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Sociedad

Diego de Mendoza, un “científico de la Nación” que desde la Siberia rosarina investiga el Alzheimer de los niños

Nació y se crió en Jujuy, estudió toda su carrera universitaria en Tucumán y hace 37 años que vive en Rosario, pero no perdió ni un poquito de ese acento bien del noroeste argentino cuando habla, con tono cálido y palabras sencillas, a pesar de que es muy complejo lo que cuenta. Tiene 71 años y la misma rapidez y curiosidad que lo llevaron a ser un científico hoy multipremiado. La última distinción que recibió, la más reciente, es el Premio Bunge y Born, uno de los más prestigiosos de América Latina, por su larga y fecunda trayectoria en el campo de la microbiología.

Fue cofundador y primer director del Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario (IBR), donde es jefe de Grupo del Laboratorio de Fisiología Microbiana. Investigador Superior del Conicet, profesor honorario de la Universidad Nacional de Rosario y de la Universidad Nacional de Tucumán, forma parte de varias academias científicas y fue nombrado “Investigador de la Nación”, distinción otorgada a científicos que hayan desarrollado la mayor parte de sus carreras en la Argentina.

Es que Diego de Mendoza es exactamente uno de esos investigadores que tenía todo para desarrollarse en cualquier país del mundo, pero eligió quedarse aquí, en Rosario. Dice que la pandemia interrumpió el proyecto sobre el que venía trabajando con su equipo desde hace varios años: de qué modo es posible evitar la acumulación de colesterol hasta niveles tóxicos en las neuronas, un problema que ocurre en la mayoría de las enfermedades neurodegenerativas, como por ejemplo el Alzheimer, y que se presenta también en una infrecuente pero compleja afección que aparece en uno de cada cien mil niños: la Enfermedad de Niemann Pick C, o Alzheimer de los niños, que les da una cortísima expectativa de vida, llena de síntomas severos y enormes dificultades.

El coronavirus, dice, obligó a detener la promisoria investigación. Un integrante de su grupo de investigación estaba casi con un pie en el avión para viajar otra vez a la Universidad de Alberta, en Canadá, y probar en ratones un experimento que ya había dado resultados exitosos en un milimétrico gusano con el que experimentan en Rosario y también en células humanas in vitro en ese mismo laboratorio canadiense que dirige la tucumana Elena Posse de Chaves, colega y amiga, donde ya estuvieron una vez.

Esos experimentos, si bien iniciales, ya habían revelado que es posible “mover” el colesterol entrampado en las neuronas liberándolas así de su toxicidad mediante el uso de compuestos endocannabinoides, compuestos que producen tanto los seres humanos como el C elegans, el gusanito que usa como modelo Diego de Mendoza, que mide apenas un milímetro. Eso, en teoría, daría una esperanza para el tratamiento de enfermedades como el Niemann Pick C y otras que también se originan en la acumulación de colesterol en las neuronas. Ahora iban a por segunda vez a Canadá, donde se dispone de tecnologías idóneas y un gran desarrollo experimental de terapias con endocannabinoides, para probar el experimento en ratones.

Un rosarino de verdad

–Yo me siento rosarino: Rosario es la ciudad donde más tiempo viví: llevo 37 años. Nací en Jujuy y cuando terminé la secundaria quise estudiar Bioquímica, así que me fui a Tucumán, donde había universidad. Mi familia hizo un gran esfuerzo, fue gracias a ellos y a la universidad pública que me recibí. Vivía junto con otros 5 estudiantes en un edificio sin cocina, donde teníamos una garrafa para cocinar que iba de departamento en departamento, sin estufas, con calefón eléctrico. Así que si comía era por el comedor de la universidad… La vida de los estudiantes era muy modesta pero se veía como algo natural, era una pobreza que se aguantaba. Jamás sufrí hambre ni privaciones pero nos conformábamos con mucho menos. Vivíamos muy sencillamente. Estudiar con la tremenda represión de la policía era difícil. Morían los que militaban, los que no y cualquier bicho que caminaba de menos de 20 años…

–Después de recibirse se fue a Estados Unidos…

–Sí, después de mi tesis doctoral fui a la  Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, cerca de Chicago, donde estuve 3 o 4 años y empecé a trabajar en microbiología. Con el regreso de la democracia volví a Tucumán y en 1984 me ofrecieron un puesto de profesor titular de Microbiología en la Universidad de Rosario. Di clases 35 años. Hoy soy profesor honorario.

