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Sociedad

Últimas noticias de un gremio estoico: canilllitas en la era digital

En una tarde lluviosa de los primeros días de marzo, alguien publicó en las redes la fotografía del kiosco de diarios de Maipú y San Luis, que los vecinos definen como histórico, de los que se heredan de padres a hijos, “este puesto… años sin funcionar” escribió el twitero debajo la imagen. Pero no fue el único escaparate que llamó la atención de los transeúntes. En avenida Pellegrini al 1500, otro puesto de diarios que supo compartir época con el cine Sol de Mayo, tiene un cartel de venta, a pesar de haber sido vendido durante la pandemia. A una cuadra del lugar y mientras vendía Caras y Caretas, porque “trae todo lo del nuevo presidente de Chile”, Rubén Cedeira, comentó, “seguimos peleándola dada la situación que vive no sólo el país, otros gremios y nosotros”. El espíritu de los canillitas es fuerte, como la voluntad de madrugar todos los días del año, menos cuatro feriados que consiguieron. De lucha saben bastante.

La fotografía del kiosco de diarios de Maipú y San Luis

Comenzaron a vocear titulares de La República, en Buenos Aires, en 1868, cuando los cambios eran más lentos, importando un nuevo sistema de ventas de periódicos. El nombre canillitas se lo deben a Florencio Sánchez, que en 1904 llevó al teatro una historia de vida de los chicos de pantalón corto y piernas delgadas; justamente la muerte del escritor, un 7 de noviembre, fue adoptado en 1947 como Día del Canillita o del Vendedor de Diarios. Reparto en bicicleta, parada en una esquina con un banquito o los escaparates verdes que a través de una comisión permanente y ad hoc, cede y regula la Municipalidad desde 1972,  fueron y son los ámbitos de un oficio que en palabras de sus protagonistas, sufre cambios importantes.  

Con 25 años al frente del kiosco de Rioja y Maipú, que antes fue de su tío, Cedeira expande el análisis sobre las causas de la crisis que los afecta. Arranca por los signos de los tiempos, que la Municipalidad haya sacado la parada de colectivos que tenía enfrente y que algún consumo permitía. Además de la falta de un seguro y de ayuda para mantención de los  escaparates porque, dice, no pueden hacerlo con el margen actual de ganancia. “A pesar de esto, hay gente que todavía mantiene la cultura de leer el diario, de tomarse un café, pero la gente joven no tiene ese hábito”, comentó.

Según Cedeira, los hábitos cambiaron justamente de la mano de los avances de la tecnología, que se sabe, en el siglo XXI, acorta de manera significativa sus saltos cualitativos. En esto coinciden los canillitas de los kioscos históricos, los que vivieron épocas de oro hasta hace poco más de una década, cuando el trabajo rendía para vivir holgado y convertir a sus hijos en profesionales, eso aparece como el punto de quiebre de la heredad. En esos mismos años no fueron pocas las figuras del deporte que regenteaban paradas, así de importante era la envergadura económica. Ahora, tratan de responder al desafío incorporando nuevos productos como las colecciones para armar y juguetes. Más aún, explican que desde hace cuatro años, están habilitados para vender juegos, postales, cospeles y hasta cobrar impuestos, pero no tienen aún el intermediario para concretarlos. A modo de ejemplo, dicen, podrían cargar tarjetas para colectivos. Y superando el tema de manejar efectivo, esperan encontrar el camino de una alternativa para transformar los kioscos en algún momento.

