“Yo ya viví, yo ya di todo”, dijo Cristina Fernández de Kirchner en la única frase que puede leerse como referida a su papel en las elecciones de este año. El “Cristina presidenta” sonó antes y después, pero en ningún momento la vicepresidenta se dejó llevar por el clima militante de adentro y afuera del Teatro Argentino de La Plata; como era previsible, no habló de candidaturas.
En cambio, a lo largo de un discurso que se extendió 76 minutos, dejó numerosas definiciones políticas. La más trascendente es la convocatoria a todos los partidos a acordar lineamientos sobre política monetaria y cambiaria “para que el país funcione normalmente”, independientemente de quien gane las elecciones; fue crítica de la dolarización y de la presencia del FMI en el país, momento en el que apuntó al gobierno de Macri por volver a endeudarse. Hacia adentro del Frente de Todos, no sólo cuestionó el acuerdo con el FMI que firmó el ministro Martín Guzmán sino que pidió que sea renegociado, e instó a la militancia a “salir a la calle a defender estas ideas”. Tampoco hubo un respaldo explícito a la gestión de Sergio Massa en el Ministerio de Economía, aunque elogió el acuerdo que este miércoles firmó con China para sustituir los dólares por yuanes en las transacciones comerciales entre ambos países.
La vicepresidenta reapareció públicamente para el lanzamiento de la Escuela justicialista, una iniciativa que apunta a la formación de jóvenes dirigentes de todos los sectores internos del PJ. Lo hizo, además, en un lugar y una fecha emblemática: el 20º aniversario del triunfo de Néstor Kirchner en las elecciones que lo llevaron a la Presidencia de la Nación.
Después de una larga exposición con cuestionamientos a una eventual dolarización —no nombró a ningún dirigente—, advirtió que “en esta Argentina circular, el pasado quiere volver a instalarse en el presente y amenaza al futuro”, y sentenció: “Nos dicen que lo que ya fracasó puede ser hoy la solución”.
Tal vez una sorpresa de su discurso haya sido que los dardos más filosos y por más tiempo no se los dedicó a Juntos por el Cambio sino a Javier Milei, y no sólo por sus propuestas económicas. Tras recordar el intento de magnicidio que sufrió, de las sospechas de vinculaciones de los agresores con sectores empresarios y políticos, y de la falta de avance en la investigación, le bajó el precio al eslogan “la casta tiene miedo” sobre el que cabalga Milei. “De dónde te vamos a tener miedo, si nunca te pasó nada, caradura”, sostuvo en uno de los momentos en los que subió la temperatura ambiente en el teatro. “Miedo tengo a que mis nietos crezcan en un país tan injusto”, agregó. Y allí, en ese preciso momento, dejó una de las frases en la que podría haber alguna señal sobre sus planes electorales: “Yo ya viví, yo ya di todo”. De todos modos, no deja de ser una especulación.
Retomó después la idea de la necesidad de un plan de gobierno para que no sea una sola persona la que tome las decisiones, y lanzó una definición que a algunos sectores del PJ posiblemente los haya dejado en offside. “El capitalismo ya no es una ideología. Es simplemente el modo de producción de bienes y servicios más eficiente”, y fijó el que es a su entender el nuevo desafío: “La discusión ahora es quien conduce los procesos de producción: los mercados o el Estado, la política”.
Fue crítica del acuerdo que firmó el exministro Martín Guzmán con el FMI —lo calificó como “inflacionario porque es un programa enlatado” y “condicionante”— y llamó a renegociar sus cláusulas. “No digo no pagar, digo renegociar”, aclaró, para volver sobre una afirmación que ya hizo en anteriores ocasiones. No dejó pasar que fue Macri el que contrajo la deuda actual, en una sucesión que incluyó primero a los fondos privados y después al FMI. “Fue criminal lo que pasó”, sostuvo. Y agregó que el “FMI fue protagonista de los peores momentos económicos desde que el país recuperó la democracia”.
“El año pasado se sobrecumplieron las metas fiscales y la inflación se disparó igual; ¿por qué? Porque la inflación está vinculada a que haya o no dólares, estamos en una economía bimonetaria”, dijo la vicepresidenta. Propuso, entonces, una alternativa para discutir con el Fondo: que los pagos estén atados al superávit comercial.


Al retomar el análisis de la inflación que golpea el bolsillo de los argentinos, señaló que en el país no se cumple una de las premisas básicas del capitalismo: que haya muchos oferentes en el mercado; por el contrario, un sello característico de la Argentina es que la oferta está absolutamente concentrada en poquísimas manos. “20 empresas concentran el 74 por ciento de la facturación en góndola”, contó CFK, y dio ejemplos: “La Serenísima tiene el 90 por ciento de la venta de leche en sachet; Molinos, el 50 por ciento del mercado de los fideos; Bimbo, el 80 por ciento de la venta de pan”. Aclaró, no obstante, que la concentración es un fenómeno global y, paradójicamente, tiene enfrente a un “Estado fragmentado”. Tras eso, le pidió a los políticos que dejen de lado la hipocresía cuando prometen soluciones a todos los problemas ya que “no pueden controlar lo que pasa”.
CFK consideró entonces que “hay un mundo nuevo, problemas nuevos, a los que no podemos hacer frente con una cabeza tan vieja”, e insistió con la idea de que “no hay soluciones milagrosas”.
Después de finalizado el discurso, salió a la calle a saludar a la militancia que no pudo entrar al teatro. “Hay que debatir en las calles; pelear por las ideas, por la patria, por la historia y por la memoria”, dijo ante la multitud en una arenga en tono de campaña.
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Periodista. Cofundador y editor de Suma Política. Ex secretario de Redacción del diario La Capital. En Twitter: @rpetunchi
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