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Cultura

Sobre la existencia o inexistencia de un mercado del arte en Rosario: quiénes compran obras, dónde y por qué

Sobre la existencia o inexistencia de un mercado del arte en Rosario: quiénes compran obras, dónde y por qué


César Moreno, el martillero de La Fugaz, la subasta que se realiza anualmente en el marco de Quincena del Arte

Clara Lopez Verrilli


El mercado es un sistema de intercambios. Hay productos, hay quienes hacen esos productos y hay quienes los compran. Producción, oferta y demanda: tres sustantivos que involucran acción y tres situaciones en las que hay variables de valor, de necesidad, de especulación, de propósitos, de deseo. El arte contemporáneo no es ajeno a ese espacio de transacciones donde una obra se intercambia por dinero.

En Rosario hay un mercado de arte que es dinámico, emergente y está definiendo sus propias leyes. Cada año se reconfigura con la llegada de nuevos actores, la apertura y cierre de espacios de exposición y venta y con la difusión de sus prácticas.

En las galerías rosarinas se puede adquirir la obra de un artista contemporáneo a partir de los 10 mil pesos. El equivalente a un termo de acero inoxidable de la marca de moda. Pero no se puede comparar la obra de un artista con un termo y eso depende de la consolidación del mercado: diferenciar el valor de una obra de arte del de otras mercancías. Valor de uso, valor de cambio y valor simbólico no se corresponden entre esos productos. Pero ¿vale lo mismo la obra original de un artista local que una reproducción en serie de La noche estrellada de Van Gogh que se vende al mismo precio en Mercado Libre?


Producir, exponer y vender


La artista y productora Florencia Balestra escribe una lista de intenciones para los deambulantes del Pasaje Pan:

intentar que el pasajero se detenga frente a la obra

que esa obra se detenga frente a él (…)

que en este desasosiego generalizado, algún tipo de “algo” se establezca entre ellos

que se vendan las obras y nunca los artistas

que las obras se vayan y el pasajero vuelva

que vengan otras obras, que vengan otros pasajeros

Y así…

Algo pasajero es algo que dura poco, que fluye, que no se instaura, pero “Cultura Pasajera” sigue resonando en la historia reciente del arte de la ciudad. El proyecto comenzó en el año 2004 en la galería histórica que une la peatonal Córdoba con Santa Fe y por él pasaron las obras y las acciones de artistas, gestores, curadores, críticos, estudiantes y diseñadores. Uno de ellos fue el artista Mauro Guzmán con su proyecto “Trastienda Curada” cuya intención era “realizar acciones que, de alguna manera, provoquen cierto movimiento tanto en torno a la venta y circulación de obra como a la difusión de los artistas, para poder abrir vías de reflexión y análisis”.

En ese marco, Guzmán convocó a tres curadores que, con sus propuestas expositivas, plantearon hipótesis en torno al mercado del arte local: Marcela Römer problematizó el lugar jerárquico que se le otorga a los artistas de Buenos Aires por sobre los artistas locales, Nancy Rojas puso en relación el valor de reproducciones digitales de obras de la historia del arte con el de obras originales de artistas contemporáneos con distintas trayectorias y Pablo Montini abrió el debate sobre la ausencia del mercado local con la publicación de “M.I.D.A: Mercado Inexistente del Arte” junto a la obra “Mi primera venta” de Luján Castellani, un registro del momento en que la artista vende una de sus esculturas por el peso del metal en un desarmadero.

Quince años después, esas tres hipótesis siguen siendo claves para pensar al mercado del arte rosarino y los vaivenes de una escena cultural que se entrama entre lo público y lo privado.


