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Política

Violencia cotidiana en Rosario: niños y niñas en la línea de tiro de sicarios y narcos

Mayra Gabriela Bustos abrió la puerta de su casa, donde tenía un pequeño almacén, y recibió tres disparos de bala. La mujer, de 32 años, murió ante la vista de sus sobrinos, de 5 y 6 años, mientras el asesino escapó a bordo de una moto a la altura de Necochea al 2500, en barrio Tablada.

Los chicos estaban a cargo de Mayra Bustos y convivían con un hijo biológico de la mujer, de 15 años. Su mamá, Ayelén Tamara Bustos, había sido asesinada el 7 de octubre de 2016 en el Fonavi de Sánchez de Bustamante 31 bis, en un hecho que sin mayores precisiones se atribuyó a cuestiones por la venta de droga al menudeo. La violencia que lleva el sello narco los dejó otra vez huérfanos en la mañana del martes 8 de junio de 2021.

Los crímenes y las balaceras son parte de la vida cotidiana de Rosario, pero el asesinato de Mayra Bustos exhibe al desnudo las condiciones de la violencia: una ejecución cometida a la luz del día, el miedo que sella los labios de los vecinos, un escenario tan marginal a la vera de las vías del ferrocarril Belgrano que ni siquiera existe en el catastro de Rosario. Y en el centro de la escena los niños, nuevamente víctimas.

Los casos de niños y bebés heridos, asesinados o huérfanos como efecto de los enfrentamientos entre grupos narcos no solo se repiten sino que están en alza, como denunció en mayo pasado la directora del Hospital de Niños Zona Norte, Mónica Jurado. La misma ciudad que se enorgullece de haber creado consejos de niños y niñas para que los mayores escuchen las demandas de la infancia tiene niños y niñas en la línea de tiro de sicarios y de narcos.

Los niños no son víctimas de la violencia narco por estar en el lugar o en el momento equivocado. Ticiana Espósito lavaba los platos en su casa de la zona oeste el 14 de septiembre de 2020, cuando la alcanzaron las balas de unos tiratiros que pasaron por la calle; tenía 14 años y le faltaba poco para los 15. Luisina Biagiola, de 13 años, visitaba a sus parientes el 11 de febrero de 2021 en el momento en que dos hombres descargaron 40 tiros contra el frente de una casa en 27 de Febrero al 7300. Lian Corvalán, de 8 meses, estaba en Larralde al 3100 en brazos de su madre, que se quiso proteger del ataque de un sicario contra el tío del bebé. La violencia narco no tiene límites y alcanza a los niños en los hogares, en los momentos de juego, en la intimidad de las familias.

“La cuestión del narcotráfico se profundiza cada vez más y no solo eso sino también la violencia en los barrios —destaca Alejandra Fedele, Subsecretaria de Niños, Niñas, Adolescentes y Familia de la Provincia de Santa Fe—. Los pibes venden y consumen desde más chicos. El narcotráfico agravó además otros problemas, por ejemplo las situaciones de abuso sexual de menores”.

Silvina Fernández, doctora en Trabajo Social e investigadora de las universidades nacionales de Rosario y del Litoral, plantea que “el despliegue de la violencia contra niños y niñas no puede desacoplarse de la violencia brutal que fue instalándose y expandiéndose principalmente en los barrios más precarizados de la ciudad, aunque no exclusivamente” y subraya que los casos de niños y niñas víctimas de balaceras y como testigos de hechos violentos como asesinatos de familiares y vecinos no es un fenómeno reciente.

“La cuestión del narcotráfico se profundiza cada vez más y no solo eso sino también la violencia en los barrios. Los pibes venden y consumen desde más chicos…”

“En 2012, la Municipalidad en convenio con la UNR llevó adelante un proyecto de diagnóstico participativo sobre la situación de las infancias en el distrito oeste de la ciudad que se llamó A la altura de los chicos. En esos encuentros los trabajadores y trabajadoras de las instituciones con inserción territorial y las organizaciones sociales expusieron con preocupación la situación de niños y niñas en lo que se denominó edad bisagra, de 11 a 15 años”, recuerda Fernández.

