemos que tanto no importan las reformas: el cálculo principal es la expectativa de que la macroeconomía mejore la microeconomía. La pregunta es cuándo va a llegar el orden macro a la sociedad. A diferencia de quienes creen que Milei no tiene un programa para la microeconomía, o que tiene ideas dogmáticas respecto de que si hay incentivos macroeconómicos los problemas microeconómicos más o menos se alinean después, los votantes mileístas creen que todavía puede tener algunas ideas, recursos para resolver el problema. No piensan que esté todo jugado, e incluso los más críticos confían todavía en la pericia de Milei pero con la idea de que se le tiene que ocurrir algo. La narrativa de la motosierra y del final de los privilegios de la casta sigue funcionando como el marco general con el que evalúan las cosas
El contrato en cuestión
Según la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de la Universidad de San Andrés el nivel de satisfacción con la marcha general de las cosas cayó al 28 % en abril, lo que representa una baja de 5 puntos porcentuales respecto al 33 % registrado en marzo. La insatisfacción ya alcanza al 68 % de los encuestados y también continúa en descenso la aprobación del gobierno de Milei, ahora en un 36 % frente al 39 % del mes anterior. Otros dos hallazgos impactan en el discurso del gobierno: la inflación reapareció entre las preocupaciones públicas mientras la falta de trabajo, los bajos salarios y la corrupción se consolidan como principales problemas para la población.

—Las preocupaciones que encontramos en los votantes de Milei —dice Gabriel Vommaro— son problemas vinculados con el empleo y, aunque creen que la inflación está controlada respecto de lo que era antes, la persistencia de los aumentos, sobre todo de los servicios y de la canasta básica, generan bastante repercusión bajo la idea de que no alcanza la plata y bajo opiniones como “tengo más trabajos e igual no me alcanza”. Aunque hay votantes ideológicos, no percibimos entre los no militantes gente que viva una realidad paralela, o esté encapsulada.
—¿Cómo aparece Patricia Bullrich en este sector del electorado?
—En su momento, básicamente una parte de los votantes mileístas que venían de ser votantes de Juntos por el Cambio reconocían ese salto que había dado su candidata anterior y pensaban que no era conveniente pelearse con el PRO. Veían a Bullrich dentro de ese esquema. Ahora, después de una elección de medio término y antes de una elección presidencial, vivimos un momento en el que un montón de gente opera con planes B por si sale mal el actual y Bullrich es parte de esos procesos. Pero no sé si eso aparece en los votantes, me parece que está más en la cabeza de los operadores, de la política en sentido amplio. Es claro que todas las figuras del gobierno, incluida Bullrich, incluido Adorni, son vistas como piezas de un tablero que domina Milei. El contrato de los votantes es con Milei. Tampoco suena claro que pueda haber un reemplazante de Milei sin su venia, en el contexto actual.
—¿Hasta cuándo puede subsistir la confianza en la pericia de Milei?
—Empieza a haber la sensación de que se acortan los tiempos. No hay plazos, no es que los votantes lo esperan hasta determinado momento. Pero ya no hay un cheque en blanco, ni está la idea que aparecía al principio de aguantar y hacer un sacrificio hasta que las cosas mejoraran. Ahora la idea es “sí, pero hacen falta resultados tangibles pronto”.
—Antes de la elección presidencial.
—Falta tiempo para la presidencial. Ahora empiezan a activarse mecanismos de las elites políticas, intelectuales, periodísticas y empresarias en ese sentido, jugando un juego en el que todavía no están los votantes.
—Las encuestas también señalan el crecimiento de figuras de la oposición por encima de figuras del gobierno: Axel Kicillof, Myriam Bregman. ¿Afecta en algo al núcleo de respaldo de Milei?
—No lo captamos. Investigamos un universo de gente que muy difícilmente votaría por Bregman o por Kicillof. En Argentina se consolidó un electorado de derecha o de centro derecha que se puede mover un poco, pero siempre dentro de la misma pecera. Por supuesto eso no tiene un dueño: en un momento fue Juntos por el Cambio y el PRO, hoy es Milei. No parecen ser electores que, en estas condiciones, estén dispuestos a escuchar opciones desvinculadas de ese universo ideológico. Es un tercio del electorado, como se habla de un tercio kirchnerista. Milei es la continuidad de una progresión anterior por otras vías y por otros medios, no produce una ruptura porque en cierta medida se asienta sobre esa polarización. Hay que hacerle preguntas diferentes a electorados diferentes. Entre esos dos tercios hay un 40 por ciento de votantes que se mueve más y define elecciones. A esa parte del electorado hay que preguntarle cómo ve a Bregman, a Kicillof o a la opción que sea.