“M.I.D.A. Mercado inexistente del arte” es un recorrido por situaciones y documentos de 1919, 1970 y el 2005 que hablan del precio, aprecio y desprecio de las obras de arte

De las galerías al museo y del museo a las galerías


Pablo Montini es historiador y director del Museo Histórico Provincial “Julio Marc”. Recuerda el contexto de publicación de M.I.D.A entre los coletazos de la crisis de 2001. Cuando su texto se repartía en formato fanzine a los visitantes del Pasaje Pan, el arte contemporáneo se estaba consolidando en la ciudad. Junto a los proyectos autogestionados de la época, se acababa de crear el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (MACRO), una acción necesaria por la cantidad y relevancia de obra contemporánea adquirida por el Museo Municipal de Bellas Artes “Juan B. Castagnino”.

“El Estado estaba teniendo un papel que antes cumplían los privados, si pensamos que museos como el Marc, el Castagnino y el Estévez son herencias de una vocación museística de coleccionistas privados que donaron su patrimonio. En ese momento el MACRO era el primer museo de arte contemporáneo público del país, con una visibilidad nacional muy potente, y con él se estaba constituyendo un campo artístico contemporáneo muy importante”.

Según el historiador en el sector privado la situación era la inversa: “las galerías tradicionales que habían comenzado en la década del sesenta estaban cerrando. No había mercado de arte, faltaba el apoyo de los coleccionistas, faltaba el patrocinio privado”.


Pablo Montini junto a Mauro Guzmán y María Rocha (artista y gestora, Santiago del Estero) en el auditorio de MicroFeria de Arte Rosario 2019

El escenario actual es diferente. Ahora no sólo hay un resurgimiento de las galerías de arte sino que también están organizadas en red. Hay nuevos compradores locales y coleccionistas de otras regiones que invierten en los artistas de la ciudad. Hay una subasta anual —La Fugaz— que se organiza en el marco de la Quincena del Arte y que en 2020 recaudó 267 mil pesos en su edición número 15. Hay una MicroFeria de Arte Contemporáneo —que surge como un desprendimiento de La Fugaz— donde se posicionan los artistas y espacios locales en su vínculo con nuevos visitantes.

Ambos eventos buscan propiciar la compra y venta de producciones artísticas pero, desde que comenzó su trabajo curatorial, Roberto Echen sabía que lo que debía privilegiarse era la visibilidad de las obras y las propuestas expositivas. Lo central no es la cantidad de galerías ni el volumen de venta —aunque desde luego sean importantes— sino generar una plataforma de visibilización para artistas y galerías y acercar a un nuevo público a la idea y posibilidad de adquisición. Los ejes curatoriales propuestos por Echen para la MicroFeria invitan al pensamiento y trabajo colectivo. En uno de los textos con los que convoca a las galerías a participar, escribe:

Pensar(se) en el circuito que constituye (habilita) la producción, circulación y comercialización de cierto(s) tipo(s) de bienes culturales: las producciones artísticas.
Pensar(se) como nodo y a la vez como conexión y espacio de atravesamiento de una construcción colectiva que pone en circulación las producciones artísticas (sean lo que fueren) que —justamente por ese movimiento que recorre las redes— pueden postularse como tales.
Situarse en esa trama (en redes) que es el mercado, pero también en esa otra trama (convergente, si se la construye desde algunos lugares que pueden no ser paradójicos) de la colaboración (no hay red sin inter – o mejor aún co-alimentación), del encuentro con los otros espacios (nodos y conexiones) que constituyen la posibilidad de existencia propia.

Contrariamente a las ferias tradicionales, MicroFeria ofrece espacio, producción y montaje gratuitos para galerías seleccionadas a través de una convocatoria abierta. La propuesta está organizada por la Secretaría de Cultura y Educación municipal y albergada por el Centro de Expresiones Contemporáneas, por lo que tampoco se debe pagar una entrada para recorrerla.

“El Estado municipal colaboró mucho en la creación de este mercado de arte local, porque haber hecho la MicroFeria demuestra que el Estado cree que el mercado del arte es importante no sólo para consolidar la escena sino para proveer de recursos a los artistas”, dice Montini remarcando que “entre el 2004 y 2010 estábamos todavía transicionando entre locales donde se vendía arte pero también se vendían objetos o ropa. Ahora ya hay galerías donde sólo se vende arte y eso está demostrando que el mercado está activo, que hay una idea del galerismo autónomo que no depende de otras cosas para subsistir”.