Por entonces, “los trabajadores advertían que las estrategias institucionales no alcanzaban a retener a los niños y niñas en los trayectos educativos, que las dinámicas en los territorios habían cambiado notablemente y que esta población quedaba fuera de toda propuesta institucionalizada y muy a la mano de las economías delictivas”. Aquellos niños “hoy son jóvenes de 20 años, muchos de ellos madres y padres”.

La intervención de la Subsecretaría de Niños, Niñas, Adolescentes y Familia se produce generalmente a solicitud de la Justicia. “El problema con que nos encontramos es que a veces toda la familia está involucrada en el narcotráfico y no queda otra alternativa que llevar a los chicos a un centro residencial. Es una situación que se agravó mucho en los barrios y en ciudades como Villa Gobernador Gálvez y San Lorenzo”, detalla Fedele.

Sin embargo, la solución puede ser tan contraproducente como el problema. “Cuando entré a Niñez había chicos alojados en centros residenciales porque los padres estaban en situación de calle —agrega Fedele—. Pero no se puede sacar a un chico de un vínculo de padre o madre porque los padres no tienen dónde vivir, el Estado debe hacerse responsable y dar una vivienda a esa familia. Lo último que hay que pensar es llevar a un chico a un centro residencial”.

Testigo en peligro

Ayelén Bustos tenía 22 años cuando un hombre bajó de una bicicleta y la asesinó de dos disparos. La venta de droga al menudeo fue el único escalón que pudo subir en la ciudad de Rosario para dejar de pedir limosna en los semáforos de avenida Pellegrini.

Los enfrentamientos entre grupos narcos son invocados por los funcionarios cuando se producen crímenes y balaceras. Parece que estuviera todo dicho con las especulaciones sobre las rivalidades entre jefes narcos, pero esas versiones no suelen explicar los hechos concretos. Ayelén Bustos murió sin que la justicia identificara al asesino, y ese fracaso institucional fue la culminación de una vida que transcurrió en la pobreza y en la marginalidad.

Tanto Ayelén Bustos como el padre de sus hijos afrontaban problemas por adicciones. Quince días antes del crimen la Justicia de Familia había puesto a los menores bajo la tutela de Mayra Bustos.

“La tía tuvo muy bien a los chicos, que recibían visitas del papá y de la abuela paterna —puntualiza la subsecretaria Alejandra Fedele—. El papá hizo un tratamiento por su consumo y salió adelante, hoy vive solo, está trabajando y estudia”.

La investigación del crimen de Mayra Bustos “se encuentra en estado reservado”, según dijo la fiscal Gisela Paolicelli. La mujer no tenía antecedentes vinculados con venta de drogas ni había recibido amenazas. La sospecha es que no se trató de un crimen cometido por error, ya que el sicario pudo observar a Bustos antes de efectuar los disparos.

“Necesitamos saber por qué ocurrieron los hechos. No para juzgar a nadie, porque de eso se encarga la Justicia, pero sí para ver en qué contexto están los chicos y si corren peligro al permanecer en la casa. Lo preocupante es además la declaración que algunos medios le atribuyeron al hijo biológico de la tía, respecto a que supuestamente sabe por qué la mataron, lo que lo pone en una situación de peligro”, señala Alejandra Fedele.

Mientras tanto, “los chicos manifiestan el deseo quedarse con el tío, sobre lo que se va a trabajar; el papá, la abuela materna y la tía paterna también declararon su deseo de tener a los chicos y por el momento la Justicia decidió que los chicos se queden con el tío”.

Escena de barrio tras el asesinato de Mayra Bustos

Del centro a los barrios

Silvina Fernández apunta que el Hospital de Niños Víctor J. Vilela “por lo menos desde 2013” lleva estadísticas sobre la atención de niños y niñas víctimas de violencia barrial, y en particular heridos de arma de fuego. “El trabajo para viabilizar ciertas protecciones a esos niños y niñas en los barrios se tornaba una tarea muy poco efectiva”, recuerda.

“Ahora bien —agrega Fernández—, las condiciones actuales son diferentes ya que la pandemia obligó a interrumpir o reducir notablemente los pocos espacios colectivos donde los niños y niñas concurren con frecuencia como la escuela, las propuestas sociales y comunitarias de los barrios. Estos espacios son neurálgicos en la contención y el cuidado de los más chicos. Sin estos soportes, la vida cotidiana de las infancias se vuelve más vulnerable a las violencias”.