–¿Siempre le gustó Rosario?

–Siempre. Desde que llegué. Me gustó mucho, vine con mi mujer a ver si le gustaba. Le gustó pero sobre todo era muy buena oferta laboral. Ser profesor titular con dedicación exclusiva era muy bueno, para empezar de cero. Había retornado la democracia. Tenía 34 años. Pasé toda la dictadura militar en Tucumán. No fue muy divertido. Nunca milité pero tenía muchos amigos que fueron fusilados, muertos, desaparecidos. Tenía mucho en común con ellos aunque no la militancia, entendiendo eso como estar compenetrado. Tengo mis simpatías, pero nunca milité.

–¿Tuvo ofertas para irse a investigar a otro país?

–Tuve ofertas de Francia, de Estados Unidos, pero yo vine muy motivado por la democracia, entonces lo que quise, y por suerte encontré, fueron muchos colegas dispuestos a armar algo en la Argentina. Estoy muy agradecido al país, no me puedo quejar, el país me dio mucho, me dio la educación en la facultad y me dieron la libertad para trabajar. No me puedo quejar pero veo que hay mucha gente que está infeliz en la Argentina y tiene razón.

“Tuve ofertas de Francia, de Estados Unidos, pero yo vine muy motivado por la democracia, entonces lo que quise, y por suerte encontré, fueron muchos colegas dispuestos a armar algo en la Argentina”

–Usted es uno de los fundadores del IBR…

–Claro, uno, porque algo así se funda con gente… Éramos varios profesores de la UNR e investigadores del Conicet que nos presentamos a un programa de CONICET en 1995 y en 1999 comenzamos como Instituto, es decir, nos convertimos en una unidad ejecutora del Conicet, lo que nos cambió la vida, nos dio un acceso presupuestario que hasta entonces no teníamos, ya que antes éramos solamente un programa. Recuerdo que lo primero que compramos fue un teléfono y un fax. Antes de eso los faxs nos llegaban a lo de un vecino, que obviamente nos cobraba… Por el instituto han pasado recursos humanos de primer nivel. Durante los últimos 20 años, son científicos que pudieron fundar empresas, ser profesores en varios lugares del país y afuera. En 2011 nos mudamos a un edificio nuevo que funciona en un predio que tiene el Conicet, el Centro Científico Tecnológico de Rosario. Nos fuimos a la Siberia, como le llaman por la distancia y por el frío. En algún momento era muy frio y parecía lejos, ahora no. Y yo vivo a cinco minutos en auto del instituto. Por lo tanto lo de “Siberia” quedó sólo en el nombre.

Un gusanito muy humano

–Entre los premios que usted ganó, hay uno que lo llevó a Alemania…

–Sí. Viajé a Alemania becado por la Fundación Alexander Humboldt. Estuve un año. Hasta ese momento yo había trabajado con bacterias, que son organismos unicelulares, pero allá tuve la oportunidad de ensayar con el gusano C elegans, que es un organismo multicelular, con 1.000 células y 300 neuronas, con su genoma totalmente secuenciado y la particularidad de tener el 60 por ciento en común con nosotros, los humanos: tiene neuronas, piel, intestino, músculos y otros tejidos muy similares en forma, función y genética a los tejidos correspondientes en nosotros. Muchos procedimientos genéticos son imposibles de realizar en humanos y requieren tiempo y recursos económicos hacerlos en ratones y otros vertebrados. Así que es muy útil para hacer experimentos y extrapolar resultados.

“…el gusano C elegans tiene 1.000 células y 300 neuronas, con su genoma totalmente secuenciado y el 60 por ciento en común con los humanos: tiene neuronas, piel, intestino, músculos y otros tejidos muy similares…”

–¿Qué es lo que concretamente han probado en el gusano?

–Estudiamos el metabolismo del colesterol. El colesterol tiene mala prensa pero es esencial porque permite, entre otras cosas, producir hormonas. Los humanos fabricamos nuestro propio colesterol, pero el gusano no: le llega con los alimentos, bacterias en su caso. Lo que hallamos es que si disminuíamos la cantidad de colesterol en las bacterias con que se alimentaba, el gusano dejaba de crecer. Sólo le quedaba una cantidad pequeña de colesterol pero, ese colesterol remanente permanecía “atrapado” en las células de sus tejidos y neuronas, es decir, no disponible. Vimos el mismo efecto en gusanos deficientes en una proteína que es esencial para la movilización del colesterol. En este caso el gusano tenía colesterol en la comida pero de todos modos no crecía. Es decir: era por la deficiencia en esta proteína y no por la falta de colesterol en la comida que no podía crecer.