Las galerías representan artistas y uno puede encontrarse con ellos o conocer su trayectoria en ese espacio. También organizan recorridos, charlas, talleres, editan publicaciones, gestionan residencias y espacios de formación. “La posta de la concientización social del arte contemporáneo fue del museo a las galerías. El trabajo pedagógico que comenzó el Estado ahora lo continúan las galerías que son las que lideran la escena del arte contemporáneo”.


Obra de Román Vitali de la Serie «Los cuadros, robados». El artista trabaja con cuentas de acrílico facetadas, hilvanadas a través de un sistema tejido rescatado de las manualidades de la década del 70

Artistas y mercado, tres experiencias


Román Vitali nació en Rosario en 1969. Su obra forma parte de la colección del Castagnino+Macro y se exhibió en el Museo de Arte Latinoamericano (MALBA), en el Centro Cultural Recoleta y en el Centro Cultural Kirchner, por mencionar algunos. También formó parte de “Trastienda en riesgo”, la curaduría de Nancy Rojas en “Cultura Pasajera” que se realizó en 2005, meses después de la publicación de M.I.D.A.

Vitali recuerda esa exhibición como un laboratorio: “Curatorialmente fue muy interesante ese cruce de trayectorias, de obras y de posibilidades. Parecía una especie de laboratorio, como un encuentro, choque y diálogo de obras de distintos sistemas”. La obra de Vitali —una instalación de cuentas acrílicas facetadas— compartía pared con la copia de un Mondrian, cada una con su precio a la vista, evidenciando el riesgo que implica la existencia de un mercado de reproducciones para el mercado del arte. Su obra se vendió a un coleccionista rosarino durante la exhibición.

El artista, actualmente representado por la galería Diego Obligado, suele concretar las ventas en su taller, donde puede mostrar su sistema de producción de obra. “En los últimos años se dio cierta movilidad en el mercado y hubo mucha intención por parte de las galerías para que esto ocurra. También por parte de los artistas que abrimos nuestros talleres y ofrecemos recorridos por nuestras casas, nuestras muestras. Hay coleccionistas jóvenes que realmente intentan que Rosario se mueva, hay una intención de que se logre cierta familiaridad y cierta cotidianidad en torno a esto, comprar arte no es algo completamente esquizoide o de ciencia ficción”.


«Vegetalia», exhibición de Florencia Echevarria en 2019. A través de la pintura, el dibujo y la escultura, la artista retrata escenas botánicas entre lo real y la fantasía

Florencia Echevarría nació en Rosario en 1973. Es abogada pero desde 2008 decidió dedicarse exclusivamente al arte. Para ella la producción y la venta de obra se dieron juntas: “Al año de empezar a pintar empecé a vender obras a mis amigos y dentro de mi círculo íntimo. Pero llega un momento en que eso se agota y para entrar dentro de determinado circuito tenés que tener una galería. Hoy mis ventas pasan mayormente por la gestión de mi galerista en la Galería Gabelich Contemporáneo”. Para Echevarría los períodos de mayor volumen de venta son los posteriores a las exhibiciones. Vendió su última obra en La Fugaz, la subasta realizada en diciembre 2020. Su escultura “Brotará como raíz de tierra sedienta” fue seleccionada para participar del remate a través de una convocatoria y salió por la base de 13 mil pesos. 

Patricia Spessot nació en Firmat en 1984 y vive en Rosario desde 2003. Su primer acercamiento al mercado del arte fue a través del trueque de obras con otros artistas y diseñadores de la ciudad. Hoy forma parte del staff de la galería eSTUDIOG, dirigida por Gabriela Galassi, con quien ha participado en MicroFeria de Arte Rosario, Mercado de Arte Contemporáneo en Córdoba y en La Fugaz. La artista recuerda la adrenalina de una de sus ventas donde dos compradores pujaron haciendo subir más y más el precio de su obra. “Es muy raro estar ahí con lo que uno hace esperando a ver si alguien lo quiere y levanta la mano. La subasta te permite ver cómo funciona el mercado pero también es un show, un espectáculo”.