Rubén Cedeira

“…hay gente que todavía mantiene la cultura de leer el diario, de tomarse un café, pero la gente joven no tiene ese hábito…”

Según estima Cedeira, en los últimos diez años el rubro perdió unos 100 kioscos de los 370 que había, en el camino también quedaron los empleados que tenían los diarieros y la pandemia fue un nocaut insoslayable, cuando se prohibió llevar diarios a los bares, sitio emblemático para su lectura, período en el que no recibieron ningún tipo de ayuda aunque seguían pagando monotributo, aclaró. “En un bar, todos miran noticias en sus celulares, pero entrás con el diario y lo agarran… que lo sigan leyendo por el teléfono”, ironizó. Y dijo que los temas así mentados son recurrentes cuando se reúnen en el Sindicato de Vendedores de Diarios y Revistas, de calle Buenos Aires 1346.

Osvaldo Bunetta es el flamante secretario general del gremio. Fue su padre, Alfredo, campeón nacional y sudamericano de boxeo, quien en 1968, comenzó con el kiosco San Martín y Doctor Riva, cuando colgó los guantes. “En el transcurso de diez años hubo muchos cambios, el kiosco se pasaba de padres a hijos, se trabajaba como una unidad familiar, hoy eso cambió porque el ingreso ya no alcanza”, dijo sobre el oficio que regula el Ministerio de Trabajo, cediendo el derecho a ocupar un espacio o parada. 

En opinión de Bunetta, la década aludida, además de incorporar gente sin linaje canillita, trajo vientos borrascosos, “las ventas fueron cayendo por la competencia de canales de noticias, internet y celulares, pero a la vez, y es lo que se ve hoy, el teléfono también además de hábito de lectura, cambió los intereses. Hoy tienen otras formas de entretenimiento ligada a las redes sociales, a lo inmediato, hoy sólo leen encabezados y lo que dicen las redes sin analizarlas”.

“…las ventas fueron cayendo por la competencia de canales de noticias, internet y celulares…”

“Lo que nosotros vendíamos antes en papel, hoy se deja de lado”, sintetizó Bunetta. Y dijo que el sindicato que integra no tiene otros recursos que el aporte de los afiliados, para prestar servicios. “Hacemos maravillas para mantener la obra social”, dijo a modo de ejemplo y lo hacen a través de convenios con centros de salud. También brindan servicios de camping en Funes. “Todavía estamos reaccionando a la cachetada de la pandemia, cuando nos organicemos comenzaremos a tocar timbre para buscar alternativas, como cobrar impuestos, vender tarjetas para colectivos, entre otras cosas para la cual ya estamos habilitados”, destacó. 

Juan José Roscani

Los tempraneros del barrio

¿Quién no consultó alguna vez en un puesto de diarios a qué hora abría algún negocio de la cuadra? Para los canillitas es un orgullo ser referentes entre los vecinos o ver transformarse el barrio como en el caso de Juan José Roscani, que vio poblarse de edificios la zona de 9 de Julio y Presidente Roca, desde que su padre Pedro, en 1960, se hizo cargo del kiosco del lugar, que ya databa de 1937.  “Nací en 1955, me crié en el kiosco”, enfatizó. Apenas ingresó a la secundaria ayudó en el reparto de los domingos y cuando su padre italiano viajó a su país él quedó al frente durante dos meses, mientras iba a la escuela a la tarde, y ya no se separó de la parada. En 1977 ya tenía carné oficial de canillita, oficio que compartió con su hermano menor. “Siempre agradezco a La Capital, a los diarios de Buenos Aires, porque hemos construido nuestra vida con lo que hacíamos en el kiosco, en una época muy buena de 1970 a 1990 siempre hubo crecimiento, en esta zona favorecida por la construcción de edificios que”, relató Roscani, en la parada. Y comentó con satisfacción las profesiones de sus hijos, doctora en matemática, investigadora del Conicet e ingeniero industrial de un importante laboratorio, respectivamente.  

“Siempre fuimos tempraneros, mi padre decía que la gente tenía que tener el diario antes de levantarse, asumí esa consigna y sigo haciéndolo, ahora estamos en la curva decreciente pero tratamos de mantenerlo como se puede, donde antes había tres kioscos en una zona ahora queda uno, son los avances de la tecnología”, sostuvo. Y da muestra de que lo suyo es vocación al dar detalle pormenorizado de qué tipo de publicaciones se venden según la zona de la ciudad. 