—La atención hacia la infancia fue una marca de las gestiones del Frente Progresista. ¿Qué lugar tuvieron los chicos de los barrios en esa política?

—Rosario ha sido una ciudad que le ha dado un lugar distintivo a los niños y niñas, los ha pensado, ha soñado y materializado propuestas públicas innovadoras. No sólo el espacio de la ciudad de los niños y el Tríptico de la Infancia. La experiencia de los centros Crecer en su momento, los polideportivos en los barrios, han sido lugares que a pesar de sus dificultades han alojado las infancias. Es verdad que la oferta cultural, como el Tríptico, fue apropiada por las familias de clase media. Sin embargo, esos espacios fueron también habitados por otros sectores, y eso se debe a la continuidad de las propuestas y al trabajo de docentes y trabajadores barriales que los incorporaron como espacios privilegiados para visitar. Ahora bien, la experiencia de políticas sociales para las infancias en los márgenes de la ciudad tuvo un impacto más volátil, menos claro. Los espacios como los centros Crecer en la década del 90, que eran ya súper acotados porque tenían capacidad muy reducida de integrar niños y niñas, pasaron a contener propuestas más diversificadas y con objetivos más difusos. Un día se ofrecía un taller, al otro mes ya no estaba, y se pensaba otra propuesta sin que se lograra dotar al espacio de cierta coherencia y continuidad. La inversión en estos espacios fue muy magra y desarticulada. En relación a las propuestas provinciales, la política de los Centros de Acción Familiar no logró masificarse: el último Centro se inauguró en la década del 70 y en Rosario sólo funcionan cinco, para una población como la infantil en la que el 50 por ciento se encuentra en condiciones de pobreza.

El Hospital de Niños Víctor J. Vilela “por lo menos desde 2013” lleva estadísticas sobre la atención de niños y niñas víctimas de violencia barrial, y en particular heridos de arma de fuego

El sentido de la violencia

En la madrugada del 30 de enero, un hombre ingresó a una casa de 27 de Febrero al 7900 y abrió fuego contra sus ocupantes. Un bebé de un año recibió seis disparos. El 3 de mayo una nena de dos años fue baleada por motociclistas cuando jugaba en la vereda de Franklin al 7900, Fisherton. “Hay un aumento de casos de chicos heridos de armas de fuego por balaceras. Son víctimas de situaciones de violencias en las cuales son absolutamente inocentes”, dijo entonces la directora del Hospital de Niños Zona Norte, Mónica Jurado.

En la mañana siguiente, dos hombres en moto balearon el frente del club Atalaya, donde había niños. “No se entiende por qué”, dijeron los directivos de la institución. Pero las balaceras no son actos irracionales sino demostraciones de poder y de control sobre la calle; declaraciones de guerra a competidores en la venta de droga o intimaciones a desalojar una vivienda. La pérdida de autoridad de la policía llega a tal extremo que los tiroteos ocurren a metros de comisarías, como ocurrió con las intimidaciones a comerciantes en Tucumán y Cafferata, y que una custodia no impide las intenciones criminales sino que en todo caso las reprograma, según mostró el asesinato de Nélida Susana Benítez en Ayacucho y Doctor Riva.

Nélida Benítez tenía asignada una custodia después de recibir amenazas, pero los sicarios simplemente se sentaron a esperar que la vigilancia se retirara. Fue el mismo día en que ocurrió el asesinato de Mayra Bustos, y también hubo niños y adolescentes como testigos: los hijos de la mujer, de 16, 6 y 3 años, ya habían presenciado las balaceras contra su propia casa, habían recibido amenazas de muerte y les tocó enfrentar la muerte de su madre.

Benítez había llamado a la policía y acudido a la Justicia. Mayra Bustos se encomendó a San La Muerte, según las plegarias que le dedicó en posteos de Facebook: un acto de fe y un ruego para que alguna fuerza se interpusiera en el camino del sicario que una mañana llegó a su casa. Las dos vivieron y murieron en el desamparo.


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