Para Spessot el mercado se está dinamizando y están llegando nuevos actores: “Se está viendo una movida de personas que de a poco se fueron acercando al arte y empezaron a visitar galerías y a conocer a los galeristas y a los artistas. Mucha gente empezó a darse cuenta o a conocer que no tienen que pagar precio demencial por tener una obra y que pueden tener un original en la casa en vez de la lámina de una reproducción”.


«Línea de situaciones», instalación de Patricia Spessot en eSTUDIOG. La artista explora las posibilidades de lo cotidiano, a través de la escritura, el dibujo y el trabajo con el metal

Quién ve, quién quiere, quién compra


Conociendo las mutaciones que históricamente ha tenido el mercado local, Montini se pregunta por los compradores contemporáneos: “El mercado siempre es opaco, al no haber visibilidad de los compradores no se puede hacer una estadística y saber qué sectores están comprando arte. Yo me pregunto qué sucedió en estos años, desde el 2004 hasta hoy, con el superávit de ganancia de los sectores agroganaderos. Porque en los años veinte parte del dinero del mercado agroexportador se volcó al mercado del arte. En los sesenta eso se traslada a los sectores medios profesionales, que hoy, en una mínima porción, siguen participando en el mercado del arte”.

El mercado primario es un círculo muy vinculado con el arte pero últimamente se está expandiendo a otros sectores sociales. Uno de los aspectos que para Montini ayudarían a continuar con esa apertura tiene que ver con la pesificación.  “La única moneda estable, supuestamente, es el dólar pero al cotizar en dólares no se está agrandando el mercado y se le están dando más privilegios al mercado ya existente. Me parece que habría que pensar en un mercado local en relación a nuestra moneda: hablar en moneda local no expulsa, sino que incorpora a muchos más consumidores”.


MicroFeria de Arte Rosario, una feria pública donde junto a las galerías de Rosario han participado espacios de La Plata, CABA, Córdoba, San Nicolás, Tucumán y Rafaela

Las galerías de arte tienen entrada gratuita, se pueden visitar todos los días en horario comercial o acordar una cita con su galerista. Para ver una exhibición sólo hay que decidirse y entrar. Se puede mirar, preguntar, sacar fotos, conocer gente, conocer obras, pasar un momento. Después de algunas semanas las galerías renuevan las obras que están en exhibición y se puede volver al mismo espacio para encontrar una propuesta completamente distinta. Nuevamente sólo hay que decidirse, entrar, mirar, preguntar y, si la obra que a alguien le gustó está ahí, la puede comprar. No hace falta ser coleccionista para adquirir una obra, tampoco hace falta querer serlo. 

La actividad de un coleccionista trasciendela compra de obras de arte: participan de manera activa en el campo cultural haciendo un trabajo de archivo y catalogación, fomentan la producción de los artistas acompañándolos en instancias de formación que promueven o financian, generan actividades, publican, asesoran, dinamizan el mercado. En Rosario, y en el país, no son muchos los que se autodenominan coleccionistas.

“Es importante diferenciar el coleccionismo del consumo residencial —explica Montini— el coleccionista es el que compra sostenidamente en base a un programa de adquisiciones que va a continuar en el tiempo, mientras que el consumidor residencial es el que compra porque le gusta o tiene una relación con una obra y quiere tenerla en su casa”.

En Rosario se está instalando al comprador o consumidor residencial como una figura positiva para el mercado del arte que antes no existía y esa es una de las acciones de las galerías: abrir sus puertas, dar a conocer el trabajo de sus artistas y acercar el consumo de obras de arte a un nuevo público que puede comprar pero que no sabe que puede hacerlo.


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