Vocación es también la de Gabriel Zacnun, que en su perfil en las redes tiene un lema: Arriba los canillitas. Llegó al oficio en el 2001 y hoy comparte con su esposa los kioscos de Mendoza y Donado, y esta calle en su intersección con Derqui. Están cerca, van y vienen, y como están temprano en el lugar, responden las preguntas de quienes van al centro de salud de la zona. En la semana sufrieron el robo en uno de los escaparates y eso impacta, la falta de un seguro vuelve a la agenda. En 2019 robaron entre 70 y 80 kioscos en la ciudad, relata.

Zacnun dice que el gremio que integra apenas llega a 300 afiliados, que cerraron varios y que ya no venden primicias, como aquellas que voceaban los canillitas de los primeros años del siglo veinte. Pero así como los tiempos cambian las estrategias. En su caso publica los productos en las redes sociales para atraer a su clientela. Y evoca su infancia en Beravebú cuando a los 6 años, en su familia  le hacían leer La Capital y Clarín. “Antes cada casa un diario, y hoy no es así, pero también influye el factor económico, creo que si tuvieran el dinero muchos seguirían comprando”.

Gabriel Zacnun

Vida de canillitas

Zacnun es un cronista de historias de vida de canillitas. La fotografía de Maipú y San Luis, le duele, su titular José Maidana falleció hace dos años pero su familia conserva el reparto. “Fue un luchador en el gremio, cuando celebramos los 75 años del sindicato, primer sindicato de diarios del país, fue distinguido y se emocionó mientras cantaban la canción Canillita”, relató. Y evocó momentos difíciles como cuando a Maidana, en medio de una huelga, un ex canillita le dio un tiro en las piernas. Además explica que gracias a él ingresó en el área de prensa del gremio y reeditó el periódico El Canillita Rosarino. Segunda Generación, con versión digital incluida. Y agregó un dato de color: en un tiempo en los kioscos se hacía la rabona, “había empleados estatales que iban a tomar mate, hoy no podrían hacer eso”, celebró entre risas. 

Historias de canillitas y del barrio también narra José de la Iglesia, que hace 54 años está al frente del kiosco de Mendoza y Garzón, que su papá había comprado varios años antes. A los 68, José sigue en el reparto de los barrio Belgrano y parte de Ludueña que vio crecer junto a su trabajo. “Las calles eran de tierra, no había ninguna calle con pavimento”, evocó y coincidió en ser un referente del lugar para los vecinos. 

Pero si de vecindad se trata, la historia de Oscar Tell, de 83 años, destaca en el kiosco ubicado en avenida Pellegrini casi Ovidio Lagos, donde hace 115 años su papá Alfredo se inició en el rubro. Hoy es César, tercera generación, quien está al frente del negocio que hasta unos 15 años atrás era hereditario, las paradas no se vendían. Entre Oscar y sus clientes el vínculo creció con la vida. “En la pandemia había vecinos que no podían pagar por un par de meses  y mi papá los sostuvo”, relató César, y dijo que la recíproca también existe, “cuando él no pudo ir al kiosco, venían a su casa a buscar los diarios y los sacaban solos de la pila”. Hoy el kiosco sigue cerrado pero el reparto sigue en pie. 

“No recuerdo haber ido nunca de vacaciones con mis padres por el kiosco”, evocó César sobre el sacrificio que implica la tarea, en la que reemplaza a su papá, de lunes a lunes y para sorpresa de los clientes, “la gente grande que recibe el diario”, cuando llega en una moto de alta cilindrada o en su BMW. “Ahí les explico que le estoy dando una mano a mi papá, que tengo que hacer lo más rápido posible y tengo otro trabajo”, festeja César, canillita siglo XXI, pero de compromiso intacto.  

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