—¿Cómo analizás la reacción del gobierno ante el escándalo de Adorni en las redes sociales y en los medios?
—A pesar de su gran debilidad organizativa y de no tener una militancia orgánica en el sentido fuerte, el gobierno muestra una gran eficacia en la difusión de mensajes y de encuadres sobre los temas. Adorni justamente tenía un rol importante en ese esquema. Eso lo veíamos claramente hace un año y medio, dos años, porque encontrábamos en los votantes muchas de las formas de ver las cosas que el gobierno intentaba instalar mediáticamente o vía redes o voceros con respecto a las universidades, con los jubilados, logrando incluso que cambiaran opiniones, revisaran posiciones para seguir los encuadres oficiales. Ahora el gobierno trató de contrarrestar el escándalo de Adorni con la denuncia sobre una operación de desinformación financiada por fondos rusos, y no lo consiguió. Más de la mitad de la gente no sabía qué había pasado. El gobierno no pudo ser eficaz probablemente porque fue un tema débil, porque no tiene ya el músculo comunicacional de antes, porque la conversación en las redes está más repartida o por todos esos factores a la vez. En todo caso el músculo comunicacional del gobierno no alcanzó para que ese intento fuera exitoso. Mucha gente ni sabía de qué hablábamos, era una oportunidad para hacer una denuncia contra los medios y no funcionó.
—¿Cómo impacta en los votantes mileístas la restricción del presupuesto para las jubilaciones, la atención a los discapacitados, el financiamiento universitario?
—Con esos temas se dio hasta ahora la pregnancia de los encuadres oficiales, sobre todo con la idea de la auditoría. El gobierno logró instalar en 2024 que el gasto del Estado estaba descontrolado y que antes que gastar un solo peso en las universidades o en los discapacitados había que auditar. Una idea muy fuerte entre los votantes era retomar el control sobre el gasto, que veían desmadrado por caos o por el beneficio de la casta. A pesar de que estaban de acuerdo con el reclamo de mayor presupuesto para las universidades o para el Hospital Garrahan, era muy potente el encuadre de auditar primero. Con lo cual el gobierno se ponía en un lugar de racionalidad económica, de cuidado, de defensa de los intereses sociales frente a la casta, y además lograba mantener el ajuste fiscal con cierta legitimidad entre sus bases, por lo menos. Con las jubilaciones pasa algo un poco diferente, es un tema más tensionante en la base electoral mileísta. Así como la adopción de encuadres funciona en ciertos temas, con las jubilaciones una buena mitad de los votantes está de acuerdo con que se deberían aumentar; ahí no hablan de auditar, todos tienen familiares jubilados y entienden que hay una urgencia. Cuando la pregunta es en abstracto funciona de ese modo pero cuando está vinculada con la disputa oposición-gobierno toman posición por el gobierno. Inclusive votantes que estaban a favor del aumento decían “no, esto fue una jugada kuka” para apoyar el veto presidencial a todos los intentos de leyes de movilidad jubilatoria.
—¿Qué resultados esperan los votantes de Milei?
—Trabajo y mejores ingresos, básicamente. Que alcance la plata.
—¿Cómo incide el tiempo en la percepción social del caso Adorni? ¿Amortigua el efecto del escándalo o lo incrementa?
—Ya está hecho el daño. No veo que eso vaya a cambiar. El gobierno, que siempre tuvo mucha agilidad y tacto justamente por ser liviano en términos de historia, está enfrascado en cálculos que no son los de sus votantes. El daño de Adorni está hecho. Lo que implica, quizás, un gran peligro: cuando los proyectos de outsiders defraudan puede generarse un repliegue cínico, la idea de que “son todos iguales”. Los votantes del mileísmo no le van a pedir perdón a Cristina o a Macri. La idea de “son todos chorros, todos iguales” es un peligro latente. El gobierno no tiene cintura para estos temas y queda atrapado en una percepción de privilegios de la clase política.

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