–Entonces, el gusano no crecía sin ese colesterol atrapado…

–Efectivamente. Había que encontrar alguna forma de “liberar” ese colesterol atrapado en las células del gusano. Y queríamos saber si existía alguna sustancia que no fuera colesterol que ‘curara’ al gusano de su deficiencia de colesterol. Agregamos unos compuestos llamados endocannabinoides a su alimento y vimos cómo era capaz de restablecer el metabolismo del colesterol: estos compuestos actuaban como una llave, abriendo la puerta a ese colesterol guardado en las células para que el gusano lo usara y creciera.

–Estos compuestos y receptores endocannabinoides ¿tienen algo que ver con la cannabis sativa, la planta de marihuana?

–Sí. Es que nuestro cerebro, y también las neuronas del gusano, producen por sí mismos estos compuestos, cuya acción es registrada por los receptores endocannabinoides que también tenemos en el cerebro y que son los mismos en los que se “pega” el principio activo de la marihuana, el tetrahidrocannabinol (TCH). La marihuana, claro, actúa mucho más potentemente que estos compuestos naturales.

–¿Cómo se puede relacionar este hallazgo con los niños Niemann Pick C?

–El envejecimiento neuronal prematuro que sufren estos niños está causado por la retención de colesterol en las células nerviosas a niveles tóxicos, algo que en el Alzheimer ocurre a edades avanzadas y en esta enfermedad, en cambio, ya en la infancia. El problema es producido por la mutación de una proteína que no “libera” al colesterol para que circule normalmente y desempeñe sus funciones. La proteína mutada se llama NPC1, Neimann Pick número uno, y la mutación fue estudiada al cabo de describirse el genoma humano, buscando entender la causa de este tipo de enfermedades. Nuestro equipo ha sido el primero en descubrir que los endocannabinoides pueden servir para activar el metabolismo del colesterol.

“…nuestro equipo ha sido el primero en descubrir que los endocannabinoides pueden servir para activar el metabolismo del colesterol…”

–¿Y se podría probar en humanos?

–Tal vez a futuro. En Rosario trabajamos con el gusano. Pero nuestra colega de Canadá, Elena Posse de Chaves, nos dio la oportunidad de hacer un experimento en células humanas que también dio buenos resultados. Es decir, otra vez los compuestos endocannabinoides movilizaron el colesterol ‘guardado’ en las células del experimento. Nuestro becario, ahora doctor, iba a viajar nuevamente a Canadá para probar el método en ratones deficientes de la NCP1, la misma deficiencia que tienen los niños Niemann Pick C. Pero la pandemia interrumpió todo.

–¿Recibieron alguna ayuda para esta parte del experimento?

–Esto fue financiado parcialmente por la empresa que sintetiza cannabinoides en Canadá. Hay mucho dinero para estudiar el efecto de cannabinoides sintéticos en enfermedades humanas. De hecho, muchas familias que tienen niños con esta enfermedad utilizan intuitivamente aceite de cannabis para tratar las convulsiones, porque los chicos la pasan muy mal. El aceite de cannabis se usa para las convulsiones. Pero nadie había dicho antes que podía estar involucrado en el transporte del colesterol.

–¿Y mientras dura la pandemia, qué están haciendo?

–Trabajando en gusanos y en la biosíntesis de ácidos grasos en bacterias. Uno de los descubrimientos fue encontrar una proteína bacteriana que es capaz de detectar cambios de temperatura, un termosensor que regula la calidad de los lípidos que fabrica la bacteria y que son necesarios para que se adapte al frio. Es decir, que permiten que la bacteria se adapte a bajas temperaturas. Si le sacás esa proteína se muere con el frio. Si esa proteína se puede poner en plantas, podrían tener más resistencia al frio. Es un proyecto con la empresa Bio Ceres de Santa Fe. Sería una manera de contrarrestar los efectos de las heladas.

–Después de tantos años de trabajo y tantos logros, ¿piensa en la posibilidad del retiro?

–Tengo la misma curiosidad que tenía cuando era joven. Me jubilé, pero el Conicet me recontrató. Por eso sigo trabajando. El día que vea que no funciono me voy a retirar. Pero por ahora estoy muy bien. ¿A usted qué le parece?

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